sábado, 29 de abril de 2017
domingo, 23 de abril de 2017
El Efecto DJ
Iba borracha como una cuba, no me cabe duda. Y aún así me pareció bastante más interesante que el resto de las mujeres del local. No por su aspecto físico, bastante deteriorado por los efectos enólicos, con ojos ensangrentados, camisa a medio abrir o medio cerrar, camiseta con cercos sospechosos de haber recibido parte de la bebida en su seno, sujetador de encaje color malva asomando fácilmente en su escote, pantalón ligeramente caído insinuando su ropa interior, melena rizada de color azabache, bastante anárquica en su aspecto. En fin, un cromo. Y aún así, me pareció percibir un halo en su contorno, el que poseen las ninfas y las nereidas, las sirenas y las amazonas, el que suelo adivinar en esas criaturas especiales con las que nos bendice la naturaleza de lustro en lustro.
Al contrario que en otras ocasiones, decidí no iniciar ningún acercamiento, y observar su comportamiento el resto de la noche. Para empezar, y a pesar de ir bastante pasada, no dejó de beber en ningún momento, bourbon casi siempre. Recibió las invitaciones de diversos varones presentes en la sala con un gesto de alzar la copa y un inmediato cambio de posición, buscando la inaccesibilidad momentánea. No le importaba ser invitada, pero no quería pagar peaje alguno por ello, le alabo el gusto. Realizó los requiebros suficientes para desalentar a los moscones, y entretanto, parecía divertirse. Aunque en mi opinión, lo hacía con una intensidad extrema. Sus bailes, excesivos, marcando mucho los pasos, elevando el ritmo de su cuerpo muy por encima del de la música. Diríase que se le escapaba la carroza como a Cenicienta o se convertiría en halcón como Michelle Pfeiffer. Era una última ocasión, no se si de su noche, de su semana o de su vida. Pero no era una ocasión cualquiera, de eso estoy seguro.
Sus amigos la atendían, sin duda habían detectado más o menos lo mismo que yo, pero no lograban convencerla de que moderara su frenética actividad. Perseveraba hasta tal punto que la dejaron por imposible. Insistía en el alcohol, en el baile , en los regates a los moscones. Era su noche, debía serlo, y estaba decidida a que por unas horas, el mundo se adaptase a su ritmo, a su frenesí, a su pasión, a la electricidad de su cuerpo.
En esa línea, mantuve mi discreta vigilancia, ahora mucho más …curiosa que otra cosa. Muy bonita, muy interesante, muy atractiva, pero yo no tenía derecho a arrebatarle su noche. Debía tener sus razones, más o menos certeras, y no pensaba inmiscuirme en esa misión definitiva que parecía presidir su actitud durante la noche.
Pero con lo que no contábamos, ni ella ni yo, era con el efecto mariposa. Y debiéramos haberlo hecho, porque nuestra vida sería ahora mucho más organizada, mucho más sólida, mucho más infeliz. Yo defiendo la infelicidad como uno de los mejores estados posibles de la vida, ya que el que es infeliz sabe lo que se siente al serlo, y si se mantiene vivo es porque la infelicidad no es tan terrible como para no seguir viviendo. Y siempre se puede aspirar a la felicidad, como la asíntota de una función matemática, que se aproxima hasta el infinito sin que exista un punto de encuentro. El que es feliz, en cambio, siempre estará en riesgo de perder esa felicidad, y si la felicidad es tan maravillosa como los poetas, sacerdotes, y cantautores nos venden, tiene que ser un problema del carajo perderla.
El efecto mariposa, como el Espíritu Santo, salvando las distancias, tiene la mala costumbre de presentarse camuflada en múltiples manifestaciones de la vida, no sabemos en qué momento, un pequeño acontecimiento sin mayor importancia, puede desencadenar una cascada de consecuencias que acabe en una situación completamente inesperada.
En este caso, la fuerza de activación inicial se presentó en forma de DJ. Como lo oyen. Un puñetero pinchadiscos de los de toda la vida, causó un extraordinario estropicio en mi vida, del que ni me he recuperado, ni seré capaz de hacerlo en la vida.
DJ Kike, que así se hacía llamar el desgraciado, obvió lo que todos hemos sabido en esta vida: Que los discos los ponía el más feo de la fiesta, esa era su función, debía realizarla sobriamente y no provocar tsunamis emocionales. Parece ser que ahora, estos tipos son como una especie de dioses, unos flautistas de Hamelin digitalizados, y que “dinamizan” a la concurrencia. Yo le habría dinamizado un par de sopapos a mano abierta, tanto por la elección musical como por la idea de celebrar una especie de karaoke, hacia las cinco de la madrugada.
Como éramos cuatro gatos, todos íbamos bastante perjudicados y no podíamos oponernos con violencia, al final todos pasamos por el micrófono, al principio con timidez, al final, casi arrebatándoselo al cantante anterior. Hasta ahí, todo iba más o menos bien. La misteriosa morena agarró el micro para hacer una casi ilegal versión de un tema de Luz Casal, desconociendo por completo las mínimas reglas de la afinación. Ahora puedo deciros que el alcohol no influyó en absoluto, es que ella es así.
A mí me tocó un clásico de Hall&Oates, que conocía perfectamente de la primera a la última letra, lo que no impidió en absoluto que la concurrencia (escasa) se retorciera por los sillones de risa, de vergüenza o de una combinación de ambas. Ella y yo fuimos elegidos los peores cantantes de la noche, con toda justicia. Y para rematar, nos invitaron a realizar un dúo final, eligiendo ella una extraordinaria canción, el Stay de Jackson Browne, que supimos destruir con una intensidad paranormal.
Después, ceremonia de entrega de premios (alcohólicos, naturalmente) y DJ Kike no tuvo otra ocurrencia que sugerir que los dos peores cantantes fusionaran sus problemas de afinación a través de un beso. Yo iba a propinar los dos besos de rigor, tanto por timidez, como por caballerosidad y respeto a su estado de embriaguez. Ella no respetó esas variables, ni cualesquiera otra que pudiera haber influido. Me agarró por banda y me atizó un morreo ligeramente desviado, pero muy eficaz, que duró hasta que DJ Kike pinchó un surtido de sevillanas marca de la casa. Inicié el ascenso a la cabina para quitarle los cascos, por ser un pedazo de cabrón al joderme el beso, y por ser el peor DJ de la historia.
Afortunadamente para DJ Kike y desgraciadamente para mí, la morena se lo tomó como se tomaba todo esa noche, como si fuera la última copa, el último baile, el último beso. Y con éste fui agraciado. Y ya no percibí signos de su intoxicación etílica, habían sido sustituidos por un selecto surtido de feromonas, que nos afectaron a ambos por igual, o quizás a ella más.
Y esto llevó a aquello, y aquello a un taxi, y el taxi a su casa, y en su casa a la cama. Y el efecto mariposa que inició DJ Kike, al que deseo todas las desgracias concebibles, acabó con la morena en mi casa, la morena en mi vida, la morena en mi mente, y la morena en mi alma.
Y para mi desgracia, jamás en mi vida he sido tan feliz. Y jamás he estado tan acojonado por la posibilidad de dejar de serlo.
Lo cual me hace muy infeliz.
sábado, 22 de abril de 2017
La Satisfacción Del Deber Cumplido
Trepé con cuidado a la banqueta situada en la parte estrecha de la barra, con el fin de mantener una perspectiva directa de la puerta del pub, a salvo de miradas indiscretas. A mi espalda, los reflejos de la noche en la ciudad se proyectaban en la clásica vidriera multicolor que distingue a estos establecimientos, y que los diferencia de los típicos bares de barrio. Con una sonrisa irónica esbozada en mis labios, establecí un paralelismo directo con los rosetones de las catedrales antiguas. En aquel caso, buscando la luz. En éste, buscando el anonimato.
No estaba allí por negocios, por diversión, por vicio, ni siquiera por amor. Una simple gestión, rudimentaria, sencilla y vacía. Debía acabar con la vida de un hombre. Es ese tipo de situaciones que se dan en la vida, en la que uno debe hacer las cosas, aunque probablemente no quiera hacerlas. Pero si solo hiciéramos lo que quisiéramos, esto sería la anarquía, mientras que si todo el mundo hiciera lo que debe, construiríamos un mundo más fiable, más organizado, más limpio.
Los aspectos logísticos no suponían un problema trascendental. Había pensado en esperar a su llegada, dejarle que se aposentara, que pidiera le bebida, que iniciase el primer trago, el mejor, y al posar la copa en la mesa, acercarme con paso decidido, no apresurado, colocarme a su lado y, con la Glock que ocupaba el fondo de mi bolsillo, apuntar a unos treinta centímetros de su sien izquierda, procurando un tiro limpio, sin posibilidad de dañar a un tercero inocente, porque este tipo de irresponsabilidades son absolutamente inaceptables.
Existía una elevada posibilidad de que no pudiera salir del local, porque me detuvieran los clientes, o por algún otro tipo de circunstancias inesperadas. En el caso de salir libremente, otro tanto de que me detuvieran en las cercanías. Y en el hipotético caso de que no fuese así, con toda probabilidad lo harían en un par de días a lo sumo. Fundamentalmente, porque no tenía intención alguna de esconderme. Lo más probable es que el Juez me dejase libre, cuando acabase de contarle mi historia, pero si no sucedía así, si no podía convencerle, lo peor que podría ocurrir es que me llevasen a la cárcel. Nunca he visto grandes problemas en ese escenario. Dicen que pierdes la libertad, pero ya me gustaría saber qué tipo de libertad tenemos los seres humanos, especialmente si pasamos por los trances que yo he sufrido. Difícilmente puedes echar en falta algo que no eres consciente de poseer y por tanto, el escenario pesimista, no lo era tanto.
Los aspectos éticos consumieron una buena parte de los meses en los que, simplemente, decidí hacer lo que debía. Tras muchas lecturas, conversaciones y reflexiones, llegué a la conclusión de que la ética era un valor consustancial al hombre, sin duda. Pero solo en el caso de que en nuestra vida no exista una fuerza tan dominante como el deber, que ocupa una posición jerárquica mucho más elevada, a mi criterio. Es decir, que podría pensar en la falta de ética de mis acciones, pero únicamente en el caso de que no debiese hacerlas. En esta situación, por tanto, la ética ocupaba el lugar de ese bolsillo secreto que todos tenemos en nuestro bolso, en nuestra mochila, en el cajón secreto del armario, como diría Manolo García, al que solo recurrimos cuando necesitamos un refugio, una guía, un estímulo, un hombro en el que llorar.
Apuré el último sorbo de una bebida que desconocía haber solicitado, pero que me apetecía sinceramente. Admiré la destreza del barman. Ese es el tipo de profesionales que debían ocupar cargos de tanta responsabilidad. Observadores rayando en la nigromancia; Sensibles, el el borde de la psicoterapia; Empáticos, rozando la amistad. Podría esperarse de él que reaccionara con precisión quirúrgica ante la situación que estaba a punto de originarse en el establecimiento. Solicitaría a los clientes que se echasen al suelo, se refugiaría en la pequeña trastienda, donde llamaría a la policía en menos de quince segundos, se aseguraría de que hubiese abandonado el local antes de socorrer a los heridos, y colocaría varias copas de coñac en la barra, para que los clientes pudieran sobreponerse a la impresión. Me sentí muy reconfortado.
Hizo su aparición con varios minutos de retraso. Si tenía algún tipo de dudas, se habían volatilizado. Es un detalle chabacano y de muy mal gusto, llegar tarde a la cita con la muerte. La muerte te está esperando. No va a aguardar al día siguiente. ¿A qué viene ser impuntual? La mala educación es uno de aquellos defectos de difícil erradicación, y de los más peligrosos, porque suelen dar paso a comportamientos antisociales, incívicos, lo que nos perjudica a todos. Y no benefician a uno mismo, hay que ser estúpido.
No obstante, reprimí mis lógicos deseos de poner en su sitio a ese tipo, y explicarle lo inadecuado de su comportamiento, en aras a realizar la tarea que me había llevado a ese lugar. Dejé el importe de la consumición y la generosa propina que se había ganado el barman, con creces. Tenté la Glock, solté el seguro, me deslicé hacia el suelo, coloqué mis ropas, mi mano al bolsillo, avancé siguiendo el ángulo de la barra, sorteando las banquetas mal alineadas, hasta ubicarme a su lado.
Hasta ese momento, mi actuación había sido mecánica, de tiralíneas, pero en el segundo previo a sacar la block del bolsillo derecho de la chaqueta, me asaltó una duda: ¿Exactamente por qué debía matarle? Lo que me hizo fue terrible, pero ya había pasado mucho tiempo. Décadas, de hecho. Seguramente había cambiado de vida, tendría un trabajo, una familia, unos amores, unos sueños. Y yo iba a truncar todo eso por algo antiguo, obsoleto, arcaico. ¿De verdad debía matarle?
Supongo que me demoré unos segundos en su proximidad. El se dio cuenta, y me dijo:
-“¿Y tú, qué coño estás mirando?”
Y de pronto lo recordé. La Glock ascendió posiciones a lo largo de mi cuerpo, en posición vertical. A la altura de mi cabeza inició un giro a la horizontalidad, alineándose en una imaginaria línea horizontal con el lateral izquierdo de su cráneo, hasta que éste perdió su posición merced a la fuerza del disparo.
El deber es el motor de nuestra existencia. Existen vacilaciones, dudas, consideraciones de todo tipo. Pero no existe una sensación más agradable que el cumplimiento del deber, por encima de convencionalismos, leyes, moralidad, humanidad o generosidad. Alguien podría alegar que el deber, como tal, puede ser un concepto subjetivo, opinable. Yo nunca me cierro a este tipo de reflexiones, y de hecho, estaban en mi mente cuando atravesé la puerta del pub, sin prisa pero sin pausa.
lunes, 17 de abril de 2017
PREMIO RED-VOLUCIÓN
Desde las páginas del Blog de Paula De Grei, es decir, mi casa y la vuestra, su rectora me abruma con esta nueva muestra de cariño al que, como aprovecha para recordarme cada cierto tiempo, no me he hecho acreedor en absoluto.
A pesar de ello, en su magnanimidad, me recuerda como candidato a galardones muy sensibles y entrañables, como éste de hoy, el Premio Red-Volucion.
En esta ocasión, las reglas no son excesivamente complicadas, y hasta un tipo tan torpe y despistado como yo, es capaz de cumplirlas:
Cómo funciona el premio?
En este caso, el premio viajará en cadena. Cada persona premiada, tendrá que nombrar otros tresblogs que sean de su agrado y cada uno de estos blogs a otros blogs y así sucesivamente. De manera que cada blog estará ayudando a dar visibilidad a otros blogs.
¿Cuál es el objetivo del premio red-volución?
El premio no es otro que reconocimiento, colaboración y deseos de éxito, todo ello cargado de cariño, de ahí su forma de corazón.
¿Quiénes son los blogs premiados en esta ocasión?
En mi caso me encantaría nombrar a:
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Estrella RF , que suele recordarme en sus comentarios, que he llegado en mis relatos mucho más lejos de lo que me proponía, y ya es tarde para rectificar. Y en los suyos llega aún más lejos, hasta el fondo de su alma. Y no pretende rectificar.
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Carlos Montalleri , me fuerzo a hablar de su blog, no porque no lo merezca, todo lo contrario, sino porque tendríamos una relación de amistad sincera con o sin él. Podría variar el escenario o el pretexto, pero no la esencia. Me encantan sus microrrelatos, y a vosotros seguro que también. Los borda.
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Carlos Feijoo , su blog “La Estaca Clavada” deja sentidos, sentimientos emociones, unas impagables fotografías, unos análisis sentidos y profundos., y una prosa con toques de humor muy agradable de leer. Como en el caso de Carlos Montalleri, la relación trasciende la puramente lector-lector o escritor-escritor, para formar una especie de conexión atmosférica o etérea.
domingo, 16 de abril de 2017
El Guijarro Del Fondo
Había depositado todas mis esperanzas en el lecho del arroyo, cargándole con la responsabilidad de hallar todas las respuestas a mis eternas preguntas. Y todo porque en aquel paraje encontraba la calma necesaria para reflexionar sobre mis inquietudes lo que, normalmente, facilitaba el hallazgo de la estrategia a seguir.
Nunca he sabido la razón exacta que me alejó del arroyo, que perdí ese oráculo de juventud. Es probable que los problemas se complicasen, que mi estado de ánimo no me permitiese alcanzar ese grado de sosiego necesario para aclarar las ideas, o una combinación de ambas situaciones. Lo cierto y verdad, es que últimamente había dejado de ir al arroyo, y afrontaba los problemas de una forma mucho más entusiasta o colérica que antaño, con resultados profundamente dispares.
Por una de esas casualidades de la vida, el arroyo y yo volvimos a cruzar nuestros pasos. El reencuentro fue muy emotivo. Ambos habíamos cambiado. Yo, envejecido, triste y probablemente infeliz. El, en cambio, mantenía su frescor juvenil, sus márgenes libres, sus guijarros del fondo, el frescor ambiental y el espejo narciso. Me precipité a tocar sus aguas y me recibió como antaño, con un cierto estremecimiento en mi cuerpo, con suaves turbulencias en su caso. También se había emocionado, no cabe duda. Para los dos suponía una alteración de la normalidad. Yo lloré, no me avergüenza reconocerlo. ¿Y él? No estoy muy seguro, puede disimularlo, puede diluir sus lágrimas en ese fino torrente que acarrea. Quiero pensar que sí.
Al contrario de otras veces, no intenté que me aclarase las ideas al respecto de un problema concreto. Y me pareció injusto trasladarle mis situación global. Explicarle que me sentía solo y desvalido; Que desconocía si estaba perdido en la jungla, o si no había tenido arrestos siquiera para coger el machete y abrirme paso; Que en algún punto del camino había perdido la emoción por la vida; Que toda mi existencia giraba en torno a un procedimiento mecánico, vacío de sentimientos; Y que esa monotonía estaba salvando mi vida, al reducir mi capacidad de reflexionar como antaño. Es decir, que sobrevivía sin vivir, sin sentir, sin amar.
¿Cómo pedirle al arroyo que resolviera todo eso? Decidí entonces hacerle llegar una especie de versión edulcorada, de compromiso, de visita cortés. Y me pareció que se dejaba engañar, que me sonreía con dulzura. Y entonces, como a ese antiguo compañero de pupitre al que no ves desde la infancia, rompí el hielo inicial para agacharme, tumbarme y acercarme, como si fuera a darle un beso. Pero en ese momento, al ver mi imagen reflejada en él, me di cuenta de que no iba a poder engañarle, porque mi rostro lo decía todo.
Lloré con amargura, con pasión, con desespero. Lloré en tal cantidad que el nivel del arroyo empezó a elevarse de forma paulatina, sin ruido, sin turbulencia, hasta que alcanzó el borde de mis mejillas, acariciándolo con extrema suavidad. En ese momento lo supe. El seguía conmigo, estábamos juntos de nuevo. Podía contar con su ayuda. Y en ese momento, me di cuenta de que él siempre había estado en el mismo sitio, esperándome. Y que yo era el que se había alejado. Probablemente para no escuchar su sordo reproche, para no escuchar su protesta por el erróneo rumbo que había adquirido mi vida.
Tomé uno de esos guijarros del fondo, lo sequé con el borde de mi pañuelo; Lo guardé en el bolsillo. Y supe que nunca me abandonaría, que en esa pequeña roca se encerraba el talismán que necesitaba para reorientar mi vida.
sábado, 15 de abril de 2017
La Terraza Del Puerto
El grupo podría considerase atípico. Aunque alguien podría alegar que lo atípico eran los individuos. Y tampoco le faltaría razón. Lo único que nos unía era esa terraza, en esos días y a esas horas. Nunca jamás se convocó formalmente, y todos aparecíamos con un máximo de diez minutos de diferencia. El camarero ni se molestaba en preguntar. La comanda permanecía como esculpida en piedra, fija, inmóvil, inerte. Salvo enfermedad gastrointestinal, todos pedíamos siempre las mismas bebidas, y casi siempre, al mismo ritmo.
Lo único que se permitía modificar era la hora de salida. Por acuerdo tácito, respetábamos los diferentes biorritmos, las cargas familiares, las circunstancias particulares de cada uno. Aunque en general, no solía suceder cuando la tertulia se mantenía viva, intensa. Seguramente todos éramos polemistas vocacionales y no rehuíamos una buena pelea dialéctica, del tema que fuese, como los profesionales. El apoyo google no estaba permitido sobre la marcha, pero si metías la pata en un dato, ya podías prepararte el día siguiente. No se hacían prisioneros, la discusión finalizaba a la primera sangre, como los duelos antiguos. Y sin padrinos.
La semana había sido interesante, con suculentas tertulias abordando diferentes temáticas. He de explicar que nunca se debatían temas generales, del tipo ¿Quiénes somos?, ¿De dónde venimos?, ¿A donde vamos? Muy al contrario, nos concentrábamos en aspectos muy concretos, muy segmentados. La razón es muy simple. El estudio amplio de los temas obliga a sacrificar precisión, ya que no se puede tratar un tema sin contemplar todas las variables del mismo, y eso lleva mucho tiempo. Por tanto, tácitamente acordamos centrar nuestros esfuerzos en partes pequeñas, pero relevantes, de las temáticas abordadas.
En cierto modo, el perfil multidisciplinar de los contertulios, facilitaba dicho enfoque. Prácticamente todos los gremios estaban representados. Abogados, médicos, secretarias, directivos y toda una larga nómina de autónomos podían formar parte de la tertulia en uno u otro momento. Gente de todas las edades, estudios, estado civil, ideología política…
La única condición existente para formar parte de la tertulia era el escrupuloso respeto de las reglas. Intervenciones muy breves, respetar al orador en uso de la palabra, trato exquisito y, por encima de todo, un reconocimiento expreso de haberse equivocado gravemente en la vida y estar penando las consecuencias. Era una condición inexcusable para formar parte de la tertulia. Por varias razones: En primer lugar, porque haber cometido un error grave, te permite adoptar una posición de máxima relatividad en cualquier asunto. Porque ya eres conocedor de que las cosas pueden cambiar de un momento a otro con extrema facilidad, puesto que lo has sufrido en tu propia experiencia, en carne propia. En segundo lugar, porque al haberte equivocado gravemente, tiendes a tener un punto de vista extremadamente tolerante sobre los asuntos de la vida, y eso enriquece las discusiones. Y en último lugar, porque el sumatorio de todas las experiencias equivocadas de todos los tertulios, permitían más fácilmente detectar los errores en las posturas de gobernantes, intelectuales o expertos en los temas que eran objeto de estudio de nuestra tertulia.
En aquella semana, el tema que veníamos abordando era la extinción de la poesía. Como siempre, enfocamos el asunto de forma extremadamente parcelada, haciendo foco en un aspecto segmentario del tema principal, con el fin de tratarlo con extrema profundidad y rigor. En este caso, la tesis de partida era la obsolescencia de la lírica sometida a la severidad de las reglas de la rima. En torno a un cuarenta por ciento de la mesa defendía su vigencia. El otro cuarenta por ciento estaba en contra de la rigidez de las clásicas reglas poéticas e incluso de la catalogación de los poemas por el criterio de su métrica. El veinte por ciento restante, mantenía postura expectante o indiferente según el caso, aunque algún autónomo estaba a favor de la métrica rigurosa, utilizando el convincente argumento de que si ellos tenían que hacer declaraciones trimestrales de IVA, IRPF y el resto de las siglas que encerraban tributos variados, los poetas bien podían contar las sílabas y las estrofas.
La ronda de intervenciones se inició con el punto de vista de Germán, economista ejerciente, y cuya historia de ascenso meteórico en una auditora multinacional se truncó en el momento en el que detectó una irregularidad de gran relevancia en las cuentas de un gran cliente, la comunicó a su superior inmediato, de forma verbal, y cuando éste dio el visto bueno a una auditoría sin salvedades, procedió a despedir a Germán, con el objetivo de taparse ante un posible escándalo posterior. Desde entonces, ejerce para pequeñas empresas y algunas ONG, cobrando una tercera parte de su salario anterior.
Su tesis, favorable a la métrica, defendía que las más etéreas ideas y sentimientos han de poder ser catalogadas, estructuradas y organizadas, para poder ser sometidas a un análisis posterior, ya que en otro caso, la subjetividad imperaría sobre el rigor técnico. Cuando el resto de los contertulios se le echó encima, usando el argumento de que la poesía es precisamente eso, subjetividad y sentimientos, el moderador fáctico, Don Felipe, ex sacerdote, que dejó los hábitos cuando la pastelera del barrio comenzó a llevar personalmente los frutos de su trabajo personalmente al convento, puso orden, y argumentó con precisión que “si nos vamos a plantear ahora si la poesía debe ser valorada subjetiva u objetivamente, nos salimos del tema, puesto que la discusión nos llevaría muy lejos, más allá de las fronteras autoimpuestas”
Recanalizando los argumentos, Marisa, antigua ama de casa, que cometió el error de dejar de hacer las tareas del hogar para prepararse una oposición como profesora de literatura, sin comunicárselo a su marido, y sin entrar en el fondo de la cuestión, muy a su pesar, arguyó que la calidad de la poesía de Rubén Darío o Neruda trascendía de la métrica y puso algún fragmento de elaboración propia como ejemplo:
Nos dijimos muchas cosas, todas falsas, todas ciertas para, en el fragor de la batalla, provocar la fusión de nuestras almas
No creo que el hecho de renunciar a las reglas de la métrica vaya a hacer perder ni un ápice de valor a estas líneas. Pueden gustar o no, pero será por su contenido, por el sentimiento que produzcan en el lector, pero en ningún caso por la rima.
“Pero la redacción de esas líneas no ha supuesto ningún tipo de dificultad metodológica. Y uno de los criterios lógicos para valorar un trabajo es su dificultad metodológica. Piensa que para armonizar rimas asonantes, consonantes, ajustar el número de sílabas, etc. se requiere precisión, vocabulario y técnica. Y eso no está reñido con la sensibilidad y la capacidad de emocionar, mira este ejemplo:
Y en lucha permanente
Contra el vicio del amor
Si me asiste la razón
Podré proteger mi mente
De las locuras de pasión
De actuación irracional
De un beso emocional
De la humana obsesión
“Si creéis que estas dos redondillas no encierran también un profundo sentimiento, estáis locos y , sin duda, requieren un esfuerzo mucho mayor que el del verso libre”
La afirmación de Jorge, pragmático, analítico, sesudo directivo de una empresa de seguros, barajando su prejubilación para dedicarse a algún tipo de arte liberal (para contradecirse a sí mismo, como él dice), estaba, como siempre, muy bien argumentada. Sus redondillas ofrecían una impecable métrica, no exenta de un mensaje profundo y muy coherente con la historia de su vida. Su pecado (mortal de necesidad), fue el de enamorarse perdidamente de la mujer de su mejor amigo, un clásico, pero con el matiz de que ella también le quería, aunque quería mucho más a su dinero, el que manejaba como consorte y el de Jorge, que disfrutaba en breves ocasiones, pero muy intensamente.
La discusión se intensificó, apoyándose en muy seleccionadas estrofas de grandes poetas, en las letras de Robe Iniesta, de Sabina y de Aute. Justamente en este punto, cuando Aute empezaba a ser coreado en voz baja y monótona (la única manera de cantarlo, desde luego), decidí poner punto final a la discusión, so pena de que acabásemos dormidos, llorando o empezásemos a recordar nuestros errores pasados y se iniciase una especie de ritual colectivo de autoflagelación o suicidio.
He de presentarme. Mi nombre es Roger, aunque no es mi nombre auténtico y todos lo saben. Actualmente no me persigue la policía, por aquello de la prescripción de mis errores, muchos, duros, canallas. Aunque el máximo perjudicado he sido yo, afortunadamente, porque siempre es una carga más liviana de soportar.
El resto del grupo me reconoce con una cierta superioridad sobre ellos, por la cantidad y calidad de mis errores, y suelen respetar con especial intensidad mi turno de palabra. Y aquel día no fue una excepción. En el momento en el que me incliné ligeramente hacia delante, posé dedo índice y pulgar sobre la base de la copa, asiéndola firme pero liviana, y apuré el último trago de whisky, las voces empezaron a reducir su intensidad, en sentido contrario a las agujas del reloj. Cuando cesaron por completo, me recosté ligeramente en esa silla de mimbre, protegida por una minúscula espuma estampada y manifesté mi opinión:
“He de deciros que se han expuesto argumentos muy válidos, tanto a favor como en contra. Dada mi experiencia vital, que todos conocéis, tiendo a pensar que las reglas te permiten una canalización de los sentimientos, pero sobre todo de las acciones, por lo que me parece que hay una importante razón para su existencia, qué os voy a contar. Si hubiese habido reglas más rígidas, no estaría expiando mis errores, por lo que las echo de menos, y las respeto como a ese pariente anciano, que al emitir una opinión, en realidad está pronunciando un veredicto. Por otro lado, acepto la premisa de que los sentimientos vuelan libres, flotan eternamente en nuestras mentes, y cuando lo hacen, no los imaginamos en forma de sonetos, octavas, rimas o pareados. Simplemente fluyen, asoman, iluminan e ilustran cada uno de los instantes de nuestra vida. Y los momentum no son homogéneos. Hay días que simplemente te levantas deseando proclamar a los cuatro vientos una serie de expresiones inconexas, de las que te venían persiguiendo y , parafraseando a Borges, has estado intentando evitar hasta que no has tenido más remedio que escribirlo. O cantarlo. O contarlo. Y en otras ocasiones, necesitas una especie de estructura argumental, probablemente para entenderte a ti mismo, e intentar que los demás también puedan hacerlo.”
En este momento, se produjo una pausa que, Nadia, la más joven integrante del grupo, la que fue admitida sin que pudiera explicarnos con certeza los errores cometidos, debido a su bisoñez, pero también a su generosidad de espíritu, a su frescura y seguramente arropada en su muy original belleza, me castigó con un directo al hígado:
“Pero Roger, tanta experiencia y tanta argumentación para llegar a un punto de vista ecléctico. Te recuerdo que en el siglo II a.c. ya había gente que pensaba como tú. Y que Cicerón y Séneca también. Te menciono a este último porque era cordobés, o sea, casi paisano. Entonces, o estás homenajeando a los clásicos, o nos estás vacilando con ideas antiguas a las que has proporcionado una especie de capa de chapa, pintura y lacado para hacerla pasar por propia y actual”
“Niña, cállate y pide la cuenta”
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Fotografía realizada por José Miguel, desde la terraza del Hotel Valamar President, en Dubrovnik, Croacia
jueves, 13 de abril de 2017
En Un Beso
Y nos besamos sin prisa, dilatando cada momento, seguros de que era el último que contemplaría nuestro amor.
No elegimos nuestro sitio especial, nuestro claro en el bosquecillo, nuestro rincón discreto y oscuro
Solo para un beso, solo el tiempo para un beso, en el que concentramos los momentos más dulces de nuestro amor.
Hicimos sonar nuestra canción, sincronizando pensamientos y ritmos, sin orquesta ni vinilo, sin música en el último baile.
Pobres de nosotros, resumiendo en un solo beso palabras, abrazos, caricias, sentidos, de todo hubo en nuestro amor.
No hubo tiempo para la despedida, no pudimos elegir evitarla, celebrarla. No pudimos fugarnos.
Debimos conformarnos con un beso, trasladando a nuestros labios, todos y cada uno de los matices de nuestro amor
Y en el fondo, me considero afortunado, soy afortunado de haber podido recibir ese beso, y todos y cada uno de nuestros momentos de amor.
Fotografía de portada: Eleazar
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