jueves, 6 de julio de 2017

Dulce Optimismo (y V)

Creo que dejé sin acariciar medio centímetro de su cuerpo. No de su cabello, ni de sus rizos, ni de esas pestañas desafiantes, a esos párpados acompañados de las más finas arrugas que pudieran dibujarse. No fue su mejilla, ni sus pómulos, ni su cuello, porque en esas zonas fui cuidadosamente preciso. Quizá quedó ese medio centímetro en las curvas de sus rodillas, aunque lo dudo, porque exploré esas y todas las curvas, muy cuidadosamente. Acaricié sus pechos, areolas y pezones como si no hubiera un mañana. Recorrí sus glúteos sus caderas, su monte de venus. Ahora que lo pienso, ese medio centímetro quizás debí dejarlo para la siguiente ocasión. Ahora sé que no habrá próxima vez, pero en aquel entonces no podía saberlo.

No se si me despertó el Tajo, culebreando en el alba, jugueteando como un amante que lo ha dado todo y aún quiere más. No sé si fue el tacto de las sábanas de satén en su deslizamiento hacia los pies de la cama. Quizás fuera el canto de algunos petirrojos que divisé en la ventana. Pero, fuera lo que fuese lo que me había despertado, le hago responsable de todo lo que aconteción con posterioridad.

Nada hubiese ocurrido si la noche se hubiese hecho eterna, nada si hubiese profundizado en la exploración superficial de su anatomía, nada si hubiésemos vuelto a adherir concavidades y convexidades. Porque en esos momentos, en esos juegos, en esas artes, no existía otra cosa que su cuerpo y el mío, sin la intromisión de nuestras conciencias, nuestras almas, nuestras mochilas. Y qué mandamiento obliga a trasvasar un estado de felicidad máxima a un escenario real, en el que en el mejor de los casos, puede existir algún cierto grado de satisfacción, quizá un momentum de emoción puntual, tirando por lo alto. Porque en la realidad, la felicidad es imposible. Existen cientos de factores perturbadores en el día a día. Una multa de aparcamiento, una mesa no disponible en nuestro restaurante favorito, una factura a destiempo…Alguien puede ser feliz atropellado o rodeado por todos estos imponderables, que además son de infinito recuento? Obviamente no.

Y ni siquiera fue esto lo que ocurrió. Todo fue mucho más sencillo. Olvidamos la base. Un mínimo conocimiento real y sólido. Algo tangible, los cimientos sobre los que construir algún tipo de relación. Olvidamos lo importante y acometimos lo urgente, lo pasional, lo intenso, lo breve, ahora que lo pienso.

Y todo por ese petiroojo, por ese Tajo malvado, por esas sábanas de satén. Nos colocó en posición de despiertos, nos atrajo a la dimensión real. Unas miradas tímidas, unas caídas de ojos, unos besos discretos, dieron lugar a esas conversaciones canallas, a esas preguntas curiosas, a esos mudos testigos que adornaban la estancia. Supuse que debía preguntar, supuse que debería interesarme, aunque en realidad solo quería que volviese la noche, para no hacer preguntas, para recorrer su cuerpo, para besar cada una de las curvas.

Y en el pecado, llegó la penitencia. En la pregunta, la respuesta, en la respuesta, la desolación. “Veo que tienes unas excelentes fotos con delfines, de algunas vacaciones. Debe ser una experiencia increíble” “Lo es. Los delfines y yo, tenemos una relación extrasensorial, nos entendemos con mirarnos. Solo se bañaban conmigo, ya lo ves en la foto” “Había oído hablar de esa cualidad de los delfines. Lo que no sabía es que fuera tan directa con la persona, si acaso con el cuidador, suponía” Lo comenté con normalidad, pero le dolió. Lo noté. No es que quisiera quitarle los méritos de sus percepciones, es que no pensé que fueran tan importantes para ella. Decidí ir con más cuidado. Ella también reculó. “En realidad, no tiene mayor importancia, no es algo de lo que quiera vanagloriarme. Es algo innato, probablemente por el hecho…”

Se frenó en seco. No sabía cómo actuar. Si animarla a continuar, si esperar su decisión, si reírme a carcajadas. Si hubiese hecho lo último, nos hubiera ido mejor a ambos, sin duda. Pero opté por interesarme.

“Por el hecho…de ?” Ella no me miró, simplemente colocó tres o cuatro objetos en una paralela absoluta con algún tipo de eje fen shui o algo similar, porque yo los veía bien organizados. Al concluir, musitó entre líneas “¿Tú crees en la reencarnación?”

Digamos que hay tres o cuatro cosas en mi vida a la que he prestado poca atención. La bolsa, el cambio climático (que existe, ya lo se), la Santísima Trinidad, porque no me la cabeza para tanto misterio, y la reencarnación. Por tanto, me sentía libre para poder dar cualquier tipo de respuesta, sin incurrir en una mentira “sensu estrictu” Y opté por una respuesta quevediana:

“Por supuesto. ¿Y quién no?”

La noté aliviada y reconfortada, supuse que si para ella era importante, y para mí todo lo contrario, nunca iba a ver un punto de conflicto en estos temas. Un problema menos, pensé. Pero en ese instante, ella se vino arriba, reconfortada por mi apoyo explícito.

“Siempre he sabido que en otra vida fui delfín. Y me siento afortunada por ello. No es que el delfin sea el mejor de los animales, o puede que sí. Es uno de los más listos. Pero hubiera sido terrible descubrir que en otra vida fui un animal cazador o depredador. Al menos, no he hecho el mal. Ni en aquella, ni en esta vida. No creo que haya mucha gente capaz de decir lo mismo”

El que se encontraba en otra vida, radicalmente distinta de la de anoche, era yo. Teletransportado, raptado, alienado. La misma persona a la que venía venerando en todos y cada uno de los mensajes, en los poemas que nos escribimos, la que me llevó en volandas , subido al tren de la ilusión, la que me hizo alcanzar la felicidad más absoluta, se había transformado en una completa orate, sin aviso previo, sin indicios, sin síntomas. Y yo, me hallaba inmerso en un agujero negro, del que escapar supondría un terrible trauma, y en el que permanecer quedaba completamente descartado.

Los siguientes minutos los recuerdo como una adolescencia entera. Usando palabras circunspectas para escapar con el mínimo de bajas propias y ajenas. Intentando demostrar que no había tenido el ánimo de conseguir solo una noche de sexo, a pesar de lo que pudiera parecer. Destacando sus cualidades innegables, las de esta vida, me refiero. Explicando que mis vidas anteriores, las que fueren, no habían sido tan plácidas como la suya, que nunca fui un delfín , que ya me hubiera gustado. Que en otra vida…No, eso no, coño. Que me asusta una vida tan soprendente como la que me esperaría a su lado, que quizá soy demasiado cartesiano.

Nada de eso le hizo cambiar de opinión. Me acusó de ser como todos. No sé si se refiere a los de esta o a los de aquella vida, pero si había más que habían hecho lo mismo, rechazar a esta loca proyectada, me quedé un poco más tranquilo.

Y aún hay noches, en las que oigo el meandro del tajo, en los que recorro su cuerpo, en los que me acoplo a sus curvas. Y solo me permito despertarme cuando oigo el sonido de los delfines. Y me pregunto si no merece la pena pasar todos los días de una vida, en una dimensión paralela, a cambio de todas esas noches en las que recorro su cuerpo, sus labios, y sus pestañas erectas.

 

Parte del relato está basado en hechos reales

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sábado, 1 de julio de 2017

Dulce Optimismo (IV)

Porque de lo acontecido a posteriori, ni al Tajo hago responsable, aunque puso el marco para el lienzo, aunque puso el influjo eéreo, aunque, como moderno celestino, pocas opciones dejó. Solo ella, solo yo, solo nosotros, fuimos responsables. En mi caso, por ingenuo, o por osado. Por no hacer caso de las señales. En el suyo por acción, porque me deseó y no pudo refrenarse, aunque nadie mejor que ella conocía sus mochilas, sus cadenas, sus condenas.  Y, a pesar de eso, me quiso.

Como por acuerdo tácito, nos pusimos de pie y avanzamos hacia el lugar donde ella había dejado el coche. El paseo estuvo salpicado de arrumacos adolescentes a la vuelta de cada esquina, de roces de dedos a cada paso del camino, de besos furtivos que conformaban la banda sonora del trayecto. Anotábamos mentalmente cada detalle de cada recodo, cada maceta que engalanaba cada reja, cada rótulo de cada calleja.

Abordamos su coche y me dejé llevar, a su casa o a donde ella quisiera. Al paraíso, al purgatorio, al infierno a o cualquiera de sus estados intermedios. Al lugar donde arribarían nuestros cuerpos y nuestros deseos, al espacio que recibiría nuestras dudas y nuestros miedos, a ese campo de juego sin reglas donde cada uno expondría sus técnicas y habilidades, en la esperanza de alcanzar la comunión perfecta.

Aparentemente llegamos a destino. Nos acogió un pequeño camino de guijarros uniformemente imperfectos, uniformemente indiscretos, que anunciaron nuestra llegada a una pequeña casa rural, no muy alejada de la ciudad. Reconocí el rumor del río, que parecía perseguir nuestro amorío, nuestra aventura. En esa noche serena, en vez de acompañamiento de violines y fanfarrias, nuestra orquesta tocaba el rumor del río chocando contras las piedras de la orilla. Algo podría salir mal, quizás todo. Pero el entorno no podía ser más adecuado.

Nos adentramos en la casa, ya con miedo indisimulado. Los arrumacos habían dejado paso a las miradas de reojo, ella no dejaba de registrar todas mis expresiones al entrar a la casa. Intenté rebajar la tensión alabando la estancia, los muebles, las cortinas. Repetí varias veces que era una estancia muy acogedora. Acogió mis alabanzas con una caída tímida de ojos, señalándome lentamente el resto de las habitaciones. Me fijé en varios portarretratos en las que se encontraba ella sola, a veces acompañada. Ya llegaría el momento de preguntar, si es que ello fuese preciso.

Después de la visita turística solo quedaba lo obvio. Nada menos que desnudar el cuerpo y el alma ante una persona relativamente desconocida, pero que de ti lo sabe prácticamente todo. Y a la que solo puedes decepcionar, porque la ilusión ya la tiene. Espera de ti lo mejor, por lo que cualquier cosa que sea distinta, solo puede defraudar. Una situación maldita, una bendita situación, una incógnita por resolver, una ilusión por alcanzar. Y pensé que sólo había una forma de salir con bien de tan complicado dilema. Darlo todo, dejar el alma entre aquellas sábanas de satén que alcanzaba a ver desde mi posición, dar por supuesto que en ese encuentro encontraría a la persona de mi vida, la compañera a la que había estado buscando infructuosamente toda la vida. La que me merecía en mi más absoluta totalidad. El fin de mis correrías alocadas. La respuesta a todos mis sueños.

Quizá me precipité un poco, porque no quise esperar ni un segundo. La agarré por la cintura, la miré directamente a los ojos y le dije que estaba decidido a que esa noche fuera inolvidable. Quizá pareciese pretencioso, lo parece cuando lo veo escrito. Pero estoy seguro de que ella me entendió. Que le transmitía mi más absoluta decisión de trasvasarle todo mi ser, como unos vasos comunicantes, que no quedaría nada en la reserva, y que lo demás dependía de ella. Y ella debió entenderlo, porque acomodó su mirada a la mía, porque colocó su piel sobre la mía como un adhesivo perpetuo. Porque me acompañó sin prisas a su cama. Porque deslizó todas y cada una de mis prendas, en algún orden predefinido. Porque entreabrió las sábanas justo para los dos. Y porque en el primer beso, el beso de bienvenida, el beso de la esperanza, el beso del alma, lo dejó todo.

Creo que dejé sin acariciar medio centímetro de su cuerpo. No de su cabello, ni de sus rizos, ni de esas pestañas desafiantes, a esos párpados acompañados de las más finas arrugas que pudieran dibujarse. No fue su mejilla, ni sus pómulos, ni su cuello, porque en esas zonas fui cuidadosamente preciso. Quizá quedó ese medio centímetro en las curvas de sus rodillas, aunque lo dudo, porque exploré esas y todas las curvas, muy cuidadosamente. Acaricié sus pechos, areolas y pezones como si no hubiera un mañana. Recorrí sus glúteos sus caderas, su monte de venus. Ahora que lo pienso, ese medio centímetro quizás debí dejarlo para la siguiente ocasión. Ahora sé que no habrá próxima vez, pero en aquel entonces no podía saberlo.

 


martes, 27 de junio de 2017

Dulce Optimismo (III)

…Apuntalamos nuestro futuro en algunos ornamentos, en los secretos que encierran las callejuelas, avergonzamos pasiones en los rincones oscuros, reprimimos abrazos entre la gente. Quizá podría decir que fue un via crucis de sentimientos, una pasión de pasiones, una autopista hacia lo desconocido, una Ruta 69 en la Judería, el trayecto entre lo posible y lo temido. Porque no hay nada más pavoroso que dejarse atrapar por los sentimientos, cuando aún no han cimentado. Y nada refleja la vida mejor que el riesgo.

Y para las mentes confusas, nada peor que contemplar el Tajo, en el Meandro que se divisa desde la Plaza de San Andrés, porque la engañosa sensación de placidez que imbuye al incauto, puede hacerle cometer las mayores osadías concebibles.

Y solo en ese contexto puede explicarse la decisión extrema que alguien tomó por mí. La de obviar las dudas, los temores y las vergüenzas, exponiéndome sin escudo ni cota de malla al confuso remolino de conceptos básicos relacionados con el amor y sus secuaces. Me dejé llevar por fuerzas a las que no pude poner nombre, porque no se presentaron. Ni acerqué mis labios, ni me consta que lo hiciera ella, pero la extrema cercanía en la que quedaron encuadrados, no permitía resolución alternativa. O la besaba, o rompía definitivamente con el cuento, con  el misterio, con la esperanza. No diré que lo más fácil fue besarla, pero puedo afirmar que, en aquel  momento, el mundo se resumía en sus labios, y me esperaba sin paciencia.

Solo quiero aclarar que no fue una decisión espontánea, sino la consecuencia inevitable de una cascada de hechos y situaciones. No pretendo expiar culpas, en el caso de que debiera hacerlo. No eludo mi participación en todo lo que aconteció posteriormente, simplemente, hay veces que la búsqueda de alternativas no es viable, porque, aunque tú no lo sepas, ya has escogido. Simplemente por estar. O por no haberte ido.

Lo mejor de todo, sin duda, fue el propio beso. Suele serlo. La mecánica, practicada, ensayada o espontánea, suele ser lo de menos en estos casos. Porque se asume y se disculpa la inexperiencia con los labios de otro. No es fácil que exista esa comunión espiritual tan profunda que permita saber cómo le gustan los besos, o cómo le gusta el café a la mañana siguiente. Por tanto, lo mejor es dejarse llevar, besar como te inspira el momento, estar alerta ente las micro-reacciones, ante los cambios de respiración, ante la fluidez de sus labios. Menudo manual de texto estoy escribiendo, cuando todos sabemos que es una mera cuestión de azar. A veces aciertas y a veces te equivocas, y solo te salva el haberlo intentado.

En esa ocasión acerté. O acertó. O acertamos. Porque el beso se ejecutó primorosamente, duró lo aconsejable, enlazó lo suficiente e incluso propuso áreas de mejora. Un problema menos, un incentivo más. Y si sale bien el primer beso, te animas, te vienes arriba en la moral, te consideras el máximo seductor en la tierra, aún siendo consciente que en el mejor de los casos, has sido afortunado. Pero porqué has de quitarte méritos si nadie va a hacerlo. La ignorancia es atrevida, y la osadía, común. Y decidí ser ignorante, común y afortunado, cuando deslicé los labios a lo largo de la curva de su cuello. Podía haberme despeñado, podía haberme precipitado. Me pareció lo contrario cuando la sentí estremecer, cuando realzó la curva para acoger hospitalariamente la presencia de mis labios, cuandó suspiró discretamente hacia el interior de su cuerpo, cuando cogió mis manos entre las suyas y las noté humedecidas. Cuandó no me detuvo en seco. Cuando llevó mis dedos hacia el nacimiento de su pecho.

Y el río, silencioso en su requiebro, saludó mi osadía con un resplandor sincero, con unas discretas olas, supongo de festejo. Que en su pasar, no siempre tiene la oprtunidad de ver la comunión de dos almas, no siempre cuenta con espectadores de tronío, nadie piensa en alegrarle el trayecto. Siempre las mismas rocas, siempre el mismo cauce, siempre los mismos silenciosos paseantes. El Tajo celebró el nacimiento de nuestro amor, como celebras el deshielo, con el placer de recibir una nueva vida, unas nuevas gotas en su cauce sereno, unas nuevas almas que se adhieren al club de sus devotos. Desde aquel día, sou, fuimos, miembros honorarios del Club de Amigos del Tajo, y a fe mía que lo llevo a gala.

Porque de lo acontecido a posteriori, ni al Tajo hago responsable, aunque puso el marco para el lienzo, aunque puso el influjo eéreo, aunque, como moderno celestino, pocas opciones dejó. Solo ella, solo yo, solo nosotros, fuimos responsables. En mi caso, por ingenuo, o por osado. Por no hacer caso de las señales. En el suyo por acción, porque me deseó y no pudo refrenarse, aunque nadie mejor que ella conocía sus mochilas, sus cadenas, sus condenas.  Y, a pesar de eso, me quiso.

La imagen destacada corresponde a © José Luiz Bernardes Ribeiro / CC BY-SA 3.0


sábado, 24 de junio de 2017

Dulce Optimismo (II)

Percibí en su mirada timidez, ansiedad, cariño, confort, esperanza, sosiego. Percibí colores, tonalidades y texturas. Percibí deseo contenido, romanticismo incurable, llanto cronificado. Percibí amor por la vida. El impacto de la luz en aquellos ojos color azabache transformaba la realidad como el papel fotográfico, incorporando pequeños pedazos irrefrenables de nosotros mismos. Es difícil engañar al fotógrafo experto. Es difícil mentir a una mujer ilusionada. Por ello, al poner rumbo hacia el faro de sus ojos, imploré al cielo que los míos transmitieran todas las tonalidades de las convulsiones que estaba provocando en mi alma, imploré a los hados, a los dioses, a los lares, a los ángeles y arcángeles, que no me abandonasen en ese crítico momento, que me arrepentía de todas las ocasiones en las que maldije la vida, en las que cínicamente criticaba el acervo de mi existencia, incluso aquellas en las que predije el peor de los futuros para el mío. Solo anhelaba transmitirle en mi mirar el enorme impacto que había causado en mi vida, con sólo atravesar las graníticas losetas dela Plaza Zocodover.


 

Inevitablemente, mis pasos fueron guiados hacia el reflejo de las esposas, a un ritmo temeroso pero decidido, como si de una atracción magnética se tratase. Rebusqué inconscientemente en mis bolsillos por si llevase inadvertidamente algún tipo de electroimán o alguna feromona maligna responsable de la irresistible atracción. Pero no, el magnetismo no podía medirse en teslas, no había cuantificación posible, simplemente existía, flotaba y actuaba.

Y llegó ese momento, mágico o trágico, según los casos. El espectro, el holograma, el aura que se había forjado en mi mente y en mi alma, se transformaba progresivamente en un ser tangible, en una criatura real, en alguien. Situemos el problema. Frente a mí, el contraste entre mi idealización más perfecta y la más cruda imperfección de la realidad. Avanzando metro a metro, comparaba mentalmente sus facciones, sus gestos, sus ademanes, con aquellos que había ideado en mi mente. Su pelo, más rizado de lo previsto. En sus ojos, alguna línea de expresión que yo no dibujé en mi lienzo. En su gesto, un temor casi imperceptible que chocaba frontalmente con la expresión de palidez vital que me acompañaba cada noche al ocupar la almohada. La mandíbula, ligeramente más pronunciada, la nariz más fina. Los labios…

Los labios superaban con mucho a la mejor de mis fotografías imaginarias. Iban a necesitarse muchos acontecimientos negativos, muchos semidioses juntos, muchos héroes de Marvel trabajando en plena coordinación, para impedir que esos labios fueran míos esa tarde. Yo defiendo la escala de la necesidad del beso como método muy representativo del amor que sientes por una persona, permitidme la veleidad. Del uno al cinco, donde cinco sería realizar cualquier tipo de acción legal o ilegal con tal de atrapar sus labios, y uno sería poder pasar perfectamente sin rozarlos, los niveles cuatro y cinco equivalen a un amor bastante respetable, de esos a los que hay que tomar en cierta consideración. Cierto es que diferenciar entre amor verdadero y pasión sexual desenfrenada cuesta un cierto esfuerzo, porque en ambos casos puedes encontrarte en ese nivel de escala de beso, pero si uno está suficientemente atento, puede llegar a distinguirlo, en el supuesto e hipotético caso de que ello tuviese la más mínima importancia.

Porque, de estar enamorado, la ausencia de una pasión sexual irrefrenable condicionaría de tal forma la relación que la haría inviable en el medio y largo plazo. Y si existe esa pasión sexual “que te quita el sentío”, como dicen los andaluces, a quien carajo le importa si estás enamorado o no. Algún poeta de los de entonces me correría a sartenazos, me retaría a duelo o me dedicaría una “Oda al Infame Desenamorado” Pero no me haría cambiar de opinión. Ya podía venir Larra en persona desde la tumba, con la pistola de su suicidio cargada de pólvora , que tendría que escuchar como me mantengo en mis posiciones. La pasión sexual es cierta, es real y es inconfundible. El amor es etéreo, abstracto, confuso, dudoso.

Y si vienen mezclados, aparte de sufrir el más terrible de los desastres naturales, el tsunami definitivo, el huracán final, el apocalipsis de las tormentas, solo queda concentrarse en los tangible (el sexo), y abandonarse a lo irreal (el amor), y que sea lo que Dios quiera, porque el fin solo puede ser uno: El más absoluto y terrible de los sufrimientos.

En resumidas cuentas, sus labios y yo habíamos decidido estar juntos, aunque sus labios no lo supieran. O sí. Quizá sus labios habían planificado el encuentro hasta el más nimio de los detalles, a sabiendas de su extraordinaria capacidad de seducción, y el hecho de que yo me aproximase irrefrenablemente hacia las esposas y el resto de su dueña, estaba escrito en el guión, esculpido a piedra en un ejemplar granítico del mismo. Hice ademán de darme la vuelta, solo por probar que podía, pero acabé apartando una de las sillas con más torpeza que gracia, para ocupar el asiento en la mesa. Elegí la única ubicación posible: De frente a mi perdición y de espaldas al Alcázar. Metafórico. Rechazaba el simbolismo de la resistencia que ofrecía el Alcázar de Toledo, y me abandonaba a mi suerte frente a esos labios.

“Por fin”, dijo ella. Alea Iacta Est.

“Buenas tardes” Solo atiné a pronunciar.

Ella me miró, bajó la cabeza y dijo: “No sé como va esto, pero en lo que a mí respecta, es el momento perfecto para decirme si te he decepcionado mucho o si nuestra cita continúa”

Detecté un deje orgulloso y altivo en su voz pero, por nuestras múltiples conversaciones previas, supe enseguida que solo era un poco de miedo a no gustarme. Eso me tranquilizó. Ambos estábamos tensos y ambos deseábamos gustarle al otro. Como a mí, desde luego, me gustaba mucho, aproveché para hacérselo saber.

“Solo estoy un poco molesto contigo por no haberme avisado antes de que eras tan increíblemente guapa. Hubiese venido a verte mucho antes”

Ese forzado y evidente piropo contribuyó a relajarnos y a situar la atípica reunión en una segunda fase, la real, la más alejada del mito al que ambos habríamos llevado al otro, a la fase en el que los hechos cotidianos de la vida decidirían qué podría llegar a pasar entre nosotros. Diríase que era una primera cita, convencional en cuanto a lo incierta, pero en la que ya había mucho terreno ganado. Ambos habíamos podido calarnos, detectar virtudes, defectos filias y fobias. Por otro lado, ese avance podría llegar  a anticipar el desenlace, puesto que la transición era necesariamente más breve.

Nuevamente pensé en lo metafórico, en esa tierra de nadie, en ese significado histórico de la Plaza, y pensé que, si ambos queríamos un avance, o al menos, saber si habría avance, debíamos abandonar esa zona de confort histórica y adentrarnos cuanto antes en terrenos no explorados hasta el momento. Quizá fuese un poco precipitado, desde el punto de vista de la seguridad de ambos, por lo que propuse un plan alternativo, comenzar un paseo en descenso, desde Zocodover hacia el resto de las callejuelas que forman el Toledo antiguo donde, a buen seguro, podríamos avanzar en el conocimiento mutuo. No puso objeciones, así que pagué su cuenta y nos desplazamos en dirección a La Judería, recorriendo la más animada Calle Comercio, la más tímida calle Trinidad, alcanzando así el Barrio de la Judería. Nos perdimos en muchas ocasiones, para encontrar un escenario aún más bello que el anterior. A un adoquinado de solidez extrema, le seguían calles en las que pareciese obligado circular de perfil. Entrábamos y salíamos de este siglo a alguno anterior. De esta era, nos trasportábamos a los gremios medievales. Del confort de los modernos comercios, a la simplicidad de los artesanos tradicionales. De los modernos puntos de luz, a las farolas clásicas, de repujado amanuense. De nuestras vidas, de nuestras historias previas, a un nuevo escenario, quizás fugaz, quizás equívoco, mas henchido de esperanza, repleto de opciones, anegado de deseos.

En el trayecto no desvelamos grandes secretos, grandes bombazos ocultos, ni surgieron tórridos romances. Todo fluyó de una forma bastante natural, utilizando parcialmente lo que conocíamos del otro, dejando espacio a nuevas aclaraciones, nuevas explicaciones, pequeños matices. Como si fuésemos amigos de toda la vida que se ponen al día. Usamos los escaparates para socializar las conversaciones, y quizás descubrir esa pasión inconfesable en el otro. Las librerías, exámenes de sentimientos. Las tiendas de antigüedades, detectores de sensibilidad enfermiza. No sabría explicarlo. Apuntalamos nuestro futuro en algunos ornamentos, en los secretos que encierran las callejuelas, avergonzamos pasiones en los rincones oscuros, reprimimos abrazos entre la gente. Quizá podría decir que fue un via crucis de sentimientos, una pasión de pasiones, una autopista hacia lo desconocido, una Ruta 69 en la Judería, el trayecto entre lo posible y lo temido. Porque no hay nada más pavoroso que dejarse atrapar por los sentimientos, cuando aún no han cimentado. Y nada refleja la vida mejor que el riesgo.

Y para las mentes confusas, nada peor que contemplar el Tajo, en el Meandro que se divisa desde la Plaza de San Andrés, porque la engañosa sensación de placidez que imbuye al incauto, puede hacerle cometer las mayores osadías concebibles.

Tagus_River_Panorama_-_Toledo,_Spain_-_Dec_2006

By Diliff – Own work, CC BY-SA 3.0, Link


miércoles, 21 de junio de 2017

Dulce Optimismo

Afronté aquella visita con un espíritu impregnado de dulce optimismo. Tras muchas conversaciones telemáticas, muchos likes, muchas fotografías con mensaje, muchas poesías dedicadas sotto voce, alguno de los dos dio el primer paso.

“¿Porqué no quedamos a tomar un café algún día?” “Por supuesto, cuando quieras”

Dos años después de ese intento de cita, me sorprendió enormemente que ella diera el primer paso para vernos. Me refiero a que propuso día, hora, alternativa de lugar y, como último mensaje, que si no acudía a verla, lo mejor que podría hacer es no volver a proponerlo nunca. Lo entendí como una de esas situaciones de la vida tipo on/off, aquellas en las que solo caben dos alternativas, te arriesgas al ridículo, a que ella piense que física o intelectualmente estés por debajo del nivel esperado, a los silencios incómodos, a las repeticiones de las conversaciones en las redes, a que tu sentido del humor pierda agudeza in situ. En suma, a que una relación que se sostiene francamente bien en la distancia, se desmorone en unos pocos minutos.

Pensaba en ello mientras que contestaba afirmativamente a su propuesta. Y el motor principal, la razón esencial para aceptar, es que ella se arriesgaba a lo mismo y aún así había aceptado el riesgo. Luego supe que el riesgo no era tal.

Ella había propuesto un escenario muy particular para nuestro primer encuentro. Un lugar público, desde luego, pero enormemente representativo y singular: La Plaza de Zocodover, en el centro histórico de Toledo, donde el acceso en automóvil es poco menos que imposible, salvo que tu vehículo disponga de ADN o lubricante toledano. Eso garantizaba varias cosas. En primer lugar, debía recorrer unos cuantos kilómetros hasta la ciudad, lo que corroboraría mi supuesto interés en la cita. En segundo lugar, debía ascender hasta la Plaza, situada en la parte alta de la ciudad, lo que aseguraba que el interés era de cierta magnitud.

Me causó cierto grado de extrañeza el resto de los requisitos. Que ella aparecería más tarde, me pareció aceptable pero injusto. Que yo dejase una poesía en una de las mesas del bar entre las servilletas, tal como si se escondiese la llave del tesoro, me pareció simpático a secas. Que llevase una rosa roja entre las páginas de un libro singular, me pareció que rayaba el exotismo.

Yo contraataqué con las mías. Debía llevar puesto aquel bombín que me pareció tan gracioso en su foto de perfil del blog. Debía encadenarse a la pata de la mesa con unas esposas adquiridas en uno de esos extraordinarios locales donde uno encuentra lo que de verdad desea, y no me refiero a una pastelería. También solicité que llevase unas gafas negras de pasta, pero por incordiar, fundamentalmente.

Toledo_-_Placa_de_Zocodover_-_panoramio

Enseguida comprendí porqué había elegido la Plaza de Zocodover. Porque se llega absolutamente exhausto, y con escasa capacidad de respuesta para casi cualquier cosa. Había decidido debilitarme para luego vaya usted a saber qué tendría pensado. Empecé a pensar que mi anfitriona era una especie de maléfica devoradora de incautos blogueros, pero el cansancio y el paisaje me llevaron en volandas a una de las terrazas que formaban parte consustancial del entorno. Solicité café y oxígeno. solo obtuve lo primero. Oteé el singular escenario. Sonreí. No se parecía a un circo romano, desde luego, lo que me tranquilizaba en cierto modo. De hecho, no podría haber sido elegida de forma más simbólica. Tanto los romanos como los árabes utilizaban la explanada de la Plaza como una especie de “tierra de nadie” previa al acceso a la ciudad amurallada. Profético, sin duda.

Repasé las condiciones. La rosa roja la obtuve fácilmente, estaba en un pequeño vaso encima de la mesa, a modo de centro floral. Poesía. No llevaba a mano ninguna, habría que redactarla sobre la marcha.

“Y si estuvieras escondida entre las juntas del empedrado

Esperando mi presencia para reírte con mis torpes pasos

Yo, resbalando en cada una de las losas de la plaza

Tú, riéndote en la sombra, con la ternura de una amante”

 

Dejé escrito este pequeño poema, insertado al azar entre el pequeño bloque de servilletas, pagué mi consumición y paseé por la Plaza. Todo dependía de ella.

El recorrido por la Plaza, sazonado por unas gotas de nerviosismo indisimulado, me permitió admirarla en su plenitud. La sensación de confort, familiaridad y quietud presidían el paseo, aunque flotaba en el ambiente una especie de aroma a batalla, a guerrero, a carromatos y tiendas de nómadas, artesanos, agricultores, que se acercasen buscando protección y comercio. La Plaza , de forma mágicamente triangular estaba abierta al mundo, pero desde una especie de balcón, exactamente como el balcón de un ático, con la dosis exacta de habitabilidad y dejadez como para que se percibiese acogedora y lujosa simultáneamente. Los hombres, las mujeres, los escasos niños de esa hora del mediodía, circulaban de modo sosegado, tranquilos en su quehacer, atravesando la plaza sin prisa, debatiendo los principales acontecimientos de la actualidad o riendo de forma coral con los vecinos de siempre. Los bares presentaban un grado de ocupación razonable, y las terrazas de los mismos, aforo completo. Muchas veces pensamos que la felicidad no tiene precio, y yo digo que en ese momento la felicidad se cotizaba a 1,50€ la media hora, el tiempo en el que podías tomarte un café al ritmo justo, el que te permitía degustarlo sin que te echasen de la terraza por acaparador.

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Me dirigí hacia el vértice sur, el  más próximo al majestuoso Alcázar, escenario de tantas y tantas historias de heroísmo y crueldad a partes iguales. Pensé en salir de la Plaza para admirarlo, cuando me llamó la atención un reflejo plateado procedente de la pata de la mesa de terraza donde había disfrutado de mi primer café, del escenario de nuestro encuentro, que a esas horas ya empezaba a parecerme hipotético más que real.

 

Presidiendo el reflejo, me pareció vislumbrar una especie de figura achatada. El bombín. No pude determinar con más detalle qué había entre el bombín y el reflejo, por lo que se veía muy conveniente acercarse. Ella tenía la ventaja del dominio de los tiempos, y yo tenía la ventaja de poder salir corriendo. Estábamos casi empatados, salvo que ella no estaba atada a las esposas, solo las había colocado para satisfacer mi condición del encuentro, pero sin obstáculos para levantarse, darme un bofetón o cualquiera de las cosas que pudiera suceder en ese tipo de encuentros, en los que yo era absolutamente novato. No la culpaba. El grado de compromiso adquirido con la colocación de ese juguetito, podría haber resultado excesivo para un primer encuentro.

Me dirigí hacia el reflejo, hacia ella. Ya estaba allí, no podía volver atrás. Me obligué a mantener los ojos fijos en el horizonte. Me parecía de muy mala educación desviarlos hacia determinados sectores anatómicos; Además podría ser muy mal interpretado. De cuando en cuando los bajaba al empedrado para no acabar en Urgencias Traumatológicas. El punto de inflexión se presentó a unas pocas decenas de metros. A partir de allí, no pude despegar los ojos de su mirada. No exactamente porque tuviese los ojos bonitos, que los tenía, sino porque transmitía la combinación de sensaciones que, a priori, permitían esperar que aquella descabellada cita pudiese transformarse en un evento vital destacado.

Percibí en su mirada timidez, ansiedad, cariño, confort, esperanza, sosiego. Percibí colores, tonalidades y texturas. Percibí deseo contenido, romanticismo incurable, llanto cronificado. Percibí amor por la vida. El impacto de la luz en aquellos ojos color azabache transformaba la realidad como el papel fotográfico, incorporando pequeños pedazos irrefrenables de nosotros mismos. Es difícil engañar al fotógrafo experto. Es difícil mentir a una mujer ilusionada. Por ello, al poner rumbo hacia el faro de sus ojos, imploré al cielo que los míos transmitieran todas las tonalidades de las convulsiones que estaba provocando en mi alma, imploré a los hados, a los dioses, a los lares, a los ángeles y arcángeles, que no me abandonasen en ese crítico momento, que me arrepentía de todas las ocasiones en las que maldije la vida, en las que cínicamente criticaba el acervo de mi existencia, incluso aquellas en las que predije el peor de los futuros para el mío. Solo anhelaba transmitirle en mi mirar el enorme impacto que había causado en mi vida, con sólo atravesar las graníticas losetas dela Plaza Zocodover.

(continuará)


lunes, 19 de junio de 2017

RADIOBLOG (EPISODIO3)

Ya está a vuestra disposición el 3º Episodio de RadioBlog

En este 3º episodio empezamos con una sección que es una vieja aspiración de todo el equipo. Vamos a leer los post de aquellos bloggueros que nos lo solicitáis mediante el mail invitados@tublogradio.com.

Nuestra sección la estrena el blog pablogiordanoblog.wordpress.com, escrito por Pablo Giordano, novelista y poeta argentino.

Agradecerle desde aquí que nos haya cedido su blog para poder disfrutarlo.

Asimismo, abordamos los mejores blogs de Viajes, Cine, Tendencias, Ocio, Literatura,…y mucho más.

Os esperamos en el 3º Episodio de RadioBlog


sábado, 17 de junio de 2017

Taxi A Ninguna Parte

Desde que fui consciente de que el taxi que pedí en el Barrio de Salamanca había dejado Madrid, me asaltó una cierta inquietud. Yo le había solicitado que me dejara lo más cerca posible de Sol, unos quince minutos de trayecto. En cambio, abandonaba la ciudad por la Carretera de Burgos. Desde luego, ambos nos habíamos despistado. El taxista seguro, porque me llevaba lejos de mi destino. Y yo, porque debí haberme dado cuenta veinte minutos antes. Por tanto, digamos que ambos fuimos culpables de lo que sucedió, pero él más, porque es el profesional. Al cliente se le ha de perdonar todo.

No le vi nervioso en ningún momento. Parecía saber perfectamente donde iba, que no era al sitio que le pedí, obviamente. cuando le hice saber el cambio de ruta, simplemente dijo “Lo sé” Y, paradójicamente, ese hecho me reconfortó. Porque al menos alguno de los dos sabía hacia donde se dirigía en la vida.

Quise compartir su conocimiento, averiguar la ruta, conocer el objetivo, los puntos de paso. No pedía demasiado. Solo quería averiguar hacia donde se encaminaba mi vida. Nada más que eso. Pero se conoce que eso no es tan fácil. O al menos cuanto te lleva un taxista que ignora tus instrucciones, como la vida parece hacerlo a diario. Diríase que tu vida ha sido izada a la grupa de un caballo montado por la anarquía, salvo que el anárquico jinete sea un diabólico estratega.

Como de estas situaciones ya he vivido unas pocas, me dejé llevar. No podía arrojarme en marcha, no podía hacerme con las riendas del vehículo (ni del imaginario purasangre) En fin, hice lo único que se podía hacer. Acomodarme en el asiento y mirar por la ventanilla.

Y en estas sigo. No sé hacia donde voy, no conozco el destino ni lugares de paso. No tengo capacidad de actuación. Solo puedo confiar en el conductor y en el vehículo, y desear que todo salga bien. Aunque la experiencia me incomoda con sus múltiples dudad.