jueves, 14 de diciembre de 2017

Una Simple Confusión (II)

Y así nos quedamos. Ella de pie frente a mí, cegándome con los reflejos procedentes de sus ojitos peligrosos. Yo, sentado, apurando un espirituoso de marca, decidiendo si me levantaba y me sumergía en un túnel del tiempo sin salida posible, o protegía mi dignidad masculina intacta, con la que podría convivir a diario en las próximas décadas, aunque todos y cada uno de los días, tuviese que preguntarme si aún seguía vivo o simplemente me mantenía en el mundo.

Llegó un momento en el que no tenía objeto crear dudas artificiales. Era ella. Mi amor de juventud, la fuente de mis desdichas, el origen de mis inseguridades, la responsable de que no encontrase alternativas creíbles, la referencia insalvable. Y estaba delante de mí.

No recordé manual de protocolo que pudiese aconsejar ante una situación de estas características y variantes. Decidí ser natural, educado y maduro. Al menos esas cualidades debiera conservarlas. Todas las demás podrían ser debidamente pisoteadas por su presencia, pero ante todo, uno es un caballero.

Y procedí en consecuencia. Desvié inmediatamente la mirada hacia el horizonte, es decir, hacia la cabina del DJ, o la pista de baile, o cualquier otro sitio que no fueran sus ojos o sus piernas. No di muestras de reconocerla en ningún momento. Ella reaccionó como era de suponer: Con una media sonrisa sarcástica, en la que transmitía un claro mensaje “O eres idiota y no me has reconocido, o eres gay y no te has dado cuenta de lo buenísima que estoy” En cualquiera de las dos alternativas, estaba haciendo un papelón. Así que no tuve más remedio que exagerar una miopía que me acompañaba desde la juventud y realizar una excesiva acomodación de los músculos oculares, como si la cegadora luz de su presencia me hubiese impedido reconocerla.

Ella aceptó la comedia con paciencia y esperó a que me levantara de mi incómodo sillón envolvente para acercarme y buscar una manera adecuada de saludar a la persona que te ha hecho infeliz durante dos o tres décadas. No valía el abrazo porque, aunque pudiera hacerlo y fuese protocolariamente aceptable, no respondía de lo que pudiera pasar en el mismo instante que la tuviese entre mis brazos. Posiblemente la acogería como si fuese un valioso jarrón de la Dinastía Ming. Probablemente la mantendría unos instantes blindada a mi cuerpo, solo para percibir su calidez. Incluso podría achucharla con tal fuerza que su respiración se viese comprometida. Pero siempre estaba el riesgo de que detectase algún flanco débil, quizá un espacio libre en el contorno de su cuello, acaso una falta de ajuste entre su blusa de seda y la minifalda de cuero negro, que portaba con la soltura de una chiquilla y la elegancia de una diosa.

Ante tal acumulación de dudas, ocurrió lo inevitable. Quedé como un idiota. Ella cogió las riendas, me dio dos besos, recitó cientos de expresiones de alborozo, como si las estuviese leyendo de una chuleta, y manejó todas las variables imaginables de expresión de sus ojos. Y la muy meretriz, en un movimiento fugaz, con un solo dedo de su mano izquierda, liberó el único botón de su abrigo de paño, el que franqueaba la entrada al contacto casi directo con su cuerpo, para plantarme sus pechos en el mío, acoplar su cintura en la mía, y alinear mis deseos bajo su exclusivo control.

En ningún caso tuve la sensación de que sus expresiones, sus movimientos, sus golpes bajos y sus cariños, fuesen algo espontáneo. Llámenme desconfiado, antiguo, frío. Acúsenme de llevar los prejuicios más allá de lo imaginable. Apúntenme en la imaginaria lista de misóginos que cada una de ustedes lleva en su bolso. Pero, por mucho que disfrutase del momento, por muy agradables que fuesen las sensaciones, por muy esperanzador que fuese el reencuentro, en esos momentos, tuve la sensación de ser una polichinela. ¿Recuerdan ustedes? Siempre había una marioneta bella y peligrosa, un galán de cine que parecía dominar la escena, y una, con cara de panoli, que se llevaba todos los golpes y que acababa desapareciendo de la escena. Adivinen en cuál me consideraba mimetizado.

Una vez sobrepasados los momentos de supuesta euforia por el reencuentro, me fui tranquilizando progresivamente, en el convencimiento de que la escena no tardaría en diluirse con algún tipo de intercambio de teléfonos, recuerdos a las respectivas familias y promesas fervientes de organizar una comida o cena con los antiguos amigos y condiscípulos. Estaba convencido de que ella no querría más que finalizar el teatro y seguir su vida, y en esas condiciones, podría perfectamente aguantar el tipo para, con la ayuda de alguna copa más, sobreponerme a los fantasmas del pasado. Y en esa línea, la invité a sentarse, esperando su disculpa por estar acompañada, por llegar tarde a casa o por alguna educada excusa similar.

Como casi siempre, me equivoqué de medio a medio. La predicción del comportamiento femenino es improbable, como es bien sabido. Freud reconoció expresamente que treinta años de estudio del comportamiento humano no le habían facilitar una respuesta concluyente a dicha incógnita. Y de lo general, podemos deducir lo particular, que Estela podía presentar un comportamiento impredecible, como así sucedió. No solo se sentó, sino que pidió una copa, y solicitó que le facilitara un cronograma detallado de lo que había sido mi vida desde el Instituto hasta esa misma noche.

Aunque mi intención inicial era ejecutar una sencilla faena de aliño, realizando un microesquema de algunos de los episodios más confesables de mi vida, obviando detallarle mis muchas noches de sufrimiento al verla con otros, mi desazón por no haber podido mantener el contacto a la finalización del periodo escolar, y mi resignación ante la evidencia de que nunca estaría con ella. Me fue completamente imposible. La procesión de visitas de mis amigos a nuestra mesa, los múltiples intercambios de besos y abrazos de Estela con ellos, y ya sí, las promesas próximas a ser incumplidas de realizar encuentros vintage, me absolvió de la penitencia de relatarle cómo mi vida había resultado ser bastante mediocre e insípida, en o por su ausencia. Amagué en varias ocasiones con escabullirme del círculo de efusiones y largarme a mi casa, pero siempre me lo impedían entre todos, bien con gestos, bien colocándose estratégicamente para cortarme la ruta de escape, bien protestando ruidosamente cuando anunciaba mi marcha.

Tan corales comenzaron a resultar sus movimientos, sus acciones y sus protestas, que empecé a sospechar. ¿Sería posible que estos hijos de sus padres hubiesen planificado el encuentro como “fortuito y casual”, y en cambio todo obedeciera a una premeditada estrategia para que mi fiesta de cumpleaños resultase digamos, inolvidable? Y sobre ese pensamiento, empecé a analizar detalles, hechos, gestos y risas, para llegar a una imbatible conclusión: Que eran perfectamente capaces de hacerlo, desde el punto de vista ético y moral. Mejor dicho, que considerando la ausencia de ética y moral en esta pandilla de maleantes, la hipótesis era perfectamente plausible. Por otro lado, los aspectos logísticos no suponían una barrera infranqueable, cualquiera de ellos podrían haber llamado a Estela y hacerla cómplice de la broma, sin grandes dificultades. E incluso podrían haberla involucrado sin ella saberlo, aunque en ese caso, me habría saludado y poco más.

La razón lógica que se oponía a mi teoría conspirativa era la necesaria capacidad imaginativa para idear tan macabra puesta en escena. Y eso ya me costaba un poco más aceptarlo. Porque, aunque los quiero como si fueran mis hermanos, entre todos no serían capaces de dibujar un trébol de cuatro hojas. En las redacciones de EGB no conseguían sumar un cinco pelado entre todos ellos, aunque en Ciencias Exactas lo bordaban. Por otro lado, nunca exterioricé mi desamor con Estela, por lo que entendía muy difícil que ellos siquiera pudieran imaginarlo.

Resumiendo, o mis amigos eran unos desalmados con más imaginación de la que les atribuyo, y su cómplice una auténtica bruja de las de Salem, o esa noche podrían haber finalizado cuatro décadas de amor platónico. Y ante tal disyuntiva solo me pude plantear una duda:

¿Cuál de las dos hipótesis me parece más terrible?

 


lunes, 11 de diciembre de 2017

Antoniadis9 Y Los Argonautas (Colaboración semanal en Desafiosliterarios.com)

Desde el pasado lunes, he iniciado una colaboración semanal con el maravilloso equipo que construye una de las mejores páginas web literarias en habla hispana, desafiosliterarios.com

Esta colaboración se ha diseñado en forma de columna semanal, que estará a vuestra disposición todos los lunes alrededor de las 18:00, hora española.

La he titulado “Antoniadis9 Y Los Argonautas”, porque mi objetivo es conformar una especie de ejército literario que pueda superar todas las pruebas a las que se vea sometido, tanto por los avatares contemporáneos, como por las leyendas y mitos que pudieran provenir de la antigua Grecia.

Así es, querido argonauta. Gracias a ti, me veo capaz de superar todos los desafíos imaginables ya que, como bien sabes, la pluma es más fuerte que la espada. O eso esperamos.

Ya tenéis a vuestra disposición las dos primeras entradas:

  • La Profecía, la entrada que da a conocer la columna
  • Una Sencilla Terapia, en la que os propongo una sencilla terapia para los sucesos más inesperados de nuestro día a día

¿Quieres ser un Argonauta más? No dejes de pasarte por desafiosliterarios.com todos los días, y especialmente cada lunes a partir de las 18:00 h.


sábado, 9 de diciembre de 2017

Una Simple Confusión (I)

Sabía que celebrar mi cumpleaños con esa panda de rebeldes indocumentados y maleantes, acarreaba un cierto riesgo de que la noche pudiese fluir por cauces heterodoxos. La historia, los precedentes, las atípicas personalidades que coincidirían en la celebración, no presagiaban nada bueno. Para mí, quiero decir.

Es difícil saber porqué un grupo de varones de edad próxima a la madurez (a algún tipo de madurez, quiero decir), puede teletransportarse a los años 80, por el simple hecho de que se reúnen. Si lo analizamos cuidadosamente, una pequeña convención de amigos debería generar algún tipo de protocolo que permitiese desarrollar actividades a las que nos vemos sustraídos en el día a día. Es obvio que en cualquier día laborable, dedicamos nuestro tiempo a sobrevivir y trabajar, no mucho más. Quizá podamos encontrar hueco para comer o tomar café con un amigo, pero es difícil concertar reuniones con un grupo. Por esa razón, entiendo que un día extraordinario, como la celebración de un cumpleaños, debería cristalizar en un sosegado cambio de opiniones, quizá chistes, risas, anécdotas de nuestros años juntos, siempre en torno a una mesa, a unas delicatessen gastronómicas, incluso una cata de vinos o espirituosos.

En cambio, cada vez que un grupo de varones consolidados en el medio de la vida se reúnen, la filosofía del encuentro se centra en diseñar algún tipo de plan, debidamente elaborado y retorcido, que desemboque en provocar la zozobra de aquel incauto que un día despertó con la peregrina idea de celebrar una inocente reunión. Y, en contra de lo que se podría pensar, todas las ideas que se colocan encima del imaginario tablero frente al que se reúnen los mal llamados amigos, vienen impregnadas de un efluvio adolescente, que domina nítidamente frente a la presumible madurez a la que apunta el DNI. Con el agravante de que la capacidad logística, la financiera, y la mala leche, es muy superior a la de la adolescencia, lo que permite que los planes sean mucho más elaborados, precisos y malvados que aquellos juegos de la botella amañados, o la sobredosis de canela de nuestras sangrías juveniles.

Entre usted, amigo lector, y yo, he de reconocer a mis amigos una creatividad muy superior a la que habría podido imaginar, especialmente si tenemos en cuenta que la mayor parte de ellos siempre han sido un poco lechuzos. Lo que me hace pensar en las cuentas pendientes que pudieran haber acumulado contra mí en estas décadas. Si tenemos en cuenta los elementos novedosos (y dolorosos) de su “especial” celebración de aniversario, es evidente que he debido de fastidiarles, y mucho, desde la adolescencia hasta hoy. O en su defecto, que me quieren tanto que han decidido sublimar su limitada capacidad intelectual para alcanzar las máximas cotas de indecencia amistosa.

En cualquiera de los casos, no hay duda alguna de que mis amigos, ese grupo de varones aparentemente convencionales, se convirtieron (en mi honor), en una verdadera pandilla de hijos de puta desorejados, que no sólo me hicieron pasar la mejor noche de mi vida, sino que consiguieron transformarla en una duda continua, de la que no soy capaz de reponerme a fecha de hoy. Cuando parece que soy capaz de aclarar mi situación, todos y cada uno de ellos contribuyen generosamente a desestabilizarme y generarme dudas en bucle, lo que me obliga a sufrir todas las noches de mi existencia un insomnio profundo y perenne, del que solo puedo escapar gracias a la teletienda.

El caso es que todo parecía desarrollarse con la más absoluta normalidad. Cita en un restaurante de precio medio y menú cerrado, que había concertado previamente, para evitar sorpresas. Asistencia completa, con puntualidad inusualmente exquisita. No diría que íbamos de tiros largos, pero sí absolutamente presentables. Americanas formales, mocasines, alguna corbata. Ciertamente tenemos ya una edad, pero no nos disgusta aparentar algún lustro menos. Internamente agradecí el detalle de formalidad.

Cenamos francamente bien. Buenos caldos en las botellas, buenas viandas en la mesa, buen humor en los comensales. Lo que cualquiera podría esperar de una celebración de ese tipo en personas adultas. Y ahí radicaba el problema. Iba todo demasiado bien. Las bromas, muy comedidas. Los excesos gastronómicos, no tan excesivos. Sin duda, había gato encerrado. Pero llegamos a los postres, a los chupitos, a la primera copa, y todo parecía ir como la seda. Y me relajé. Los espirituosos y la aparente normalidad, me hicieron bajar la guardia, y consiguieron engatusarme.

Sólo un pequeño detalle parecía salir de lo habitual. Me propusieron tomar el resto de las copas en un supuesto local de moda, que yo desconocía. Pero la idea propuesta por Rodrigo, el más afamado play boy del grupo, fue coreada con estrépito por el resto del grupo, como si la idea de elegir precisamente ese local fuese absolutamente extraordinaria. Sin embargo, me extrañó que todos mis amigos conocieran un local del que yo jamás había oído hablar. Aún así, llevaba mucho tiempo fuera del circuito, algo así como dos años, tras mi ruptura con Paula. Todos ellos conocían mi curriculum amoroso, como yo conocía los suyos.

En mi caso, podríamos hablar perfectamente de un rally, más que de una carrera en circuito. Todas mis relaciones habían acabado bastante mal, y en todos los casos, tanto mis amigos como yo, habíamos encontrado una magnífica explicación: Todas y cada una de ellas eran unas pedorras, lo que objetivamente podría llegar a ser cierto. Lo que mis amigos desconocían era el hecho de que yo había estado enamorado de una de mis compañeras de los últimos cursos de bachillerato. No podían saberlo, porque ella no me hacía ni puñetero caso, porque al constatar esa evidencia, yo hice exactamente lo mismo, y porque se lo oculté a todos y cada uno de ellos, dado que la discreción no era precisamente uno de los valores corporativos del grupo.

Digamos que esa “ausencia de relación” con Estela, que así se llamaba la chica, me marcó y mucho. Hice todas las tonterías que se pueden hacer en esos casos, considerando que en los 80s no existía internet, móviles, redes sociales ni nada que se le pareciese. Había discotecas, fiestas patronales y correo postal. Y poco más. Por tanto, escribí notas anónimas, llamé por teléfono sólo para escuchar su voz, me hice el encontradizo todas las veces que pude. Hasta escribí poesía. De la más trágica, de la más melancólica, de la más funesta. Y después, simplemente me hice mayor. Y sufrí.

Mi ruptura con Paula, apenas fue objeto de conversación en la cena, como es lógico. Es difícil mantener ese tipo de conversaciones mientras que descabezas un langostino. Pero yo esperaba que el tema surgiese en las copas. Para mi sorpresa, algún pequeño amago, siempre con la coletilla “ella se lo pierde, tienes que estar abierto al mundo”, o “con la cantidad de chicas que hay por ahí…”. En fin, el tema no se extendió demasiado. Y, ciertamente, había demasiadas chicas guapas en las proximidades, como para que un grupo de varones cuarentones y heterosexuales, se dedicasen a metafísicas confesiones a media luz.

Rápidamente, algunos de ellos empezaron a probar suerte y, para mi sorpresa, el círculo con el que compartía mesa y copas empezaba a reducirse sensiblemente, quedándome simplemente con una reducida guardia pretoriana, que mantenía una estrecha vigilancia visual del local, probablemente para categorizar las muchachas que aún se mantuviesen libres. Me uní a las tareas de centinela, probablemente más por mimetismo que por deseo. Aunque no era muy tarde, la mayoría de las asistentes femeninas, habían optado por abandonar la discreción de las posiciones iniciales y ocupar como un tsunami el espacio tácitamente destinado a echar unos bailecicos.

Para situarle a vd., amigo lector, nos encontrábamos en una especie de discoteca reconvertida, con ramalazos ultramodernos, pero en el que se habían conservado elementos que seguramente el decorador consideraría como deliciosamente vintage. Así, la zona de baile se encontraba en la zona más baja del local, y nosotros ocupábamos el graderío alto, el primer anillo circundante de la misma, seguramente el mismo que los patricios romanos en el Coliseum, con la diferencia de que el pulgar hacia arriba o hacia abajo, lo levantarían las vestales danzarinas. Seguramente no tan vestales, pero muy danzarinas, se lo puedo asegurar.

La ventaja extraordinaria con la que contaba el local era el servicio a domicilio. Un grupo de camareros vestidos con una especie de petos reflectantes, acudían a las mesas que ocupábamos, con una notable y muy preocupante celeridad, lo que nos aproximaba seriamente al desastre. Recordemos que el hígado tiene una capacidad detoxificante limitada en el tiempo. Y que nosotros nos habíamos bebido en nuestra adolescencia, juventud y madurez, el equivalente a todas las aguas de todos los floreros. Y aunque manteníamos muy elevado el listón de la calidad de los espirituosos, el efecto acumulativo comenzaba a percibirse en mis queridos compañeros de armas.

Inicialmente pensé eso mismo cuando observé que una vistosa mozuela, a la que situé en la mejor de las edades femeninas, aquella en la que las mujeres son aún más interesantes, y cuyo cálculo exacto es de elaboración tan compleja y específica, que considero irrelevante explicarlo en este escrito (por supervivencia, naturalmente), se aproximaba decidida hacia nuestras posiciones. Y, desde luego, decidí que ya estaba plenamente sobrepasado, cuando según se acercaba detecté que los rasgos me eran enormemente conocidos, como si una sombra del pasado se abriera camino entre todos los espectros que uno ha conocido en su vida, pero envuelto en un extraordinario disfraz, en el que destacaban unas extremidades inferiores de muy prolongado recorrido.

Me reprobé a mí mismo el hecho de haber reparado en sus piernas antes que en sus ojos. Y me disculpé generosamente, dado que había bebido demasiado, que las piernas eran realmente notables y que a mi edad ya estaba próximo a ser un viejo verde. Aunque esto último no tengo claro que fuese una excusa, pero no me dio tiempo a debatirlo conmigo mismo, porque cuando el espectro/fabulosa fémina se colocó delante de mí, tuve que dedicar todas mis capacidades intelectuales y no pocas de las afectivas, para reconocer a quién pertenecía el esqueleto, el resto del cuerpo que lo completaba, y el aura que desprendía. Por un instante pensé que el fantasma venía acompañado de una especie de cohorte de polvo celestial, minúsculas estrellas o centelleos de lejanos planetas. En realidad, simplemente era el reflejo de unos ojos de color azulado, que ocupaban una buena parte de su rostro y ya, la totalidad de mi alma.

El tiempo pasa, es una realidad inmutable. Y nos cambia, sin duda. Puede hacer que el recuerdo de una juvenil criatura no sea completamente armónico con la proyección futura a, digamos treinta años después. Es un hecho incontrovertible. Lo que resulta francamente curioso es que aún así, no hay diferencia alguna entre las sensaciones que nos produce su encuentro. Ese vuelco en el estómago, esa taquicardia involuntaria, ese rubor imperceptible. Y negar ese hecho resultaría de una inmadurez extrema, por lo que en estos momentos y en estas letras, manifiesto claramente que su presencia no me alteró lo más mínimo. Se puede ser inmaduro, cualidad que puede resultar incluso atractiva para un limitado segmento de la población femenina, pero lo que no se puede ser es sentimental; Porque es, sin duda, un rotundo defecto, como lo puede atestiguar la inmensa mayoría de la población masculina, poetas y cantautores excluidos.

Y así nos quedamos. Ella de pie frente a mí, cegándome con los reflejos procedentes de sus ojitos peligrosos. Yo, sentado, apurando un espirituoso de marca, decidiendo si me levantaba y me sumergía en un túnel del tiempo sin salida posible, o mantenía mi dignidad masculina intacta, con la que podría convivir a diario en las próximas décadas, aunque todos y cada uno de los días, tuviese que preguntarme si aún seguía vivo o simplemente me mantenía en el mundo.


lunes, 4 de diciembre de 2017

Concurso Fin de Año – Participante 15

Aquí tenéis el post que redacté para el mágico concurso de fin de año de la no menos mágica Paula De Grei, y que resultó clasificado en tercer lugar, si no he hecho mal las cuentas.
A ver si os gusta

Paula De Grei

Esta Vez

He aguantado muchas veces tu relato, y otras tantas me he mordido la lengua, pero esta vez no estoy dispuesto a hacerlo.

Yo no te perseguí por las esquinas hasta acosarte de tal modo que no tuviste más remedio que concederme una cita. Es una absurda tergiversación de la realidad. Simplemente todas tus amigas me pidieron que fuera amable contigo, a pesar de tu endiablado carácter.

Yo no te escribí tres estrofas de un poema de amor. Es completamente incierto. Simplemente me pasaron la letra de una de las canciones que debíamos tocar en aquel concierto de pueblo, porque soy un completo desastre y se me olvida hasta mi apellido.

Yo no te envié ramos de flores a tu casa. Es una estúpida invención. Tu padre fue al vivero, compró docenas de tiestos, le regalaron unas flores y te contó esa milonga continental para intentar que saliera contigo…

Ver la entrada original 383 palabras más


domingo, 3 de diciembre de 2017

La Caseta De Los Adornos Navideños

Era un Portal de Belén en sí misma. Diríase que la propia imagen de la caseta venía a ser una especie de plantilla de power point gigante, para que los clientes no tuviesen dudas de cómo engalanar los Belenes caseros. Simplemente se tomaba una instantánea con el smartphone, y acto seguido se reproducía a pequeña escala bajo la mesa del televisor, en la intimidad del hogar.

Se trataba de un excelente servicio público, pocas dudas al respecto. El propio marco de la caseta ya nos situaba en aquello que los cristianos gustamos de llamar Oriente. La estrella que guía a los Reyes Magos desde allá hasta acá, hasta el mismo Belén, presidía la caseta, emitiendo una extraordinaria luz de color rosado, similar a aquellos carteles de neón de las ciudades norteamericanas, que nos mostraban en los telefilmes de los años 70. Probablemente, ahora serían de LED, mucho más eficiente y probablemente más eficaz para SSMM Los Reyes De Oriente que, en ausencia de GPS, debían dar gracias al cielo de que las nubes no tapasen su único faro hacia el futuro Mesías.

Flanqueando la estrella, indiscutible reclamo de la caseta, una imitación extraordinaria de las vigas de madera más rústicas que uno pueda imaginar, con remaches simulando a grandes clavos, de los que no quisieras encontrarte cuando buscas a tientas las zapatillas en el suelo de tu habitación. Las vetas de la madera, parecían auténticos ríos de lodo, atravesando las vigas de parte a parte, como si se tratase de una hemorragia incoercible de autenticidad. Los pilares de las mismas, los conformaban bloques de piedra granítica, supongo que una licencia geológica porque, aunque desconozco si el granito es la piedra más popular de Belén y alrededores, el que sujetaba las vigas, no venía de más lejos que la Sierra de Guadarrama. Probé golpeando con el dedo, y a poco me hago una fractura. Era piedra maciza, no terracota, plástico ni plexiglas. Granito del que te abre la cabeza. No me preguntes cómo lo acarrearon, ni mucho menos cómo la Policía Municipal lo ha consentido. Pero estaba allí, aportando solidez, realismo y geología de la buena.

Como mostrador, habían elegido una especie de sequoya o variedad autóctona similar, revestida de una capa de barniz incoloro de no menos de diez centímetros, en la que se desarrollaba el justo intercambio crematístico, pero que servía también como escenario para una composición a medida del cliente. Si éste dudaba entre un camello de dos jorobas tamaño XL, y una discreta y humilde mula de crines grisáceas, el dependiente le conformaba una especie de mini nacimiento a escala, donde se posicionaban ambas piezas y se elegía la de mayor idoneidad. Riesgo cero. No fuese a ser que el camello XL desentonase con las piezas de años anteriores, cada una comprada y elegida con calculada anarquía navideña. Todos, el cliente, el tendero y el propio Mesías, sabían perfectamente que la resultante final de tan elaborada performance, no dejaría de ser una especie de ecce homo, que bien hubiese firmado Dalí, por aquello del surrealismo. Pero la liturgia es la liturgia.

Al fondo, las estanterías en las que se exhibían las diferentes piezas, colocadas como espectadores patricios de un espectáculo de circo romano: Expectantes, vigilantes, emitiendo una inerte mirada de impactante severidad, como si de repente colocasen el pulgar hacia abajo, en caso de no ser elegidas por el cliente, que las seleccionaba desde la distancia para formar parte de su Coliseum casero. Entonces, el dependiente extraía un guante de seda blanco desde algún cajón bajo el mostrador, se lo colocaba en la mano derecha con estudiada parsimonia y, mimosamente, utilizaba pulgar e índice para hacer bajar la figurilla escogida que, orgullosa y expectante, aguardaba a ser confirmada por el comprador, y envuelta en no menos de tres capas de acolchado, con el fin de resistir los embates de las familias que se agolpaban en la caseta.

A la recepción de la mercancía, las despedidas de rigor al vendedor especialista en representaciones navideñas, el consabido “Feliz Navidad”, la promesa de cuidar la figurita y completar el catálogo el año siguiente. La reglamentaria visita global a la Plaza Mayor, la merienda con chocolate y churros, el espectáculo de El Corte Inglés, los atascos en los parking. Desconozco en qué parte del Antiguo Testamento se contemplan estos sucesos, pero puedo asegurarles de que, desde que tengo recuerdos, sí que forman parte de mi liturgia navideña, y que para mí, es tan sagrada como si Moisés la bajase esculpida en piedra.

He escuchado miles de alegatos contra la Navidad consumista, todos ellos muy sensatos y razonables. Pero si alguien busca un rito más solidario, eficiente y emotivo que la expedición anual para comprar la pieza del Belén, lo tiene bastante difícil. Una figurita de barro que reúne a familias, a generaciones, a tradiciones, proclama valores a los cuatro vientos y finaliza con chocolate con churros, merece el premio a la sostenibilidad mundial.

By Barcex (Own work) [CC BY-SA 3.0], via Wikimedia Commons

sábado, 2 de diciembre de 2017

Problema con wordpress. Ayuda

Mis historias y otros devaneos

wordpress_fix

Hola, amigos y amigas: ayer cambié cosas de la configuración de mi blog, una de ellas fue adecuar el link con el nombre, pues desde que cambié el nombre del blog era algo que tenía pendiente. Leí bien la letra pequeña antes de hacerlo y no parecía que tuviera que repercutir en nada, pero sí lo hizo. Pues han desaparecido de mi cuenta casi 600 seguidores/as. A algunos os fui contactando de forma individual ayer, pero me fue imposible hacerlo con todos, porque tampoco puedo ver quién se ha quedado fuera.

Pedí ayuda al servicio técnico de WP, pero aún no tengo respuesta. Mientras espero, os voy a pedir, a los que ya volvéis a estar por aquí, si pudierais compartir este post, para que llegue a todo el mundo y puedan comprobar si todavía me siguen o le tiene que dar al botón “Seguir” de nuevo.

Ver la entrada original 116 palabras más


domingo, 26 de noviembre de 2017

El Pijama De Cuadros

La conocía de antes, no lo suficiente , no lo bastante. Y sin mediar palabra, gesto o caricia, pasé al estado enamorado hasta las trancas. 
Qué pasó pues?, me preguntaréis sorprendidos. No mucho. Simplemente la vi, vestida con un pijama de cuadros.
Denunciando la opresora moda capitalista ? Reivindicando la vida familiar? Durmiendo en angelical mueca? 
No, simplemente vestida con un pijama de cuadros. 
Provocando mi ternura infinita , extrayendo el guerrero que nunca fui, con el único fin de protegerla, generando un poeta inexistente, solo para complacerla, rezumando generosidad por todos los poros de mi piel, antaño inexpugnable a las bondades . 
Saltaba en la cama con un deje adolescente, reía todo su ser, y de todos y cada uno de los botones de su pijama, parecía proyectarse un cañón de felicidad intrascendente, contagioso e inofensivo, al que solo podría resistirse el campeón de los hombres malvados.
Y de repente me vi, compartiendo sus brincos, riendo hasta el absurdo, cantándole mis poemas , flotando en el universo, y desde ahí, desde la más elevada de las alturas, tuve que aceptar la realidad, que ni ella, ni su risa , ni sus saltos , ni por supuesto, el pijama de cuadros, formarían parte de mi vida.