miércoles, 29 de marzo de 2017

Prisionero De Mis Gustos Ancestrales

Me sorprendió que la frase saliera de sus labios, porque mucho antes la había escuchado de labios de una criatura bastante menos deliciosa que ella. También porque la pronunció ante el resto de los alumnos, en voz alta y sin miramiento alguno. Uno está acostumbrado a que de cuando en cuando surja un alumno rebelde, y normalmente se celebra con alborozo, tanto por mi parte como por el resto de los compañeros, porque rompe la rutina y estimula el ingenio, la asistencia a clase y la participación.

“Mire, Claudia, yo puedo ser mayor, por la sencilla razón de que he nacido hace mucho más tiempo que usted, pero no debería descalificar mis preferencias por esa razón. ¿Quiere decir que si fuese más joven estaría más acertado? No creo que eso sea posible.”

Ella adoptó una expresión de hastío, como si hubiese escuchado ese argumento cientos de veces. Sus compañeros detectaron que la discusión iba a ser intensa, probablemente porque ella ya había organizado este tipo de revuelos en otras ocasiones, y empezaron a girarse en sus pupitres hasta colocarse en una línea paralela a la recta que nos uniría a ambos en el plano espacial, para no perderse nada.

“Profe, usted está pronunciando un silogismo.” Ahí empezaron los murmullos y abucheos sordos. “Un silogismo, por si no lo sabe…” La interrumpí porque el organigrama debía notarse en algún momento. “Sé perfectamente lo que es un silogismo. Se lo he escuchado a usted muchas veces en esta clase” Encajó el golpe con gallardía, pero le cortó el aire, como el boxeador que recibe el directo en el hígado. “Si dice que me lo ha escuchado a mí, entonces debería aclarar el término”, dijo ella “porque yo no propongo argumentos vacíos con apariencia de veracidad. A ver si usted los ha escuchado en algún otro sitio. En su casa ante el espejo, por ejemplo”

La cosa se ponía bonita. Yo no me había hecho profesor universitario de Filosofía para largar un rollo y volver a casa. Siempre había pensado en estimular, proponer, agitar, construir mentes analíticas, que pudieran argumentar con sentido común. Ciertamente a esta niña se le había ido la pinza, pero no conseguiría jamás alcanzar mis objetivos desaprovechando este tipo de situaciones.

” Bien, dado que indirectamente usted me acusa de realizar silogismos, deberíamos analizar donde fracasa mi argumento lógico, ¿no cree? Mi propuesta argumental se basa en que los usos y costumbres de los pueblos forman parte de la liturgia social, y que enriquecen a los mismos. Y usted me acusa de construir una argumentación falaz. Por tanto, deberá usted indicarme donde reside la falacia”

“La falacia consiste en que toda su propuesta es falaz, de principio a fin. No le acuso de que parte de su propuesta sea falaz, la enmienda es a la totalidad. Simplemente porque usted apela a unos usos y costumbres sociales, y los eleva a una dimensión de globalidad que es completamente falsa. No existen esos usos y costumbres sociales. Simplemente, determinados individuos de una sociedad, con influencias por razones de poder, de dinero, o por pura superchería, consiguen convencer o engañar a un número indeterminado de congéneres de que determinado catálogo de actuaciones es correcto, y que actuaciones alternativas no lo es, y de esa manera consiguen extenderlas en la sociedad, y además engañan a los pobres incautos haciéndoles creer que son usos y costumbres SUYAS y correctas”

” O sea, que según usted, la arraigada costumbre del matrimonio, forma parte de un conjunto de supercherías de una especie de secta, o influencers, como ustedes dicen ahora (risas del auditorio)”

“Profe, esfuércese más, porque con el matrimonio no tengo ni para empezar”

“Vaya, o sea que una costumbre ancestral, basada en el instinto de la conservación de la especie es , según usted, ¿algo reprobable?”

“Yo no diría reprobable, no iría tan lejos. Hay gente que tiene ideas completamente disparatadas, y no por ello hay que criminalizarles, antes bien, compadecerles, apoyarles, consolarles, porque tarde o temprano sufrirán las consecuencias de sus actos, y necesitarán apoyo”

“Deduzco entonces, que sus padres, sus hermanos, sus amigos, no están casados, o que por el contrario, tiene su agenda repleta de citas para consolarlos a todos”

“Soy huérfana, no tengo hermanos ni amigos casados, así que no se aplica su expositivo anterior”

Tuve que morderme la lengua, porque tenía absoluta certeza de que me estaba engañando, pero sería una discusión en las que llevaba todas las de perder, así que derivé la conversación hacia otro extremo, para evitar que horadara la línea de flotación de mi navío argumental.

“O sea, que en su vida personal, ¿usted prevé unos años de soltería absoluta, en la que además no participará en cumpleaños, comuniones, despedida de soltera, cruceros, quedadas, simposium, conciertos de rock, etc.?”

“Deje usted al rock and roll en paz, yo no me he metido con Sócrates…aún”

Su salida de pata de banco fue tan inteligente como la mía, pero mucho más divertida, así que la partida se quedó en tablas por apuros de tiempo, como dicen en el ajedrez profesional, ya que el timbre tocó a rebato y desalojó el aula mucho más rápido que si hubiese habido amenaza de bomba.

Era la última clase de la tarde, por lo que recogí mi cartera de cuero, embutí sin orden ni concierto los apuntes y los manuales, esbozando una sonrisa de soslayo. El objetivo del día, se había alcanzado, a través de los famosos renglones torcidos de Dios, como diría Luca De Tena, y yo podía irme a descansar con la satisfacción del deber cumplido. Aún me quedaba una pequeña caminata hasta el metro de Moncloa, y una media horita más hasta mi estudio de la Calle Noviciado.

El giro de la antigua llave de hierro forjado impedía un acceso con sigilo, por lo que mi llegada fue inmediatamente anunciada a mi pareja, que pronunció el consabido “Eres tú, cariño”, innecesario por habitual, como innecesaria era mi respuesta “Sí, soy yo”

Dadas las reducidas dimensiones del estudio, era completamente imposible que no coincidiésemos físicamente en menos de doce segundos; Me besó, me mostró la cocina, mi puesto de trabajo real, y un paquete de champiñones como su única aportación a la cena. No se me ocurrió gran cosa para combinarlos, y opté por cocinar un poco de pasta para acompañarlos.

Degustamos los manjares en silencio, hasta chocar nuestras copas, mediadas de vino de uva carmenere, que a ella le entusiasmaba, y a mí un poco menos.

“Anda que no te lo has pasado bien en el curro hoy”

“Cállate, Claudia, que me metes en cada lío…”

 

 

Fotografía By Max Alexander / PromoMadrid [CC BY-SA 2.0], via Wikimedia Commons

 

El título del post está tomado de la letra de una canción de Barón Rojo “Con Las Botas Sucias”

https://youtu.be/-j2K7R-uLiI


lunes, 27 de marzo de 2017

Al Compás De Ese Blues

Como en la pasarela de Cannes, tu entrada se sincronizó con los acordes de ese blues que nos gustaba. Y como en la secuencia de una cadena de montaje, se inició tu sonrisa, mi sorpresa, tu regocijo y mi miedo, en una cadencia casi indetectable.

Supe que te acercarías, que me besarías en la mejilla, muy cerca de la comisura de los labios, advirtiéndome de quién iba a los mandos. Sabía que levantarías los ojos y mirarías con una mezcla de superioridad y asco a mi acompañante, pobre ignorante de tu poder abisal. No tenía duda de que captarías al primer varón del entorno y que le seducirías con tu técnica habitual, simplemente para incrementar mi sufrimiento. Luego extraerías de tu bolso la llave del coche, la expondrías al libre auditorio, se la cederías a tu ocasional acompañante, y te levantarías esperando que te siguiera como un pobre marsupial esperando la bolsa materna.

No es que no me importase, es que conocía el ritual y lo respetaba, como respeto las procesiones, los pasos de Semana Santa y el unísono cantar de las alineaciones de un partido de fútbol. Simplemente, hay tradiciones, usos, liturgias, que hay que cuidar, porque nos ofrecen una inmutable referencia para aquellos momentos de zozobra. Todos hemos de creer en algo, y yo sostenía firmemente que ella era un mal bicho, pero de comportamiento predecible. Y se agradece. Porque la incoherencia aporta sobresalto, y las costumbres, consuelo.

Por eso, aunque entre el agua del hielo, y la de mis lágrimas, ese whisky perdió bastante de sus propiedades organolépticas, en mis labios se dibujaba una leve sonrisa, que no era exactamente de alegría, sino de sosiego, el que produce saber que ella nunca falla, que siempre está ahí, a tu lado, para erosionar cada una de esas neuronas que la quisieron, cada una de esas fibras del cuore que sufrieron por ella, y agotar poco a poco el remanente de mi capacidad de sufrimiento, que mucho me temía, se coordinaría con lo que me quedaba de vida, y todo ello, al compás de los acordes de ese blues que nos gustaba.

 

 

I, Isaacrabin [GFDL (http://ift.tt/KbUOlc) or CC-BY-SA-3.0 (http://ift.tt/gc84jZ)%5D, via Wikimedia Commons

domingo, 26 de marzo de 2017

Alguien Como Tú (III)

Alguien como tú, proviene del manantial de la sierra, salvaje en la carrera, pausada en el estanque, fresca en la cata, medicina para todo.


sábado, 25 de marzo de 2017

Alguien Como Tú (II)

Alguien como tú, puede ser la reencarnación de una de esas rosas de concurso, que aparece simplemente bella, hasta que se abre y descubre la totalidad de su esplendor.


martes, 21 de marzo de 2017

Los Jardines Del Museo

Frecuentaba los jardines de aquel pequeño museo, a la manera del cazador apostado, dejándose ver lo imprescindible, mimetizado con el entorno. Sincronizaba sus escasos movimientos con el torpe aleteo de las palomas, que le proporcionaban la coartada sonora de la naturaleza.

Desde la frondosa, ganaba los sólidos muros del edificio, donde instalaba el campamento base, justo tras uno de los pilares exteriores. Allí colocaba su silla de campaña, su botella de agua y una pequeña mochila de camuflaje. Y desde su posición, se deslizaba por doquier, recorriendo los cuatro puntos cardinales, aprovechando cada árbol, cada sombra, cada estatua, para reforzar su invisibilidad.

Y así, día tras día, con puntualidad extrema, su aspecto dickensiano irrumpía veloz y sigiloso a la apertura del Museo, esquivando turistas, vigilantes y empleados.

Salvo a ella.

Fichaba con puntualidad germánica a las ocho de la mañana, y desde que franqueaba la puerta principal e iniciaba la subida de la escalinata principal, rumbo a los vestuarios del personal, hallábase acompañada de una sonrisa, como si estuviese grabando una celebración familiar de cumpleaños. O quizá hubiese depositado una moneda en aquel imaginario dispensador de optimismo, vecino del expositor de mapas del Museo, y hubiese recibido una doble recompensa.

Y mientras acompañaba a cada uno de los grupos que se concentraban a las horas en punto, justo en el rellano principal, mostrando salas, muebles, estatuas o pinturas de diversos años, de diversas procedencias, despistaba su mirada entre los visillos de las ventanas orientadas a los jardines, intentado capturar su presencia. Casi nunca pasaba de la mera intuición, de esa sensación indefinida que recorre nuestro cuerpo cuando sentimos la presencia del amado.

Y en la ruta obligatoria que discurría entre edificio y jardines exteriores, solo podía contemplar el reflejo en la fuente de los rosales, donde el amante, como un moderno Narciso, parecía contemplar su desdicha, su tragedia, recordando los tiempos en los que ambos trotaban, retozaban y se besaban de niños en aquellos mismos jardines, hasta que su vida cesó sin aviso.

Y en el regreso al edificio, como un arcaico ritual, las lágrimas difuminaban las letras que narraban las maravillas del Museo, anegando la guía, las mejillas y el alma.

 

 

 Museo Cerralbo. Madrid

 Luis García [GFDL or CC BY-SA 3.0], via Wikimedia Commons


lunes, 20 de marzo de 2017

He Visto La Luz (VIII)

“El que no tiene cabeza, debe de tener pies”, decía mi madre cada vez que mandaba mi concentración de vacaciones y olvidaba llaves, citas, etc. Vuelos a Budapest, su último destino laboral. “Lo que hay que hacer, a paso ligero” dice Lorenzo Silva. Reserva para dentro de noventa minutos. “Ligero de equipaje, cantaba Nino Bravo. Así que enganché la mochila de campamento, la que archivé con la mayoría de edad, junto a mis sueños y aspiraciones. Me pareció metafórico. En su momento, simbolizaba la traición a mis ideales. Ahora, es el punto de recuperación desde el que trato de alcanzar los anhelos juveniles.

Cerré la puerta sin llave, asalté el primer taxi, y en la misma puerta en la que la vi partir, inicié una frenética carrera para enlazar el último tren que partía hacia la felicidad.

 

Desde que dejé la mochila en el compartimento superior y ocupé mi asiento, llegué a la conclusión de que estaba cometiendo una extraordinaria locura. No me refiero al aspecto emocional, ni siquiera al filosófico. Esa decisión ya había sido adoptada y las consecuencias formaban parte de la decisión, por lo que no había mucho más que reflexionar. El problema estaba en los aspectos logísticos, es decir, cómo iba a encontrarla en Budapest, dónde me iba a alojar, cuando podría volver a España, y ese tipo de pequeños detalles.

Obviamente, en el avión no iba a poder resolver mucho, por lo que decidí tomarme las cosas con calma, disfrutar del vuelo y olvidar momentáneamente las dificultades; Para ello, simplemente decidí concentrarme en las ventajas que podría conllevar el hecho de que todo saliera bien. Podría estar con ella, y si ella quisiese, el resto de mi vida. Cualquier consideración pragmática palidecería ante tamaña dicha. Incluso observado desde la perspectiva de la lógica presocrática, la decisión estaba más que justificada, ya que lo peor que podría ocurrir, sería que ella me rechazase, y por tanto, que quedase humillado, triste, desvalido, hundido y desecho. Es decir, lo que experimenta mucha gente a lo largo de su vida en muchas ocasiones, y suelen sobrevivir. Pero la alternativa conformaba una época vital en la que una persona estaría conmigo en todo momento, me toleraría tal y como soy, me apoyaría en los malos momentos, recibiría con atención los relatos de las miserias de mi día a día, aportaría un punto de vista cercano y cariñoso ante todas y cada una de las decisiones que se presentar a lo largo de la existencia, compartiría conmigo todos sus éxitos, sus alegrías, sus buenos momentos. Me besaría por las mañanas, y si la pudiese convencer, cada hora en punto. Podría ser la madre de mis hijos, podría ser mi amante desbocada, mi ninfa recatada, mi poetisa privada. Y todas esas cosas, a cambio de la posibilidad (probabilidad, más bien) de hacer el ridículo. A cada momento estaba más convencido de que la decisión era la adecuada. Pocas veces en la vida se presenta la opción de obtener tanto, a cambio de tan poco. Cuantas veces nos arrastramos a los pies de algo o alguien, a cambio de muchísimo menos. Y en esta ocasión, el premio podría ser nada menos que la felicidad.

No obstante, la empresa se antojaba difícil. Encontrarla, en primer lugar. Obtener el beneplácito para exponer mis argumentos. Hallar la fibra sensible y estimularla. Convencerla. Y llevármela de vuelta a España. Y todo ello, considerando que se trata de una de las mujeres más bellas que he tenido oportunidad de conocer en mi vida. Y que no hablábamos hacía tiempo. Y que probablemente tenía algo parecido a un novio. Bastante más guapo y rubio que yo, aceptémoslo deportivamente.

Es cierto que las mujeres siempre dicen que la belleza no lo es todo. Pero también que las más guapas suelen atrapar a los más guapos. Vamos, no dispongo de ratios oficiales, pero no hay más que estar en el mundo para verlo. Es probable que se trate de una feromona especial, algún neurotransmisor de nivel alfa, que sólo esté al alcance de los bellos y bellas del planeta, y que debamos conformarnos con ser betas, en el mejor de los casos, parafraseando a Huxley. Aunque también puede ser que en Un Mundo Feliz, no me refiero a la obra de Huxley ahora, sino ese al que podría llegar a pertenecer si Katherina me aceptase, pudiese existir un escenario en el que se llevasen a cabo matrimonios mixtos alfa-beta. Suponiendo que yo fuese un beta, que tampoco lo tengo tan claro. Podría ser un simple gamma, y que el episodio de la playa fuese un simple…desliz, un episodio aislado, quizá por una disminición temporal en los niveles de soma de Katherina. Un cuelgue, vamos.

Esta última reflexión pasó a mejor vida muy rápidamente. Porque los argumentos racionales eran contundentes: En primer lugar, ella era una mezcla de gallega y alemana. No iba a comportarse como lo hizo, sin un periodo de reflexión sensato, una planificación germánica, y un análisis gallego de pros y contras. Por tanto, no pudo ser un cuelgue temporal, o sería el primero de la historia celta-teutona. En segundo lugar, un dato contundente: Que no soy tan guapo, ni tan sexy. Lo se, porque mi espejo se descojona a diario.

En estas diatribas hallábame inmerso, cuando el Comandante avisó de nuestra inminente llegada a Ferihegy o, como se le conoce actualmente, Aeropuerto Internacional Ferenc Liszt. Tras una breve parada para el cambio de moneda, cogí un taxi y solicité que me llevase a algún hotel no especialmente lujoso. Me dejó en la puerta del Hotel, que tenía buena pinta, en el lado moderno, en Pest, en una moderna avenida. Tras ocupar la habitación, inicié el diseño del plan de ataque.

Lo único que sabía de Katherina es que estaba (o había estado) en Budapest trabajando. Revisé a fondo sus redes sociales, pero no pude obtener datos adicionales. Mientras que se me ocurría algo mejor, bajé a hacerme una foto en los alrededores, subirla a las redes y esperar que Katherina la viese y optase por averiguar qué demonios estaba haciendo por allí. Así, salí del hotel, en dirección a Buda, caminando a lo largo de la orilla del Danubio. A la altura del Puente De Las Cadenas, realicé unos cuantos selfies, para que mi estancia en la ciudad fuese inequívoca. Al llegar al hotel, subí las fotos a las redes sociales, y me eché una pequeña siesta. Al despertarme, tuve la sensación de que Katherina estaba informada de mi presencia en su ciudad, porque recibí un lacónico whatsapp, con un mensaje firme, pero no exento de cariño:

“¿Te has vuelto completamente gilipollas?”

 


jueves, 16 de marzo de 2017

Fiesta De Pijamas

Acudí con toda la ilusión. Hasta que me informaron de las reglas: “Es una fiesta de pijamas, pero sin pijamas” “Pero eso es…como una fiesta de cumpleaños, pero sin pastel y sin velas” “Bueno, podría decirse que va a haber pastel…o bollo. Y velas…suponemos que también habrá velas”

Se descojonaban de mí. Literalmente o metafóricamente, según el sexo. Y todo porque mi rostro debió adquirir ciertos pantones entre rojizos y paliduchos. Seguramente debí poner cara de poker y adoptar algún tipo de excusa, pero no estuve muy espabilado, y fui incluido en la lista, yo diría que por rebosamiento.

Los preparativos, milimétricos. Casa rural, habitaciones separadas por puertas correderas, expresamente abiertas para la ocasión. Colchones sin somier a lo largo y ancho del salón. Toda una barra de bar. Fuentes con chuches. Fuentes con preservativos. Estanterías con juguetes. No me refiero a puzzles. Mucha hidratación y lubricación.

Los asistentes fueron bajando de sus habitaciones con atuendos verdaderamente confortables. Escasos, pero confortables. Se distribuyeron al libre albedrío, ellos con ellas, ellas con ellas, ellos solos, en fin, variaciones, permutaciones, combinaciones.

Yo me quedé en un discreto segundo plano, para observar las normas del evento desde primera línea. No había. Entonces me aparté para identificar asistentes fuera de lugar, como yo. No había. Y ante la perspectiva de quedarme como único vouyer del grupo, busqué al menos, algún elemento cuyo ritmo de incorporación a la fiesta fuese tan lento como el mío. No había. Pues alguien aún vestido. No había.

Opté entre mantener a salvo mis costumbres, mis opiniones, mis principios, o dar rienda suelta al más primitivo de los instintos, en la convicción absoluta de que la ocasión no se repetiría jamás. Hasta que una de las asistentes se percató de que seguía medio vestido, me arrastró, me desnudó, y me ofreció al resto de las vestales.

Y es que, amigo lector, es muy complicado ser un virtuoso en estos procelosos días, pero lo que sería absolutamente inadmisible es ser grosero y maleducado.

Y menos aún, con señoritas.