Mostrando entradas con la etiqueta Microrrelato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Microrrelato. Mostrar todas las entradas

martes, 30 de enero de 2018

La Maleta Bajo La Cama

Como preludio a mi colaboración semanal con “Los 52 Golpes“, os dejo su propia presentación, para que podáis conocer mejor el proyecto,

Echadle un vistazo, merece la pena.

 

Hacia mediados de noviembre de 2016, nos topamos con una recomendación que el legendario escritor estadounidense de misterio y ciencia ficción –Crónicas marcianas, Fahrenheit 451 y más– Ray Bradbury (1920–2012) hizo en una ocasión: “Si escribes un relato a la semana durante un año, es imposible que todos sean malos”.
      Se nos metió entonces en la cabeza llevar a cabo ese reto, registrando los ejercicios semanales en una web. Pensamos luego que sería incluso más divertido si invitáramos a más gente a participar (hasta un total de 52 participantes, por cerrar el círculo).
      Con todas esas ideas nos pusimos a reclutar participantes y a diseñar la web. Y así nació Los 52 golpes.
      Tras completar la edición 2017, en la que se publicaron más de 1.500 textos originales, seguimos para bingo, con 52 nuevos participantes en este 2018.

Felices de escribir y de leer. 

Cada semana.

 

En esta ocasión os dejo el microrrelato titulado “La Maleta Bajo La Cama“. Espero que os guste

miércoles, 24 de enero de 2018

Ojos Esclavos (Colaboración semanal con “Los 52 Golpes”

Como preludio a mi colaboración semanal con “Los 52 Golpes“, os dejo su propia presentación, para que podáis conocer mejor el proyecto, aunque os anticipo que se trata de un semillero de buenos ratos de lectura.

 

Hacia mediados de noviembre de 2016, nos topamos con una recomendación que el legendario escritor estadounidense de misterio y ciencia ficción –Crónicas marcianas, Fahrenheit 451 y más– Ray Bradbury (1920–2012) hizo en una ocasión: “Si escribes un relato a la semana durante un año, es imposible que todos sean malos”.
      Se nos metió entonces en la cabeza llevar a cabo ese reto, registrando los ejercicios semanales en una web. Pensamos luego que sería incluso más divertido si invitáramos a más gente a participar (hasta un total de 52 participantes, por cerrar el círculo).
      Con todas esas ideas nos pusimos a reclutar participantes y a diseñar la web. Y así nació Los 52 golpes.
      Tras completar la edición 2017, en la que se publicaron más de 1.500 textos originales, seguimos para bingo, con 52 nuevos participantes en este 2018.

Felices de escribir y de leer. 

Cada semana.

 

En esta ocasión os dejo el microrrelato titulado “Ojos Esclavos“. Espero que os guste

martes, 16 de enero de 2018

No Era El Día (Colaboración Semanal en Los 52 Golpes)

No Era El Día

Como preludio a mi colaboración semanal con “Los 52 Golpes“, os dejo su propia presentación, para que podáis conocer mejor el proyecto, aunque os anticipo que se trata de un semillero de buenos ratos de lectura.

 

Hacia mediados de noviembre de 2016, nos topamos con una recomendación que el legendario escritor estadounidense de misterio y ciencia ficción –Crónicas marcianas, Fahrenheit 451 y más– Ray Bradbury (1920–2012) hizo en una ocasión: “Si escribes un relato a la semana durante un año, es imposible que todos sean malos”.
      Se nos metió entonces en la cabeza llevar a cabo ese reto, registrando los ejercicios semanales en una web. Pensamos luego que sería incluso más divertido si invitáramos a más gente a participar (hasta un total de 52 participantes, por cerrar el círculo).
      Con todas esas ideas nos pusimos a reclutar participantes y a diseñar la web. Y así nació Los 52 golpes.
      Tras completar la edición 2017, en la que se publicaron más de 1.500 textos originales, seguimos para bingo, con 52 nuevos participantes en este 2018.

Felices de escribir y de leer. 

Cada semana.

 

Por mi parte, he aportado dos de esos golpes, el relato de esta semana, “No Era El Día“, y el de la pasada semana, “Declaración de Intenciones“.

Estas dos primeras colaboraciones son microrrelatos de temática negra. Veremos qué nos deparan los 50 golpes restantes.

viernes, 12 de enero de 2018

Carta De Amor Tras La Barra

“Mi Adorada Sara:

Nunca vas a saber mi nombre, porque tu desprecio acabaría conmigo y no puedo arriesgarme. La penitencia a mi cobardía será la certeza de saber que no podré posar mis labios en los tuyos en toda mi existencia. La tuya, la certeza de que no podrás conocer a la persona que te hubiera hecho feliz.

Somos, por tanto, dos seres desgraciados. Yo ya lo era por la seguridad de tu desprecio y tú lo serás por la incertidumbre de saber que has podido perder el amor verdadero para siempre.

Quédate con las rosas, que es tu flor: La más bella, la más esquiva y la más efímera

Tuyo”

 

De Rosas y Letras , por Antoniadis9

viernes, 5 de enero de 2018

La Guitarra Y El Metro (Wiwichu 2017)

Wiwichu 2017

Hoy atendemos la petición de Víctor Nanclares. Se trata de un Artista, y lo recalco. Lo es por capacidad, por convicción, y por ejercicio diario. Formal e informal. De estas personas que regalan risas, sonrisas y muecas. De los que te regalan entradas para compartir su talento en cualquier escena cotidiana. De los que no pueden contener una risa cuando se cae una grapadora, o cuando se bloquea el disco duro. De los imprescindibles, de los necesarios en nuestras vidas.

Y además, es un devoto del Cine. De los que adoran las obras maestras y de los que dinamitarían un montaje final inadecuado. De los que sufren con una mala peli. De los que lloran con una obra maestra. Y de eso va su blog, de cine. Se trata de una especie de crítica de revista, pero con más pasión y objetividad, y siempre desde la perspectiva del actor.

Y Víctor solicita lo siguiente:

Así como petición…un relato que incluya las palabras: Oscar, tabaco y turrón.

Y con esta entrada, atendemos su Wiwichu

La Guitarra Y El Metro

 

Coincidíamos todos los días, excepto los jueves. Su guitarra acústica, su amplificador minimalista, su cartón de tabaco para las monedas. Ocupaba la parte trasera de la entrada al metro, casi adosado al kiosko de periódicos. Una ubicación perfecta, con una densidad de paso extraordinaria en las horas punta. No cumpliría los setenta, pero mantenía un porte comparable al de un veterano Director de Orquesta. Agil, dinámico, con ojillos vivaces. Más delgado que enjuto, y más cordial que simpático. Nunca supe su nombre, simplemente era El Músico, y creo que para él significaba más que un Ducado.

Con el tiempo, me fui familiarizando con el repertorio. Nada de grandes éxitos, nada de estruendo, nada de ritmos agitados. Alternaba el blues con el pop melódico, algún rock muy suave, el que siempre interrumpía mi paso ligero, y provocaba que una y otra vez, perdiese el mejor de los trenes.

Poco a poco desarrollamos una especie de código de silencio, mediante un amplio catálogo de intercambio de muecas. “Hoy hace frío”, se traducía con un estremecimiento general, algo exagerado, realizado por los dos al unísono. “Los de hoy no dejan ni para un café”, se representaba a través de un ejercicio exagerado de cierre de puños. “Hoy ha venido tu amiga, la guapa”, me era comunicado a través de un cambio de estrofa forzado, fuese cual fuese la melodía que estuviese interpretando. Digno de un Oscar de Hollywood.

Esta mañana no le he visto. Y hoy no es jueves. La del kiosko no sabe nada. He forzado mis horarios por si le veía. He caminado en torno a los bares más tradicionales y baratos, donde de cuando en cuando podría solicitar una taza de café. Compré algo de turrón, como una especie de aguinaldo navideño. Me acerqué a vigilar otras estaciones próximas, por si hubiese realizado algún cambio de emplazamiento por razones estratégicas. Creo que hice lo que razonablemente se me podría solicitar.

Pero ésta es mi duda. De haber hablado, de haberme interesado por su vida, habría detectado algún hipotético problema de salud, algún problema familiar. Quizá un abuso de alcohol. Acaso se trataba de un vagabundo sin suerte, sin domicilio estable ni amigos en los que apoyarse. Y yo sólo intercambiaba algunos gestos, poco comprometidos, de baja intensidad, los que podría hacer en el trayecto del ascensor con un vecino lejano.

En cambio, él formaba parte de mi vida. En esos quince minutos, los que tardaba de mi casa al metro. En esos veinte minutos de trayecto hasta el trabajo. El conseguía generar una ilusión que duraba treinta y cinco minutos cada uno de los días de mi existencia. Y yo no fui capaz de intercambiar con él, siquiera dos palabras.

 

 


miércoles, 27 de diciembre de 2017

El Revolver

Hoy atendemos la petición de Ana Centellas. Ya se que ayer recibió lo que podría considerarse un aperitivo. Pero este espectáculo de mujer y de escritora, merece un escrito inédito, como ya avisé. 

Y Ana solicitó un relato malvado. Y original, y aquí está.

Se titula “El Revolver”, y se ha escrito en exclusiva para Ana. Y ella permite que lo leáis vosotros, en su inagotable generosidad.

Para Ana, y para vosotros.

Aún recuerdo cómo encendías tu risa al esgrimir aquel pequeño revolver que conservabas desde que nos conocimos. Lo guardabas para mí, para nosotros, en el convencimiento de que nunca podríamos ser felices del todo, que la manera en la que nos conocimos determinaría el relato de una vida negra, marcada por el odio y la tragedia.

Nunca nos pedimos cuentas, fuimos cómplices todos y cada uno de los instantes de nuestra existencia, transformando el recuerdo del delito en el más potente adhesivo que se conozca, el único capaz de conseguir que nuestras almas pasaran a ser una sola, que nuestros corazones latieran sincrónicos, que nuestras células se reprodujeran al unísono.

Siempre supimos que llegaría el momento, que en uno cualesquiera de los momentos que compartíamos, seríamos interrumpidos por la acción de lo que sarcásticamente se suele denominar justicia. Que vendrían exhibiendo un cuaderno de cuentas, en el que nos nombrarían deudores de tiempo, de nuestro tiempo juntos. Y que partirían en dos nuestra vivencia.

Convinimos que estaríamos juntos, que que solo nosotros podríamos decidir el momento, el modo y manera. Sin reproches, sin lamentos, convencidos y unidos, escribiendo nuestro destino como el de un poema inacabado.

Siempre respeté tu turno, cuando disparaste entonces, cuando lo hiciste ahora. Claro que podrías engañarme, conservar tu vida, acaso otorgarme el mérito de aquel asesinato. Y sin embargo, te creí entonces, te creo ahora. Respeté tu turno, coloqué mi muerte en tus manos, y no me fallaste.

A pesar de aquella risa que exhibías al apretar el gatillo.


domingo, 26 de noviembre de 2017

El Pijama De Cuadros

La conocía de antes, no lo suficiente , no lo bastante. Y sin mediar palabra, gesto o caricia, pasé al estado enamorado hasta las trancas. 
Qué pasó pues?, me preguntaréis sorprendidos. No mucho. Simplemente la vi, vestida con un pijama de cuadros.
Denunciando la opresora moda capitalista ? Reivindicando la vida familiar? Durmiendo en angelical mueca? 
No, simplemente vestida con un pijama de cuadros. 
Provocando mi ternura infinita , extrayendo el guerrero que nunca fui, con el único fin de protegerla, generando un poeta inexistente, solo para complacerla, rezumando generosidad por todos los poros de mi piel, antaño inexpugnable a las bondades . 
Saltaba en la cama con un deje adolescente, reía todo su ser, y de todos y cada uno de los botones de su pijama, parecía proyectarse un cañón de felicidad intrascendente, contagioso e inofensivo, al que solo podría resistirse el campeón de los hombres malvados.
Y de repente me vi, compartiendo sus brincos, riendo hasta el absurdo, cantándole mis poemas , flotando en el universo, y desde ahí, desde la más elevada de las alturas, tuve que aceptar la realidad, que ni ella, ni su risa , ni sus saltos , ni por supuesto, el pijama de cuadros, formarían parte de mi vida.


miércoles, 22 de noviembre de 2017

El Club De La Comedia

Me estaba matando. La quería y la deseaba como a nada en el mundo. Meses, quizás años de observar en la distancia su risa cantarina, su desparpajo en el trato, sus ojos oceánicos, su rubia cabellera flotando con plena libertad. Y yo, en segundo plano, en retaguardia, cobardamente oculto en el anonimato de mi puesto de trabajo.

Tenía que liberar esa carga, soltar ese lastre que me impedía avanzar en la vida. Jugarme el todo por el todo, sin miedo a las consecuencias. Y si eso me llevaba a no verla más, sea. Un amor oculto no permite ser correspondido, y ella no sabía nada de mis sentimientos. Al menos tendría una opción.

La oportunidad surgió en ese pub del barrio donde en ocasiones coincidíamos. Talent show. Demostrar las habilidades artísticas ante un grupo de habituales desconocidos. Gente del barrio a los que has visto por ahí, pero a los que no has saludado jamás. Podía ser peor.

Vi la tablilla en el extremo de la barra, con un bolígrafo BIC suspendido de un cordel. Tras dar buena cuenta de una pinta de cerveza negra, procedí a apuntarme.

  • Nombre: Toni .
  • Categoría: Monólogo.
  • Teléfono: 112, porque se va a armar.

Alea jacta est.

Ese día no éramos muchos, pero estaba ella. Con un clon de Schwarzenegger jovencito y sus compañeros de esteroides. Unas bestias pardas. Por los mimos que le dedicaba, debía ser su novio. Cojonudo. Opción quirúrgica. O se me echaba a los brazos o su novio me iba a inflar. En cualquier caso, de ese día la cosa no pasaba.

Me tocaba actuar tras una especie de hombre orquesta, y justamente por delante de la camarera que nos sirve el sushi, recién llegada a la nación. Aparentemente armada con un xilófono tres veces más grande que ella, iba a resultar una dura competencia. Estuve a punto de decirle que no hacía falta que lo sacara de la funda, porque conmigo iba a acabar todo, pero dejé que se diera cuenta ella sola, un poco más tarde.

Cuando el presentador me dio entrada, decidí empezar fuerte:

“He venido a este escenario a decir que estoy loco por la chica del vestido de canalé de color gris marengo” y la señalé para que no hubiese dudas.

“No recuerdo un día que me haya acostado sin pensar en ella, y en cómo sería la vida junto a mí. Y creo que lo merezco. Soy un individuo formal, serio y trabajador, medianamente inteligente y romántico como pocos. Ni guapo ni feo. Me preocupo por la gente y me desvivo por los que me quieren”  Y, de perdidos al río, proseguí con fuerza.

“No creo que tu destino sea permanecer al lado de ese montón de proteínas. Creo que mereces algo mejor, y yo lo soy. Deja a ese tipo y vente conmigo. Te quiero.”

En ese momento, ella y su novio se acercaron al escenario, debidamente escoltados por el resto de musculitos. El se adelantó, se me abalanzó y simuló golpearme repetidas veces en los costados, el rostro y el plexo solar, para posteriormente llamar a sus amigos al escenario. Me tiraron al suelo y siguieron con la comedia. Yo no entendía nada. A los pocos segundos, se retiraron de golpe y empezaron a aplaudirme como locos, acompañados por la risa cantarina de ella.

El novio se me acercó y me dijo “Qué bueno, tío. Habíamos oído hablar de eso de la performance, pero te ha quedado genial. Tienes nuestro voto”

Yo no pude más que agradecer su felicitación. Ella me besó en la mejilla y hundió mi vida para siempre.


martes, 21 de noviembre de 2017

Cruce De Caminos

Ambos estábamos de paso; Por la ciudad, por el barrio, por la vida. Colisionaron las coordenadas, evitamos el impacto en la medida que pudimos. Pero cuando la neuroquímica actúa, hay que ser muy prudente o muy canalla para driblar en seco y salir por la puerta de atrás.

Yo, desde luego, no soy prudente. Y ella no me pareció muy canalla. Y tuvimos lo que nos merecimos. Efímera felicidad, amarga despedida y nostalgia dolorosa. Lo que viene siendo la vida. Sin críticas, simple descripción.

Me quedo con la oblicuidad de su sonrisa, el azulado de sus ojos, y la transparencia de su ser. La nobleza de su alma, la vehemencia de sus posiciones, la agresividad de la mañana, y la calma del café.

Yo le regalé lo que había en la tienda, saldos de otras temporadas, costuras defectuosas, taras muy visibles, cremalleras a medio cerrar, tejidos almidonados y cuellos gastados. Lo que fue quedando de los tiempos. Supongo que se tuvo que conformar.

Entre mis rebajas y su visa, fuimos pasando etapas, conscientes de que estábamos de paso. No se planteó definitivo hospedaje, relación más estrecha, perspectivas vitales ni escenarios poéticos. Porque estábamos de paso.

No volvimos a cruzarnos, en otro camino, en otra ciudad, en otro barrio. Pudimos hacerlo, desde luego. Puedo llegar a aceptar que en ocasiones di algún rodeo por si hubiese algún cruce de caminos. No puedo hablar por ella, pero tampoco me hubiese sorprendido en exceso.

En alguna ocasión me he preguntado porqué. Quizás debimos intentarlo, apurar los meses, los años, la vida. Incluso me culpo de ello. Pero en esos momentos lo recuerdo. Simplemente estábamos de paso

 

 


domingo, 5 de noviembre de 2017

Besos Tras La Columna

Solo era un pequeño concierto, en uno de esos clubes cualquiera del barrio de Malasaña. Y yo, como siempre, ocupaba un discreto rincón, el que generaba la cabina del DJ con la pared del garito. Podrían haberle puesto una placa, porque era mío, aunque solo fuera estadísticamente.

El rincón solo tenía de especial dos cosas: Que se veía muy bien el escenario, y que podía detectar presencias agradables y novedosas. Pero eso era todo lo que buscaba en esas noches de sábado. Digamos que tenía el resto de la semana para filosofar, para entablar relaciones sociales convencionales, para enamorarme y para sufrir como un perro. Estas noches estaban reservadas para el placer, para la superficialidad, para la traición y para el olvido. Y solo admitían dos tipos de resultado: El éxito clamoroso o el más bajo de los fracasos. Eran noches de doble o nada, sin grises, sin consideraciones parciales, sin subjetivismo existencial .

Ella hizo su entrada. Acompañada, como corresponde a las chicas guapas. Rubia de excelente tinte, palidez matizada por carísima cosmética . Cuello longilíneo, de los que piden a gritos cien besos . Talle estrecho, busto sencillamente elegante. Caderas modestas y piernas largas , embutidas en botas de media caña. Lo que se dice un excelente ejemplar de señora. Un objetivo difícil, pero deseable. Uno de esos tantos estrepitosos fracasos, previsiblemente. Mucha mujer para mí, probablemente. Quizá tendría éxito en una tertulia de amigos, pero las noches de sábado no incluyen esos escenarios . Era cuestión de jugársela y fracasar, para sobrevivir el resto de la noche.

Al acecho, como veterano cazador furtivo, detecté un momento de debilidad. Su pareja se entretenía con alguna de las redes sociales al uso, y ella quería una copa. Se encaminó a la barra, mi territorio. Una seña al camarero desde el rincón. La señora estaba invitada. Observé todo el proceso. No pareció un combinado al uso, a tenor de las múltiples pautas con las que orientaba al camarero, y con las que éste parecía complacido. Qué se yo, un Manhattan, un Daiquiri, un simple gin tonic de categoría. Cuando el proceso concluyó, echó mano de una pequeña cartera, de las de más de doscientos euros. Fue a pagar, pero el camarero le informó de su suerte. El caballero del rincón la había invitado. Ella no pareció muy sorprendida, obviamente estaba acostumbrada. Echó un vistazo prolongado, como acomodando las pupilas. Sonreí. Al menos parecía miope. Nadie es perfecto.

No pareció darle gran importancia, y volvió con su pareja. Aparentemente se extrañó de que no le llevase una copa a él también. Ella, con un gesto a medias entre la disculpa y el desdén, le señaló la ubicación de la barra. Y él, como un corderito regañado, se dispuso a abastecerse. El camarero me preguntó con un gesto, y yo negué vigorosamente. Una cosa es que fuese a fracasar en mi misión de caza, y otra muy distinta es que hiciese de pagafantas.

Se montó un pequeño follón alrededor de su copa. Alguien derramó, alguien rompió, alguien metió la pata. Y me decidí.

Avancé sin prisa, pero muy decidido. Ella solo levantó la vista cuando me vio prácticamente a su lado. Iba a presentarme, pero ella se me adelantó.

-“¿Me has invitado a la copa?”

-“Desde luego”

-“¿Por qué?”

-“Es una excelente pregunta. Hasta llegar aquí, no tenía respuesta”

-¿Y ahora sí?”

-“Naturalmente”

-“¿Y puedes compartirla conmigo?” La mueca que esbozó me hizo sospechar que me estaba vacilando, como habría hecho tantas noches, con tantos otros tipos que intentaban entrarla, por lo que decidí cambiar de táctica.

-“Podría, pero veo mucho más interesante que intentes adivinarla”

Me miró, dubitativa. Se volvió hacia la barra. Su pareja parecía haber resuelto el problema de la copa, pero no el de las redes sociales. Debió entender que podía estirar un poco los juegos florales.

-“De acuerdo. Posibilidad número uno. Intentas conseguir un ligue fácil de sábado por la noche. Posibilidad número dos. Te parezco atractiva, y has iniciado una maniobra de aproximación, sabiendo perfectamente que vengo acompañada. Es decir, estás como una cabra. Posibilidad número tres. Piensas que de este frugal contacto puedes obtener mi teléfono, y posteriormente intentar una relación algo más…pausada.”

-“Hay otra posibilidad que no has tenido en cuenta”

-“En efecto. Posibilidad número cuatro. Eres un tipo especial, de esos que se encuentran una vez en la vida, y ésta es mi noche de suerte” Su mirada burlona, indicaba claramente que esta última opción no estaba entre sus favoritas.

-“No. Simplemente puede que haya pensado que todas estas opciones, debidamente combinadas, podrían hacer que ahora, o en un futuro a corto o medio plazo, pudiese averiguar el secreto que te acompaña”

-“¿Qué secreto?”

-“Lo desconozco. Por eso he venido a verte”

La jugada no estaba tan mal tirada. Todos tenemos secretos. Pensamientos, acciones, intenciones, traiciones, que no contamos absolutamente a nadie. Rectifico. Algunos se los contamos a nuestra pareja. Otros a los amigos más íntimos. Otros a desconocidos. Pero todos, lo que se dice todos, a nadie.

Ella dio el primer paso. Inició un breve, pero enérgico paso hacia delante, rodeando la columna que protegía parte del escenario, y que le ocultaba de miradas indiscretas procedentes de la barra. La seguí, lógicamente. Ella me esperaba. Mirando hacia el lado contrario, ofreciendo el lateral del cuello. Tonterías, las justas. Era noche de sábado. Solo posé los labios, pero mi cerebro se vio imbuido de extraordinarios matices. Su piel, su perfume, su deseo, el mío. Aprendí de ella mucho más de lo que hubiera supuesto. Que podía ser cálida, que podía ser despiadada, que deseaba, que vivía, que sentía. Aprendí que las noches del sábado eran uno de los conceptos más estúpidos que podría haber generado alguna de mis neuronas, porque un solo beso convertía en algo ridículamente insignificante, todas y cada una de esas experiencias frugales, superficiales y absurdas con las que ocasionalmente me consideraba premiado, y que se desvanecían como por ensalmo el domingo de madrugada.

Y, siendo plenamente consciente de todos mis fracasos previos, gasté los últimos segundos que pasamos tras la columna, en pensar cómo había conseguido meterme yo solito en un abismo infernal.

Imagen de Honky Tonk, en Madrid, donde está inspirado este microrrelato


martes, 31 de octubre de 2017

Junto Al Horizonte

Quedamos emplazados para vernos, allí, junto al horizonte. Era nuestro sitio, nuestra canción, nuestra flor, nuestro color. Donde se cruzaban los deseos de ambos, donde alineábamos planetas, deseos y besos. En esa cabaña fabricada de esperanzas y fuerzas, techada por las estrellas, cerrada por nuestros párpados, blindada por la potencia de nuestra determinación.

Allá nos vimos en la fase crepuscular de nuestro amor, en la que solo queda la verdad de nuestros sentimientos, donde las apariencias se difuminan con los últimos rayos de la tarde, donde rechazamos palabras superfluas, donde solo validamos roces y caricias, donde el futuro no existe, donde el tempus se fugó, llevándose consigo cualquier elemento ornamental, para dejar desnudo nuestro amor.

Al borde de ese acantilado, avanzamos resueltos hacia la eternidad, convencidos de la superficialidad del día a día, reforzados en la necesidad de encontrar una dimensión paralela, en la que solo existo para ti, en la que solo existes para mí.


domingo, 13 de agosto de 2017

Balance

Déjame que te aclare las cosas: En el cómputo general, conocerte ha sido la peor de las experiencias de mi vida. No niego los buenos momentos; Acepto tus besos como la metáfora más cierta de la ascensión a los cielos. Reconozco todas esas noches en tu lecho, como el acceso directo a una dimensión superlativa. Asumo esas conversaciones vespertinas que manteníamos en tu terraza, como una de esas clases magnas de algún profesor emérito. Y por encima de todo, certifico que he estado todo lo enamorado que se puede estar de una persona, el máximo concebible, el ideal completo, tanto como recitaban los mejores poetas.

Y aún así, el balance es negativo, puesto que en el debe, he de anotar tus traiciones, tus mentiras, tus amagos. Tus crueles comentarios, tus ruines comportamientos para conmigo. Como aquella vez que me humillaste en el peor de los escenarios, estando a solas. El frecuente rechazo a mis besos sin motivo aparente. Tus mensajes vacíos a mis pequeños poemas. Tus expresiones de hastío al recibir mis halagos. Los silencios inexplicables con los que recibías mis planes de futuro.

Incluso ahora, cuando he reunido el valor para decirte lo que siento, cuestionas mis argumentos con muecas de fastidio, como si cuestionases mis argumentos por infantiles. ¿Entiendes que la aritmética de mi dolor no está justificada? ¿Consideras el balance inexacto? ¿Crees que tus caricias deben ser mejor ponderadas? ¿Quizás exagero valorando tus crueldades? ¿Acaso igualas pérdidas y ganancias?

En ese caso, te deseo lo mejor, que encuentres quien iguale tu balance. Que sufras recibiendo un simple intercambio, un trueque igualitario. Que quedes en paz con quien diga quererte. Que tu vida simplemente quede a cero, sin beneficios ni inventario.

Y déjame a mí como tu más ilustre acreedor, con el que lo ha puesto todo en el balance, con el que no espera nada en absoluto, con el que aporta todos los activos y recoge todos los pasivos.


sábado, 17 de junio de 2017

Taxi A Ninguna Parte

Desde que fui consciente de que el taxi que pedí en el Barrio de Salamanca había dejado Madrid, me asaltó una cierta inquietud. Yo le había solicitado que me dejara lo más cerca posible de Sol, unos quince minutos de trayecto. En cambio, abandonaba la ciudad por la Carretera de Burgos. Desde luego, ambos nos habíamos despistado. El taxista seguro, porque me llevaba lejos de mi destino. Y yo, porque debí haberme dado cuenta veinte minutos antes. Por tanto, digamos que ambos fuimos culpables de lo que sucedió, pero él más, porque es el profesional. Al cliente se le ha de perdonar todo.

No le vi nervioso en ningún momento. Parecía saber perfectamente donde iba, que no era al sitio que le pedí, obviamente. cuando le hice saber el cambio de ruta, simplemente dijo “Lo sé” Y, paradójicamente, ese hecho me reconfortó. Porque al menos alguno de los dos sabía hacia donde se dirigía en la vida.

Quise compartir su conocimiento, averiguar la ruta, conocer el objetivo, los puntos de paso. No pedía demasiado. Solo quería averiguar hacia donde se encaminaba mi vida. Nada más que eso. Pero se conoce que eso no es tan fácil. O al menos cuanto te lleva un taxista que ignora tus instrucciones, como la vida parece hacerlo a diario. Diríase que tu vida ha sido izada a la grupa de un caballo montado por la anarquía, salvo que el anárquico jinete sea un diabólico estratega.

Como de estas situaciones ya he vivido unas pocas, me dejé llevar. No podía arrojarme en marcha, no podía hacerme con las riendas del vehículo (ni del imaginario purasangre) En fin, hice lo único que se podía hacer. Acomodarme en el asiento y mirar por la ventanilla.

Y en estas sigo. No sé hacia donde voy, no conozco el destino ni lugares de paso. No tengo capacidad de actuación. Solo puedo confiar en el conductor y en el vehículo, y desear que todo salga bien. Aunque la experiencia me incomoda con sus múltiples dudad.


sábado, 10 de junio de 2017

La Mochila De Cuerdas

En una mochila publicitaria, de esas de dos cuerdas. Todo lo que quiso llevarse tras nuestra ruptura, le cupo en una miserable mochila. No es fácil diseñar una maniobra más humillante que esa. No es fácil poder dañar a una persona con un gesto tan simple. Desde luego, no fue espontáneo. Estaba tan planificado como el comienzo de la relación, como las otras relaciones, como el final de la nuestra.

Esperó el momento justo, en el que le dije que debíamos hacer un esfuerzo descomunal para levantar nuestra relación. No necesitó un discurso, una carta ni un mensaje. Se levantó, hurgó en tres cajones, echó las cuerdas a los hombros y dejó la llave encima de la mesa. Obvió mis mensajes posteriores. Simplemente publicó en su perfil de facebook una foto que la situaba en uno de nuestros italianos preferidos, con uno de los camareros del local, el que normalmente bromeaba con ella cuando cenábamos allí.

No tengo muy claro cuál ha de ser mi reacción. Espontánea, estudiada para hacerme el indiferente, triste para darle pena, agresiva por si en el fondo espera algo de mi parte. El problema, en cualquier caso, es cómo afrontar la esencia del problema, no tanto la posición puramente estética. Podemos aceptar que una relación en ese estado es irrecuperable. Hasta ahí, vamos a estar de acuerdo. Pero, ¿cómo se sobrevive a la pérdida de la persona que amas, en todos y cada uno de los segundos de tu vida?

El primer paso es dejar de quererla. Obvio. Y, ¿cómo se deja de querer a una persona? Tras muchas deliberaciones, he dado con un método factible, práctico e indoloro. Laborioso, eso sí, pero funciona.

Se trata de imaginar que todas y cada una de las desgracias que ocurren en este mundo, generadas casi siempre por las fuerzas de la naturaleza o los malvados, todas y cada una de ellas, han sido responsabilidad exclusiva de la persona a la que queremos dejar de querer. Esto ha de hacerse de forma muy profesional. Hay que seleccionar las noticias en soporte papel, en twitter, en youtube, y cambiar el nombre de la persona u organización responsable de hacer un mundo peor, por el de ella. De tal forma, se obtiene una biblioteca básica para repasar en esos momentos bajos en el que recordamos esa sonrisa, ese beso, esa anécdota con ella. Hay que tener sangre de horchata para no odiar a la persona responsable de un asesinato múltiple, de un robo con violencia, de una estafa a ancianitos.

En el hipotético caso de que exista algún cariño residual, a pesar de todas las tropelías cometidas, las reales y las otras, huid. Huid de España, lo más lejos posible, y arrojad el pasaporte a la papelera azul del aeropuerto de Bangkok, de Auckland, de Anchorage o de San Petersburgo. Cambiar vuestra identidad, trabajad de peón, escribid sin freno.

Aquí, en la Antártida chilena, a más de una hora de avión de la ciudad más cercana, os sigo inundando de relatos, de poesías, de locuras. Y eso es porque la quiero. Porque mantengo un cariño residual que no es tal. Y sólo la ausencia de pasaporte y dinero impiden que me enrole de polizón en un barco de contenedores con rumbo al puerto de Algeciras.

Eso, y que tendría que desenterrarla fragmento a fragmento. De ella solo queda un recuerdo que sigue conmigo: La mochila publicitaria de cuerdas que se echó al hombro justo antes de asesinarla.


martes, 30 de mayo de 2017

En Cierto Modo

En cierto modo, preparo un futuro contigo.

Agrupo recuerdos, retiro asperezas, destierro los celos.

Adoso esperanzas, cemento deseos, comparo visiones, suavizo las crisis, disculpo momentos.

Retiras el velo, expones tus besos, erizas cabellos, confías en exceso, esperas lo bueno

 

En cierto modo, preparo un futuro contigo

Ignoro los riesgos, aplaco extremismos, perfilo los sueños, destaco lo bello, me rindo a tus senos

Olvidas las dudas, aparcas tu lucha, adoptas un niño, bautizas proyecto

Arriesgas respeto, afilas tu risa, atrapas deseos, respetas lo opuesto, navegas en vilo

 

En cierto modo, preparo un futuro contigo

Disuelvo mi yo, derrites tu yo, inventamos equipo, creamos un dúo, fraguamos pareja, iniciamos fusión

Te presto mis dudas, importo tus mimos, reclamas caricias, te palpo con miedo

Ya es el futuro, el futuro diario, el que nos envuelve, el que nos hiere, el que nos protege, el que nos mata.

 

 


martes, 23 de mayo de 2017

A Tu Encuentro

Volvía por el camino arcilloso que linda con el riachuelo, recogiendo una de cada dos florecillas silvestres, a modo de botín tras la batalla, para colocarlo justo a tus pies en nuestro reencuentro.

Volvía sin prisa, a sabiendas de que me aguardabas inquieta, con el único objetivo de aumentar el deseo de verte, de hacer que ese regreso cotidiano al final de la jornada, ascendiera a la categoría de suprema experiencia emocional.

Y tú lo sabías, lo veía en tu expresión al recibirme, con esa mezcla de alborozo y reproche, como se mira a un chiquillo travieso, a punto de romper la armónica colocación de platos, vajillas y muebles, al jugar con la pelota.

Lo sabías como siempre, como sabes que lo nuestro no puede ser resumido en un “Te Quiero”, como sabes que estamos alineados en todas y cada una de las dimensiones espaciales, temporales y etéreas.

Para qué contarte cómo mi alma pasa al estado de expansión absoluta, al detectar tus pasos en las maderas del porche de la entrada, qué voy a relevarte si hasta los pájaros paralizan sus cantos, asustados por los latidos de mi corazón.

Para qué contarte, mi cielo, qué esta vida sólo tiene tres actos, el argumento de quererte, el nudo en el que sobrevivo a diario, y ese feliz desenlace que me aguarda cada tarde, cuando tus cabellos al viento semejan el faro que guía mi navío hacia ti.

Déjame decirte que en esas pocas leguas la felicidad sangra por los poros de mi piel, las lágrimas se derraman sin aparente motivo, la respiración se acelera y me invento una brisa vespertina el más caluroso día del verano.

Déjame decirte que durante todos estos años de tu ausencia, no ha habido un solo día en el que no esperase tu encuentro en mis brazos, ni un solo día en el que no llorase tu falta, ni un solo día en el que no diera las gracias al cielo por todos y cada uno de los momentos que vivimos juntos.


domingo, 21 de mayo de 2017

La Penúltima

He amanecido abrazado a una muñeca. Ese debería ser el balance de la noche, el fin de la reflexión. Si acaso, no estaría de más saber cómo he podido conseguirlo. Por repetir, más que nada. Aunque en el fondo, conociéndome como me conozco, yo diría que nada de lo planificado, ninguna de las estrategias habituales ha podido funcionar. Y esa reflexión, aparentemente pesimista, viene plenamente avalada por las estadísticas más recientes. Por tanto, infiero que el resultado ha sido independiente de mis acciones, por lo que poco importa cómo lo he conseguido, puesto que no seré capaz de obtener los mismos resultados.

Yo creo que pudo ser mientras tomábamos la penúltima. Esa última mezcla, ese toque verdulero (en el mejor sentido de la palabra) que le asignó el barman. Recuerdo que acudió solícito para aderezar el gin-tonic. Con cierta sorna le hice saber que al mío le dejase tranquilo. “Es un gin-tonic, no una sopa juliana”, creo que le dije. Ella, fuese quien fuese, de dejó llevar. Alguno de los hierbajos verdes igual no eran para el gin, ni para el tonic, sino para liarlos. Vaya usted a saber.

Lo cierto es que cuando se acercó su amiga, léase el bombón que está aquí, a mi lado, tumbada en el lado de la ventana, boca abajo, con la melena negra extendida como si un pulpo se vistiese de domingo y decidiese alinear todas sus patas, ofreciéndome una extensa panorámica de su espalda y de la zona donde concluye, cuando se acercó y tomó prestada la copa donde se había depositado una selecta muestra del Jardín Botánico, pese a las protestas de su amiga, ya no hubo forma de alejarla de mi lado. De ahí mi teoría alucinógena.

Fue la penúltima, sin duda. Porque la última fue en mi casa. Y de champagne. Sin mariconadas. Sin copa, ahora que lo pienso. Yo hice la cata en alguno de los pliegues de su piel, y ella a morro. Justo antes de descubrir su belleza. ¿Cómo puede una mujer bella seguir siendo bella hasta en aquellos momentos en los que uno debería descubrir sus imperfecciones? ¿Y cómo pueden resultar esas imperfecciones aún más atractivas que la belleza? ¿Y cómo puede el alcohol lograr esas percepciones?

¿Pudieron influir las cuatro copas previas? Decidamente no. Mi dilatada experiencia al respecto me ha transferido el conocimiento incontrovertible de que con cuatro copas suelo acabar en mi cama más solo que la una. Por puro razonamiento lógico, el único factor diferencial es que hubo una quinta copa, particularmente preparada, y tras ello, he amanecido con el bombón al que en estos momentos estoy acariciando con el dorso de mis dedos. Se que puedo despertarla, es un riesgo. Pero ella se marchará en algún momento, y en su lugar estará el mando de la televisión, alguna novela policiaca o la versión digital de los diarios deportivos. He de aprovechar el momento.

Parece que se estremece al rozar la concavidad de su cadera, que se agita cuando asciendo hacia los hombros. Parece que me invita a proseguir o eso quiero creer. Decido acometer el interior de sus muslos y ella me facilita el trabajo. Se erizan sus cabellos y yo empiezo a alterarme. Parece que tengamos un pacto tácito: Yo la acaricio y ella se deja. Yo procuro rozarle y ella procura quedarse. Yo la beso en el cuello, y ella no protesta.

Me asalta la duda. ¿Estamos en fase onírica o solicita un segundo asalto? ¿Movimientos involuntarios, o simplemente le gustó lo de anoche y quiere revancha? He de convivir con las dudas, con los miedos. Ojalá pudiese recurrir al barman de anoche, para que preparase un bidón de la penúltima copa, hierbajos incluidos. Pero ahora estaba solo. Podía romper el encanto de Cenicienta o hacer del alba la perfecta continuación de la noche.

Y mientras reflexionaba al respecto, seguía acariciando el interior de sus muslos, rebasando los límites habituales, mientras decidía el siguiente paso. Por suerte, se giró, ma atrapó las piernas con las suyas y me cubrió de besos el cuello. Deduje que los hierbajos del Gin Tonic mantenían una adecuada concentración en sangre, y por ello di gracias al cielo, al barman, y a la Penúltima, a la que Dios guarde por muchos años.

 

Fotografía destacada (Original por Andrés Nieto, bajo licencia Creative Commons)


sábado, 20 de mayo de 2017

Las Margaritas Del Viaducto

Día tras día, al caer la tarde, la veía avanzar por la Calle Segovia, escalando hasta los pretiles que sujetan el viaducto, siempre con un pequeño ramo de flores, en el que destacaban unas sencillas margaritas. Y en contra de lo que apuntaría la lógica, parecía mucho más cansada y triste en el descenso que en el ascenso.

Desde mi atalaya, la terraza del pequeño kiosko del Parque de Atenas, donde disfruto de mi café de media tarde, contemplaba la confluencia de dos costumbres, la intersección de dos agendas. Sabía porqué estaba yo allí; Porque necesitaba una pausa en mi trabajo, estresante, pletórico de responsabilidad y tensión. Pero no sabía su parte. ¿Qué le hacía avanzar los cientos de metros que separaban el Barrio de Puerta Del Angel, presumible origen de su viaje, hasta su destino, a pie de viaducto? ¿Y porqué con las flores? Si se tratase de un simple paseo cardiovascular, mejor le iría con unos auriculares para escuchar las tertulias, la música de su elección, incluso las noticias del tiempo.

Un pequeño resbalón, casi a los pies de mi mesa, me ayudó a contactar con ella. Me levanté presto, tras dejar la taza de café en el platillo, y corrí a socorrerla. No parecía de consideración. Una pequeña erosión que debía ser desinfectada. Con su permiso, solicité el pequeño botiquín del local y procedí a la maniobra. La invité a un café que ella rehusó muy cortesmente. Se levantó, dispuesta a cruzar el Puente de Segovia, hacia su destino en el barrio de la ribera oeste del Manzanares. Me atreví a preguntarle por su destino, por sus flores, por su vida, por ella.

Me aceptó el café, pero en forma de infusión. Se sentó. En torno a los cincuenta. Guapa, pero no tanto como antes, seguro. Entrecana, sin esfuerzos de tinte vegetal. Coleta a la antigua usanza, de las que mucho antes lucía mi madre con orgullo. De las que te mandan un mensaje de independencia y fortaleza. Suaves pómulos, que solo ahora, con el esfuerzo, apuntaban tonalidades carmesí, muy leves, apenas una sombra. El mentón, muy redondeado, no se apreciaban angulaciones ni aristas, aunque me consta que las ha de tener. Los labios sonrosados, carnosos, de los que dejan marca indeleble en las mejillas de los niños. La nariz, esculpida, orgullosa, defensiva, le otorgaba una singularidad extrema, multiusos, apta para la protección tanto como para la agresión. Y en su mirada, esa calma. La que cabría esperar de ese Mar Pacífico, si hiciese honor a su nombre.

Me sentía cómodo a su lado, transmitía ese sosiego que solo recordamos en las meriendas de la infancia, donde todo parece estar en orden, donde sospechábamos que nuestra madre controlaba las invisibles coordenadas del universo, donde estábamos a salvo, donde solo parecía importar quién se comía esa última galleta. Y a la vez, también parecía haberme trasplantado un cargamento completo de una invencible melancolía. Una aleación de la morriña gallega con la nostalgia de los soldados en el frente; Una mezcla de aquello que sienten las madres primerizas cuando escuchan el llanto del recién nacido, esa desesperación controlada, con esa nochebuena en la que faltan algunos de nosotros, en la que la alegría del momento se ve salpicada con unos tropezones de añoranza de los propios.

Tardamos muchas lunas, muchas infusiones, muchos ramos de margaritas, hasta que me pudo contar su historia, salpicada por ayes, por llantos, por bruscas interrupciones generadas por el dolor del alma. Quise pensar que le ayudó compartirlo conmigo, pero sería más exacto decir que de nuestra relación solo se obtuvo una desesperación mutua, unos grandes éxitos de nuestras decepciones, nuestros fracasos y nuestras penas.

Y así, tarde tras tarde, nos encontramos uno frente al otro hasta que tácitamente, iniciamos juntos la ascensión a los pilares del Viaducto de la Calle Bailén, para colocar sendos ramos de flores a su pie. Allí, donde dicen que aparcaba su Dodge Joe Strummer, donde  cometían sus peripecias los famosos bandidos del Madrid del XIX, allí sellábamos tarde tras tarde nuestra Entente Cordiale, nuestra alianza para ofrecernos mutua cobertura ante nuestras historias, protección ante la terrible tentación de ganar la parte de arriba del viaducto, salvar la valla y poner fin a todo.

Eso me confesó ella. Que fue muy afortunada, porque tarde tras tarde utilizaba una de las margaritas que portaba en su ramo, para tomar una decisión al respecto. Y hasta la fecha, siempre había obtenido una negativa. Tomé una decisión radical que ella aceptó. Sustituir las margaritas por rosas que robaríamos en la Rosaleda del Campo del Moro. Y en los peores días, nos dejaríamos perforar por una de sus espinas, mutuamente, con el fin de sellar con nuestra sangre esa fusión de almas que habíamos forjado en tantas tardes.

By FouPic (Виадук) [CC BY 2.0], via Wikimedia Commons


viernes, 19 de mayo de 2017

En Territorio Enemigo

Siento que me adentro en territorio enemigo cuando me ofreces tus labios.

Siento la exquisita celada que me tiendes cada vez que me miras con deseo

Vivo como caída libre cada uno de los momentos que me cedes en tu lecho

Vivo estremecido esperando al puñal que me atravesará guiado por tus manos

 

Espero a cada instante esa frase de desprecio que pronuncias sin temblores en la voz

Espero con paciencia ese gesto humillante con el que sueles obsequiarme al alba

Percibo el deterioro de mi alma con cada uno de los arrebatos que proyectas hacia mí

Percibo turbulencias en el paso de mi sangre cuando me diriges la palabra

 

Tropiezo las irregularidades del empedrado de la calle que nos contempla en la tarde

Tropiezo con la ilusión absurda de que a tu manera, a tu pesar, me quieres

Acabo con mi vida al contemplarte abrazada a cualquier desconocido en mi presencia

Acabo derrotado, humillado, alcoholizado y roto en cada una de esas muchas noches

 

Las noches que no duermo en territorio enemigo


domingo, 14 de mayo de 2017

La Chica Del Lazo Verde

Era una de esas cenas a las que acudes crispado. Ya has tenido una dura batalla entre deber y querer; Ya has leído la letra pequeña del manual de excusas, sin hallar ese dribbling al protocolo que permita salir indemne de esta incómoda situación. Has descartado decir a las claras “Disculpadme , es que no creo que pudiera pasármelo bien en la cena” Vas a omitir la simple inasistencia, porque sabes que la organizadora es terriblemente rencorosa. Y por otro lado, tu porción optimista te bombardea con la peregrina hipótesis de que puedes llegar a disfrutar, a divertirte, e incluso a conocer personas interesantes.

¿Pero cual es la posibilidad de que una persona interesante acuda a una cena presumiblemente aburrida? ¿No habría declinado la invitación de una manera u otra? Si es lo suficientemente interesante, ¿no habría encontrado una mágica solución para escaquearse de un rollo social de estas características? Claro, que yo iba a acudir y soy un tío interesante. Creo. Y yo qué sé.

Pero si se va, se va con el paquete completo. Escogí una de las mejores camisas de mi guardarropas. Obvié la corbata. Porque me oprime, porque es incómoda, y porque he de presentar un punto rebelde, porque no quiero ir. Finalmente conseguí un acuerdo entre la etiqueta y el confort. Camisa de lino blanca inmaculada, americana beige con coderas, para destacar la informalidad del acto (Para mí) Pantalones multiusos, chino color camel y zapatos de ante marrón oscuro. Mi mejor reloj y el único, porque son el mismo. Gemelos de Boss. Porque sí.

De haber conocido a alguien, hubiera acudido de los primeros, para intentar acercarme a las personas conocidas o menos incómodas. En este caso, puntualidad germánica estricta. Saludo a la anfitriona, para asegurarme de que había tomado nota de mi presencia, y olvidase su rencor para mejor ocasión. Visual 360º para confirmar que toda precaución era inútil. El panorama, desolador. Mujeres en la cincuentena, en su mayoría, con modelos sabiamente escogidos para negarla, con éxito variable. Entre los caballeros, división de opiniones: Los que se hallaban en el evento obligados, y los que no hubiesen ido salvo amenaza vital. Se diferenciaban en la proximidad a la barra. Los primeros asumían su rol, y optaron por aderezarlo con los espirituosos gratuitos. Los otros, expresión adusta, escasa conversación y odio generalizado a su actual entorno.

Mi mesa parecía entresacada de una encuesta electoral, tal era la variedad de edades, sexos y estadios socioeconómicos. En estos casos, siempre me vuelco con las personas aparentemente más sencillas, porque probablemente estén especialmente a disgusto, y seguramente agradezcan el esfuerzo de darles conversación, alabarles sus vestidos, sus complementos, en definitiva, hacerles partícipes del evento. De esa manera, se encontraban agradecidos y lo exteriorizaban con conversaciones sencillas y sinceras.

A los postres, se homenajeaba a diferentes personalidades, por su especial contribución a la causa benéfica que nos convocaba, para lo cual mencionaban al personaje y éste decía unas pocas palabras. Me sorprendió cómo se mencionaba un nombre concreto y cómo la persona mencionada se encontraba sentada a mi mesa.

Si me permiten el atrevimiento, es una de esas mujeres que podrían cumplir los setenta y seguir pareciendo una jovencita. Desconozco su edad real, quizá entre los veinte y los cuarenta. Un poco más alta de lo habitual, en torno a 1,65. Cabello media melena, con mechones descuidadamente alineados en sentido transversal u oblicuo al panel general de su cabellera. La tez, exquisitamente blanca, conforme a los clásicos cánones de belleza. Su nariz, redondeada, discreta, colocada allí para sus funciones neuronales, sin más. Las orejas, ocultas casi en su totalidad por el cabello. Y los ojos.

No es justo describirlos de la forma habitual. No se trata de su color, su tamaño, su forma, ni siquiera sus pestañas, sus anejos palpebrales. Nada de eso me impactó en exceso, de hecho, ni siquiera me fijé en exceso. Pero en su mirada encontré la totalidad de los matices que habría deseado en una persona. Pude observar su timidez en la variabilidad de sus pupilas. Su generosidad en la calidez de su mirada. Su pasión en la alineación de sus pupilas en las mías, sin requiebros, sin curvas, sin dudas, sin excusas. Su luz recorrió mis pupilas, mis retinas, mis neuronas, para alojarse definitivamente en ese departamento volante que se supone debemos tener en algún sitio, esa caja fuerte que mantiene a buen recaudo los verdaderos sentimientos. Y al alcanzar la proximidad de la caja, sentí cómo buscaba una silla y se aposentaba paciente, esperando como se desea la llegada del próximo tren, con intensidad y con resignación. Había tomado posesión del acceso a mi interior, y no parecía dispuesta ni a moverse ni a luchar. Solo parecía esperar el momento, pasiva, esperanzada, insegura. Nos saludamos y no apartó la mirada. Nos quejamos de estos eventos, y no apartó la mirada. Le presenté a otros comensales, y no dejó de mirarme. Y yo, solo pude dejar de mirarla para fijarme en el lazo verde que presidía su silueta, como esas estrellas del árbol de Navidad. Y con el único objeto de dilucidar el mecanismo de sujeción, pero si fuese hoy uno de esos días en los que se alinean los planetas, y a cambio de casinos o loterías, a los pobres nos toca el amor.

Pronunció un pequeño discurso, cargado de sinceridad, evadiendo los modismos sociales, las hipocresías y las bromas, y nos recordó a todos nuestra obligación de corresponder a este mundo con una micronésima parte de lo que nos da. No arrancó ovaciones, salvo la mía, pero nadie obtuvo su sonrisa salvo yo. Se disculpó “Suelo hacer estas cosas, ser demasiado espontánea”, mientras en mi interior solo podía pensar en obtener el máximo rédito a esa espontaneidad. Sacudí la cabeza, alejé esos pensamientos, mucho más hormonales que espontáneos y me centré en el resto de la noche.

A pesar de su poco convencional discurso, no paró de ser reclamada por la mayoría de los asistentes, probablemente para intentar hacerle cambiar de opinión, apearla de sus posicionamientos vitales revolucionarios, antiprotocolarios, y decididamente originales. No hubo mucho éxito. Ella sonreía por compromiso y se escaqueaba con cierta habilidad, buscando la ruta más corta hacia mí. Y cuanto más se acercaba,. más personas interrumpían su particular via crucis. Mi desesperación iba incrementándose por momentos, y no encontraba forma de parar a todas aquellas gentes que se interponían entre ella y yo.

A veces, de las situaciones más desesperadas, uno saca fuerzas de flaqueza. Y en mi caso, lo que encontré fue la manera de analizar el problema con cierta lógica. A ver. Si no encontraba la forma ortodoxa de abrazar a esa chica, debería pensar en formas menos convencionales. Miré a mi alrededor. Localicé un estrado, un micrófono y un atril, y me dirigí hacia allá sin demora. Ascendí al estrado, golpeé el micrófono y solicité unos segundos de silencio.

“Buenas noches, señoras y caballeros. Solo unos momentos para comunicarles que se ha concedido a Doña Debra Hontiveros el prestigioso premio de la Embajada De La República de Italia en Madrid. Por favor, Debra, ¿puede acudir al escenario a recoger el premio?”

La premiada, con cara de no entender mucho, acudió con paso ceremonioso, salvó con cierto donaire el escalón que la separaba de mi ubicación y , colocándose a mi lado, recibió ceremoniosamente el carnet de “Trattotia Fredo”, ilustrado con los colores de la bandera de Italia, donde figuraban mi nombre, mi calle y mi teléfono, junto con un llavero que contenía las llaves de mi casa, de mi portal y de mi trastero.

Ella me miró, con una mezcla de perplejidad y agradecimiento, exhibió con todo descaro al público presente el carnet y el llavero, y me estampó dos sonoros besos a ambos lados de la mejilla. Tuve tiempo de susurrarle la ubicación de mi coche, y el resto fue sencillo. Solo tuve que seguir los reflejos del lazo verde y adelantarme para abrirle la puerta del coche.