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sábado, 3 de febrero de 2018

Una Simple Confusión (y V)

Por tanto, se habrían debido producir los siguientes hechos independientes y simultáneos. Número uno. Una simple coincidencia espacio-temporal; Nosotros y ella, a la vez, en el mismo garito. Número dos, que ella decidiese, como por arte de magia, que quería no solo salir del local conmigo, sino que, además, la noche acabase con los dos compartiendo lecho. Número tres, que sus sentimientos hacia mí hubiesen sido reprimidos, no solo por mí, que eso era una certeza, sino por ella. Porque en el caso de que esos sentimientos fuesen sobrevenidos, es decir, que nada más verme en la disco, se hubiese encoñado conmigo, sería el hecho número cuatro. Y si todo eso se hubiese producido simultáneamente, tendría tres actuaciones a reprochar. La primera, a mí mismo, por ser un completo gilipollas. La segunda, a ella, por no haberse percatado de que yo era un gilipollas. Una cosa es que yo no reparara en ello ya que, al ser un estúpido integral, estaría plenamente justificado, y otra muy distinta, es que ella, siendo la chica, y por tanto lista y aguda, no se hubiese dado cuenta. Y la tercera, no haber jugado mucho más dinero a la Lotería de Navidad, dado el acúmulo de hechos favorables en mi entorno.

La presión de mis presuntos amigos al respecto de obtener conclusiones o chafardeos de mis no menos presuntas relaciones con Estela, se incrementaron sensiblemente los siguientes días. Ninguno parecía saber nada de nuestra triste despedida, y negaban ostensiblemente cualquier tipo de relación con su casual aparición. No obstante, yo tenía el convencimiento de su implicación y nada de lo que me dijeran podría influir en exceso. Creo que ellos se cansaron de la historia, y las llamadas cesaron progresivamente.

Mi vida prosiguió, sin incidentes ni alteraciones especialmente relevantes. Alguna vez me despertaba alterado, recordando la noche, sus distintas fases, aquellos momentos en los que parecía iniciarse un cuento de hadas, y aquellos otros en los que los rencores y el orgullo tomaban la voz cantante. He de reconocer que alguna vez forcé un cambio de ruta para pasar por mi antiguo barrio, aquel en el que la conocí, y en el que sabía que vivía ahora, con la secreta esperanza de volver a verla. Tomé algún café más de los que me apetecían, en ese pequeño bar en el que de jovencitos iniciábamos las noches de juerga tras los exámenes. También rebusqué en mis agendas juveniles, con el único propósito de encontrar escrito su nombre, en la E de equívocos, de ensueños, de errores. No necesitaba encontrar su teléfono, nunca lo olvidé. Solo tenía que añadir el antiguo prefijo provincial, y ella atendería la llamada. Y esa certeza evitó que pulsara las teclas, porque el solo hecho de volver a hablar con ella, me dolía en las entrañas.

Decidí perdonar a mis amigos, en el supuesto caso de que hubieran cometido pecado. Obvié ese detalle y volví a conectar con ellos, con naturalidad pero con rencor. Lo que me habían hecho no se lo perdonaría nunca, pero la vida sigue y no parecía razonable pasar a ser una isla, por lo que creé una especie de istmo artificial que me permitiera el contacto con ellos. Me apunté a sus reuniones, felicité los cumpleaños como uno más, e impedí que mis reservas hacia ellos se tradujeran en el día a día. Aún así, alguna vez hube de pararlos cuando intentaban retomar lo que ellos consideraban “el malentendido” de mi fiesta de cumpleaños. Les aseguré que aquello estaba olvidado, y ellos insistían que no habían tenido nada que ver. Incluso me reprochaban no haberles informado jamás de mi amor hacia Estela. Yo sonreía y callaba, sin creerme nada en absoluto, pero renunciando a hacer casus belli de la situación.

En una de esas reuniones, una de las chicas comentó que había visto a Estela paseando con uno de nuestros antiguos maestros, el profesor de Literatura y Filosofía de Bachillerato. La avalancha de muecas, toses y patadas en la espinilla que se produjeron en torno a la mesa, me obligó a pedir calma y asegurar a los presentes que no había ningún problema, que se podía hablar con entera libertad. Y los muy gilipollas se lo tomaron en serio. No dejaron de bromear sobre la situación, recordar los años de clase con el profesor, la muy merecida fama que tenía de mujeriego y galán, y cómo podía tener la desfachatez de “tirarse a un pibón como Estela, a la que había conocido con tirabuzones”. A punto estuve de degollar al gañán que pronunció esa ordinariez, pero finalmente la noche acabó con cierta calma.

Me fui jodido a casa, no me duelen prendas en reconocerlo. Y no solamente por el hecho de que Estela me hubiese olvidado tan rápidamente, si es que en algún momento me había tenido en algún tipo de estima, más allá de la amistad juvenil. Estaba el hecho de que el Profesor Megido había sido uno de mis principales enemigos durante esa época. Intentando valorarlo con la objetividad que te aporta la madurez y los años transcurridos, ese tipo era un bicho, y dudaba muchísimo que hubiese cambiado un ápice. Es de los que se van a la tumba siendo un completo mamón en la juventud, la madurez y la senilidad, estaba convencido. Y ya de jovencitos me parecía que miraba a Estela con ojos muy distintos al concepto de tutor o profesor que tenían los antiguos griegos. Sócrates decía que los tutores debían transmitir experiencias, por lo que se necesitaba una relación íntima con los alumnos. En mi opinión, el Profesor Megido había intentado llevar el concepto de forma casi literal, al menos con Estela. Calculé que debía andar en una madurez ya muy evolucionada, lo que no me consoló en absoluto.

La única vez que tuve que acudir a mi antiguo barrio sin forzar rutas o encontrar absurdos pretextos, fue a una exposición de pintura de un antiguo compañero de colegio, del grupito habitual de amigos. Siempre le gustó pintar, y siempre lo hizo bien. La idea era ver los cuadros, tomar una copa con él en el Centro Cultural que servía de Sala De Exposiciones, y acabar la noche en uno de nuestros sitios emblemáticos, una especie de pub clásico, que con los años se fue transformando en una especie de taberna inglesa.

Dudo que los dueños hubieran previsto que en sus instalaciones se pudiesen desarrollar combates de boxeo, pero eso fue lo que sucedió. La noche acabó con una masiva visita a la Comisaría de Usera. Sé que empezamos en una Exposición de Pintura, únicamente un pequeño grupo de amigos que quería apoyar a uno de los suyos. Por supuesto, las pinturas eran absolutamente inofensivas, de hecho, muy bellas. A todos nos gustaron. Bueno, debería decir a casi todos.

La aparición de Estela, del brazo del Profesor Megido, inició una especie de Efecto Mariposa, que concluyó con la masiva visita a la Comisaría. Y vive Dios que no fue culpa mía. Por lo menos, no todo lo fue. Cuando el imbécil de Megido empezó a realizar muecas burlonas según pasaba por los lugares donde se exponían los lienzos, cuchicheando al oído de Estela algún comentario grotesco, yo estaba muy tranquilo. Me concentré en mi copa de cava, y en hacer ver a mis amigos que lo incómodo de la situación no me llevaría a adoptar ninguna actitud agresiva ni estúpida. Incluso le saludé cortesmente. Se acordaba de mí, aunque vagamente, lo que me molestó un poco, pero le disculpé en el acto, dado el elevado número de estudiantes a los que había impartido magisterio. Es cierto que su comentario de “no serías de los más brillantes”, sobraba. Pero lo pasé por alto. Me daba en la nariz que el profe venía un poco pasado de alcohol, y la mirada suplicante de Estela me hizo ver que ella también se había dado cuenta.

En cualquier caso, mi comportamiento en el Centro Cultural, fue de Manual de Protocolo. El de Megido, en cambio, el mismo que en nuestros años escolares, pero sin la posibilidad de utilizar el boletín escolar como arma arrojadiza. Cuando se inició el trasvase hacia la Taberna Inglesa, deseé con fruición que Megido no nos acompañase. Incluso a costa de no volver a ver a Estela. Yo no contaba con ella, no esperaba verla. Nadie me había avisado. Es decir, que podría haber sido una especie de anécdota, sin más. Pero cuando vi que se unían a nosotros, valoré seriamente la posibilidad de irme a casa. No lo hice. Probablemente, para no dar más validez a la estratagema de mis amigos en mi cumpleaños. Quizás en mi fuero interno quería tener la oportunidad de suavizar nuestra relación, o quizás quería respuestas.

En cualquier caso, no deberá haber ocurrido nada extraordinario, pero Megido se puso en plan metepatas. Tiró las bebidas, gritó en más de una ocasión. Blasfemó, se metió con la Monarquía. Esta y todas las anteriores. Le llamaron la atención un par de veces. Estaba disgustando a Estela, eso era evidente. Y según avanzaba la noche, la situación iba a peor. Me levanté hacia el billar, hacia los dardos o hacia el futbolín. Lejos de ellos. Simplemente por no formar parte de ninguna cosa que pudiera ocurrir, y por no incrementar la vergüenza de Estela. Me mantuve alejado un buen rato. Hasta que ella vino a mí.

“¿Piensas evitarme toda la noche?. ¿ Otra vez?.”

“Estela, me ha parecido ver que venías muy bien acompañada, y no he querido molestarte”

“Sabes de sobra que lo estoy pasando fatal”

En eso tenía razón. Y me sentí como un desalmado por dejarla sola en compañía de ese tipejo. Mi comportamiento había sido de Manual, sin duda. Pero no había sido el que se debía esperar de un amigo. Y mucho menos de un secreto enamorado.

Le propuse una alternativa: “Coge tu abrigo y salgamos fuera. Hablemos tranquilos”

Ella hizo caso de mi sugerencia, probablemente agradecida. Volvió a toda prisa. Accioné la manilla de hierro forjado. Sostuve la puerta con ambos brazos, para ofrecerle una autopista hacia los tiempos mozos, los que nos unieron y nos separaron. La conversación se tornó fluida, para mi sorpresa, pero no por ello menos difícil. Primera pregunta “¿Qué pasó el otro día?”. Tomé aire, llené el pecho, y desnudé mi alma. “Simplemente, me molestó muchísimo que mis supuestos amigos montasen el numerito de que aparecieses por allí, justamente el día de mi cumpleaños.”. Primera respuesta, como un ladrillazo en la cabeza. “No tengo ni la más ligera idea de lo que me estás contando”

Se acabó el interrogatorio. Comenzó la confesión. “¿Me estás diciendo que no sabes de sobra que he estado loco por ti desde el colegio?”. “Hombre, eso sí, por supuesto. Pero no de lo de tu cumpleaños. Para mí fue una sorpresa, una maravillosa casualidad. No os veía desde hacía décadas. Nos reencontramos en un momento en el que yo no estaba con nadie, recién separada. Y tú, por lo que pude averiguar, tampoco. En el colegio estaba centrada en los estudios y también coincidió que salía con otros tipos. Me gustabas, pero simplemente no se dieron las circunstancias. Y cuando te vi el otro día, simplemente me hice ilusiones. No sé si eso es tan malo.”

El mundo se me echó encima. El problema de dar por sentadas cosas, que simplemente estaban en el aire. Y de no haber coincidido ese día, me podrían haber martirizado durante toda la existencia.

“Pero entonces, Megido….?”

“Simplemente he salido con él un par de veces. Es amigo de mis padres y éstos me insistieron para que le saludase. Desde luego, después de lo de hoy, no volveré a quedar con él.”

Y ya, solo quedaba jugársela. “Crees que podría compensártelo con una cena en algún sitio bonito”

Me miró, con una mueca de ternura y esperanza, y pronunció la sentencia. “No. Lo que me hiciste el otro día, no se compensa con una cena. Necesitarás mucho más. Y durante mucho más tiempo”

Ya no me puse a valorar la justicia de la transacción. Estaba bloqueado por la esperanza. Por  el traumático giro de acontecimientos. Por las múltiples disculpas que debería pedir a mis amigos. Por los centenares de cambios que se producirían en mi vida. Por esa avalancha de felicidad que me esperaba al otro lado de la puerta. Por los miles de días a recuperar. Porque seguía enamorado, pero ahora podría ser correspondido.

No me atreví a besarla, aunque lo deseaba más que cualquier otra cosa en la vida. Pero , esa caricia con el dorso de su  mano izquierda me hizo sentir mucho más de lo que jamás hubiese supuesto. ¿Que quizás fuese casual?. Ya lo dudo, porque su mirada no lo parecía. Pero no era momento de análisis, sino de vivencia. Quería vivir. Quería disfrutar del amor, quería retener esas mínimas sensaciones como si se tratase de una primera edición de El Quijote. Para mí, era una primera vez. La primera vez que amé, aunque fuese en diferido. La quería, lo hubiese proclamado en el vacío. Pero solo pude acompañarla, sujetar de nuevo la puerta, desear que no tardase mucho en despedirse y darle las llaves de mi casa y de mi alma.

Y en cambio, aquí estoy. En un banco de imitación de mármol, frío, severo y adusto, como el funcionario que me tomaba los datos. Seguramente le habría jodido la noche, pero no fue mi intención. Al volver al interior del local, Megido se levantó a recibir a Estela, con un etilismo notable. Le echó los brazos al cuellos, le dio un azote cariñoso. Ella se revolvió, le afeó su conducta. Yo me aproximé para rescatarla. Nos esperaba la felicidad, y ese idiota no iba a impedirlo. Pero cometió el error de llamarla “Puta”. Y tuve que romperle la mandíbula. El golpe me salió un poco bajo, no fue una diana perfecta, pero hizo blanco, desde luego.

A partir de ahí, la cosa se complicó un poquito. No por parte de Megido, que estaba inconsciente. Al dueño no le gustó el incidente. Yo lo entiendo. Se lo expliqué. “Mire, no he tenido más remedio. Se había metido con mi chica.”. Craso error. Porque mi chica me dijo que no era “su chica”. Que ella no era la chica de nadie. Qué carácter. Era sólo una forma de hablar. Intenté explicárselo, pero el dueño me tomó del brazo para sacarme fuera del local,  y mis amigos se pusieron nerviosos. Desde ese momento, ya no me considero responsable.

Acaba de salir mi chica de declarar. Dice que el puñetazo fue adecuado al improperio. A ver, tendrá que defenderme. No sé hasta qué punto le aticé por el insulto o por las múltiples ofensas de la época escolar. Quiero creer que la mayor parte fue por lo primero. Sí, sin duda le sacudí por el insulto. Pero no puedo negar que me quedé muy, pero que muy a gusto. Y no descartaría que ese crochet de derecha no llevase incorporado alguno de mis suspensos.

No he podido transmitir esos pensamientos a Estela. Creo que no debo provocarla. De momento, me he tomado la revancha, y la he besado sin parar. Y no se ha disgustado. Solo me ha recordado lo que me he perdido todos estos años.

Como si no lo supiera.

 


P.D.: Mis amigos vuelven a vacilarme con lo de mi Fiesta de Cumpleaños. Dicen que gracias a ellos estoy con Estela, que ellos lo prepararon todo. Ella lo niega, pero con poca convicción. No saben que me da exactamente lo mismo. Soy feliz.

sábado, 13 de enero de 2018

Una Simple Confusión (IV)

En ciertas ocasiones, un elemento mundano es capaz de aportar la cordura que nos falta, simplemente estando ahí, pasivo, indiferente, formando parte del paisaje urbano. Y en cambio, nos ofrece una salida, una respuesta, como la presencia de un faro en el horizonte. En este caso, algo tan poco sofisticado como la luz verde de un taxi libre, consiguió arrancarme de los más profundos pensamientos para colocarme en la senda, ya fuese correcta o lo contrario. Me abalancé hacia la portezuela trasera, dispuesto a dar por finalizada mi noche de cumpleaños, mis ilusiones y mi vida, para abrirme paso en la monotonía del día a día, cuando sufrí una parálisis motora generalizada, justo al oír una frase a mis espaldas.

“¿Vas a dejarme plantada otra vez, como siempre, como cuando éramos chiquillos?”

No sé si me molestó más el tono o el contenido. Es cierto que a veces cuesta trabajo extraer la esencia, la verdad de un mensaje transmitido, pero en aquel caso, en ese preciso instante, interpreté que Estela había mentido. Y con chulería. No es cierto que yo la dejase plantada, y mucho menos debía hacerme llegar ese mensaje desde una posición de superioridad. Podía aceptar que no me hubiese hecho ni caso, porque para eso es muy libre de elegir a sus amigos, sus amantes o sus novios, pero me parecía el colmo de la desfachatez que transmitiese una realidad alternativa y radicalmente opuesta a lo que sucedió.

Barajé dos opciones: Decirle que estaba mintiendo como una bellaca o, por el contrario, decirle que mentía como una bellaca. Opté por introducirme en el taxi, mirarla con cara de asombro y desearle una feliz noche. Tuve tiempo, desde la puerta de la discoteca hasta su casa, porque la muy meretriz se metió en el taxi unas décimas de segundo antes de que cerrase la puerta trasera. Y una vez dentro, lo que no podía hacer era olvidar mis deberes de caballero hidalgo español.

Me sorprendió oírle pronunciar la dirección de destino. “Paseo de Santa María De La Cabeza, a la altura del Puente de los Capuchinos“. Lo último que podía esperarme de ella era que siguiese viviendo en casa de sus padres. Se vio obligada de aclararlo, a la vista de mi cara de asombro. “Me he divorciado y, de momento, vivo con mis padres“. Ese detalle me permitía iniciar una línea de conversación interesante, qué duda cabe. Y abordé el asunto con extraordinaria intrepidez y audacia. “¿ Y cómo están tus padres?“.

Me miró, incrédula. “¿De verdad te interesa más saber cómo están mis padres que cómo estoy yo?“. Desde luego, la niña no se iba por las ramas. Decidí que hasta ahí habíamos llegado. “Mira, discúlpame si te parece que no actúo o hablo cómo tú esperas. Quizá sería más fácil que me explicases qué coño esperas de mí. Llevamos sin vernos décadas, y me estás empezando a acariciar mis partes nobles con una lija del siete. No sé si te alegras de verme, y lo disimulas de maravilla, o si de verdad esperabas un recibimiento con loores, confeti y alabanzas. O…“. Se me encendió la lucecita. “O es que alguien o alguienes te han dicho alguna cosa que te haya hecho pensar…“.

En ese momento puso cara de extrañeza, como si le estuviese hablando de las costumbres de apareo del cangrejo de río. O era una gran actriz o no sabía de qué le estaba hablando. “Oye, guapo, yo tengo la sana costumbre de pensar por mí misma“. Y aquí le cambió la expresión facial. Menos mal que ya estábamos doblando por la calle Antonio López, y la tortura sólo se extendería unos minutos más. Volvió la cara hacia la ventanilla, aparentemente extasiada, como si estuviese en Budapest, contemplando el paso del Danubio por debajo del Puente de Las Cadenas, cuando en realidad pasábamos frente al Cuartel de Bomberos. Simplemente no quería verme, o no quería que la viese.

La despedida fue cortés por mi parte, y gélida por la suya. El balance de la noche no había podido ser peor. Un cumpleaños inolvidable, en el sentido literal de la palabra. Y tenía no menos de media hora hasta mi apartamento. Le sugerí al taxista que tomase la ruta del centro, accediendo a Atocha y subiendo por el Paseo De La Castellana. Quizá no quería llegar a casa, acaso buscaba compañía exterior. Al poco de rebasar el Estadio Santiago Bernabéu, pedí al taxista que me dejase en el lateral. Necesitaba o quería una última copa. La conseguí por los pelos. Ya nada era como antes, como cuando cerrábamos los bares al amanecer, cuando se echaban los cierres y comenzaban a suceder las cosas. Cuando no te esperaba un apartamento vacío, sino un poco más de juerga. Cuando te partían el corazón a diario y cicatrizaba como por arte de magia. Nada era como antes. Cuando los amigos eran leales, te arropaban y te mimaban. Hoy por ti y mañana por mí. Cuando ellas eran el enemigo y el objetivo. Cuando las reglas estaban claras.

Salí casi a rastras del local. Afortunadamente,  tenía todo el día para recuperarme de la borrachera. La fatiga física pasaría. Otra cosa era la mezcla de sentimientos encontrados que abordaban mi alma. Quería sentirme utilizado, pero para ello me faltaban evidencias. Humillado, porque para ello me sobraban evidencias. Inútil, porque lo era. No supe ver más allá de mis recelos, de mis almenas, de mi orgullo adolescente. Lo único relevante en esa noche de locos era la presencia de ella. Los últimos años había intentado borrarla de mi corazón, pero había utilizado la táctica equivocada. Como cuando intentas cambiar una palabra sobreescribiendo encima de ella. Lo lógico, lo más eficaz hubiera sido borrar y comenzar de nuevo, pero jamás lo hice. Admítelo, siempre estuvo allí, me dije. Y ahora que de verdad estaba, la expulsé de mi vida, con el método más burdo concebible, el de negarme y negarle sentimientos y emociones que en realidad presidían todos los actos de esa noche. Sólo quedaba desear que las pocas horas que quedaban hasta el alba, pudieran mitigar o camuflar el dolor que sentía. Al menos, disimularlo.

Como era de esperar, la mañana no cambió nada en absoluto. Al despertar estaba exactamente igual de jodido y mucho más resacoso, lo que únicamente aportaba a mi diatriba sentimental, un punto de vista mucho más radical. Consideré esa noche como una señal del destino, un signo inequívoco de que jamás debía permitir que hechos o sentimientos, ya fueran pasados o presentes, alterasen el equilibrio inestable que mantenía conmigo mismo. Y ello obligaba a mantener un cierto alejamiento de cualquier elemento perturbador. Así, ignoré los mensajes y llamadas de mis supuestos amigos, indagando al respecto de mi prematura huida de la discoteca, preguntándome si me había gustado la celebración y “las sorpresas”. Y ya, envalentonado, rechacé una llamada procedente de un número fijo que conocía indirectamente, ya que comenzaba por los números habituales de mi antiguo barrio. En el mejor de los casos era una llamada de Estela, desde la casa de sus padres. Por supuesto, la ignoré.

En lugar de intentar aclarar las cosas con mis amigos, incluso con ella, opté por una estrategia mucho más inteligente. El proceso analítico que utilicé para justificar mi elección, no podía ser más sólido. Si interrogaba a mis amigos al respecto de una posible encerrona, previamente pactada con Estela, para hacerme pensar que la llama del pasado se había reavivado misteriosamente, ellos lo negarían. Bien. Por tanto, se habrían debido producir los siguientes hechos independientes y simultáneos. Número uno. Una simple coincidencia espacio-temporal; Nosotros y ella, a la vez, en el mismo garito. Número dos, que ella decidiese, como por arte de magia, que quería no solo salir del local conmigo, sino que, además, la noche acabase con los dos compartiendo lecho. Número tres, que sus sentimientos hacia mí hubiesen sido reprimidos, no solo por mí, que eso era una certeza, sino por ella. Porque en el caso de que esos sentimientos fuesen sobrevenidos, es decir, que nada más verme en la disco, se hubiese encoñado conmigo, sería el hecho número cuatro. Y si todo eso se hubiese producido simultáneamente, tendría tres actuaciones a reprochar. La primera, a mí mismo, por ser un completo gilipollas. La segunda, a ella, por no haberse percatado de que yo era un gilipollas. Una cosa es que yo no reparara en ello ya que, al ser un estúpido integral, estaría plenamente justificado, y otra muy distinta, es que ella, siendo la chica, y por tanto lista y aguda, no se hubiese dado cuenta. Y la tercera, no haber jugado mucho más dinero a la Lotería de Navidad, dado el acúmulo de hechos favorables en mi entorno.

Imagen destacada tomada por Concepcion AMAT ORTA… [CC BY 3.0], via Wikimedia Commons

miércoles, 3 de enero de 2018

Ella, Hegel Y, Si Acaso, Yo (Y VI)

El post de hoy atiende a la petición de Ana, desde su blog http://ift.tt/2Ei9qAo y el de Mayte Blasco. La entrada de hoy, continuación , se inicia en una biblioteca, como solicita Mayte, prosigue en un entorno de debate filosófico, como ha solicitado Ana, y  concluye en una biblioteca, siguiendo los deseos de Mayte.

Obviamente, la concurrencia no tomó mi negativa en serio, y detectando que el juego podría alargarse definitivamente hasta la salida del sol, momento en el que el chocolate y los churros tomarían el relevo de los besos y caricias, propusieron miles de estrategias para evaluar el resultado final del desfile ciego.

Y una vez más, Julia tomó la voz cantante. Se había convertido en una extraordinaria maestra de ceremonias, en lo que se refería a tocarme los huevos. Mira que yo había llegado a la noche con perspectivas muy escasas, con el afán de pasar cuasi desapercibido y, todo lo más, iniciar algún tipo de contacto que pudiera llegar a ser confirmado en los próximos días o semanas, pero de forma mucho más convencional. También había considerado la posibilidad de tener algún fugaz encuentro sexual, pero más o menos como cuando compras un billete de lotería, con ilusión, pero sin esperanza. Pero su presencia, lo había cambiado todo. Ahora era una especie de bufón medieval, en un entorno cuasi medieval, pero con el noble propósito (inducido), de entretener a la concurrencia. Había que ponerle fin, pero ella no consintió.

“Bien, ya que Toni ha recibido los besos y caricias de todos los asistentes, se le insta a que revele el nombre de la afortunada besadora misteriosa, en el caso de que lo haya podido averiguar”. Desde luego que no tenía ni puñetera idea, pero no iba a reconocer ese hecho. Ni el contrario. Alcé los brazos, protesté con débiles argumentos y recibí un diluvio de chanzas y risas. Yo solo esperaba que aquello acabase para volver a mi vida habitual, tras los churros, por supuesto. Pero ya saben aquello de que el hombre propone, y siempre hay una mujer para joderlo. ¿O no era así? En cualquier caso, vino una mujer y lo jodió, pero del todo.

“En estos momentos de duda, desconocimiento y sospecha, no tenemos más remedio que recurrir a la ayuda de los expertos”, declamó a voz en grito, aquella que se había convertido en alma mater de la fiesta. “Este desempate ha de resolverse al estilo hegeliano, ¿no estáis de acuerdo?”. Las vibraciones procedentes de los gritos de jolgorio de los asistentes, seguramente habrían tambaleado los cimientos del monasterio. Yo estaba completamente seguro de que el noventa por ciento de los asistentes no había oído hablar de Hegel, y el diez por ciento restante, no se imaginaba cómo alguien podría retorcer los postulados de Hegel, hasta tal punto que pudiera resolver una disputa en un concurso de besos. Tuve que callar, porque no tenía ni puñetera idea de las intenciones de aquella Mefistófeles improvisada (o profesional).

“Ya sabéis que Hegel defendía que la historia se explicaba porque un grupo formulaba una idea, lo que era conocido como tesis. Otro la rebatía (antítesis), y de la confrontación entre ambas ideas, el debate se enriquecía con la propuesta de una síntesis, que pasaría a ser la nueva tesis. Pues bien, nosotros hemos asistido a la Tesis, es decir, a los besos que le hemos proporcionado a Toni. Como éste es un tanto ceporro, un poco insensible, quería decir, vamos a lanzar una antítesis. Y va a ser él quien la formule, besando a las chicas que se presten, pero con los ojos vendados, con el fin de enriquecer la concentración, explotar la sensibilidad de los sentidos, y evitar que nos estafe, eligiendo a la chica que a él más le guste. En cualquier caso, habríamos obtenido la deseada síntesis, la resultante de la tesis y la antítesis, o sea del beso recibido, y del proporcionado. Si el mejor beso se lo otorga a una chica fea (que no es el caso, porque todas estamos buenísimas), pues tendrá que cargar con la culpa el resto de sus días). Si no es capaz de detectar a la chica que le ha proporcionado el beso que ha originado todo este sutil proceso deductivo, se quedará vagando por la vida, sin otro recurso que el sufrimiento eterno, o la autosatisfacción crónica “. No estoy seguro de que fuese este último destino, o simplemente la cabronada que estaba proponiendo. El hecho es que nuevamente había obtenido un extraordinario éxito en mi función de bufón improvisado.

En esta circunstancias, no cabía otra opción que la de pensar rápido. Con disimulo, localicé el post-it donde había anotado los detalles de la cita de la reunión, que aún mantenía ciertas propiedades adhesivas, y antes de que procediesen a vendarme los ojos, condición sugerida por Maika, a la que el cambio de año no había conseguido convertirla en otra persona, y que seguía siendo la reina de los zorrones, me acerqué a Julia decididamente, como si fuera a implorarle piedad, asiéndola suavemente del hombro izquierdo con mi mano derecha. En ella llevaba el post-it, que deposité suavemente en su omóplato izquierdo. Alea jacta est.

Y ya sólo quedaba disfrutar. Fui besando una a una a todas las asistentes, disfrutando de un catálogo variado de los mejores ósculos, proporcionado por las exquisitas jóvenes presentes. Pero el fugaz y delicado piquito que había recibido de la misteriosa joven se tornó en un descarado beso de tornillo, con el que disfruté como un enano, atizado a todas y cada una de las mujeres presentes. El procedimiento, el mismo para todas. Las asía delicadamente con la mano posada en su hombro, y procedía a ejecutar la maniobra. Variedad, calidad y gozo. Extraordinario Hegel, vive Dios.

En un momento dado, creo que fue en el séptimo beso, detecté la presencia del post-it en el omóplato de la afortunada, y ahí me vine arriba, más por venganza que por deseo. Y me dediqué en cuerpo y alma a ajustarle las cuentas a ese diablillo, esperando haberle proporcionado el mejor beso que hubiese recibido en su vida. No sé si lo conseguí, pero que lo intenté, puedo certificarlo. Y protestas, no recibí ni una.

Al finalizar el recorrido, me quitaron la venda de los ojos y me preguntaron por el diagnóstico. Yo, a esas alturas, ya estaba muerto de risa, y carente de cualquier tipo de sensación vergonzosa. Manifesté, alto y claro, que no había podido detectar a la misteriosa besadora, pero que estaba seguro de poder hacerlo, tras una segunda ronda. Las risas y los lanzamiento de cojines, coincidieron con las campanadas que marcaban las ocho de la mañana, hora de apertura de la churrería local y, como un ejército bien entrenado, acudimos a recoger los restos de la cena y nuestras pertenencias. Nos citamos en la puerta principal en diez minutos. Yo tenía poco que guardar, por lo que me dirigí a la biblioteca para esperar al resto, curioseando nuevamente entre los magníficos volúmenes existentes. Y entre ellos, mirándome fijamente, con una expresión adusta, confundida o acaso reprobadora, la “Fenomenología Del Espíritu”, de Friedrich Hegel. En su interior, un retrato que, ruego a Dios, no le hiciese justicia. Desde luego, no tenía el aspecto de un hombre que hubiese proporcionado muchos besos en su vida. Supongo que es lo que tiene filosofar durante décadas para que luego, unos pervertidos como nosotros ajásemos sus pensamientos con propósitos lujuriosos. Ya se sabe que cuando el autor pone a disposición del público su obra, ésta pasa a ser patrimonio de éste. Así que, a joderse.

Mientras fastidiaba a Hegel con este tipo de pensamientos impuros, las risas iluminaron la habitación. La reina de la fiesta había hecho su aparición. Ya desprovista del sexy vestido negro, se había colocado unos tejanos que la hacían mucho más terrenal. Mientras que con el vestido parecía lo que había sido esa noche, una revolucionaria, interesante, inteligente y brillante mujer, con esos pantalones vaqueros, se convertía en esa vecina del piso de arriba de la que has estado enamorado toda tu vida, y a la que contemplas traspasar el portal con uno y otro novio, hasta que finalmente se casa y se muda de tu barrio, mientras que tú te quedas destrozado en el descansillo de la planta baja, preguntándote por qué no le dijiste nunca lo que sentías.

Complementaba su atuendo con un asexuado pero eficaz jersey de lana, que me recordaba a esos privata de mi adolescencia, seguramente inspirado en ellos, unas botas altas de montar, y un pañuelo colorido colocado en la cabeza, con el que me hubiese gustado atarle las manos y besarla hasta la siguiente Nochevieja. Sobre la marcha, me preguntó, así, a bocajarro, dos cosas, casi sin esperar respuesta. “Toni, me he fijado en que el vestido que me acabo de quitar tenía un post-it, escrito con letra de médico. ¿Por un casual, tú no sabrás a quien pertenece, ni el propósito del mismo?”. Contesté, un tanto burlón: “Chica, ni idea. A lo mejor se trata de una versión moderna de las miguitas de Hansel y Gretel, o el hilo de Ariadna, para marcar el camino de salida. O podría tratarse de un remake de los cantos de sirena, los que llevaban a los marineros de Ulises a las rocas donde naufragaban”. Y acto seguido, el obús: “¿Y estás completamente seguro de que no sabes quién te dio el beso?”. Ahí, creo que tuve un momento de inspiración. “Estoy tan seguro de que no sé quién me dio el primer beso, como de quién me hubiese gustado que lo hubiera hecho. Y mucho más seguro aún de quién me ha proporcionado el mejor beso de la noche.”

Y, con el único propósito de no dejar interrogantes abiertas, así con fuerza la cintura acolchada por el jersey de lana, coloqué mi mano izquierda por debajo del pañuelo, y acerqué sus labios a los míos. Creo que la solté porque entraba en apnea, no por el hecho de que todos nuestros amigos nos hubiesen encontrado morreando en la biblioteca, y mucho menos porque nos esperasen el chocolate y los churros.

Alguna vez le he preguntado si ese beso misterioso procedió de sus labios, o aún pulula por la Sierra de Guadarrama alguna admiradora secreta. Lo hago para chincharla, porque lo único que me interesa en la vida es estar a su altura. Pero solo obtengo una respuesta, sean cuales sean las circunstancias en la que le formulo la interrogante:

“Tú, es que eres gilipollas”

Jakob Schlesinger [Public domain], via Wikimedia Commons


lunes, 1 de enero de 2018

Ella, Hegel Y, Si Acaso, Yo (V)

Bien, considerando detenidamente lo que acababa de ocurrir, podríamos llegar a la conclusión de que la noche, inesperadamente, había resultado enormemente exitosa. Me habían acariciado y besado, y eso es mucho más de lo que esperaba cuando comenzamos el paseo junto al río.

Es posible que el lector piense que es una lectura excesivamente prudente, y que se trata de un triunfo clamoroso de la intelectualidad frente a la belleza, dado que lo único que hice que pudiese justificar tal victoria, fue dirigirme al auditorio para manifestar mis puntos de vista. Y no es que les quite la razón, estuve muy digno. Pero antes habría que analizar algunos apartados que quizá el lector no haya considerado.

En primer lugar, la eterna cuestión, la duda que suele embargar al varón en el momento que culmina su proyecto de captación de pareja temporal. ¿Qué demonios he hecho para que esta joven me acompañe  a pasar la noche?. Más que nada, por repetirlo en otras ocasiones. Nunca he obtenido una respuesta clara a esta pregunta. Siempre me han dicho lo mismo. “No lo sé, simplemente me apetecía estar contigo”, o mentirijillas piadosas de la misma estirpe. Que se trata de un argumento falaz, es obvio. Las mujeres no hacen nada sin tener una buena razón. Y compartirla con nosotros, sería un detalle de buen gusto, pero no suele ocurrir.

En segundo lugar, un pequeño detalle que no es baladí, y que reconozco me causaba cierta zozobra. En efecto, había recibido una caricia y un beso, en el mismo lugar donde me encontraba admirando la silueta serrana. Pero, para mi suerte o desgracia, no tenía la más mínima idea de quién había sido el artífice. Por poder, podría haberse tratado de algún, en lugar de alguna. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. No, no podía ser. Esa mano había recibido cuidados hidratantes en cantidades muy notables. ¿Algún metrosexual? Lo dudo, pero no es imposible.

Digamos, para mi alivio, más que nada, que pudiera tratarse de una mujer. En ese caso, la gama de problemas esperables podría oscilar desde el desastre completo, si hubiese sido una de las chicas emparejadas, hasta el Gordo de Navidad, si la artífice hubiese sido Julia. Premios de consolación, en el caso de que no fuesen ni unas ni la otra.

Empecé a considerar la posibilidad de que todo hubiese sido producto de mi imaginación, o de mi intoxicación, para ser precisos. ¿De verdad me habían besado, me habían acariciado? Y si había ocurrido, ¿porqué no se quedó a mi lado para esperar mi reacción?. Necesitaba ayuda, y rápido.

Enfilé el camino de la biblioteca, musitando una excusa. Enganché el tomo de la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert, hasta que me di cuenta de que estaba en francés. Busqué algún diccionario de francés, hasta que encontré la palabra que buscaba. “Baiser”. Desistí de la búsqueda más compleja, como “por qué las mujeres besan a los hombres”, o “besos en nochevieja”. Buscaba una respuesta sencilla y clara.

La estancia estaba iluminada de forma muy tenue, no habían entrado aún los rayos del alba, ni se habían accionado las fuentes de luz eléctricas, por lo que me costaba leer con nitidez. Me dirigí a un rincón, casi a tientas, buscando lo que parecía ser una lámpara de pie. Conseguí encontrar el interruptor, y cuando me volví hacia el tomo que tenía abierto, casi me caigo de espaldas. En la puerta, apoyada en una cadera, y con una sonrisa burlona, se hallaba una de las sospechosas del evento.

Te dije que si estabas buscando información sobre mí, podías preguntarme directamente“. Avanzó, cogió el tomo, pero no podía saber exactamente el término que estaba buscando, solo que empezaba por la letra B. “Jugamos a Veo-Veo, Toni. ¿Una cosita con la letrita B?“. “No es necesario, Julia. Buscaba la palabra “belleza”, pero tu llegada me ha aclarado las dudas

Vale, quizá demasiado tosco, y desde luego, muy poco sutil. Pero no se lo tomó a mal. Se sentó, me invitó a hacer lo mismo, y empezamos a charlar distendidamente sobre lo bien que se había dado la noche. Ella tampoco esperaba mucho y en cambio, decía habérselo pasado bien. Aproveché el momento para preguntarle, de forma extremadamente delicada, si había sido ella la que me había besado. Su respuesta me hizo dudar.

¿Me estás diciendo que algún zorrón de las de ahí dentro te ha morreado y no sabes cuál es?“. Hombre, dicho así, sonaba francamente mal. No estaba seguro si me estaba tomando el pelo, estaba indignada o encontraba la situación realmente cómica. Abochornado, hube de confesarle cómo se había desarrollado el ataque. Simplemente estaba, miraba, sentía y, cómo decía Cervantes, “fuese y no hubo nada

Las carcajadas resonaron en la totalidad del Monasterio y, en el supuesto caso de que hubiese una conexión espiritual directa con el de arriba, (nos hallábamos en un lugar de culto), el uso de la castiza expresión “Se ha enterado Todo Dios”, estaría muy bien aplicada en ese contexto. Alguno de los amigos asomó la cabeza, para asegurarse de que no había sucedido nada irreparable, y se conformó al verme sentado en un sillón, avergonzado y humillado, mientras que Julia se retorcía en un sofá olímpico, muerta de la risa. Supongo que pensaría que le había tirado los tejos y que ella se había deshuevado. Previsible.

Aunque en toda mujer hay una actriz, que normalmente suele destacar en el género dramático, tuve que deducir que esa espontánea vis cómica, no era fingida. Aunque, francamente, nunca se sabe. Lo que sí es cierto es que a veces no hay mal que por bien no venga, y a ella se le ocurrió una manera muy sencilla de hallar a la roba-besos. “Mira, vamos a hacer lo siguiente: De momento, vamos a recrear la situación allí mismo, junto a aquella ventana. Tú vuelves a contemplar la Sierra Del Guadarrama, y yo me encargo de que las asistentes femeninas a esta Nochevieja tan…singular, vayan pasando por aquí, te acaricien, te besen, y así, salimos de dudas.”

Estaba completamente seguro que ante esta situación, la Enciclopedia, Diderot, D’Alembert, el reputado Profesor López-Müller, y seguramente un resucitado Sigmund Freud, habrían hecho una de estas dos cosas: Bien escribir sobre ello, bien salir huyendo a lo que le dieran las piernas. Lo que no acabo de entender es cómo me escuché a mí mismo balbucear algún tipo de …inconveniente a esa idea, simultáneamente a la maniobra de Julia de abandonar la habitación en busca de las otras chicas. Simplemente me planté frente a la ventana, rogando al cielo que todo fuese una broma y que no tuviese suficiente decisión para llevar a cabo tan descabellado plan.

Empecé a sospechar que se avecinaba la tormenta cuando todas las asistentes a la velada, y la mayor parte de los varones, se agolparon en la puerta de la biblioteca para general regocijo. Los chicos me felicitaban por la brillante y original idea que había tenido para triunfar esa noche, lamentándose de que a ellos jamás se les habría ocurrido, y por supuesto, consiguiendo empeorar la situación exponencialmente. Las chicas habían formado una disciplinada fila para acometer el desafío, con el permiso expreso de sus parejas, en el caso de tenerlas y estar presentes. Y Julia, como un Mariscal De Campo, organizando las operaciones.

“Las reglas son las siguientes: Las chicas os vais acercando a Toni, en silencio, le rozáis el antebrazo izquierdo y le proporcionáis vuestro mejor beso. Solo un piquito, sin lengua ni excesos. Se trata de resolver el misterio, no de que os vengáis arriba. De haber querido tener sexo con este pobre, tendríais que haberlo pensado mucho antes. Ahora solo se trata de aclarar las cosas, no de desahogarse”. Las risas amenazaron con descolgar algunos cuadros y volúmenes de cierto porte. Y yo, no sabía donde meterme.

Y así, una tras otra, fueron dejando su especial impronta en mi antebrazo y en mis labios. Empecé muy confundido, pero poco a poco le fui encontrando el punto canalla al desfile, hasta que empecé a detectar alguna fragancia masculina en mi proximidad, y puse fin al show de un modo radical y definitivo.

 


sábado, 30 de diciembre de 2017

Ella, Hegel Y, Si Acaso, Yo (II)

Wiwichu 2017

Wiwichu 2017

El post de hoy atiende a la petición de  Ana, desde su blog http://ift.tt/2Ei9qAo. Como ya comenté ayer, el relato tiene dos partes. Por un lado, la historia que se desarrolla en la biblioteca, que tiene como objeto dar respuesta a la petición de Mayte Blasco. La entrada de hoy, continuación , se desarrolla en un entorno de debate filosófico, como ha solicitado Ana.

En el blog de Ana, vais a poder encontrar relatos cortos con un tinte de delicioso lirismo, y un toque místico, incluso surrealista. Llama la atención la gran calidad de los textos, con una muy cuidada sintaxis y un vocabulario, comprensible para el lector medio, pero no elegido al azar. La temática varía ostensiblemente, desde aspectos más cotidianos hasta enfoques más elevados. Os animo a que os deis una vuelta por su blog.

Ana me pidió: 

Yo pido otro post “filosófico”, ¡hala! Si se puede pedir, y ya puestos… ¡Felices fiestas!

 

Y desde este post, intentaré darle cumplida satisfacción..

Por consiguiente, procedo a insertar el siguiente relato, titulado “Ella, Hegel Y, Si Acaso, Yo (II)”

Aunque, mucho me temo, que este relato va a dar para más filosofía y más bibliotecas.

El trayecto desde la biblioteca hasta la sala donde se había habilitado una especie de salón-comedor, enfocado como un buffet libre, casi como si fuese un cóctel de alta sociedad, me lo pasé admirando la figura que me precedía. Hasta las chirucas parecían ser unos Manolo Blahnik, tal era la elegancia de Julia. Si es que hasta el nombre sugería clase, emanaba distinción, solidez y fortaleza. Me sorprendí a mí mismo valorando la posibilidad de que esta Nochevieja discurriese por cauces menos…convencionales.

Mi situación sentimental, en cambio, sí que era convencional. Noviazgo aparentemente formal, de duración media, discurriendo por términos más o menos estables, más o menos satisfactorios, más o menos aburridos. No colmaba mis expectativas del todo, debía reconocerlo, pero hasta esa noche siempre había pensado que el devenir de la relación acabaría por llevarla a buen término. Si alguien me preguntase por las carencias de la misma, no podría contestarle. No porque no las conociera al dedillo, sino porque me daría vergüenza. Mis deseos no estaban debidamente satisfechos. Y no me refiero exclusivamente al sexo. En realidad, ese no era el núcleo de mi decepción, aunque todo es mejorable, y esperaba que mejorase. Simplemente se trata de que nuestro concepto de “amor” no podría ser más distinto. Y la solución a un problema semántico tan profundo, no era tan sencilla, como la simple formulación del mismo. ¿Cómo explicas a una mujer de mediana edad que un hombre maduro, ya casi de vuelta de la vida, espera de la misma la llegada del amor verdadero, el que formularon los poetas, el que Santa Teresa decía resolver de Jesús, el que llevó a Larra al suicidio, el que inspiraba a Becquer y Rubén Darío? Probablemente, se echaría a reír o se llevaría un soponcio, solo con imaginar lo que llevaba oculto en mi corazón desde hacía décadas.

Por supuesto, no era tan tonto como para pensar que así, por una casualidad del destino, por arte de birlibirloque, iba a dar con la mujer de mi vida en una fiesta de Nochevieja, que además iba a compartir mis anhelos por ese tipo de amor profundo, rotundo y definitivo, y que cada una de las doce uvas iba a representar un año entero de felicidad absoluta, que ya lo hubiese firmado. Pero confieso, con vergüenza, que la mirada burlona e intensa que me dedicó leyendo La Enciclopedia, me trasladó a una playa paradisíaca del Caribe, a la puesta de sol desde el Templo de Debod, a un concierto de Eagles, o a las risas inagotables que sugieren las esculturas de la Tate Modern. Es decir, a lo que yo entiendo como la felicidad absoluta, efímera si quieren, pero compartida.

Templo de Debod

Contaban las leyendas urbanas de los años setenta, que el antídoto que se usaba entonces para contener los impulsos sexuales de los adolescentes, se llamaba bromuro. No me pregunten. Nunca he sabido si existía, ni recuerdo haber sufrido sus efectos. Pero en mi opinión, si se quiere segar de raíz los deseos sexuales de un varón, más o menos sano, solo existen dos opciones: La quirúrgica o la represión autoimpuesta. La primera me pareció un tanto violenta e irreversible. La segunda, triste pero factible. Con muchas ventajas, desde luego. Mantenía el status quo, cualquiera que éste fuese, evitaba conflictos de rol en una noche aparentemente tranquila, eludía incomodidades para los invitados y, desde el punto de vista logístico, evitaba encuentros repletos de disconfort y fugacidad. Los inconvenientes, obvios.

Y dentro de esas maniobras represivas, pensé que podría incluir los preparativos de la cena. La exhibición pública de mi inutilidad doméstica, podría alejar a Julia y a la mitad de la población femenina, pensé. Pero los planes no funcionaron como pensaba. Mi excelente disposición fue inmediatamente loada por el sector femenino de la cena, que incluso sugería que ese fuese el debate central del juego que nos esperaba a la conclusión. No tuve en cuenta ese efecto colateral. Máxime cuando Julia rompió el tercero de los vasos que cayó en sus manos. Madre mía, la mujer que había identificado como diana de mis impulsos primarios, la que había idealizado en mi mente y en mi cuore, se había convertido en una máquina trituradora de enseres domésticos. ¡Qué capacidad!. Las otras mujeres la cargaron de cubiertos y servilletas, aparentemente inofensivos, y la expatriaron sin miramientos de la salita que hacía las veces de cocina. No pareció muy afectada, en realidad. Y la vi deambular con elegancia y suficiencia con una copa en la mano. No digo que hubiese tirado los vasos a propósito, pero afirmo que no le afectó en demasía.

La cena, en ausencia de platos calientes, a excepción de un soberbio consomé aportado por una de las chicas, transcurrió de forma sosegada y divertida, entre promesas de severos ataques dialécticos por parte de uno y otro bando. Se prolongó casi hasta las uvas, que se prepararon casi con prisas. El reloj de la Puerta Del Sol avanzaba inmisericorde hasta las Campanadas, y la mitad de los comensales manifestaban con palabras o hechos, su desconocimiento absoluto de la liturgia. Mezclaban los cuartos, la bola, las campanadas…, lo que originó un desmadre absoluto, del que me escapé a base de concentración y un ligero aislamiento. Julia, por su parte, había tirado la mitad de sus uvas, y a la finalización de la última Campanada, seguía quitando las pepitas de la tercera de las uvas. No crean que se preocupó en exceso. Contempló el panorama, y siguió con la extracción de las semillas. Cuando pudo retirar la última simiente de la última uva, entonces, y solo entonces, brindó, felicitó y besó. A eso le llamo yo personalidad. A eso le llamaron algunos ser una auténtica tocapelotas.

Tras las primeras burbujas, se sirvieron las primeras copas. Calidad, imaginación y mesura, al comienzo. Un poco más agresivas según avanzaba la noche. Y entretanto, el, juego comenzaba a organizarse, aunque de una forma un tanto caótica. Los equipos no se habían conformado oficialmente, los temas de debate no se habían elegido y, en general, no parecía haber mucha disposición, probablemente porque los asistentes estábamos más concentrados en saborear las copas, en establecer objetivos de caza, o en acortar los tiempos para coger la cama. Este impasse duró lo que quiso Julia. Cuando se levantó, enunció las reglas y repartió los equipos, hubo una especie de taconazo militar colectivo y todos ocupamos nuestros puestos de combate.

El juego quedó organizado de la siguiente forma. Treinta minutos por tema. El equipo que iniciaba el debate lo elegía, de forma alternativa. Todos los participantes debían aportar al debate. Y el ganador lo sabría por convencimiento propio, es decir, no había árbitro, ni mediador, ni juez. Simplemente el enriquecimiento intelectual del debate, el premio de conocernos mejor y pasar una noche entretenida. Y arrancaron las chicas.

La que yo había considerado como “verso suelto”, y que atendía al nombre de Estela, se tiró en plancha: “Propongo como tema de debate que cada grupo exponga cómo definiría la relación de amistad hombre-mujer“. Estaba en su derecho. ellas empezaban. Decidí mantenerme al margen inicialmente, ya que mi postura al respecto hubiese finiquitado el debate a las primeras de cambio. En nombre de nuestro grupo, Santi tomó la palabra, iniciando una argumentación a todas luces vergonzosa, apoyando el concepto, defendiendo la viabilidad del supuesto, expresando sus experiencias personales con las que él denomina “amigas del alma”, y una lista de paparruchas indignas, que le llevaron a recibir un abucheo generalizado por parte de su propio equipo y parte del contrario. Como si no conociésemos sus correrías con esas “amigas del alma”. Creo que no le había dejado vivo ni una de ellas. Salvo quizás Patri, que permanecía muy callada, probablemente porque Sonia, su actual pareja, estaba delante. Lamentable deserción en cualquier caso, una traición reprobable, y así se le hizo ver. El resto de la noche estuvo muy concentrado en sus copas.

El sector femenino contratatacó con los tanques. Llamó en su ayuda a Platón, nada menos. Según Cruz, la ponente del equipo rival,  la amistad es el principio del valor y de todas las virtudes, y ello no excluye a ningún integrante del otro sexo. Los aplausos de sus compañeras recibieron justa respuesta: “Es curioso que menciones el concepto de amistad de Platón, cuando todos sabemos que los griegos en aquella época consideraban a las mujeres como seres inferiores, ni siquiera las tenían en cuenta. Un tanto contradictorio, ¿no te parece?“. La dialéctica siempre fue uno de los fuertes de mi amigo Luján. Médico rural, bien pasados los cuarenta, en una fase de idílica relación amorosa con Matilde, no era un rival sencillo para una discusión. Acostumbrado a las opiniones en su entorno laboral, te atizaba con el último estudio del New England Journal en la cabeza, y las discrepancias habían finalizado. Medicina basada en la evidencia, decía él. Jodido pedante, pensábamos los demás. Y remató citando a Bernard Shaw: “Un verdadero amigo, te apuñala de frente. ¿Cuándo ha hecho eso una mujer?. Acaso Lucrecia Borgia te ofrecía el veneno, avisándote que era veneno?” Claro que la réplica de Matilde no se quedó atrás: “En tu caso, no seguiría bebiendo de esa copa de Jameson. Puede que no sea Jameson“. Luján apuró hasta el último trago, de un golpe y lapidó al sector femenino con un demoledor argumento: ” sola dosis facit venenum“. El hijo de perra citó a Paracelso, en latín. Y se negó a traducirle. Y en este punto, comenzó el show de Julia.

(continuará)

 

 


jueves, 28 de diciembre de 2017

Ella, Hegel Y, Si Acaso, Yo (I)

Wiwichu 2017

El post de hoy atiende a la petición de  Mayte Blasco, aunque cuando mañana publique la segunda parte de esta entrada, la dedicaré a otra amable lectora y bloguera. Espero que ellas me perdonen, pero la historia que inicio hoy ha tomado su ruta propia, y me permite complacer a ambas. Mañana os desvelo el misterio, prometido.

El Blog De Mae , es interesante y contradictorio. Contiene microrrelatos sorprendentes y cuidados, sazonados con la justa medida de humor, de indignación y de pasión. Y digo que es contradictorio porque concentra las mejores esencias en esos minúsculos frasquitos, en esas píldoras de oxígeno que nos proporciona a los lectores incurables. Tengo muchas ganas de saber cómo dosifica su talento literario en las páginas de su novela, para lo cual me apresuro a encargarla. 

Mayte me pidió: 

A mí me gustaría pedirte un relato que tenga lugar en una biblioteca. Puede ser una historia de amor, de terror, de misterio… Eso lo dejo a decisión tuya. Un beso y gracias por ser nuestro rey mago literario.

La petición de Mayte, aparentemente inocente, encierra una trampa mortal. Algo así como dedicarle un dibujo a Antonio López, un soneto a Benedetti o tirarle un penalti a Casillas. Y es que Mayte está rodeada de libros. Los que cuida, los que cataloga y los que escribe. ¿Cómo se le dedica un relato a una escritora y bibliotecaria?. Pues, como dice el chiste, con mucho cuidado.

Para despistarla, le hice llegar un relato antiguo, para tenerla un poco distraída y un poco entretenida, mientras alguna musa descarriada se acercaba por el Barrio De Las Tablas. Eso me ha dado tiempo a intentar enlazar algunas líneas medio sensatas, o al menos así me lo parecen.

 

 

Y por consiguiente, con el fin de satisfacer su petición, procedo a insertar el siguiente relato, titulado “Ella, Hegel Y, Si Acaso, Yo (I)”

 

Lo cierto y verdad es que la invitación me pareció muy original. Una reunión de amigos, con una especie de juego de mesa como elemento conductor. Con la diferencia de que más que una mesa, se trataba de un púlpito. Pero sí que era un juego, o al menos, así comenzó.

Fin de año en la sierra madrileña. Perfecto. En un antiguo monasterio rehabilitado para convenciones, retiros y reuniones de empresa. Original. No se podía beber alcohol, al menos en las salas comunes. No tan bueno. Y una especie de concurso de debates, a la americana. Hombres contra mujeres. Demasiado prototípico. En fin, una manera como otra cualquiera de pasar la Nochevieja con los amigos. Ya no estábamos para macrofiestas, ni reggeaton, ni hip hop. Así que elegimos las uvas, el juego, la charla y el chocolate con churros de la mañana siguiente.

Casi todo el elenco de invitados se conocía entre sí. Un par de novios arrastrados por la fuerza; Algún recién separado que buscaba una mezcla de sosiego, llanto, alcohol y quizás una aventurilla fugaz; Un par de chicas que etiqueté como versos sueltos, y el grupo de amigos de siempre, de la infancia, de la adolescencia, de la juventud y la madurez. Demasiada gente para una velada íntima, pero muy escasa para una juerga salvaje. La cosa tenía pinta de fragmentación progresiva e incluso, de atomización acelerada. Pero estábamos allí y, aparentemente, los presentes mostraban buena disposición para pasar una noche divertida.

El plan era muy sencillo: Pasar la tarde juntos, aprovechando los últimos rayos de luz de la última tarde del año. Observar la puesta del sol tras la Sierra de Guadarrama. Iniciar los preparativos para la cena, brindar y comenzar el juego hasta el alba, o hasta donde los ánimos nos llevasen.

No comenzó mal. El paseo por la ribera del río, aportó las primeras risas de la tarde, las que nos echamos a cuenta de los tacones de alguna invitada. Considerando que estábamos a un par de grados sobre cero, no parecía el atuendo más adecuado, pero ella no se lo tomó a mal. Achacó su elección a un pequeño malentendido, que yo traduje internamente como un cambio de planes de ultimísima hora. Algunos de los presentes hurgaron en la herida y ella aguantó el chaparrón con gracia y donaire. Me cayó bien al instante. Era una de las chicas que etiqueté como “verso suelto”, y que reclasifiqué como una líder en potencia, considerando la facilidad con la que había esquivado las balas dialécticas que originaron sus tacones de aguja.

Caminé con ella un buen rato, sin que la conversación pasara de convencional, aunque muy distendida. Hice algunos amagos de sujetarla cuando en el camino aparecía alguna minúscula piedra o raíz de un árbol, como si se fuese a desencuadernar, solo por mantener la broma de mis amigos. Y ella simuló desmayarse al instante, lo que me permitió sostenerla un ratito entre mis brazos. Me hubiese quedado toda la tarde en esa posición, sin vacilación alguna, pero eso habría acarreado risas y bromas entre el resto de los concurrentes, y me pareció muy prematuro. Busqué conversaciones alternativas, con otras personas, y entre bromas y veras, llegamos al Monasterio. Nos concedimos una hora de descanso para iniciar preparativos y ponernos nuestras ropas de gala.

A mí me sobró media. Enfundado en un sencillo traje oscuro, con chaqueta de tres botones, camisa blanca, zapatos de punta y una discreta corbata Loewe, creí haber sobrepasado el dintel de la elegancia por muy poco, sin excesos ni extravagancias. Me dispuse a curiosear por el Monasterio, más que nada para hacer tiempo. Y me topé por casualidad con la biblioteca.

Protegida por una puerta de roble macizo, entornada y con la llave puesta, parecía invitar al huésped a dejarse envolver por una nube de cultura y nobleza. Los volúmenes vigilaban la estancia desde las  almenas en las que parecían convertirse las estanterías de madera envejecida. Los sillones, de cuero viejo, con tachuelas doradas y una estructura casi hormigonada, confundían al lector, por su apariencia hospitalaria, mientras que, cuando lo ocupabas, parecías estar expuesto a la crítica de todos los sabios de la historia, que revisaban severamente tu elección, confirmando o denegando su autorización para ocupar tan noble estancia.

Elegí casi al azar, con el miedo de ser severamente reprendido por algún compendio de Aristóteles o de Spinoza, y que precisase la inmediata protección de Tomás de Aquino y San Agustín, para que hablasen en mi favor. Quizá orientado por el subconsciente, debí tomar por la calle de en medio, agarrando un volumen perteneciente a La Enciclopedia, la original de Diderot y D’Alembert. En francés. De perdidos, al río. Sujeté el volumen con ambas manos. Tome Neuvieme. Tomo noveno, deduje sin dificultad. Ojeé las primeras páginas, como un funcionario pasa las hojas de los Registros de Casamientos, quizá previendo la inutilidad de muchos de ellos. Poco a poco me fui dejando llevar por la emoción de su relevancia histórica y finalmente, me contemplé a mí mismo buscando términos, vocablos y dudas, como si aquel libro noveno pudiese aportar algún tipo de ruta, de guía, como si de repente alguna luz centelleante me descabalgara bruscamente, como a Saulo en su camino a Damasco.

Y, en efecto, hizo su aparición. Había avanzado con mi dedo índice hasta la página cincuenta y seis de la versión original, cuando repentinamente escuché un estruendo quejumbroso y triste, acompañado de un rayo de luz que contrastaba violentamente con la penumbra de la estancia. Me volví sin despegar el dedo del párrafo, acaso elegido, acaso al azar, de la página cincuenta y seis. Sonreí levemente. La imagen proyectada en el umbral de la puerta, podría haber correspondido a una cortesana de la época de Diderot, en atención a la pícara dulzura de su silueta, a la belleza de su contorno, y al magnetismo de su vestido. Aunque algo me llamó la atención, algo que desentonaba. En efecto. La traviesa muchachita de la que nos habíamos mofado en el río, decidió combinar su elegante vestido de fiesta, negro color azabache, con unas chirucas de los años setenta. Una lección para todos.

Cuando se aproximó a mi posición, para intentar curiosear mi lectura, no pude evitar fijarme en el término que tenía marcado con mi dedo para su revisión, y tuve que retirarlo al instante. Había señalado el vocablo “Julienne“, y aunque su acepción inicial correspondía a una flor muy parecida al alhelí, no parecía muy prudente que la chica extrajese conclusiones disparatadas, debido a la coincidencia parcial con su nombre de pila.

“Hola, Julia. Ya estás arreglada, por lo que veo. Y has decidido rematar con un toque vintage. ¡¡Qué detalle!!”

Me pareció que la ironía podía ser una excelente manera de salir del atolladero. Hasta la fecha, me había permitido ocultar mis sentimientos reales, había sido una excelente cota de malla, una pequeña coraza para escaramuzas, que no me permitiría salir indemne de una guerra en mayúsculas, pero que podría ayudarme a esperarla con más paciencia.

Ella se acercó, miró el libro de arriba hacia abajo;  Lo cerró, manteniendo su dedo a modo de marcador. Revisó la portada; Volvió a abrirlo, y se centró en la página cincuenta y seis. Localizó lo que quería y desenfundó.

“¿Te referías a lo de las botas? Era un detalle para vosotros. Al fin y al cabo, son de vuestra época, ¿no?”

No supe qué responder. Me limité a dejar el libro en la estantería. Notaba en el cogote los ojos de Santa Teresa, reprobándome por lo que ella supusiera que iba a ocurrir. Y la mirada burlona de Freud, que sabía de sobra lo que iba a ocurrir.

La invité a salir, exageré el gesto de dejarla pasar delante, con ironía. Se volvió, me dio las gracias y decidió rematar el primer asalto con un ko técnico.

“Por cierto, si quieres saber algo de mí, no hace falta que lo busques en una enciclopedia. Yo te lo cuento con todo lujo de detalles”

“Discúlpame. Me siento más cómodo revisando en las fuentes de conocimiento propias de mi época”, me atreví a responder.


sábado, 23 de diciembre de 2017

Mujer Fatal

Wiwichu 2017

Comenzamos a satisfacer las peticiones de los lectores, en riguroso y anárquico orden cronológico. Es decir, que voy a empezar por donde me apetezca, aunque todas las peticiones serán satisfechas, descuiden.

Hoy empezamos por la solicitud de David Blasco Sandino, que desde su personalísimo blog http://ift.tt/2BYA5Bp nos aporta una visión crítica pero amable de la vida, de los valores, de las experiencias propias como mapa de ruta. Y lo aborda con una demoledora ingenuidad, sin dogmas ni directrices, pero con referencias exactas y precisas para el que quiera moverse por la vida con una cierta dignidad. Muy bien escrito, detallista y franco. Os lo recomiendo, pasaos por sus letras. Merece la pena.

Y David solicita lo siguiente:

“𝑪𝒐𝒏 𝒍𝒂 𝒗𝒆𝒏𝒊𝒂. 𝑨𝒕𝒆𝒏𝒊é𝒏𝒅𝒐𝒎𝒆 𝒂 𝒍𝒂𝒔 𝒊𝒏𝒅𝒊𝒄𝒂𝒄𝒊𝒐𝒏𝒆𝒔 𝒑𝒂𝒓𝒂 𝒍𝒂 𝒔𝒐𝒍𝒊𝒄𝒊𝒕𝒖𝒅. 𝑴𝒆 𝒈𝒖𝒔𝒕𝒂𝒓í𝒂 𝒅𝒆𝒔𝒂𝒓𝒓𝒐𝒍𝒍𝒂𝒓, 𝒂 𝒕𝒖 𝒄𝒓𝒊𝒕𝒆𝒓𝒊𝒐 “¿𝑸𝒖é 𝒉𝒂𝒄𝒆 𝒖𝒏𝒂 𝒄𝒉𝒊𝒄𝒂 𝒄𝒐𝒎𝒐 𝒕ú..? 𝑨 𝒍𝒐𝒔 𝒏𝒊𝒗𝒆𝒍𝒆𝒔 𝒒𝒖𝒆 𝒄𝒐𝒏𝒔𝒊𝒅𝒆𝒓𝒆𝒔.”

Como es lógico, subyace en su petición el mítico tema “Qué Hace Una Chica Como Tú En Un Sitio Como Este” del grupo Burning, referente del Rock Urbano madrileño en los 70, 80, 90, 2000, y, por cómo les vi en su última actuación, seguirán siéndolo en 2050. También se puede referir David a la película del mismo título dirigida por Fernando Colomo, y cuya banda sonora incluye el tema de Burning, en el que se narra la historia de una divorciada de mediana edad que se enamora de un joven rockero.

Y por consiguiente, con el fin de satisfacer su petición, procedo a insertar el siguiente relato, titulado “Mujer Fatal”

Dieron las diez entre las brumas de la noche madrileña, a unos pocos cientos de metros del Río Manzanares. Avanzábamos entre los coches estacionados sin reglas, las luces heterogéneas, en la compañía espontánea de las gentes del barrio, que aportaban al paseo una especie de banda sonora de risas y bromas, como acompañándonos en una procesión de Semana Santa de cualquiera de los pueblos de la geografía española, donde el rigor y el respeto convivían en armonía con el ánimo lúdico y festivo.

Y no podía ser más apropiado, porque nuestra expedición reunía mucho de ambos. Sábado por la noche, aparta las penas, olvida el trabajo y vive el Rock And Roll. Nuestra filosofía de vida, la de los años setenta, la que estirábamos como un chicle americano, de los buenos, combinaba el carpe diem con una especie de liturgia religiosa, la que orientaba nuestros pasos hacia el mítico Cocodrile Rock. Y allí, las cervezas, nuestras Mahou. La música, only rock. Quizá las copas. Las borracheras, los colegas, quizá algún ligue ocasional con alguna de las chicas habituales, las que portaban cazadoras de cuero negro y camisetas de los Stones. Las que ofrecían besos atropellados en el pasillo de entrada a los aseos. Las que sugerían encuentros atropellados entre los portales más íntimos. Las que se emocionaban si disponías de asiento trasero de algún pequeño deportivo.

Podríamos haber fantaseado acerca del aforo que nos esperaba en el interior del local. Un sábado cualquiera, podríamos haber adivinado, con precisión milimétrica, todos y cada uno de los personajes que nos aguardaban. Los sitios que ocupaban y, con un margen de error del diez por ciento, las bebidas que les escoltaban. Como un médico de cabecera rural podría predecir, sin fallo, los pacientes que le esperaban en la consulta del lunes. Simplemente por costumbre, por experiencia y por observación.

cocodrilo bar

Y no solo eso. Probablemente nos habría molestado cualquier pequeña modificación en esa fotografía estética que vislumbrábamos al accionar el picaporte de la puerta de entrada. Es curioso. Siempre viene bien un cambio, un soplo de aire fresco. Una renovación del paisanaje urbano. Seguramente conseguiría transformar cualquiera de esas noches, en un momento mágico o trágico, curioso, cuando menos. Alteraría la monotonía de nuestra estancia. Y en cambio, hablando en nombre de todos, ninguno lo habría deseado, estoy convencido. Posiblemente porque el acceso a éste, uno más de los miles de garitos que abundan en la geografía madrileña, podría compararse con el hallazgo de un oasis en el Desierto Del Sahara. Y, amigo lector, un oasis es intocable. El viajero sediento, harto del polvo del camino, no espera que haya habido un cambio en la decoración, no otea el horizonte deseando que las palmeras hayan sido trasplantadas para dar una sensación de mayor amplitud, ni que hayan adoptado una disposición zen. Lo que quiere es llegar, beber, darse una ducha, comer unos dátiles y descansar. Lo mismo que nosotros, pero sin dátiles.

No obstante, adivinen ustedes si por alineación de planetas, porque tocaba o porque el universo es profundamente anárquico, en el fondo, nuestra agradable armonía sabatina, se vio truncada por un elemento discordante, por una especie de símbolo pagano en la Catedral de Notre Dame, por una lámpara de lectura en un burdel de carretera, por un Papá Nöel en la Cabalgata de Reyes. Para utilizar una típica expresión castiza, no pegaba ni con cola. Más castizo aún. “Era un cante”. O sea, no podría disimular su presencia aunque se metiera debajo de la mesa. Por su aspecto, por su porte, por su clase, por su vestuario y porque, de largo, era la mujer más bella que había pisado un garito rockero.

Eso no quita que debiera haber sido mejor asesorada. Hay algunas amigas que deberían ser denunciadas. Porque no debieron haberlo consentido jamás. De no haber sido porque estaba como un queso, se habría producido uno de los mayores fenómenos de bullying rockero jamás concebidos. Solo había que observar las miradas asesinas de las genuinas portadoras de las cazadoras de cuero. Dos cervezas más y la suben al escenario para repetir la tomatina de Buñol. Me vi obligado a actuar. Cada español encierra una especie de reencarnación del Quijote y El Capitán Trueno fusionados. Es un hecho. Y sin sable laser ni mariconadas semejantes. Se actúa a pecho descubierto, para que te lo partan debidamente.

No sabía ni por donde empezar. Pensé en invitarla a una cerveza, pero no acababa de verla bebiendo a morro un botellín. Quizás algo más fuerte. Una copa de champagne, se me ocurrió mientras yo mismo me descojonaba a mandíbula batiente. Si le pido a Johnny una copa de champagne, se lanza como un poseso al almanaque, para asegurarse de que aún no es Navidad. Qué no decir de un margarita o de cualquier otro tipo de cóctel. Allí se combinaba el whisky con la coca cola, y si acaso. Encontré una salida. Ocupé el extremo de la barra y pedí ginebra seca. Larios, la de toda la vida de Dios. Y cuando se descuidó, eché mano a una caja de tónica schweppes que ocupaba la única vía de evacuación del local. Extraje una botella. Le quité la chapa con ayuda de un encendedor bic. Y en vez de pagarla, elevé la propina hasta su valor exacto. Tenía que cuidar mi reputación.

Y, armado de un improvisado gin tonic, me desplacé a terrenos movedizos, expuesto a las chanzas de mis amigos, y siendo plenamente conocedor de que, la próxima ocasión en la que pisara el garito, las ostias se iban a repartir en capachos, por haber permitido que una desvalida damisela se impusiera entre nosotros. Pero en la vida, hay veces que se debe elegir. Amigo lector, tendría que haber visto cómo estaba de buena. Hágase cargo y no me imponga una penitencia excesiva.

La traté como una más. Como una de nosotros. Tendrían que haber visto el panorama. Como si hubiesen traído una obra de la Tate Modern al vestíbulo principal del Museo Del Prado. Fusión, le llamarían ahora. Caos, pensé yo.

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Su indescriptible vestido de gasa de color turquesa, sus tacones sazonados por pedrería de swarovsky, el fular modelo Isadora Duncan y, para rematar, una especie de tocado semi-oculto entre el jardín de sus cabellos, no armonizaban con el ambiente rockero canalla del local, como no habrían armonizado con prácticamente ningún lugar, a excepción hecha del Bolshoi ruso. Y yo, haciendo como que no me percataba del…contraste que mostraba con la fauna lugareña.

Quiero creer que por eso, recibió la copa con la que la obsequiaba con una notable sonrisa, y una expresión de alivio, como si de repente le hubiesen otorgado un pase vitalicio al universo rockero. Me ofreció el taburete contiguo y yo, ignorando ostensiblemente las miradas furibundas de los parroquianos, inicié una de las conversaciones más falsas que he mantenido en mi vida con una mujer. Y, amigo lector, puedo certificarle que he mantenido muchas. Y muy falsas.

No se trata de que le estuviese ocultando mi estado civil, mis lujuriosas maneras o mi pertenencia a una secta. Simplemente conseguí departir amigablemente con ella, en el lugar y el momento en el que, probablemente, debía haberla acompañado hasta la puerta en calidad de escolta, por si comenzaban a llover los botellazos. No es menos cierto que su ubicación, en una de las esquinas menos luminosas del local, era la más segura, siempre considerando que nos hallábamos en medio de las trincheras. Y, como morbosamente llegué a pensar, la más adecuada para cualquier maniobra de aproximación que pudiese llegar a idear.

En realidad, mi intención no era otra que protegerla, charlar con ella educadamente, tirar el anzuelo al río, comprobar que el pez no picaba, y retirarme discretamente a terrenos más conocidos. Por muy extravagante que fuese su atuendo, veía poco probable que la muchacha se dejara atrapar en un garito como ese. O en cualquier otro sitio del mundo, en realidad. En un momento dado, decidí abandonar su compañía, no porque me hubiese rechazado, no porque hubiese comprobado la imposibilidad de confrontar nuestros respectivos mundos, sino porque tenía la sensación de estar esperando a un tren que venía retrasado, pero que iba a llegar a ciencia cierta. Podía estar matando el tiempo, pero al final me arrollaría. Y me despedí con educación y cortesía, tanto de ella como de sus amigas, para reunirme con los míos.

Creo que fueron los primeros compases de Jim Dinamita los que pusieron fin a esa especie de impasse implícito que se había generado entre nosotros. Mis amigos y yo comenzamos a jalear el golpeo de teclado con el que Johnny Cifuentes nos presenta al protagonista de la canción, y empezamos a ocupar el centro del local. Si hubiese entrado el mismo Mick Jagger en ese momento, la sorpresa no hubiera podido ser mayor. A mi lado, esgrimiendo un botellín de Mahoy, con el fular a modo de lazo del salvaje Far West, y con los zapatos en lo alto de una de las mesas, la muchacha del Bolshoi demostraba conocer todas y cada una de las estrofas de este himno rockero urbano. Y no solo eso, sino que marcando la coreografía a todas y cada una de sus amigas, simuló tocar la guitarra eléctrica, los teclados y el saxo, en los momentos apropiados de la canción.

Atónito, asistí a similares exhibiciones con los clásicos del rock que, uno tras otro, iban ocupando el giradiscos (de los de antes), de la cabina del disc-jockey. Y ya, derrotado, no pude por menos que hacerle notar mi extrañeza por…todo. Su mueca de asombro me dejó aún más confundido.

“No sé porqué dices eso. ¿Iba a estar en un sitio como este si no me gustase el rock and roll?”

La lógica, aplastante. Y ahora me quedaban las preguntas colaterales, que recibieron oportuna respuesta:

“Te he aceptado el gin tonic porque no es de buena educación rechazar una invitación. Sí, hubiese preferido una cerveza, pero no podía despreciar tu copa” 

“Claro, no suelo acudir vestida de este modo, pero es que vengo directa de la boda de una compañera de trabajo, que se ha casado en el Registro Civil unas horas antes de dar a luz. Obviamente, el banquete no se ha celebrado, y los invitados se han disuelto, por lo que he tenido que venir con lo puesto”

“Y, en efecto, me ha parecido extraño que me dejases plantada, porque me ha parecido que te gustaba. Y tú eres bastante mono. Pero, chico, hay una gente tan rara en este tipo de garitos, que no sabía exactamente qué pensar. En condiciones normales, ya hubiésemos salido de aquí, y el gin tonic lo hubiésemos tomado en mi cama”


viernes, 22 de diciembre de 2017

De Entre Todos Los Cafés Del Mundo

Como aperitivo a la cita Navideña Wiwichu 2017, en la que antoniadis9 se propone satisfacer los deseos de sus lectores, redactando textos a medida y bajo petición, procedo a rescatar alguno de los textos más antiguos del blog, con el fin de arrojar alguna idea al penitente. No sea que vayáis a pedir un Romance en endecasílabos. Moderación, amigo lector. Y Feliz Navidad

 

Podría decir que en un momento dado, decidí tomar las riendas de mi vida y orientarla hacia el posicionamiento espacio-temporal que libremente había elegido. Queda bien, muy profundo, muy literario, muy falso.

En realidad, la coincidencia de un considerable número de circunstancias adversas, fué la que me obligó a mutar todo mi entorno personal, profesional y geográfico y casi metafísico. Problemas empresariales, económicos y sentimentales acogieron en sus mínimos resquicios a otras pequeñas adversidades menores: transición de seres queridos, traiciones de allegados, enfermedades largas y molestas, y hasta pérdida de mascotas, consiguieron posicionar mi vida en un punto de no retorno, en el que la única posibilidad que vislumbraba con cierta claridad,  era la de una profunda metamorfosis, desde la raíz a las puntas, como dice el anuncio.

El proceso no fue tan terrible como me había imaginado. Mi parte analítica, bastante retraída en los últimos meses, se abrió paso a codazos para colocarse en primera línea de vanguardia y ofrecerme sus armas y municiones, de forma incondicional, como los jinetes polacos de Napoleón en el paso de Somosierra. Victoriosos pero muertos. De hecho, no volví a recobrar mi lado presocrático. Debió agotarse en el proceso, aunque falleció en un brillante acto de servicio.

Del análisis lógico, se dedujo que el primer paso era encontrar una posibilidad para ganarme la vida dignamente. Ya sé que es bastante obvio, pero en aquella época no era capaz ni de eso. Para ello, coloqué en una lista viñeteada la escasa relación de capacidades que me acompañan, ordenadas de mayor a menor capacidad de generar ingresos monetarios. Luego hice otra, mucho más realista, en la que las ordenaba por posibilidad real de encontrar trabajo. Del análisis de ambas listas escogía las parejas de cualidades con mejor posicionamiento global, e inicié la búsqueda por internet y prensa local, primero con ámbito geográfico regional, después nacional, y después lo que viniese.

Tras un proceso no tan prolongado como preveía, pude obtener una entrevista como monitor de ajedrez en un municipio del litoral mediterráneo español, en el que además podría realizar alguna sustitución como profesor de ciencias. Supuse que podría llegar a realizar un trabajo aceptable, confiando en poder recuperar en algún momento las neuronas que actualmente debieran ester anestesiadas o hibernando, y decidí aceptar, más por la posibilidad de encontrar un punto de partida que por otra cosa.

Me puse en marcha, sin mayor investigación ni informe, no fuera a encontrar algún dato negativo que me alejase de ese salvavidas. Aterricé en la localidad alrededor del 20 de agosto, sin que el pueblo me aportase emoción alguna; Ni era un sitio especialmente agradable o pintoresco, ni absolutamente horrendo. Pequeño, con poca vida social, escasos recursos y menos distracciones. Un sitio tan bueno o malo como cualquier otro. Tenía mar pero no playas, por lo que la industria turística brillaba por su ausencia.

Localicé el Hostal, dejé mis cosas y empecé a navegar por las callejuelas, sin guía , rumbo, timón ni brújula. Más o menos lo que venían siendo mis últimos meses. No encontré alicientes, asideros ni boyas. Debía ganarme lo que fuera que pudiera llegar a conseguir, mejor , peor o mediopensionista. Para eso había ido.

Las primeras semanas, de adaptación, no aportaron mucho más. El trabajo, como esperaba, la gente lo mismo, y salvo la emoción inicial de buscar casa, no hallé ese sendero oculto que me condujera a la felicidad, no esperaba tanto, sino a una cierta placidez existencial, al menos. Claro que en mis reflexiones auténticas, ya me reconocía a mí mismo que el sosiego vital no es una aspiración de mínimos, sino de máximos. Probablemente ese era el problema, el listón debía estar aún más bajo. La superviviencia parecía un objetivo más razonable.

Y en ello estaba. Alguna de las dudas se fueron despejando. Incluso hice algunas amistades. Me contrataron como camarero/recepcionista en un pequeño café-pensión, próximo a la cala menos pedregosa, donde conocí a los huéspedes más habituales del verano, entre los que había gente sino interesante, no diría yo tanto, al menos afable.

Propuse al dueño comprar unos cuantos libros de segunda mano por internet y colocar una pequeña biblioteca en el salón que hacía las veces de cuarto de estar de huéspedes, justo antes de la terraza. La idea tuvo cierta acogida, aunque en realidad lo hice para aburrirme un poquito menos y leer las obras completas de Raymond Chandler. Es perfecto cuando tienes dudas vitales. Te ofrece un punto de vista aún más sombrío, y empeora tanto tu opinión sobre la naturaleza humana, que incluso llegas a apreciar lo que tienes,

En cuanto estuve un poco asentado, me dio por pensar que la cosa no iba tan mal. Ese fue mi error. Bajé los brazos, y los coloqué en posición de espera, en equívoca receptividad. Y lo percibieron. Especialmente ella.

Debí advertirlo en cuanto llegó. Su forma de andar ya era sospechosa. Avanzaba por la habitación con sigilo decibélico y estruendo volumétrico. Podía detectar su presencia sin verla y sin oírla. Ahora que lo pienso, la precedía un aura multisensorial. Ya se que suena increíble, pero el rozamiento de su vestido ibicenco, del que tenía diez modelos por lo menos, el chasqueo electrostático de sus cabellos, el aroma inconfundible de su perfume (Pure Poision, de Dior, según supe ya demasiado tarde), y los sonidos previos a una risa nada discreta, debió ponerme a cubierto en el acto.

En cambio, me pilló desprevenido y la traté con cortesía y dulzura, como a una adolescente que empieza a adentrarse en el confuso mundo del interior femenino. Ningún hombre sabe exactamente qué es eso, pero sí que entendemos que debe ser algo muy complejo, como la gestión de superpoderes, supongo. Lo único que podemos hacer es tratarlas bien, lo cual no te garantiza nada, pero lo contrario te asegura una existencia aún más desgraciada.

En este caso, no se si mis buenos modales fueron adecuadamente interpretadas por la belleza que hizo su aparición. Lo digo porque me dedicó una sonrisa claramente exagerada, de aquellas en las que detectas cierto grado de condescendencia, como si no fueras en absoluto merecedor de la misma.

No me hizo mucha mella en ese momento, encajé con deportividad y pasé al plano profesional. Quería una habitación para dos semanas. Tenía reservado un curso de buceo avanzado con un pequeño club a pocos kilómetros de allí. No era infrecuente, aunque normalmente venían parejas y grupos de amigos. Le informé de precios y condiciones, le pareció bien, y me pidió ver la habitación. Ahí empecé a preocuparme. Desde luego no estábamos en un resort. Procuré ser aséptico y ahí me llevé el primer revolcón. Me dijo textualmente: “No está haciendo vd. mucho para que me quede. ¿No le caigo bien?” Una, dos,…trece palabras. No necesitó mucho más. Guardia arriba de nuevo.

Salí del paso como pude y ella no hurgó en la herida. Finalmente aceptó las condiciones y le dí la llave. Me preguntó si había recepcionista de noche y le dije aunque no existía como tal, podía llamar al número de móvil que figuraba en la llave, y que yo mismo la atendería enseguida. “¿24 horas?” Me derrumbé. No por lo que dijo, sino por la mezcla de coqueteo, posicionamiento y posesión que acompañaban la pregunta. No respondí. No pude. ¿Qué podría haber dicho que no me llevase al desastre?

Los días siguientes fueron a cual peor. La primera semana aguanté como un verdadero imbécil. El problema real no es que fuese una auténtica belleza, eso era casi lo de menos. ¿Importaba algo que tuviese unos ojos pardos del mismo color de las nubes de tormenta? ¿El cabello castaño coqueteado con hilos anaranjados que relucían al sol como vetas de oro? ¿La piel de un bronceado uniforme sin química aparente? ¿ Las perlas que adornaban sus mandíbulas? ¿El torso de una atleta? ¿Las piernas perfectas? ¿ A quién podría importarle todo eso? Lo verdaderamente terrible de su presencia era la capacidad de eclipsar el resto de los hechos del mundo: las comidas, las conversaciones, los intereses, los deseos, los cariños , las fobias y los odios. En su presencia, solo cabía ella en unos cientos de metros a la redonda. Sus intereses, sus conversaciones, y sobre todo, sus deseos.

El problema fué que me deseó a mí. No me pregunten porqué. No demostré debilidad en ningún momento. Mantuve el tipo en todas las insinuaciones, comentarios con doble sentido, críticas para zaherirme, elogios inmerecidos y contactos innecesarios. No hablé de mí mismo salvo lo verdaderamente indispensable: justificar una ausencia o retraso, explicar un libro en mis manos, una foto discretamente expuesta o una pequeña pieza de bisutería, bien oculta a otros ojos menos hábiles.

Su estancia avanzaba y marcó una fecha, la que le convino. Y sacó toda su artillería. Al principio la convencional, por orden de potencia. Al principio, arma corta, la sonrisa insinuante. Luego, escopetas de caza, caricias aparentemente inocentes. Después, el rifle de francotirador, con preguntas personales aparentemente casuales. Los tanques hicieron su aparición, con una clara, directa e inequívoca invitación a cenar.

Pude rechazar a los panzer, con una excusa pobre impropia de mi intelecto. Pero es que estaba acorralado. Física e intelectualmente. Me invitó a cenar tapando la única salida de la barra del salón, avanzando paso a paso hacia mí. Y cuantas más excusas ponía, más avanzaba. Y en el último bastión de mi defensa, utilizó las armas nucleares. Me cogió por la nuca con una mezcla de dulzor y contundencia tales, que me fué imposible evitar la aproximación a sus labios. Tampoco me hubiera dejado.

Si hay una alarma nuclear, lo único que puedes hacer es buscar refugio. Como yo no tenía ninguno, tuve que permanecer expuesto sin posibilidad de defensa. Es lo que tiene la guerra. Cuando sacas las nucleares, todo queda devastado: tus conviciones, tus posiciones, tus planes, tus posesiones, tu fuerza.

Así que hice lo único que podía hacer: Entreabrir mis labios, acoplarlos a los de ella, sentir su calor, trasladarme a su mundo, rozar su lengua, sufrir la descarga, cogerla por las mejillas, sentirla, sufrirla y amarla. Me había rendido con muy poca lucha, y estaba intentando salvar los muebles, firmando el más inmisericorde armisticio de la historia.

En los próximos días, una vez firmadas las capitulaciones, pude disfrutar del más intenso poder de una persona sobre otra. El de ella sobre mí, desde luego. Mañana, mediodía y sobre todo, noche, fuí acoplando mi vida a su nueva misión: Hacerla feliz, de la única manera posible, respetar en todo momento su santa voluntad y disfrutar del proceso.

Ante la inminencia de su partida, hablamos del futuro, de posibilidades, de esperanzas, de utopías, de buenas intenciones, de planes geniales. Nos engañamos, obviamente, y fué muy bonito hacerlo, porque los dos estábamos implicados. Sabíamos la terrible falsedad que perpretábamos contra nosotros mismos, y nos regocijábamos en ella.

El día de su partida no fue muy diferente. Nos citamos para dentro de unos pocos días, cuando ella pudiese arreglar sus asuntos, sin concretar, sin fechas, sin posibilidades reales, y sin reproche alguno. Una cita abierta en el horizonte. ¿Cómo colocarla en un calendario? Solo pude escribir su nombre en cada casilla, ocupando todas las horas de cada uno de los días, y esperar inútilmente su regreso.

Mi vida no ha variado demasiado, salvo por el hecho de que no tenía ninguna y ahora la que tenía se ha diluido. No estoy peor que cuando llegué. Tampoco era posible.

Tras su partida, decidí tomar un poco de perspectiva lejana a los últimos acontecimientos: Probablemente solo quería evitar dotarlos de excesiva carga sentimental, y analizarlos con cierta objetividad. Desde ahí, llegué a la conclusión de que en mis últimos meses/años de vida, había caído a lo más profundo del subsuelo vital, había conseguido salir unos breves instantes, y ella volvió a hundirme en la miseria. Me parece que no me dejo nada.

Visto en conjunto, el balance no era tan negativo. Al fin y al cabo, había conocido el infierno con tal grado de precisión, que nunca tendría necesidad de plantearme qué había allí. O sea, que lo peor que podría ocurrirme en mi existencia (llamarlo vida me parecía extraordinariamente atrevido), no me era completamente desconocido. Y el siguiente paso más allá del abismo no importa demasiado. O no voy a estar aquí para discutirlo, que para el caso es lo mismo.

La innegable carga de optimismo que encierran estas reflexiones, supuso un antes y un después en mi trayectoria terrenal. De encontrarme totalmente hundido por su alejamiento, huida, plantón o fuga, pasé a encontrame exactamente igual o peor, gracias a tan objetivo ejercicio reflexivo. Todo un logro. Estratégicamente impecable.

Con el fin de evitar pasar el mínimo tiempo posible siendo consciente de que estaba puesto en la vida porque debía haber un poco de todo, procuré eludir mi situación de vigilia, reduciéndola al mínimo imprescindible. Y a fe que lo conseguí. Con la ayuda de la industria farmacéutica, el etanol y la televisión, pero lo logré.

Dicen que el tiempo todo lo cura. Es una frase magnífica. Incluso puede llegar a ser cierta en determinadas circunstancias. Pero no estoy muy seguro de que se trate de una acción terapéutica directa. Mi hipótesis es que el tiempo es una especie de pieza de puzzle comodín, de las que se adaptan a cualquiera de los huecos que se generan cuando no encuentras la pieza correcta. Obviamente no has completado el puzzle, pero no te quedan huecos que rellenar, de eso se ha encargado el tiempo. Entonces, no cura; Más bien rellena.

Claro que ante mi situación, la de un tipo absolutamente deshecho, que le rellenen esos huecos con tiempo, o con lo que sea, es como si tratamos una apendicitis con anestesia general. El dolor se pasa, pero la peritonitis es muy probable. Habrá que operar en algún momento o tirar la toalla definitivamente.

En realidad, esa era la cuestión, cómo tirar la toalla. De forma activa, desalojando este mundo, o permaneciendo en él de cualquier forma. Había elegido la segunda, por simple comodidad; Y tomar esa decisión, aunque fuera una de las más cobardes, tristes, melancólicas e indignas que pueden adoptarse por un ser humano, me permitió mantener un cierto status quo entre mi persona y mi dignidad. Seguramente esta última pensó que no merecía la pena darle más vueltas, y se colocó en modo low cost.

Así, pude concederme una tregua indefinida, una especie de 4,5 con el que no aprobaba pero no suspendía del todo. No pasaba de curso, pero no me echaban de la escuela. Un equilibrio precario e inestable, en el que nadie podría estar  contento, pero del que era difícil venirse abajo. Especialmente porque no había nada más abajo.

En esa estrategia de dejar pasar el tiempo, decidí incrementar mi implicación en el trabajo, de la misma manera que un pirómano emplea acelerantes para provocar las llamaradas. Posiblemente pensara que a mi ¿vida? podría venirle bien una pizquita de estres laboral, a modo de sencillo sazonamiento. Lo cierto es que estas decisiones o quizá la ausencia de ellas, no contribuían en absoluto a incrementar mi aprecio por la existencia, por lo que concluyo que además de estar situado en la más absoluta profundidad de autohumillación y falta de respeto hacia mí mismo, posiblemente debo poseer ciertos rasgos masoquistas.

De todos estos refranes, dichos, anécdotas y consejos tradicionales que nos proporcionan padres, abuelos, maestros y sacerdotes, mi preferido es este que dice “el hombre propone y Dios dispone” En mi opinión, deberían dejarlo inmortalizado en mármol de carrara y ser objeto de culto y adoración. Nótese que es certero y respetuoso hasta la médula. Compatible con el fervor religioso, la lógica presocrática y el Teorema de Bayes. Lema de los vagos y de los emprendedores por igual. Hombres, mujeres y niños pueden emplearlo con igual utilidad. Proporciona una coartada extraordinaria para la falta de diligencia, la de acierto, y hasta para la mala suerte.

Y eso me ocurrió. Que yo propuse venirme abajo, más aún. Tomé una decisión para rematar la faena, para culminar mi borramiento vital, y me salió el tiro por la culata. Empecé a profundizar en mi tarea docente, perfilando mis carencias técnicas y utilizando métodos alternativos de impartir docencia, con el inesperado éxito de ser considerado uno de los mejores docentes por los alumnos de 1º de bachillerato. Cierto es que si un colectivo tan sumamente disperso y hormonado como los chavales de dieciséis años te coinsideran un buen profesor, hay que recapitular cuidadosamente todo lo realizado, no sea que hayas aprobado a todos sin dar ni golpe. Pero no, aparentemente es que lo pensaban de verdad.

Aterrorizado ante la perspectiva de tener que volver al terreno de juego de la vida convencional, aproveché las vacaciones de verano para proponer a los dueños del hotelito rural en el que hacía pluriempleo, la ejecución de un par de ideas completamente disparatadas, con el fin de recolocar mis coordenadas vitales en la humillante posición en la que debieran permanecer. Pero hasta en eso fracasé.

Las dos estupideces que se me ocurrieron funcionaron de tal forma que me hubiesen nombrado empleado del mes, salvo por el pequeño detalle de que era el único empleado,y hubiese sido un tanto…confuso que el empleado del mes de abril fuese el mismo que el de noviembre y febrero. En concreto, la tertulia literaria que propuse, llenaba el porche del hotel todos los viernes. Probablemente recaudábamos más en infusiones y copas que en la actividad hotelera propiamente dicha. Y por bocazas, no tuve más remedio que gestionarla y dinamizarla. En cuanto a la otra idea, las clases de salsa de los domingos por la mañana, digamos que mi presencia física no solía ser requerida. Los alumnos se apañaban bastante bien con la profesora, y se podía decir que funcionaba de forma autónoma.

Ahora que menciono a la profesora de salsa, una venezolana de ascendencia cubana, con varios años de permanencia en la localidad mediterránea donde vivía, he de decir que tenía cierta influencia en mi estado de ánimo. Siendo sinceros, conseguía arrancarme sonrisas parciales cuando coincidíamos en el hotel. Simplemente, se comportaba como si las malas noticias, las desgracias, los problemas, pudieran ser evitados o sorteados al ritmo de los sones latinos. En una persona de tan escaso tono vital como yo, ese tipo de pensamientos solo pueden ser repudiados o tomados a broma. Y eso es lo que yo hacía. Repudiarlos. Pero no conseguía evitar que la sonrisa amenazara con manifestarse en mi boca.

Como también se dice, el roce hace el cariño. Y como yo suelo decir, el roce lleva al cariño. En el sentido bíblico , quiero decir. Ya me hubiera gustado que mi desgraciada situación existencial al menos hubiese erradicado todos los instintos primarios, o al menos los más conflictivos. Desgraciadamente, el hombre propone…Y Dios dispuso que la profesora de salsa fuese una caribeña cuarentona bastante agraciada, sin cargas familiares, y he de suponer que extraordinariamente miope, cuando decidió entablar una conversación personal conmigo.

Una vez más, la lucha entre mis buenos modales y mis apetencias reales se saldó con un 1-0 a favor de la urbanidad, y me ví inmerso en un tête à tête inesperado, y de aún más inesperadas consecuencias. En mi favor, he de decir que la botella que aportó a la sobremesa habría sido declarada ilegal por las autoridades sanitarias de cualquier país civilizado.

La cosa acabó fatal. Estuve buscando en todos los rincones de mi habitación mi líbido perdida, hasta que ella misma la encontró. A punto estuve de llamar a mi madre para que la buscara (siempre encuentran todo) Afortunadamente no fue necesario. Tuvimos encuentro sexual, y desafortunadamente no fue tan catastrófico como para que se olvidara de mí. Y decidió seguir viéndome, a pesar de que yo no se lo puse nada fácil. A las consabidas excusas genéricas, le siguió un elaborado discurso sobre mi situación personal y sentimental. Ella me escuchó atentamente, mostrando una extraordinaria comprensión, a tenor de su lenguaje corporal. Y cuando acabé mi filípica, me dijo algo así como “amor ya tú sabes”, y se despidió hasta el día siguiente.

Sin duda, hay expresiones que no significan lo mismo a ambos lados del charco, eso es bien sabido. Esta reflexión me asaltó cuando me levantaba de su cama para asearme , vestirme e ir a trabajar. En algún momento he debido despistarme, porque yo juraría que se lo dejé bien clarito, y en cambio vuelvo a levantarme a su lado. Cosas veredes.

El caso es que nunca conseguimos entendernos del todo, porque yo manifestaba continuamente mis reservas a proseguir la relación. Y ella se manifestaba continuamente con su espléndida desnudez. Un combate desigual, desde luego. De los que no se ganan ni luchando, ni solicitando armisticio. Eso sí, en el fragor de la batalla, ambos salíamos ganando, muy a mi pesar.

Y llegó ese momento, en el que decidí mandar al carajo cualquier tipo de consideración que no incluyese compartir mis noches con ella, observar con detalle la volutuosidad de sus caderas, comprobar frecuentemente la ternura de sus labios, admirar rendidamente la pigmentación de su piel al natural, y adentrarme en el cráter de sus ojos.

No diré que encontré mi redención definitiva en ella, pero puedo aseverar sin reservas, que he empezado a concebir una existencia posible. Que no me rebelo al instante cuando se menciona el concepto “sentimientos” Que puedo enternecerme ante los que hablan del amor como una realidad palpable. Que acepto la posibilidad de una vida plácida y plena. Para otros, desde luego. Y considero la posibilidad infinitesimal de ser feliz algún día, algunas horas. Y que todo esto lo digo públicamente. Me aterroriza la posibilidad de traicionarme a mí mismo y poder llegar a ser dichoso. Pero empiezo a pensar que esa muerte en vida en la que me hallaba cómodamente instalado, no era por fin, tan buena idea.

Tampoco es que estas reflexiones me arrastraran fuera del “lado oscuro” Mi posicionamiento existencial solo había variado en la medida en que ese interés por rellenar mis horas de vigilia, se había visto recompensado con un acompañamiento. Llamarlo relación podría ser considerado desproporcionado. Para que algún tipo de vínculo pueda hacerse acreedor a tal título, debe reunir unos mínimos. Cierto interés bilateral, algún tipo de compromiso, una delimitación de espacios comunes, una conexión emocional, qué se yo.

Digamos que esa puesta en común de personas no alcanzaba tal categoría. Y desde luego que el principal responsable era yo. Por parte de mi profesora de salsa, Elizabeth por bautizo, considerando su edad y sus experiencias previas con los hombres, se podría decir sin reservas que ponía encima de la mesa todo lo que era, todo lo que sabía, todo lo que sentía. No lo pongo en duda, lo afirmo rotundamente.

Como es lógico, este hecho, incuestionablemente positivo para cualquier mortal que se precie, no hacía más que agobiarme constantemente. Una cosa es que me dé por perdido a mí mismo, y otra cosa muy distinta es que quiera ser acompañado al subsuelo. Elizabeth merecía ser feliz, precisamente lo que yo no podía garantizar. Más bien podría asegurarle lo contrario.

Este tipo de situaciones que se mantienen en stand by entre un hombre y una mujer, acaban normalmente con un ultimatum por parte de ella. No lo cuestiono, simplemente lo expongo como un hecho estadístico. Además, lo veo comprensible. La estabilidad forma parte de la felicidad, para muchas personas. Lo que ocurre es que es un concepto endiabladamente sencillo. Todos sabemos lo que significa. Diseñas un plan de vida y colocas un atrezzo diabólico: Domicilio conjunto. Organización conjunta. Decisiones Conjuntas. Economías conjuntas. Planes conjuntos. Para un tipo como yo, en el que “disjunto” podría ser mi segundo apellido, todo esto era como un catálogo de pesadillas a todo color.

Eligió un día cualquiera. No me pudo sorprender ninguno de sus argumentos. Sensatos y razonables, todos y cada uno de ellos. Solo podía esperar a que acabara su exposición, darle las gracias por todos y cada uno de los minutos que pasamos juntos, y besarla por última vez.

Para mi sorpresa, el desenlace a su exposición de motivos no fue otro que el de proponer un marco de extrema libertad para ambos, y un espacio común muy amplio, en el que podía caber la convivencia cotidiana, las ausencias inmotivadas y las rarezas individuales. A cambio, cierto grado de monogamia.

Como lo antepenúltimo en lo que estaba pensando era en ampliar el número de mis preocupaciones con otro embrollo más, la verdad es que solo pude aceptar. No tenía ningún argumento para no hacerlo. Todas las dudas que tenía acerca de una relación me iban a ser toleradas. El tiempo de vigilia consciente se reduciría sensiblemente : las tareas de la casa, la compra, la atención al compañero. Todo ello permitía rellenar mi puzzle vital mucho más rápidamente.

Transcurridas unas cuantas semanas, empezaba a analizar la posibilidad de que esta atípica situación pudiese sufrir una profunda revolución. Paradójicamente, hacia el convencionalismo. Vaya mierda de revolución, dicho sea de paso. Evolucionar desde una situación abierta, flexible, libre, hacia una relación convencional, con o sin papeles de por medio, es la anti-revolución. Pero como mi vida es en realidad una anti-vida, me pareció de lo más coherente con mi incoherencia existencial.

Solo faltaba elegir el momento oportuno. Valoré diferentes hipótesis y distintas escenografías. Me decidí por una sencilla copa de champagne en la terraza del hotel, un anillo artesano de la zona, y una especie de barra libre para ella. Si quería papeles, habría papeles. A mí me parecería bien. Procuré ser muy discreto, no dar opción alguna a que algo o alguien adelantara el momento.

Pero como el hombre propone y Dios dispone, dispuso enviarme un torpedo a la línea de flotación. La mañana se había levantado un tanto borrascosa, en el sentido climático y en el otro. Me encontraba un tanto inquieto y no sabía muy bien porqué. Lo achaqué a la inminencia del momento definitivo, en el que le pediría a Elizabeth el cambio de status. Pero al poco tiempo entendí cuál era la verdadera causa de mi zozobra.

Lo supe por la brisa. Me encontraba al fondo del salón, en diagonal a la entrada principal del hotel. Ventilábamos la estancia, refrescándola con el singular aroma que proviene de la costa, la humedad salina mineralizada que a todos nos gusta percibir a la orilla del mar. Pero camuflada en el remolino olfativo, me llegó el inconfundible Pure Poison, de Dior. Inmediatamente pensé: “La jodimos”

Al instante, percibí el roce de su vestido. Ibicenco, a buen seguro. Instantes después, la ocupación volumétrica completa de la estancia. Sin duda, ella estaba allí. Me volví casi por instinto, sin mirarla a los ojos, en parte por miedo, en parte porque no necesitaba confirmación visual de que era ella. Enseguida, el ataque. “Ya veo que no me esperabas y que no te alegras de verme” Mi contestación más lógica habría sido: “No, no te esperaba. En efecto, no me alegro de verte” En cambio, murmuré una frase más convencional. “Claro que me alegro”

Ella me miró con curiosidad, pero no pareció verse afectada por mi estupor y mi frialdad en su recibimiento. Enseguida me aclaró que había ido a bucear. Así la conocí. Pero yo me hubiera fijado ante cualquier reserva a su nombre. Algo no me encajaba . Me acerqué al pupitre de recepción, con modales muy profesionales, y le pregunté a qué nombre había hecho la reserva. Un nombre de varón. Me dolió, pero me mantuve hierático. Ella esbozó una sonrisa. “Es un amigo” Yo puse cara de no importarme. Ella acercó sus labios a mi oreja. “Gay”, dijo.

Desconozco si existe algún tipo de rango, escalafón o clasificación entre las brujas. Pero ella hubiera sido General de Brigada o su equivalente en arpía. La habitación había sido reservada para una semana completa. No acertaba a encontrar algún tipo de sistema o acción evasiva. ¿Cómo iba a poder resistir los envates de esta moderna Matahari durante siete días y sus correspondientes noches? Solo cuando se acercó a susurrarme en la oreja que su pareja no era competencia, me produjo una vasoconstricción generalizada acompañada de la erección involuntaria de todos y cada uno de los folículos pilosos de mi piel. Y me temo que no solo eso.

Un inesperado viaje de Elizabeth a su país, debido a dolorosos asuntos familiares, complicó aún más la situación. La acompañé al aeropuerto, me guardé el anillo, el discurso, el champagne, y procuré disimular mi desazón. No creo que lo percibiera, pero no podría asegurarlo. Ella estaba triste, desde luego, pero no creo que fuera por que hubiese notado nada.

En resumen: Me quedaba solo, ante las aún inciertas intenciones de mi ilustre visitante, que dispondría de una semana completa para desplegar toda su artillería. Si tuviera que apostar a favor de alguien, no sería por mí. Tenía todas las de perder. Aunque mi nueva situación personal me proporcionaba cierta fortaleza, que tendría que intentar aprovechar para resistir sus ataques, si es que éstos se producían.

En el día a día, solo podía relajarme cuando la veía coger el coche rumbo a las costas de la zona, para practicar el buceo. Durante unas horas, podia dedicarme a las tareas cotidianas sin temor alguno a sus malignos influjos. A su vuelta, de la misma forma que hizo en la otra ocasión, se dejaba ver por todas y cada una de las estancias del hotel, provocándome más de un respingo. En esta ocasión se movía sigilosamente, y hacía por coincidir conmigo. O esa era la sensación que provocaba en mí.

Según avanzaban los días, iba cogiendo confianza. El ataque definitivo no se había producido, y albergaba la esperanza de que su visita fuese…no casual, desde luego, pero quizás solo había sido una boutade, o un simple tanteo, con posibilidad de reversión. Es posible que mi aparente indiferencia le hubiese desanimado por completo. Si, hipotéticamente, había ido allí para verme, y yo no le hacía caso, probablemente se resignase a pasar simplemente, unas buenas vacaciones.

Llegué a la conclusión de que estaba profundamente equivocado al observar un par de detalles. El detalle de que me estampó un beso en los morros dos días antes de su partida, y el detalle de presentarse desnuda en mi habitación esa misma noche. Un buen detalle, dicho sea de paso. Tampoco fué para tanto. Tan preocupado estaba yo por su presencia, y el tema se zanjó a la antigua usanza, sexo mediante. Y ya solo quedaba un día de su estancia en el hotel.

Sí que me incomodó enterarme al día siguiente de que había ampliado su permanencia tres días más, aprovechando una cancelación de última hora. No se como pudo enterarse, quizás se cameló a los dueños. Muy factible. Pero eso cambiaba las cosas del todo. Alguna conversación habría que mantener, y no sería muy fácil.

Aprovechó para colarse en la reunión literaria, desde donde controlaba todo lo que sucedía, sin aportar experiencias propias ni comentarios sobre sus lecturas. Simplemente se encontraba en calidad de oyente inquisidora. El tema propuesto para la reunión era “Novelas de amores imposibles”, a iniciativa de la romántica oficial del grupo, una pintora holandesa de carrera profesional incierta, y trayectoria amorosa muy similar. Las historias de Montescos y Capuletos, La Insoportable Levedad del Ser, El Príncipe De Las Mareas, Carta de Una Desconocida,…consiguieron incomodarme sobremanera, especialmente cuando preguntaba cosas tales como : “Pero el amor, por muy imperfecto que sea, debería triunfar siempre, ¿no os parece?” o , “en mi opinión, él, el protagonista, no es lo suficientemente valiente para luchar por ella”, afirmación con la que se ganó a un heterogénero auditorio de féminas de todas las edades, estado civil y orientación sexual.

Utilizaba la vieja táctica del acoso y derribo, del pressing en todo el campo. Lógico. Las mujeres son inigualables en ese terreno. La capacidad de inisistir e insistir hasta obtener lo que desean, es inversamente proporcional a la importancia que le otorgan los hombres al mismo objetivo. En mi caso, esta afirmación la encontraba especialmente cierta. ¿Qué puedo tener yo que ofrecerle a una mujer como ella? ¿Y entonces, porqué insiste hasta la saciedad?

“Porque me pareces el hombre más adorable que he conocido en mi vida, y no puedo dejar de pensar en cómo podría ser capaz de sacarte de esta especie de purgatorio terrenal en el que te conocí, y en el que sigues” Esa fue la respuesta que obtuve, cuando tras la reunión literaria me volvió a acorralar en el rellano previo a la terraza, y decidí agarrar el toro por los cuernos.

Tras su conversación, lo que ya no me quedaba claro es si me quería como pareja o me quería como misión. Cualquiera de las dos alternativas me parecían igual de inexplicables y exactamente igual de aterradoras. No es lo mismo apalabrar una convivencia tranquila y sosegada, basada en el mutuo respeto, la fidelidad, y la aceptación tácita de que soy un caso perdido, que verme inmerso en una especie de Cruzada vital, comandada por una persona que me triplicaba en energía y claridad de ideas.

Otro dato que complicaba la adopción de una decisión definitiva es el hecho de que ella me dejó tirado sin ninguna explicación, y que podría volver a hacerlo sin problemas. Sobre esto, no la pregunté. Para qué. Me diría que había vuelto y eso es lo importante.

Al finalizar su estancia, recogí mis cosas, las coloqué como pude en su coche de alquiler y me dispuse a partir con ella, a donde me llevara. Me despedí de Elizabeth por teléfono. Me dijo algo así como “Amor , ya tu sabes” Abracé a mis jefes, recibí un pequeño homenaje de mis alumnos, y subí al coche.

Si me preguntan cuál fue la razón que me impulsó a abandonar todo lo que había conseguido, nada menos que la supervivencia, para adentrarme en un más que posible desastre vital, solo puedo contestarles que he elegido el destino que creo merecerme. Nunca me he sentido merecedor de nada mejor, y no debería tenerlo. Ahora, el mundo es justo conmigo. Me proporciona una más que presumible tristeza crónica. Me colocará en el subsuelo. Sufriré, casi seguro. Lo que me he ganado a pulso. Es mío, que no me lo quiten.

Y si por un casual, las cosas fueran bien, no duden que haré lo posible para volver a la senda correcta, a la de la justicia. A lo que me merezco.

 

P.D. Título tomado de la película “Casablanca”

Escena “De entre todos los cafés del mundo