viernes, 25 de agosto de 2017

La Estrofa Que Lo Cambió Todo (II)

Justo cuando cerraba la agenda, sonó el teléfono móvil, y en la pantalla apareció un número que no reconocí.

No suelo atender este tipo de llamadas, salvo que en la agenda exista un dato que me aconseje hacerlo, pero al haber tenido un día tan agitado, pensé que podrían pedirme algún dato adicional los de la ambulancia, como el número de seguridad social, la partida de bautismo o el carnet de socio de alguna ONG. Así que, dispuesto a mandarlos a hacer puñetas (se conoce que ya me sentía mucho mejor), atendí la llamada con voz un tanto meliflua, para despistarlos de la bronca que les iba a echar.

“Sí, dígame”

“¿Hola, eres Sergio?”

“Sí, soy Sergio Tapia. ¿ Quién es usted?”

Escuché una risita ahogada al otro lado de la línea. Me dejó un poco desconcertado, porque a los de la ambulancia no les asignaba yo un rol tan desenfadado, pero esperé que prosiguiera.

“Soy Irene, del Break Café”

El nombre de Irene me resultaba familiar, pero lo del Break Café, ni idea. Mi cafetería de toda la vida se llama Cafetería Paco, nombre del primer propietario allá por los 60. ¡Cáspita, pero si la cafetería cerró! Bueno, no cerró. Así que ahora se llama así. E Irene es la de…

“Ah, Irene, qué sorpresa. Dígame. Bueno, observo que ya no es necesario que nos pidamos el número de teléfono, puesto que usted ya lo tiene”, observé con un poco de sorna, pero en absoluto molesto.

“Sí, cuando usted estaba tan …malito, los de la Ambulancia se lo pidieron y aproveché para tomar nota para poderle preguntar cómo se iba encontrando. En realidad tenía miedo de que tras la experiencia con nuestra puerta, decidiese usted no volver a nuestro local”

Desde luego, en diferentes intervalos de lucidez, valoré seriamente diferentes alternativas: No volver, denunciar a la puerta ante la Delegación de Consumo, poner una pegatina gigante con el letrero “puerta delincuente”, en fin, lo que imagino le pasaría a cualquier persona con sangre en las venas.

“No, Irene, cómo se le ocurre tal cosa. Por supuesto que cuando me reincorpore a trabajar, volveré a acudir a su local a tomar ese café en tan elegante vajilla”, aprovechando para soltarle una pulla.

Ella se lo tomó muy bien riéndose a carcajada limpia. Y me espetó así, a sopetón:

“No pensaba yo que un tipo tan estirado y tan cuadriculado como usted, tuviera sentido del humor. Me está sorprendiendo gratamente”

Yo en realidad solo quería manifestarle mi disgusto con los enseres del local pero, recordando vagamente su sonrisa y el resto de las preciosas facciones que la acompañaban, decidí dejarme llevar por mi suerte y reír al otro lado de la línea.

Ya eran las 20:30, hora en la que tenía estipulado la cena. Por tanto, decidí concluir la conversación.

“Irene, muchas gracias por llamar. Le aseguro que me encuentro bien. Si no le importa, voy a preparar la cena. La veré en el local en los próximos días”

“Y si se encuentra bien, y aún no ha cenado, ¿porqué no lo hace conmigo?”

No, por ahí no paso. Puedo aceptar algún pequeño sobresalto al mes, pero de ahí a que me coloquen una cena improvisada sin antelación, ni hablar. Intenté buscar una respuesta educada no hiriente para expresarle mi más rotunda negativa, pero ella se me adelantó.

“Ah, disculpe, Sergio. Olvidé que esta cena quizás no la tenga usted anotada en la Moleskine. Por cierto, ¿puede revisarlo, para que esté completamente seguro? Quizás lo anotó usted antes de su salida triunfal y lo ha olvidado.”

Yo estaba seguro de lo contrario, pero me pareció que esa era una buena forma de salir del embrollo. Me dirigí al maletín, busqué la agenda. Agua. Fui a la chaqueta del traje. Nada. Rebusqué por el resto de la casa. Había desaparecido. Solo cabía una posibilidad. Cortarse las venas. Ni eso. No estaba programado.

Me dirigí al teléfono para cortar la comunicación con Irene ipso facto, y dedicar mi vida a hallar la agenda. Cuando ella oyó que me colocaba el auricular, me dijo:

“Qué, ¿figuraba en su agenda nuestra cena?”

“No lo sé, he debido perderla. Si no le importa, voy a colgar para buscarla con más intensidad. Muchísimas gracias por la llamada. Buenas noches”

Colgué en el acto y me puse a buscar la agenda como un loco. A los cinco minutos me despistó un mensaje en el móvil, con dos fotos adjuntas. Era el mismo número desconocido de antes. Irene. No me había dado tiempo a agregarla como contacto.

Descargué la primera foto. Una anotación hecha con letra de mujer que decía literalmente “Cena con Irene 20:30” Y se refería al día de hoy. La segunda foto era de mi Moleskine, en sus manos, y un mensaje literal: Se te cayó en el Break Café y la recuperé, porque sabía que era importante para tí. Pero no te va a salir gratis. Si la quieres recuperar, tendrás que cenar conmigo. Hoy me has dejado plantada, ya ves que no has acudido a tu cita, por tanto, tendrás que volver a cenar conmigo. Te propongo el sábado a las 20:30. Por cierto, no tienes nada en la agenda anotado, salvo “vaguear” No intentes recogerla en el Break, porque estaré librando hasta el lunes. Espero que sobrevivas sin tu agenda hasta entonces. Así, recordarás dos cosas: Una, que tú eres mucho más que tu agenda. Y la más importante, que yo soy mucho más que tu agenda. Si no lo has visto antes, es porque quizás haces honor a tu apellido, y estás más ciego que una tapia”

Quería matarla. Y a la vez abrazarla, por haber recuperado mi agenda. Para el sábado quedaban tres días. Pensé que me estaba vacilando y que estaría al día siguiente en su puesto de trabajo, por lo que me fui a acostar sin cenar, y deseé que la mañana próxima llegase muy rápidamente. No me lo pareció tanto. Soñé con la agenda, con su actual depositaria, con la puerta y, sobre todo, con el encargado de Mantenimiento. No me pregunten.

Al día siguiente, disfruté de dos amargas experiencias. Fui al café, pedí el desayuno habitual y, como habitualmente (cuando no estaba Irene), fue servido sin mediar palabra, sonrisa o esmero. La segunda, que Irene no me había mentido. No estaba en el local.

La jornada de trabajo fue absurdamente normal. Todo el mundo me preguntó por mi estado de salud, y con todos fui lacónico, para no hacer distinciones. Estuve especialmente arisco con las de Recursos Humanos y la de Prevención. Y especialmente amable con el de Mantenimiento, supongo que para que no siguiera presente en mis sueños de forma inopinada. Al resto, legislación vigente. Cortesía protocolaria, sin más. Ellos no tenían mi agenda.

Llamé a Irene en varias ocasiones y me comentó en un mensaje”Nos vemos el sábado” Qué bruja. Pero seria y formal. Dijo que no trabajaba, y no lo hizo. Dijo que me daría la agenda el sábado y parecía que cumpliría su palabra. Quedan pocas chicas así, que no se dejen vencer por los impulsos, reflexioné. Pero luego pensé que ella me había pedido el teléfono y yo me había estampado contra la puerta. O sea que había sido espontánea y había conseguido que yo lo fuera, porque desde luego, estamparme contra la puerta del…Break Café, no estaba en mi agenda. Qué bruja.

Ante la ausencia de la bitácora que guiaba mi barco vital, mi adorada agenda, no tuve más remedio que dejarme llevar por las costumbres recordadas. Desayunar, comer, cenar y trabajar. Al no tener la planificación delante, me guié por los relojes biológicos. Pero ello supuso que dedicase el tiempo estimado, no el planificado, con la catastrófica costumbre de tener tiempo libre. ¿Y qué se hace con el tiempo libre cuando nunca lo has tenido? Consulté en google, naturalmente. Y sugería miles de cosas: Museos, cines, teatros, parapente, paseo en globo…Es decir, que la gente tenía tiempo libre y lo invertía en esas cosas. Inaudito.

Las sugerencias de google no me acabaron de convencer. Unas por arriesgadas. Otras por estúpidas y otras porque no garantizaban hora de entrada y salida. Reconstruí una pequeña agenda de emergencia que me habían regalado en un congreso y a la que había relegado con desprecio, por no poder compararse con mi Moleskine. Pero una emergencia es una emergencia, y con cierto disgusto por la ausencia de datos base, preparé la agenda para los próximos dos días. Amplié el horario laboral para compensar esos desagradables tiempos muertos que no sabía rellenar. Decidí llevar el coche a revisión, con unos mil kilómetros de adelanto, pedí cita con peluquero y dentista. Con esos ajustes, me quedaba libre la cena del sábado con Irene de 20:30 a 22:00 h., tiempo ajustado y proporcional a la cita. El suficiente para recuperar la agenda, y desde luego, para no molestar a la invitada, una hora y media, nada menos.

Supuse que debería elegir el sitio para cenar porque, técnicamente, la invitaba yo. Elegí un sólido y fiable café-restaurante, funcional, con plazas de aparcamiento disponibles en la proximidad, con un menú del día extensible a la cena, en el que había estado varias veces con otras chicas. No es que yo no tuviera relaciones sociales con el sexo opuesto, como podría pensarse. Lo cierto es que, con cierta regularidad trimestral, rescataba dos o tres nombres de mi agenda e intentaba lograr una cita con aquella cuya agenda le permitiese adaptarse a la mía.

Le transmití a Irene las coordenadas del lugar, para que pudiésemos encontrarnos allí puntualmente. Le propuse las 20:15 horas, para evitar el retraso al acceso a la mesa, y amablemente, me despedí de ella hasta el sábado. Ella me contestó al rato con una serie de pequeñas variaciones sobre el plan. No me parecieron negociables, la verdad. La primera es que la debía recoger en la puerta de su domicilio a las 20:00, “aproximadamente” Cuando leí lo de “aproximadamente”, sentí una punzada en el costado izquierdo y una sensación de apnea que me duró unos segundos. La segunda es que el restaurante ya lo había elegido y reservado ella, porque “no me fiaba de tus gustos hosteleros, considerando que tomas café en el Break”. Me pareció un detalle significativo al respecto de su sentido del humor, muy diferente del mío. Entre otras cosas porque ella tenía y yo no. La tercera condición no me pareció muy concreta: “Procura estar adorable, porque la Moleskine no te la daré hasta el final de la noche” Adorable. Y eso en qué consistía exactamente. Miré en google.

De google pasé a blogs y de ahí, a revistas femeninas. No me pareció un proceso ilógico. Si debía resultar adorable a los ojos de una mujer, no parecía descabellado  averiguar qué entendían ellas como adorable. Recibí multitud de pequeños indicios, algunos de los cuales me parecieron sorprendentes: “alabar sus complementos” Inicialmente me pareció excesivamente explícito en el plano sexual, hasta que deduje que el concepto “complementos” podría no referirse exactamente a lo que yo pensaba, sino a una especie de colección de objetos que las mujeres usan para “complementar” su atuendo. Sorprendente. Profundicé un poco en la literatura, y había un consejo que se repetía intensamente “Se tú mismo”

Hombre, yo me quiero como soy, pero de ahí a que actuando como actúo normalmente, o sea, siendo como soy, pudiera resultar adorable, se me hacía un tanto cuesta arriba. El adjetivo sieso, o serio, e incluso el sustantivo esfinge, me han venido persiguiendo desde la infancia. Para mí, sonaba a música celestial, porque siempre he entendido que sieso es sinónimo de sensato, que serio es una cualidad extraordinaria en el trabajo y en la vida, y que la esfinge…Bueno, eso me gustaba algo menos. En fin, que tras lo leído, ser uno mismo y parecerle adorable a Irene, quizá no fuesen conceptos compatibles.

La otra opción era actuar. No me refiero como verbo de acción, sino como un extraordinario acto de falsedad. O sea, comportarme como si yo no fuera yo, sino mi anti-yo. No sonaba mal. Presentarme decidido, arrojado, valiente, cariñoso. Hacer derroche de excesos, llevarla a bailar y, si todo ello no fuera suficiente, llevármela a casa y culminar la noche con éxito horizontal. De hecho, ya casi andaba por el trimestre de carencia, siguiendo la rigurosa planificación de mi vida social (sexual) Consideré seriamente este plan, y de hecho me pareció la estrategia óptima.

Así, elegante como un pincel, con traje, corbata y zapatos italianos. Con el mejor y único reloj que tenía un casio digital edición vintage de 35€, perfumado quizá en exceso, salí del coche como el que sale de los camerinos del Liceo, dispuesto a encantar a la audiencia. Esperé el descenso de Irene. Esperé bastante. Aguanté el tipo. Al fin y al cabo estaba actuando. Mi alter ego de la farándula no puso mala cara ante su presencia, aunque fuese veintitres minutos tarde. Me aproximé hacia ella, le dije textualmente “Estás realmente elegante” La cogí de la cintura con el brazo derecho, le tomé la barbilla con la izquierda y le tatué mis labios en los suyos.

Me sorprendió la agilidad con la que se libró de mí, me estampó una bofetada con la mano abierta, me tiró la Moleskine a la altura de la cintura, quizá un poco más abajo, y volvió a subir a su casa a toda velocidad. Un mutis por el foro en toda regla.

Fotografía By Geoff Stearns [CC BY 2.0], via Wikimedia Commons


lunes, 21 de agosto de 2017

La Estrofa Que Lo Cambió Todo (I)

Así fue. Simplemente, apareció esa pequeña pieza de un puzzle de 10.000, y todo, de repente, pareció adquirir sentido. Ese efecto mariposa que aclara o confunde por completo el caos en el que normalmente residimos cada día.

El problema es que una vez instalados en la anarquía diaria, simplemente no somos conscientes de nuestro lugar en el mundo, de la posición del mundo en torno a nosotros, o simplemente, de que existe el mundo. Y ante esta situación, solemos tender a institucionalizar la rutina como una especie de escudo antimisiles, una armadura etérea, que nos permite ignorar la existencia del caos. Es como estos conductores que se niegan a asumir la subida del precio del combustible, simplemente repostando la misma cantidad de gasolina expresada en euros. Obviamente, uno de estos días, el coche se quedará parado a un par de manzanas de su casa pero, hasta entonces, ellos son felices porque ignoran la existencia del caos.

Y esa era mi situación, ignoraba activamente cualquier atisbo de entropía cósmica, planificando de forma obsesiva cualquiera de mis actos cotidianos. Ciertamente, eso es mucho más sencillo en la semana laboral, porque puedes asignar a la agenda la jornada completa, más un par de horas de propina que te justificas a ti mismo diciendo que hay mucho trabajo, y que esa es una actuación responsable. Al llegar a casa simplemente has de decirte que estás muy cansado por el trabajo, y tras una cena frugal, ocupas las siguientes ocho horas en posición horizontal.

Como en el fin de semana la cosa es más compleja, mi estrategia era reservar planes de día completo y el siguiente dedicarlo a vaguear conscientemente. Así quedaba plasmado en la agenda. Y la semana siguiente, más de lo mismo.

En ese planning esculpido en piedra, como los diez mandamientos, recibía honores especiales los quince minutos diarios dedicados a mi café matutino, justo antes de llegar a mi puesto de trabajo. En negrita y subrayado, ese cafelito constituía una especie de pivote, un engranaje principal en la cadena del tiempo. Unicamente en días laborables y únicamente en la pequeña cafetería sita a menos de cien metros de mi oficina. ¿Las razones? El café, el croissant de mantequilla y la calidad y rapidez del servicio. No era necesario que pidiese nada. Según entraba por la puerta, la comanda estaba en proceso. A muchos de ustedes les habrá pasado lo mismo, habrán acabado cogiendo confianza con alguna de los camareras y habrá desarrollado una especie de relación amistosa. No es mi caso.

Mi relación con la cafetería se limitaba a la transacción comercial, conveniente y eficiente en el contexto de mi agenda diaria. Desde luego, la hipotética desaparición de la misma, hubiera supuesto un duro golpe en mi vida, mas únicamente en el contexto de la desorganización que hubiera supuesto en mi planning. De hecho, no recuerdo haber dirigido la palabra a ninguna de las camareras, salvo para dar el buenos días y pedir la cuenta. Desconozco si son simpáticas o todo lo contrario. No me pregunten por su procedencia, sus relaciones personales, sus hijos, su vida. No es que sea una especie de individuo asocial, soy perfectamente capaz de mantener una conversación con cualquier persona, siempre y cuando esté contemplado en la agenda. Simplemente, nunca me planteé profundizar en ese tipo de escenarios. Nunca fue motivo de reflexión.

De hecho, mi relación con algunos compañeros de trabajo era bastante fluida. Coincidíamos en la cafetería y nos sentábamos en mesas próximas. A veces juntos. Y charlábamos animadamente del tiempo, del fin de semana y de fútbol. Me llevaba especialmente bien con las chicas. Solía coincidir con una compañera de contabilidad y un par de ellas de marketing, no recuerdo ahora mismo sus nombres, pero manteníamos animadas conversaciones a lo largo de los quince minutos que solía durar mi café.

Como se pueden imaginar, en el contexto de mi organización vital, las vacaciones suponían una extraordinaria molestia, que año tras año intentaba evitar. Hasta que una incómoda recomendación de Recursos Humanos acabó con mi estrategia de regatear mi reglamentario periodo de asueto estival. Recomendaron a los vigilantes de seguridad que cerraran la empresa durante quince días en agosto. Los peores de mi vida, porque lo hicieron a traición. Avisaron con solo un mes de antelación. Como se pueden suponer, quién es capaz de organizarse en tan escaso tiempo. Lo pasé fatal. Busqué todos los cursos de reciclaje posibles, valoré trabajar clandestinamente desde casa, pero me cortaron el acceso a la red. Sabotaje vital, ese es el nombre que reciben este tipo de comportamientos.

Esos quince días los recuerdo como una auténtica pesadilla. Tuve que visitar a la familia, sobrinos incluidos. Sufrí todas las incomodidades de la España rural profunda, sin internet, sin cobertura de móvil, con río, con vacas , con gallinas. Sin planificación , sin horarios, sin reglas. Un caos. Y el caso es que la gente parecía estar contenta. Y los jodíos intentaban contagiarme. No eran conscientes de lo que se les venía encima. Dos semanas de anarquía. Ilusos. Su alborozo solo es explicable en el caso de que hubiesen recibido una especie de adoctrinamiento previo o un cargamento de soma, para convencerles de que siendo ciudadanos delta o epsilon, podían ser enormemente felices, sin las complicaciones de los alfa.

Los días vacacionales transcurrieron difíciles, enormemente largos y, lo peor de todo, muy acompañado. El protocolo y la educación me salvaron de crear un dramático cisma familiar, y finalmente conseguí salir indemne. La familia me pedía a última hora que prolongara las vacaciones, porque “había sido estupendo estar todos reunidos de nuevo” (sic) Casi me da un infarto, pero me repuse apelando a la responsabilidad profesional. Parecieron creerme. Más difícil hubiera sido explicar la verdad, que quería recuperar mi monotonía, mi planificación global. En realidad, y yo lo sabía,  manteniendo una férrea disciplina de horarios, el tiempo que asignas a la reflexión es ninguno, lo que permite disponer de una tranquilidad universal permanente. Y no solo en relación a las tradicionales reflexiones metafísicas (Quienes somos, qué hacemos en este planeta, quién ha diseñado este pasadizo al que llamamos vida,…)

La llegada a mi apartamento me transmitió una sensación de dulce control, sazonada de pequeños inconvenientes organizativos. Tenía que deshacer maletas, colocar la ropa y el maletín para la mañana de trabajo y, especialmente, preparar la agenda del siguiente mes. Me costó cuadrar las actividades de fin de semana, pero por lo demás, cuando finalicé, me invadió una especie de suave corriente de aire que interpreté como la prueba del nueve de que todo volvía a su ser, que esa vida vacía de contenido, esa vida que yo adoraba, volvía a arroparme con esa barrera infranqueable a los influjos externos, a personas, materiales, sucesos y sentimientos. Solo quedaban unas pocas horas hasta encaramarme a la primera hora planificada, y había previsto dedicarla al descanso nocturno. De hecho iba con algunos minutos de retraso.

Lo que no podía planificar, simplemente porque se escapaba a mi capacidad de actuación, y porque no se me hubiese ocurrido aunque hubiese vivido cien años, es lo que me ocurrió cuando abordé el primer item de mi agenda, mi café matutino en la cafetería de confianza.

No podía estar más contento. Mi agenda, mis costumbres, mi rutina, mi café…¿Pero qué ha pasado con mi cafetería? Me costó unos minutos averiguar que no había desaparecido, simplemente se había transformado. Donde se encontraba la puerta de aluminio acristalada, se hallaba una de vidrio que se abría automáticamente. Te aproximabas y te franqueaba la entrada. Donde se hallaban las mesas de madera maciza recubierta de formica, aparecieron unas mesas altas, de esas a las que cuesta subirse y cuyo descenso debería hacerse por cuerdas de rappel. Donde estaban las sillas de aluminio forradas de skay negro, aparecieron taburetes con amortiguador, sin respaldo ni red de seguridad. Donde se hallaba el formidable mostrador de madera de roble, brotaron sendas cajas registradoras con cuatro o cinco terminales para tarjeta de crédito. ¡¡Tarjeta de crédito!! Yo llevaba preparado diariamente el importe justo, incluida la propina rigurosamente calculada del diez por ciento, todos y cada uno de los días, todos y cada uno de los desayunos. Y lo peor. Las camareras, aquellas cuya profesionalidad hubiera podido ser puesta como ejemplo en todos estos Master de Marketing y Atención al Cliente, habían sido sustituidas por una especie de Sociedad Secreta de ex-modelos de alta costura, con mala suerte en las pasarelas.

Paralicé todos y cada uno de mis músculos. Consulté la agenda, para ver si este terrible suceso estaba previsto. No. Ante mis ojos se hallaba un perfecto ejemplar de avatar inesperado. Y eso, lógicamente, es de difícil predicción. Aún así, procedí a flagelarme intensamente con mi Moleskine, echándome en cara algún tipo de descuido. Aunque el problema ya no se centraba en la ausencia de planificación, que no es poco, sino la terrible diatriba ante la que me hallaba. Decidí asumir el dilema desde una perspectiva lo más próxima posible a la lógica presocrática.

Disponía de un pequeño ramillete de opciones: No tomar café (ni croissant de mantequilla), buscar una alternativa novedosa (casi descartada por los enormes riesgos que acarreaba), o adentrarme en el local y asumir el riesgo del cambio.

Ese día, y algunos de los siguientes, no tomé café (ni croissant de mantequilla). Me concentré en el trabajo y cuando llegué a casa me convencí a mí mismo de que había superado el problema, y que solo restaba la modificación de la agenda. Cambiar mi planificación del mes. Esa noche no pude dormir. La variación de la agenda suponía un reto extraordinario, aunque solo tuviese que eliminar esos quince minutos previos a la jornada laboral. Dilaté varios días el proceso, y acumulé una tras otra cuatro noches de insomnio. No planificado, por si ustedes se lo preguntaban. Más problemas.

El lunes siguiente, derrotado por el sueño, y casi vencido por la ruptura de la rutina, comencé a valorar la posibilidad de recuperar el café (y el croissant de mantequilla). Los argumentos a favor eran sólidos: Me caía de sueño a media mañana. Y las tripas ejecutaban la sinfonía de la ausencia de comida. Pero el más importante, el que a la postre fue decisivo, fue el hecho de que en mi agenda existía un desagradable hueco de quince minutos diarios. Por tanto, una de esas mañanas, la que había planificado tras tomar la decisión, me aproximé a la nueva puerta. Se abrió. Eché un vistazo alrededor. Intenté averiguar cual era la nueva liturgia del local. Descubrí que la posición del cliente debía ser proactiva. Es decir, ante la mera presencia en el local, no se activaba ningún tipo de mecanismo operativo. Básicamente, nadie te molestaba ni tampoco se ofrecía a ayudarte. Decidí colocarme en una de esas mesas. Probé un par de veces y finalmente pude encaramarme. Esperé unos cinco minutos. Los que tenía planificados. Acto seguido me descolgué de la mesa, me aproximé a las cajas registradoras y miré a una de las camareras, la menos alta, con una expresión digna, pero circunspecta, con la que intentaba informarle de mi disgusto, al comprobar que había consumido trece de los quince minutos disponibles en mi agenda.

La jornada no fue mucho mejor que las previas, y me sirvió para consolidar mi postura: Necesitaba café (y croissant de mantequilla), y para ello no había más remedio que acudir a algún tipo de establecimiento hostelero. La posibilidad de recorrer el barrio buscando alguna alternativa debía descartarse al momento, porque la agenda no ofrecía ningún resquicio para tamaña expedición.

Al día siguiente, lo intenté de nuevo. Me planté en la puerta del nuevo local, esperé a que se abriese, me dirigí a las cajas registradoras y esperé. Para mi sorpresa, escuché un “Buenos Días” muy cantarino, que me hizo concebir ciertas esperanzas de poder llegar a degustar mi café reglamentario (y mi croissant de mantequilla). El siguiente paso era solicitar la comanda. Para ello, y mirando directamente al terminal de tarjetas de crédito, como si fuera una de esas ventanillas de los ministerios y detrás hubiese un probo funcionario, expliqué detallada y pausadamente las peculiares características de mi café: En vaso de vidrio, cargado, con una nubecilla de leche caliente y dos sobrecitos de azúcar. Lo siguiente que escuché fue:

-“Cielo, vamos a llevarnos bien desde el principio. Yo te voy a poner un café con leche en vaso de cartón, porque no hay otro. El azúcar lo encontrarás en el mueble de la esquina, de varios tipos. Y si buscas algo muy distinto, permíteme que te recomiende algún otro bar de la zona”

En condiciones normales, hubiese dejado el café, el vaso de cartón y todo lo demás y me hubiese ido a trabajar, pero no podía seguir así, por lo que decidí anotar todos los detalles en mi agenda, para reducir el tiempo dedicado a adaptarme a los nuevos tiempos. En cuanto al croissant de mantequilla, me limité a solicitarlo en voz baja y muy melosa, no fuese a ser que me quedase sin él también. No hubo problema.

Al recibir el café, no tuve más remedio que mirar a la camarera, porque, sin preámbulos me espetó:

“¿Tú no acostumbras a mirar a la gente a los ojos?”

Revisé mentalmente mi agenda. No había ninguna anotación al respecto. Es decir, que nunca me había preocupado lo suficiente como para planificarlo. Me hizo reflexionar. Primero: ¿Mirar a la gente a los ojos es una acto positivo? Segundo: ¿Lo hago, aunque sea de forma inconsciente? Tercero: ¿Debería hacerlo? Eché mano del bolígrafo que siempre llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta, e hice una anotación marginal en la Moleskine.

La camarera se percató del detalle y, sin cortarse un pelo, comenzó a reír de forma un tanto estrepitosa. La miré, creo que a los ojos, y esperé que me diese algún tipo de explicación. Tardó un buen rato, colocándome al borde del abismo de mis quince minutos. Me dio el café (y el croissant), y me dedicó una sonrisa llena de ternura, como si me diese por imposible.

Me dirigí a una mesa, mirando de soslayo a la camarera de la risa, la escalé sin ayuda de crampones, y procedí a acabar con el café (y el croissant). De cuando en cuando echaba un vistazo hacia las cajas registradoras, observando cómo se desenvolvía la camarera con el resto de clientes. Su estilo era desenfadado pero profesional, mucho más que las modelos que la rodeaban, que se limitaban a mascar chicle y procesar los pedidos, sin un gesto, sin una mueca, seguramente intentando evitar las arrugas faciales que pudiesen dar al traste con su carrera profesional.

Al finalizar mis quince minutos, sin haber podido acabar el café, observé que en las proximidades de la caja registradora se depositaban, con cierta anarquía, una serie de tapas de plástico, que parecían estar destinadas a permitir que el cliente se pudiese llevar el café fuera del establecimiento. Ese nuevo sistema quizá podría permitirme terminar mi café en el camino al trabajo o incluso en mi despacho. Con cierta timidez, decidí preguntar a la camarera si podría coger una de esas tapas.

Ella me miró con severidad. “Por supuesto que puede usted coger una tapa. Pero debería plantearse si no debería tomarse su tiempo para saborearlo tranquilamente aquí. ¿Porqué no se coloca en esta mesa de enfrente, acaba su café relajadamente y afronta la jornada con espíritu positivo?”

Me acojoné, justo es confesarlo. Además, la mesa era casi convencional. Justo enfrente de ella. La situación me recordaba al extremo control de mi madre cuando tocaba comer judías verdes. Ni la CIA. En perspectiva, la importancia relativa de comerse un plato de judías, en el contexto cósmico global es muy baja. Por tanto, el extremo control de mi madre estaba completamente injustificado. Se lo diré cuando vuelva a verla. O quizás no.

Me abrasé con lo que quedaba de café, y la espía de enfrente casi se muere de risa. Estuve a punto de hacer lo mismo, pero la Moleskine no me lo permitía. La miré, un poco más detenidamente, y tomé la decisión de intentar abrasarme todos los días con el café, con el único fin de contemplar su sonrisa a diario. Lo anoté en la agenda. Volví a mirarla, y la sorprendí haciendo lo mismo. Me miró a los ojos, miró a la libreta y me preguntó sin ambages:

“Si estás anotando mi teléfono, te recuerdo que ni te lo he dado, ni me lo has pedido. Por tanto, uno de los dos debería hacer algo al respecto. Quizá debieras apuntarlo en tu agenda, “Preguntarle a Irene si quiere darme su teléfono” Subráyalo, no se te vaya a olvidar”

Nunca he sido muy bueno gestionando situaciones límite, he de reconocerlo. Y en la agenda no tenía nada reflejado al respecto, por lo que me limité a mirarla, creo que a los ojos, recoger el vaso vacío de ese bebedizo amoroso que me había abrasado las mucosas y de paso había dinamitado mis esquemas vitales, y me dirigí a paso firme hacia la puerta de cristal de apertura automática. Dada mi velocidad y la extrema limpieza del portón, ocurrió lo inevitable. Me estampé de bruces contra la puerta, cayendo al suelo con estrépito y sangrando abundantemente por la nariz. Supongo que pensarán que tan estúpido accidente me desequilibró por completo, por la vergüenza, por la ausencia de planificación, y por ser el ejemplar más torpe de individuo concebible. Están equivocados. Básicamente porque perdí el conocimiento y no me dio tiempo. Cuando desperté, miré hacia arriba y me encontré rodeado de modelis. Una especie de harén, completamente inútil, pero perfectamente agradable a la vista. Pero esa visión se diluyó inmediatamente, porque en el momento que vieron que me despertaba, desaparecieron. Se diluyeron, diría yo. Con una sola excepción.

Mi camarera se encontraba arrodillada a mi lado izquierdo, blandiendo un considerable número de gasas, alcohol y esparadrapo, que entiendo estaban destinados a paliar las consecuencias de mi excesiva velocidad de paso hacia la puerta asesina. Sus ojos, abiertos como platos, reflejaban una evidente preocupación, o en su defecto una excesiva responsabilidad por lo ocurrido. Es cierto que no me hubiese pegado el morrón contra la puerta si ella no hubiera casi ordenado que le pidiese el teléfono, pero no es menos cierto que mi reacción fue desproporcionada. No, en realidad era muy proporcionada, porque tales acontecimientos no me suceden a menudo. De hecho, no están planificados en mi agenda.

Solo le faltó un masaje de aceites esenciales. Todo lo demás lo hizo, y ello me permitió observarla mucho más de cerca. Andaría rondando los veintisiete o veintiocho años. No muy alta, como ya había observado. Me sorprendió la perfección del óvalo de su cara. Parecía haber sido dibujada a carboncillo por uno de esos artistas callejeros, tal era la suavidad de su perfil. La discreta palidez de su rostro le otorgaba cierto aire angelical, aunque los movimientos musculares marcaban rasgos muy definidos, lo que hacía pensar en una fuerte determinación en sus actos. Las pestañas ocultaban buena parte de la cara, desconozco si naturales o apoyadas en la extraordinaria tecnología cosmética, pero sus parpadeos generaban una discreta brisa en mi rostro, o al menos me lo parecía. Y para colmo de males, sus ojos me enfocaban como las lámparas de los interrogatorios de las películas. Sus pupilas parecían esconder algún tipo de oasis o paraíso, tanto por el tamaño como por su capacidad de acogida. De un color ámbar muy luminoso, reflejaban preocupación, cariño, inquietud, ánimo y sosiego en una única mirada. Debía anotar todo eso en la agenda en cuanto fuese capaz de levantarme.

Finalmente, sufrí la humillación de haber sido chequeado por trabajadores sanitarios que emergieron de la nave espacial Enterprise, a juzgar por el extraordinario despliegue de luces y sonidos, haber rellenado tres formularios diferentes, y rechazar en varias ocasiones el traslado al hospital, principalmente porque con tal derroche de medios técnicos, eran perfectamente capaces de depositarme en el quirófano, la UVI, e incluso el paritorio, les firmé el cuarto formulario, el de descargo de responsabilidades, y abandonaron el local un tanto compungidos por no haber cazado pieza mayor, quiero suponer.

Me levanté, busqué mi Moleskine, busqué a mi camarera, y busqué la manera de abandonar el local de forma discreta. Fue imposible. Las modelis me dijeron a coro: “aaaaadios”, los clientes me miraron como si fuera un homeless extravagante, y mi camarera me miró con la misma expresión de culpabilidad del momento del accidente. Dudé entre tranquilizarla o hacerla responsable de forma tácita, manteniendo una expresión seria y circunspecta. Al final, no hice nada de eso, o lo hice todo a la vez, no estoy muy seguro.

Cuando llegué a mi puesto de trabajo, me encontré con las tres secretarias del Departamento, mi jefe directo, su jefe, tres Vigilantes de Seguridad, uno de ellos con perro, la Técnico de Prevención de Riesgos Laborales y el Jefe de Mantenimiento. Al verme, todos se precipitaron a los teléfonos y walkie talkies, para cancelar la situación Defcon 5 en la que habían colocado a la empresa. Lo justificaron en el acto: “Al retrasarse usted más de veinte minutos, nos hemos visto en la obligación de activar las alarmas. La Policía Nacional descartó inicialmente el protocolo de secuestros, pero dijeron que lo harían si no había vuelto en media hora. No le conocen a usted personalmente, pero cuando todos les explicamos su…máximo apego al cumplimiento de horarios, lo entendieron perfectamente”

Busqué algún tipo de aumentativo de “avergonzado”, pero no fui capaz de encontrarlo. Me encerré en el despacho y desconecté el teléfono. Consulté la agenda. Volví a conectar el teléfono. La agenda reflejaba una conferencia telefónica con un nombre inteligible para mí, probablemente porque aún estaba un poco atontado por mi memorable salida del local. Aguanté lo que pude, pero la evidencia de los hechos me obligó a cancelar el resto de la agenda del día. Se lo pedí a una de las secretarias. Llamó al 112, a la Responsable de Prevención de Riesgos, al de Recursos Humanos y al de Mantenimiento. No me pregunten, no tengo ni idea de lo que hacía allí el de Mantenimiento. Pude convencerles a duras penas, pero no pude evitar que me llevara a mi casa una UVI Móvil. El trayecto, inenarrable. Jamás pensé que esos tipos pudieran putear a la gente con tantos aparatos diferentes. Eso sí, el día que se les descargue la batería, va a ser un descojone.

A la llegada a mi domicilio, a punto de hacerlo en camilla, hasta que me puse realmente serio y se dieron cuenta que era suficiente con la silla de ruedas, consulté la agenda para ver qué solía hacer en los casos en los que llegaba a casa pronto. Me remonté hasta 2013, y me convencí de que era una casuística novedosa en mi vida. Me entró el pánico. Pensé en lo que podría hacer una persona normal. Pensé en salir a la calle y deambular por algún Centro Comercial. Me asomé a la ventana. Imposible. La UVI Móvil seguía allí. Se habían quedado de guardia. No se si fue cosa de la de Recursos Humanos o la de Prevención. El de Mantenimiento imposible. Para que me cambiara la silla del despacho tuve que destrozarla a conciencia, y el tío aún la miraba valorando las posibilidades de arreglo. No se gastaría una pasta en la UVI. Una de las dos mujeres tuvo que ser. Anoté en la agenda ajustar cuentas con ellas. Le asigné doce minutos, seis para cada una.

Justo cuando cerraba la agenda, sonó el teléfono móvil, y en la pantalla apareció un número que no reconocí.

 

 

 


jueves, 17 de agosto de 2017

Vendo Mi Alma Al Peso

Vendo mi alma al peso, a lo que desequilibre la balanza

Vendo por no usar, por quedar completamente inservible

Vendo o cambio por coraza de acero fundido

 

Que evite el acceso de amores o sentimientos

Que impida el embrujo que consigues con tus ojos

Que suponga una barrera impenetrable a tus caricias

 

Quizás consiga a cambio un caballo alado

Quizás escape al galope, saltando entre las nubes

Quizás huya de tus besos, quizás los sobreviva

 

Siempre que no estés a mi lado, albergo una minúscula esperanza

Siempre que no caiga en el fondo de esa sima que es tu risa

Siempre que no me pierda en el laberinto de tu pelo

 


domingo, 13 de agosto de 2017

Balance

Déjame que te aclare las cosas: En el cómputo general, conocerte ha sido la peor de las experiencias de mi vida. No niego los buenos momentos; Acepto tus besos como la metáfora más cierta de la ascensión a los cielos. Reconozco todas esas noches en tu lecho, como el acceso directo a una dimensión superlativa. Asumo esas conversaciones vespertinas que manteníamos en tu terraza, como una de esas clases magnas de algún profesor emérito. Y por encima de todo, certifico que he estado todo lo enamorado que se puede estar de una persona, el máximo concebible, el ideal completo, tanto como recitaban los mejores poetas.

Y aún así, el balance es negativo, puesto que en el debe, he de anotar tus traiciones, tus mentiras, tus amagos. Tus crueles comentarios, tus ruines comportamientos para conmigo. Como aquella vez que me humillaste en el peor de los escenarios, estando a solas. El frecuente rechazo a mis besos sin motivo aparente. Tus mensajes vacíos a mis pequeños poemas. Tus expresiones de hastío al recibir mis halagos. Los silencios inexplicables con los que recibías mis planes de futuro.

Incluso ahora, cuando he reunido el valor para decirte lo que siento, cuestionas mis argumentos con muecas de fastidio, como si cuestionases mis argumentos por infantiles. ¿Entiendes que la aritmética de mi dolor no está justificada? ¿Consideras el balance inexacto? ¿Crees que tus caricias deben ser mejor ponderadas? ¿Quizás exagero valorando tus crueldades? ¿Acaso igualas pérdidas y ganancias?

En ese caso, te deseo lo mejor, que encuentres quien iguale tu balance. Que sufras recibiendo un simple intercambio, un trueque igualitario. Que quedes en paz con quien diga quererte. Que tu vida simplemente quede a cero, sin beneficios ni inventario.

Y déjame a mí como tu más ilustre acreedor, con el que lo ha puesto todo en el balance, con el que no espera nada en absoluto, con el que aporta todos los activos y recoge todos los pasivos.


viernes, 4 de agosto de 2017

La Brisa De La Terraza

La atmósfera no podía resultar más peligrosa. Tras una calurosa tarde de verano en la sierra madrileña, la noche se presentaba aderezada de una cierta brisa que barría de este a oeste ambos flancos de la terraza, generando una especie de cordón vital al que uno podía aferrarse como si fuera el último salvavidas de uno de esos masivos cruceros. Asido a uno de sus extremos, los pensamientos parecían fluir con cierto dinamismo, ya sea para lo malo o para lo bueno. El resto del atrezzo, con este tipo de árboles multiuso, en los que uno encuentra frescor, cobijo e intimidad, simplemente a cambio de un ligero riego vespertino, esa luna llena colocada justo a la izquierda del teclado, para evitar molestarme con su sombra, ese horizonte difuso en el que uno puede imaginar cualquier tipo de ruta a playas paradisíacas, a montañas espectaculares, a pueblos medievales y esa música suave que la radio parece emitir a propósito para no desconcentrarme, contribuían definitivamente a llenar la cuba de reflexiones, propuestas o simplemente locuras, sin pasar por el cedazo de la reflexión consciente, los convencionalismos sociales o la vergüenza que produce el exhibicionismo.

No es la primera vez que me ocurre, debía de haber estado prevenido, o simplemente quería que pasara, no estoy seguro. Con frecuencia me acusan de pecados tan serios como el romanticismo. Puedo convivir con ese estigma. Pero no puedo aceptar que me acusen de algo tan serio como la transferencia de mis sentimientos o vivencias al papel.  No sería profesional. No puedo aburrir al lector con los miedos y carencias cotidianas que cada uno de nosotros presenta a diario. Sería faltarle al respeto. Muy al contrario, creo mi deber de escritor trasladar al papel situaciones que pueda mover en su interior el deseo de participar en ellas, acaso desde la simple lectura, acaso desde la reflexión, las menos de las veces desde la inquietud generada.

En ese sentido, siempre he pensado que nos movemos en una especie de retícula invisible que nos protege de la absoluta realidad, pero que nos permite rozarla con frecuencia variable, con el fin de evitar que, protegidos por la misma, podamos aislarnos definitivamente, constituyendo una especie de cuerpo estelar que vaga sin orden ni concierto en las agendas de cada día. Y siguiendo esa teoría, el hecho de flotar por el espacio una buena cantidad de horas diarias, me permite ofrecer al lector una perspectiva externa pero no descabellada, de los acontecimientos, vivencias y reflexiones que ocupan mi vida, en la tranquilidad de que solo podría trasladar al papel pequeñas porciones de aquellas verdaderamente íntimas y personales.

IMG_1912

¿Pero qué ocurre con ese lector irredento, ansioso de curiosidad, de información, de experiencias personales ajenas, que supongo que ha de haberlos?

Pues ante todo, que merece todo mi respeto. Y mi simpatía. Pero deberá asumir que mis sentimientos son míos, que no merecen ser de otro, que no valen lo suficiente, fíese de mí que convivo con ellos a diario.

¿Y si insiste?

Siempre hay alguien así. Pertinaz, constante, hipoacúsico a veces.

Pues, asumiendo que la posibilidad de que yo traslade mi alma al papel es absolutamente nula, solo le quedan dos opciones. Puede optar por analizar cuidadosamente todos mis escritos, intentando identificar cuales son esas pequeñas briznas de realidad a las que la retícula nos aproxima con más frecuencia de la deseada. Es decir, se lo lee todo, y luego se hace su propia interpretación de lo que es propio o etéreo, o me da por imposible y simplemente disfruta de la lectura, si fuese el caso.

La otra opción es que se pase por mi terraza, solicite alguno de los espirituosos que suelen anidar en mi mueble bar, y permanezca lo suficiente para conseguir emborracharme. No es tan difícil.

IMG_1913


jueves, 6 de julio de 2017

Dulce Optimismo (y V)

Creo que dejé sin acariciar medio centímetro de su cuerpo. No de su cabello, ni de sus rizos, ni de esas pestañas desafiantes, a esos párpados acompañados de las más finas arrugas que pudieran dibujarse. No fue su mejilla, ni sus pómulos, ni su cuello, porque en esas zonas fui cuidadosamente preciso. Quizá quedó ese medio centímetro en las curvas de sus rodillas, aunque lo dudo, porque exploré esas y todas las curvas, muy cuidadosamente. Acaricié sus pechos, areolas y pezones como si no hubiera un mañana. Recorrí sus glúteos sus caderas, su monte de venus. Ahora que lo pienso, ese medio centímetro quizás debí dejarlo para la siguiente ocasión. Ahora sé que no habrá próxima vez, pero en aquel entonces no podía saberlo.

No se si me despertó el Tajo, culebreando en el alba, jugueteando como un amante que lo ha dado todo y aún quiere más. No sé si fue el tacto de las sábanas de satén en su deslizamiento hacia los pies de la cama. Quizás fuera el canto de algunos petirrojos que divisé en la ventana. Pero, fuera lo que fuese lo que me había despertado, le hago responsable de todo lo que aconteción con posterioridad.

Nada hubiese ocurrido si la noche se hubiese hecho eterna, nada si hubiese profundizado en la exploración superficial de su anatomía, nada si hubiésemos vuelto a adherir concavidades y convexidades. Porque en esos momentos, en esos juegos, en esas artes, no existía otra cosa que su cuerpo y el mío, sin la intromisión de nuestras conciencias, nuestras almas, nuestras mochilas. Y qué mandamiento obliga a trasvasar un estado de felicidad máxima a un escenario real, en el que en el mejor de los casos, puede existir algún cierto grado de satisfacción, quizá un momentum de emoción puntual, tirando por lo alto. Porque en la realidad, la felicidad es imposible. Existen cientos de factores perturbadores en el día a día. Una multa de aparcamiento, una mesa no disponible en nuestro restaurante favorito, una factura a destiempo…Alguien puede ser feliz atropellado o rodeado por todos estos imponderables, que además son de infinito recuento? Obviamente no.

Y ni siquiera fue esto lo que ocurrió. Todo fue mucho más sencillo. Olvidamos la base. Un mínimo conocimiento real y sólido. Algo tangible, los cimientos sobre los que construir algún tipo de relación. Olvidamos lo importante y acometimos lo urgente, lo pasional, lo intenso, lo breve, ahora que lo pienso.

Y todo por ese petiroojo, por ese Tajo malvado, por esas sábanas de satén. Nos colocó en posición de despiertos, nos atrajo a la dimensión real. Unas miradas tímidas, unas caídas de ojos, unos besos discretos, dieron lugar a esas conversaciones canallas, a esas preguntas curiosas, a esos mudos testigos que adornaban la estancia. Supuse que debía preguntar, supuse que debería interesarme, aunque en realidad solo quería que volviese la noche, para no hacer preguntas, para recorrer su cuerpo, para besar cada una de las curvas.

Y en el pecado, llegó la penitencia. En la pregunta, la respuesta, en la respuesta, la desolación. “Veo que tienes unas excelentes fotos con delfines, de algunas vacaciones. Debe ser una experiencia increíble” “Lo es. Los delfines y yo, tenemos una relación extrasensorial, nos entendemos con mirarnos. Solo se bañaban conmigo, ya lo ves en la foto” “Había oído hablar de esa cualidad de los delfines. Lo que no sabía es que fuera tan directa con la persona, si acaso con el cuidador, suponía” Lo comenté con normalidad, pero le dolió. Lo noté. No es que quisiera quitarle los méritos de sus percepciones, es que no pensé que fueran tan importantes para ella. Decidí ir con más cuidado. Ella también reculó. “En realidad, no tiene mayor importancia, no es algo de lo que quiera vanagloriarme. Es algo innato, probablemente por el hecho…”

Se frenó en seco. No sabía cómo actuar. Si animarla a continuar, si esperar su decisión, si reírme a carcajadas. Si hubiese hecho lo último, nos hubiera ido mejor a ambos, sin duda. Pero opté por interesarme.

“Por el hecho…de ?” Ella no me miró, simplemente colocó tres o cuatro objetos en una paralela absoluta con algún tipo de eje fen shui o algo similar, porque yo los veía bien organizados. Al concluir, musitó entre líneas “¿Tú crees en la reencarnación?”

Digamos que hay tres o cuatro cosas en mi vida a la que he prestado poca atención. La bolsa, el cambio climático (que existe, ya lo se), la Santísima Trinidad, porque no me la cabeza para tanto misterio, y la reencarnación. Por tanto, me sentía libre para poder dar cualquier tipo de respuesta, sin incurrir en una mentira “sensu estrictu” Y opté por una respuesta quevediana:

“Por supuesto. ¿Y quién no?”

La noté aliviada y reconfortada, supuse que si para ella era importante, y para mí todo lo contrario, nunca iba a ver un punto de conflicto en estos temas. Un problema menos, pensé. Pero en ese instante, ella se vino arriba, reconfortada por mi apoyo explícito.

“Siempre he sabido que en otra vida fui delfín. Y me siento afortunada por ello. No es que el delfin sea el mejor de los animales, o puede que sí. Es uno de los más listos. Pero hubiera sido terrible descubrir que en otra vida fui un animal cazador o depredador. Al menos, no he hecho el mal. Ni en aquella, ni en esta vida. No creo que haya mucha gente capaz de decir lo mismo”

El que se encontraba en otra vida, radicalmente distinta de la de anoche, era yo. Teletransportado, raptado, alienado. La misma persona a la que venía venerando en todos y cada uno de los mensajes, en los poemas que nos escribimos, la que me llevó en volandas , subido al tren de la ilusión, la que me hizo alcanzar la felicidad más absoluta, se había transformado en una completa orate, sin aviso previo, sin indicios, sin síntomas. Y yo, me hallaba inmerso en un agujero negro, del que escapar supondría un terrible trauma, y en el que permanecer quedaba completamente descartado.

Los siguientes minutos los recuerdo como una adolescencia entera. Usando palabras circunspectas para escapar con el mínimo de bajas propias y ajenas. Intentando demostrar que no había tenido el ánimo de conseguir solo una noche de sexo, a pesar de lo que pudiera parecer. Destacando sus cualidades innegables, las de esta vida, me refiero. Explicando que mis vidas anteriores, las que fueren, no habían sido tan plácidas como la suya, que nunca fui un delfín , que ya me hubiera gustado. Que en otra vida…No, eso no, coño. Que me asusta una vida tan soprendente como la que me esperaría a su lado, que quizá soy demasiado cartesiano.

Nada de eso le hizo cambiar de opinión. Me acusó de ser como todos. No sé si se refiere a los de esta o a los de aquella vida, pero si había más que habían hecho lo mismo, rechazar a esta loca proyectada, me quedé un poco más tranquilo.

Y aún hay noches, en las que oigo el meandro del tajo, en los que recorro su cuerpo, en los que me acoplo a sus curvas. Y solo me permito despertarme cuando oigo el sonido de los delfines. Y me pregunto si no merece la pena pasar todos los días de una vida, en una dimensión paralela, a cambio de todas esas noches en las que recorro su cuerpo, sus labios, y sus pestañas erectas.

 

Parte del relato está basado en hechos reales

,


sábado, 1 de julio de 2017

Dulce Optimismo (IV)

Porque de lo acontecido a posteriori, ni al Tajo hago responsable, aunque puso el marco para el lienzo, aunque puso el influjo eéreo, aunque, como moderno celestino, pocas opciones dejó. Solo ella, solo yo, solo nosotros, fuimos responsables. En mi caso, por ingenuo, o por osado. Por no hacer caso de las señales. En el suyo por acción, porque me deseó y no pudo refrenarse, aunque nadie mejor que ella conocía sus mochilas, sus cadenas, sus condenas.  Y, a pesar de eso, me quiso.

Como por acuerdo tácito, nos pusimos de pie y avanzamos hacia el lugar donde ella había dejado el coche. El paseo estuvo salpicado de arrumacos adolescentes a la vuelta de cada esquina, de roces de dedos a cada paso del camino, de besos furtivos que conformaban la banda sonora del trayecto. Anotábamos mentalmente cada detalle de cada recodo, cada maceta que engalanaba cada reja, cada rótulo de cada calleja.

Abordamos su coche y me dejé llevar, a su casa o a donde ella quisiera. Al paraíso, al purgatorio, al infierno a o cualquiera de sus estados intermedios. Al lugar donde arribarían nuestros cuerpos y nuestros deseos, al espacio que recibiría nuestras dudas y nuestros miedos, a ese campo de juego sin reglas donde cada uno expondría sus técnicas y habilidades, en la esperanza de alcanzar la comunión perfecta.

Aparentemente llegamos a destino. Nos acogió un pequeño camino de guijarros uniformemente imperfectos, uniformemente indiscretos, que anunciaron nuestra llegada a una pequeña casa rural, no muy alejada de la ciudad. Reconocí el rumor del río, que parecía perseguir nuestro amorío, nuestra aventura. En esa noche serena, en vez de acompañamiento de violines y fanfarrias, nuestra orquesta tocaba el rumor del río chocando contras las piedras de la orilla. Algo podría salir mal, quizás todo. Pero el entorno no podía ser más adecuado.

Nos adentramos en la casa, ya con miedo indisimulado. Los arrumacos habían dejado paso a las miradas de reojo, ella no dejaba de registrar todas mis expresiones al entrar a la casa. Intenté rebajar la tensión alabando la estancia, los muebles, las cortinas. Repetí varias veces que era una estancia muy acogedora. Acogió mis alabanzas con una caída tímida de ojos, señalándome lentamente el resto de las habitaciones. Me fijé en varios portarretratos en las que se encontraba ella sola, a veces acompañada. Ya llegaría el momento de preguntar, si es que ello fuese preciso.

Después de la visita turística solo quedaba lo obvio. Nada menos que desnudar el cuerpo y el alma ante una persona relativamente desconocida, pero que de ti lo sabe prácticamente todo. Y a la que solo puedes decepcionar, porque la ilusión ya la tiene. Espera de ti lo mejor, por lo que cualquier cosa que sea distinta, solo puede defraudar. Una situación maldita, una bendita situación, una incógnita por resolver, una ilusión por alcanzar. Y pensé que sólo había una forma de salir con bien de tan complicado dilema. Darlo todo, dejar el alma entre aquellas sábanas de satén que alcanzaba a ver desde mi posición, dar por supuesto que en ese encuentro encontraría a la persona de mi vida, la compañera a la que había estado buscando infructuosamente toda la vida. La que me merecía en mi más absoluta totalidad. El fin de mis correrías alocadas. La respuesta a todos mis sueños.

Quizá me precipité un poco, porque no quise esperar ni un segundo. La agarré por la cintura, la miré directamente a los ojos y le dije que estaba decidido a que esa noche fuera inolvidable. Quizá pareciese pretencioso, lo parece cuando lo veo escrito. Pero estoy seguro de que ella me entendió. Que le transmitía mi más absoluta decisión de trasvasarle todo mi ser, como unos vasos comunicantes, que no quedaría nada en la reserva, y que lo demás dependía de ella. Y ella debió entenderlo, porque acomodó su mirada a la mía, porque colocó su piel sobre la mía como un adhesivo perpetuo. Porque me acompañó sin prisas a su cama. Porque deslizó todas y cada una de mis prendas, en algún orden predefinido. Porque entreabrió las sábanas justo para los dos. Y porque en el primer beso, el beso de bienvenida, el beso de la esperanza, el beso del alma, lo dejó todo.

Creo que dejé sin acariciar medio centímetro de su cuerpo. No de su cabello, ni de sus rizos, ni de esas pestañas desafiantes, a esos párpados acompañados de las más finas arrugas que pudieran dibujarse. No fue su mejilla, ni sus pómulos, ni su cuello, porque en esas zonas fui cuidadosamente preciso. Quizá quedó ese medio centímetro en las curvas de sus rodillas, aunque lo dudo, porque exploré esas y todas las curvas, muy cuidadosamente. Acaricié sus pechos, areolas y pezones como si no hubiera un mañana. Recorrí sus glúteos sus caderas, su monte de venus. Ahora que lo pienso, ese medio centímetro quizás debí dejarlo para la siguiente ocasión. Ahora sé que no habrá próxima vez, pero en aquel entonces no podía saberlo.