martes, 13 de diciembre de 2016

Suavemente Me Mata

¿Y si lo decimos claramente?

Y si explicamos que el amor transforma irremediablemente nuestra vida?

Y si evitamos los eufemismos flotantes con los que intentamos engañarnos?

Yo seré el primero: Los hechos más cotidianos, las circunstancias de diario, pasan a ser experiencias sobrenaturales de placer o de dolor. Digámoslo así.

El saludo del vecino, la maceta de la entrada, el café del desayuno, es distinto cuando uno está enamorado. Podemos esbozar un simple graznido, o darle un abrazo completo. Olemos la flor que corona la maceta o ideamos usos alternativos como arma arrojadiza. El café nos despierta, nos estimula, nos hace felices, o nos recuerda a ella.

Y como denominador común, la pausa. La ausencia de velocidad percibida. Nos mata lentamente o nos coloca suavemente de forma tangencial al paraíso. En los mismos contextos, el mismo clima, la misma atmósfera, la luz.

Y la causa? Es obvio. El amor es un tóxico. Ya lo dijo Paracelso: “Solo la dosis hace que algo sea veneno” Y el amor se comporta como tal. A las dosis justas, la euforia de los opiáceos y el alcohol. Excesivas: Arsénico. Por compasión.

¿Hay solución? Ninguna. En el exceso llevamos la penitencia. En el defecto, la pobreza. En la prudencia, la ausencia. Porque en el amor no se admiten medias tintas. Se trata de una típica situación de zugwang, en el que el jugador ha perdido solo porque le toca jugar.

Y si no juega, pierde igualmente.

 

 


domingo, 11 de diciembre de 2016

En Justa Reciprocidad (III)

Es bien conocido que la intuición se define como el saber empírico inmediato. E inmediatamente supe que íbamos a tener problemas para agarrar nuestro vuelo. Llamadlo intención, o simple observación de apareamiento playero. Salvo por el hecho de que los desemparejados sufrían el acoso y derribo de los varones brasileros, todo iba bastante bien.

Salvo, quizás, el hecho de que el novio había desaparecido. Eso sí que podría ser un pequeño inconveniente.

Me costó un buen rato reunir a los amigos en un único corrillo constituido en Gabinete De Crisis, pero mucho más que se difuminaran los últimos rastros de cualesquiera actividad lúdico-festiva que estuviesen llevando a cabo.

La cafeína brasilera obró el pequeño de milagro de transmitir a esta panda de indocumentados, la enorme gravedad de la situación. Esquematicé al máximo la situación: Nosotros estábamos en Rio y teníamos que estar en Madrid. Para ello necesitábamos tomar el avión y llevar a Santi a bordo para que culminara la locura en el altar. Señalé las dificultades (Santi, que no estaba. El avión, que se iría sin nosotros) y creo que las asimilaron. Hubo cierta reflexión colectiva de las consecuencias de no culminar nuestra misión. Todos convinimos que si no colocábamos a Santi en el altar, lo mejor que podíamos hacer era robar un banco para que nos encerrasen en una cárcel brasileña, porque la vuelta a España sería implanteable.

Afortunadamente todos somos tipos de recursos. Movilizamos todas nuestras capacidades y posibilidades. Yo llamé a un Comisario de Policía español que había tenido contactos en Río. En realidad, sus contactos eran prácticamente todos femeninos y alejados del mundo de la Seguridad ciudadana, pero toda ayuda era poca en aquel momento. Mandamos a dos al aeropuerto para confirmar las posibilidades de embarque, las horas, los retrasos, rutas alternativas, etc. Otros al Consulado español, para explicar la situación y que nos hiciesen de intermediarios ante la Policía, si fuese preciso. Otro, junto con algunas garotas, a explorar la playa entera, unos cuatro kilómetros. Yo me quedé para coordinar la operación y aguardar a Santi.

Para amenizar la espera, recibí una llamada de Maika, la novia de Santi. Aquella con la que pasé una noche inolvidable, y muchas más reuniones de amigos tensas e incómodas. Le pregunté por el motivo de su llamada, y tuve que apartar el auricular medio metro. Al parecer, se estaba sintiendo molesta por ese pequeño detalle de no saber nada de Santi el día antes de la boda. Alegué que eso traía mala suerte. Volví a separar el altavoz medio metro. No parecía haberle convencido el argumento. Es raro, yo pensé que era bastante sólido. Por no aburrirles, Maika estaba disgustada. Y yo, amenazado de muerte. Tuve que prometerle por mi honor que Santi estaría al pie del altar. Cuando finalmente colgó, ya estaba yo bastante más preocupado que antes.

El regreso de la expedición estaba pactado para dentro de sesenta minutos justos. Entretanto, pregunté a los que pude. Como Santi había ido sin traje de baño, tuvimos que comprarle uno de Bob Esponja, color esponja, naturalmente. Esa fue nuestra seña de identidad: Español, rubio, alto, (siempre fue el portero de nuestro equipo en el colegio), con bañador Bob Esponja. La mayoría pensaba que les estaba vacilando, entre la descripción y mi registro idiomático. Los que no, solo decían “español”

La reunificación del equipo arrojó escasos resultados prácticos. La mejor noticia, del aeropuerto. En tres horas salía el último vuelo que llegaría a Madrid a las 11:00 hora española. La boda estaba prevista a las 12:00, por lo que disponíamos de sesenta minutos para llegar a Barajas, coger un taxi, ir a casa del novio, vestirlo, coger los anillos y dirigirnos al Monasterio De El Paular, en la Sierra de Guadarrama, a setenta y cinco kilómetros de Madrid. Sobraba tiempo.

Claro que estaba el pequeño problema del novio. Cuando pasó el hombre orquesta con las bebidas, las frutas, y el resto de avalorios playeros, le pedimos algunas botellas de agua, ya que la adrenalina nos secaba las mucosas. No se como surgió, pero hablamos de la desaparición de Santi, y al mencionar el bañador de Bob Esponja, nos dijo algo así como Leme. Le interrogamos, pero fue imposible entender algo más. Pero una de las garotas nos aclaró que se refería a Praia Do Leme, algo así como la continuación de Copacabana. Al parecer, el hombre orquesta había visto a Santi allí. Nos dirigimos hacia allá, recorriendo la totalidad de la playa de Copacabana, saltando cuerpos, regateando sombrillas, ignorando sonrisas cantarinas. Estábamos en misión oficial.

El corazón me dio un vuelco cuando observé la espigada silueta de un rubio con bañador de Bob Esponja, ocupando la portería de abajo, la más alejada al Pan de Azucar, inmerso en un partido de fútbol playa. Casi me da un infarto. Nosotros muertos de miedo, y él de portero.

Ibamos a invadir el campo, cuando los suplentes del que parece ser podría ser el equipo de Santi, nos detuvieron con muy mala leche, y nos obligaron a quedarnos fuera de los márgenes del campo. Preguntamos cuánto quedaba, y nos contestaron que estaban en el descuento. Decidimos esperar, porque unos minutos más no iban a variar el pedazo de problema, y que nos lincharan, sí.

Cuando el árbitro ordenó el final de partido, nos abalanzamos a la portería, y a Santi solo le dio tiempo a decir: “Me obligan a quedarme porque no tiene portero, se les ha lesionado en el calentamiento. Y esto viene a ser como la Champions League de Copacabana. He intentado irme tres veces, y no me han dejado. Así que he decidido que lo mejor que puedo hacer es mantener su portería a cero, que ganen el torneo y largarnos a toda leche”

Viendo que el pobre Santi solo había adoptado la única posición posible, nos concentramos en conversar con el entrenador, que nos explicó que el partido ya había terminado. ¿Podíamos llevarnos a Santi? “Imposible. Penales”

El partido había terminado, pero con empate. El ganador, a lanzamientos de penalty. Obviamente, con Santi de portero.

(Solo queda una última entrega)

 


miércoles, 7 de diciembre de 2016

En Justa Reciprocidad (II)

Pero cuando el primer viaje disponible era a Río De Janeiro, y alquien repitió el consabido “No hay huevos”, aparecieron como por ensalmo, camisetas floreadas, gorras y rayban último modelo. Como si estuviese planeado. Engañamos a Santi con la duración del viaje y embarcamos como si nos fuéramos a tomar unos vinos a Alcalá de Henares.

Tras las más de catorce horas que duró el vuelo, con escala por medio, y tras hacer una improvisada sesión de estiramientos colectiva en la sala de recogida de equipajes, nos aventuramos a tomar el primer transporte libre a la ciudad. Conseguimos una pequeña furgoneta de siete plazas, al mando de la cual se encontraba un pintoresco individuo que atendía al nombre de Rómulo.

Se empeñó en hacernos de guía durante todo el día, una vez informado de nuestro planes. Acordamos un precio asumible y nos dejamos llevar por él, bien advertido que lo primero que había que hacer era tomar un cafecinho, en cualquier sitio. Le sugerimos un starbucks y nos miró asustado. Al parecer, lo del café viene a ser como lo de la paella de Jamie Oliver. Nos disculpamos y nos acercó a una especie de bar-pensión-patio vecinal, donde disfrutamos de un extraordinario café, obviamente Cafe Do Brasil . Aparentemente, la cafeína consiguió resetearnos, y devolvernos a nuestra verdadera misión, hacer que ese día resultase inolvidable para nuestro amigo. A fe que lo logramos, aunque podría asegurar que él hubiera preferido que hubiésemos fracasado estrepitosamente.

Dejando de lado esas pequeñeces, el tour por Rio De Janeiro transcurrió según lo previsto. Conseguimos llegar al Pan De Azucar cuando aún no había llegado ningún turista. Normal, estamos hablando de las siete de la mañana, considerando la diferencia horaria. Había que esperar a que abriesen taquillas y pudiésemos sacar los billetes de los funiculares. Echamos un sueñecito en el coche, y embarcamos en la primera tanda.

Las vistas desde arriba son espectaculares.La ciudad, las islas que la flanquean, las míticas playas. Intentamos localizar Copacabana e Ipanema, que luego recorreríamos. El Cristo de Corcovado, las favelas, en fin, el pack turista completo. Nos quedamos con una grata impresión, pero el día se acababa y había mucho que hacer aún.

En improvisada reunión de campaña, decidimos que la siguiente parada sería el Cristo De Corcovado y a partir de ahí, recorreríamos las diferentes playas, buscando algo que no sabíamos si existía: Una especie de orgía de frenética diversión que cumpliera holgadamente los objetivos de nuestro viaje: Recordarle a nuestro amigo Santi todo lo que dejaría de disfrutar el resto de su vida, para que tuviera plena conciencia del error que estaba a punto de cometer, especialmente cuando ya tenía poco remedio. Lo que hacen los amigos, vamos.

Tras disfrutar de las extraordinarias vistas, y la majestuosidad del Cristo, comenzó nuestro auténtico viaje. Todo acompañaba. Temperatura extraordinaria, viento en calma, cielos despejados. Al ser día festivo, las playas estaban repletas de bañistas, exhibicionistas, futboleros, masajistas y vendedores ambulantes de todo tipo de objetos, comidas y bebidas. La tremenda desigualdad social y económica existente en esta atípica ciudad se tomaba una pequeña tregua en las playas. Si bien es cierto que en los complementos, trajes de baño y comodidades se puede observar diferentes capacidades económicas, la alegría con la que se manejan sus gentes, permite contemplar un Rio De Janeiro más compacto e igualitario, al menos hasta el anochecer.

Como suele ocurrir, cada playa de Rio tiene su pequeña historia. Copacabana, la más larga y famosa, fue nuestra primera escala. Los bañistas se hallaban enfrascados en interminables partidos de futbol y volley, con esporádicas escalas para refrescantes baños atlánticos, entre cordilleras nevadas de agua espumosa. Nos pareció un gran sitio para empezar. Nos colocamos en cualquier sitio al azar y arrancamos la mañana con la primera caipirinha, ofrecida por una especie de hombre orquesta o caracol gigante, puesto que parecía llevar bajo sus hombros cualesquiera deseo, anhelo o necesidad perentoria existente. Tentados estuvimos de pedirle que se quedara con nosotros durante el día entero.

Una vez situados, comenzamos a evaluar el panorama. Aunque todo el mundo dice que en Rio se encuentran los cuerpos más espectaculares, lo cierto es que entre todos contamos dos o tres chicas feas, lo que desmonta definitivamente el mito. Solo quedaban cuatro o cinco mil extraordinarias garotas. Como disponíamos de poco tiempo,  no pudimos saludarlas a todas. Decidimos utilizar un criterio de geolocalización. Así, geolocalizamos a unas cuantas a diez-quince metros a la redonda, a las que invitamos a tomar algo. Las treinta o cuarenta primeras nos agradecieron muy cordialmente la invitación, pero la declinaron. Afortunadamente teníamos una opción estadísticamente viable, y todo era cuestión de insistencia.

Y en efecto, insistimos y en cuestión de minutos confraternizamos animadamente con un grupo de jovencitas escoltadas por unos cuantos amigos varones, que también intentaban confraternizar con nosotros. Por tanto, había que ir dando una de cal y otra de arena, no fuese a ser que el viaje a Río acabase siendo recordado como el viaje de las sorpresas, o si me permitís el juego de palabras, el viraje.

Compartiendo esas caipirinhas, ese agua de coco, esos baños y esas bossa novas, podría asegurar sin miedo a equivocarme, que las barreras culturales, idiomáticas o de cualquier otro tipo, quedaron reducidas al mínimo concebible, y que el recíproco intercambio de costumbres, sentimientos y hormonas se multiplicó de forma exponencial a lo largo del día. Lamentablemente teníamos la barrera de la agenda, la que nos obligaba a dirigirnos al aeropuerto en un par de horas. Por tanto, encontrar las palabras justas en un idioma que nos era desconocido, y considerando la premura de tiempo, no parecía una alternativa viable. Y ante una idea mejor, fuimos besando en cadena a nuestras nuevas amigas, entregándonos por completo al método ensayo-error.

Es bien conocido que la intuición se define como el saber empírico inmediato. E inmediatamente supe que íbamos a tener problemas para agarrar nuestro vuelo. Llamadlo intención, o simple observación de apareamiento playero. Salvo por el hecho de que los desemparejados sufrían el acoso y derribo de los varones brasileros, todo iba bastante bien.

Salvo, quizás, el hecho de que el novio había desaparecido. Eso sí que podría ser un pequeño inconveniente.

 

 


martes, 6 de diciembre de 2016

A elegir el título solidario

Esta obra es en parte de todos nosotros, nos representa a todos los que tenemos algo que transmitir.
Ayuda a encontrar el mejor título. ¡Vota!

El blog de Fabio

read_across_america_with_the_cat_in_the_hat_130301-m-mx805-253

Hola, amigos.

Desde la redacción de Scripto queremos agradecer todas las aportaciones que estamos recibiendo. Muy pronto tendremos la revisión de los textos finalizada, pero mientras tanto, hay muchas otras cosas en marcha, como por ejemplo la elección del título.

En su momento ya les pedimos que nos ofrecieran posibles títulos, y entre los propuestos hemos seleccionados los que creemos que mejor definen el proyecto. Ahora, queremos nos ayuden a elegir uno. Hagan clic en la imagen que ven abajo y voten por el mejor título para el libro:

entrada-encuesta

Muchas gracias.

Redacción de Scripto.es


Fuente: página de Textos Solidarios en Scripto.es

En Twitter, usen la etiqueta #TextosSolidarios.

Ver la entrada original


lunes, 5 de diciembre de 2016

Textos Solidarios avanza y comunica

Merece la pena dedicarle un espacio a tan bella iniciativa. Enhorabuena a todos.

El blog de Fabio

burmese-kids

Hola, amigos. Estamos contentos de que se hayan dado una vuelta por aquí. Señal de que esta casa les gusta y les interesa.

Sabemos que quieren ayudarnos, por eso ustedes nos envían sus textos. Los estamos recibiendo y procesando con mucho esmero. Por favor, no desilusionen, no vayan a pensar que les hayamos rechazado su colaboración. Muy por el contrario, como es un proceso laborioso, nos estamos tomando nuestro tiempo. De a poco iremos respondiendo todos los mensajes que nos envían.

Hasta hace poco, los mensajes solo eran recibidos y respondidos por nuestro líder fundador, Israel Aguiar. Pero, a partir de ahora, pueden utilizar una nueva dirección de correo, redaccion@scripto.es, que es más ventajosa, dado que todos los miembros de la redacción tenemos acceso a la misma.

Ya tenemos unas 16.000 palabras y pensamos llegar pronto al doble, para que así el libro sea digno de todos ustedes. ¡Ya…

Ver la entrada original 40 palabras más


viernes, 2 de diciembre de 2016

En Justa Reciprocidad (I)

Puedo aceptar, como hipótesis de partida, que se nos pudo ir la mano. Pero no es menos cierto que ella no tiene el menor sentido del humor. Y heme aquí, sentado sobre los fríos escalones de granito, vestido como un moderno juglar, con mi jubón, mis medias, mi capa y maltratando una guitarra española veterana en estas lides.

¿Cómo he llegado a esta ridícula situación? Todo empezó de forma inocente, amistosa, cuando decidí ocuparme de la organización de la despedida de soltero de uno de mis mejores amigos. Santi es de esos tipos con los que has compartido todo tipo de situaciones y de los que pondrías tu alma en sus manos sin vacilar un instante. Cuando me lo planteó, no tuve más remedio que aceptar, y lo hice con orgullo. Lo que vino después solo puede ser catalogado como un accidente, como una de esas cosas que ocurren en la vida, y a las que no se les debería dar mucha importancia.

La boda se había fechado para el primer día de diciembre, lo que reducía sobremanera nuestras posibilidades de actuación. Siempre fuimos partidarios de obviar los típicos planes de cena, copas y meretrices. Nos consideramos muy por encima de esas vanalidades sin elegancia. Buscábamos un plan alternativo, divertido, sencillo y con cierto trasfondo cultural, para romper con los estereotipos que siempre rodean un festejo de estas características.

El Comité de Despedida estaba formado por tres miembros fijos, con voz y voto, más un Secretario de Actas que no tenía voz, pero que siempre se las arreglaba para realizar alguna aportación, con el hábil truco de tararear las primeras notas de una canción alegórica. Que proponíamos alguna actividad que él consideraba desastrosa, entonaba la estrofa más conocida de Enola Gay. Que le parecía algo muy poco varonil, inciaba su oda a Village People. Incluso ponía los brazos para representar las letras de su canción YMCA. Y si le molaba la propuesta, alternaba entre el Aleluya de Haendel y el We Are The Champions. Insoportable de todo punto.

Los trabajos se desarrollaban con extraordinario rigor. Propuestas vetadas por los 2/3 se desechaban en el acto. Aún no se porqué se desestimó el viaje a Almería para realizar un tour por los escenarios naturales del Spaguetti Western, pero soy un demócrata convencido y respeté la voluntad de la mayoría. De igual modo,  se obvió la celebración de una capea a la luz de la luna. Entre otras cosas porque no encontramos una espada de lidia en el Cash Converters.

El desastre comenzó a fraguarse a partir de un inocente comentario de mi amigo Primi, tripulante de cabina veterano en una compañía low cost. Nos informó de que los empleados tienen a su disposición una serie de billetes en condiciones muy ventajosas. Y ahí se nos fue la perola. Llamadlo entusiasmo, iniciativa o locura. Pero la discusión evolucionó hacia la idea peregrina de que el destino podría surgir sobre la marcha. Primi miraría precios, y el más barato que saliera desde Barajas en ese mismo día sería asaltado por la comitiva. Santi, como protagonista, y el reparto coral de sus amigos más fieles y leales.

He de decir, en mi descargo, que nunca acabé de verlo como una gran idea. Pero en estas hordas de testosterona irredenta, siempre hay algún capullo que pronuncia el discurso de Wallace, la arenga de Agustina de Aragón o la charla de Al Pacino en “Un Domingo Cualquiera“, todo ello condensado en una única frase de irreprochable construcción gramatical:

“A que no hay huevos”

Si la Primera Guerra Mundial se precipitó tras el asesinato del Archiduque Francisco Fernando de Austria, en alguno de los numerosos conflictos armados, alguien pronunció esa misma frase, con total certeza. O su equivalencia en idioma extranjero. Pero basta la mención a la hombría endocrina para que los acontecimientos se precipiten de forma anárquica y sorpresiva.

Y allá nos encontramos los cinco, con Santi a la cabeza, armados de un trolley de tamaño cabina con una prenda de abrigo, pijama, muda, libro y neceser, esperando a conocer nuestro próximo destino. Contábamos con una especie de Cuartel General en tierra, que plantearía actividades en destino, considerando los atractivos locales, el protocolo, nuestra clase extraordinaria, y el tiempo que disponíamos antes de la boda. Nuestros planes eran salir dos días antes de la boda y regresar la noche anterior, con tiempo suficiente para los preparativos prenupciales.

Por supuesto, pensábamos desechar cualquier viaje de más de dos o tres horas. Pero cuando el primer viaje disponible era a Río De Janeiro, y alquien repitió el consabido “No hay huevos”, aparecieron como por ensalmo, camisetas floreadas, gorras y rayban último modelo. Como si estuviese planeado. Engañamos a Santi con la duración del viaje y embarcamos como si nos fuéramos a tomar unos vinos a Alcalá de Henares.

(Continuará)