Cuando uno escribe un artículo o un libro, es obligatorio o muy
recomendable citar las fuentes que le sirven de inspiración o
referencia. En este caso, considerando mi avanzada edad y despiste
característico, voy a hacerlo ahora mismo, antes de que una neurona
patine o sacuda a la contigua, y el autor de la frase se quede sin el
justo reconocimiento.
La frase que titula
el post está entresacada de una conversación, creo recordar que
correctamente hidratada con suaves efluvios enólicos (¿o es
deshidratada? nunca me acuerdo) que mantuve con uno de los grandes
compañeros que se tienen cuando se es joven y se tiene la enorme fortuna
de conocer de primera mano la vida universitaria complutense, y a los
que uno jamás olvida aún cuando la vida profesional y personal, la
desidia o el azar estipulan una lamentable pérdida de contacto directo y
a veces indirecto.
De aquella época en concreto, puedo
recordar que hubo unos meses-cursos en los que compartí momentos
gloriosos con un grupo de atípicos y heterogéneos personajes, que
probablemente solo compartían los deseos de complementar los inevitables
rigores académicos con algún otro tipo de experiencias personales,
amorosas, amistosas, culturales, deportivas e indefectiblemente lúdicas.
Describir
a todos aquellos maravillosos seres me llevaría mucho tiempo, me
quedaría muy corto en halagos, y especialmente en algún caso, las
lágrimas asomarían fácilmente a mis ojos, y en el actual entorno, me
prooduciría una situación embarazosa y que no tendría mucho interés en
explicar.
Pero sí puedo decir que de aquella época algunos
sobrevivimos de una forma más convencional, con mayores o menores
éxitos, pero marcados por un camino de cierta ortodoxia, y otros
prosiguieron su existencia de forma más atípica, pensándolo bien, en
justa armonía con sus rasgos más característicos.
De entre
todos ellos, posiblemente mi amigo P., haya sido el que ha obtenido un
mejor reconocimiento profesional, en justa consonancia con sus
habilidades intelectuales y esfuerzo, y seguramente injusta con su
enorme valía como ser humano. A estas alturas, si hubiera un Ministerio
De Las Buenas Personas, él no podría ser Ministro, porque es demasiado
buena persona.
Aún así, mi amigo P., ha tenido un pasado, como
todo bicho viviente, en el que siempre hay episodios que recordamos con
cariño, aunque quizás no es imprescindible que nuestros hijos conozcan
todos los detalles ((véase antoniadis9.blogspot.com "Las cosas que no les contaré a mis hijos (Y que si llegasen a averiguar, negaré hasta el fin de mis días))
Dentro
de ese pasado, no excesivamente proceloso en lo que yo conozco,
recuerdo con mucho cariño una conversación que mantuvimos acerca de la
amistad entre hombre y mujer, en el que yo creo recordar (hay que
hacerse cargo de las circunstancias), que defendía ¿cándidamente? no
solo la posibilidad, sino la conveniencia de la misma.
Ambos
estábamos de acuerdo en el fondo de la cuestión: "con las mujeres, lo
más cerca posible. Si hay roce fantástico, y si hay cariño aún mejor, y
si la cosa va a mas, pues a disfrutarlo" Los dos pensábamos
fundamentalmente en la riqueza del pensamiento femenino, su
sofisticación, la gran diferencia con nuestra simplicidad, su maldad
innata,...es decir, los grandes rasgos de la personalidad de la mujer
que tanto nos cautivan a los hombres. Puede que nos rondara algún
pensamiento impuro, hasta los hombres más castos los han tenidos, y
nosotros no creo que nos incluyéramos en esa categoría.
En lo
que diferíamos era en la viabilidad de un concepto de amistad similar a
los principios fundamentales de la amistad masculina: Lealtad por
encima de apetencias o conveniencias, franqueza y sinceridad absoluta
excepto en algunos temas que no abordábamos nunca, apoyo máximo al amigo
haga lo que haga, en fin, esas cosas que las mujeres con cierta mezcla
de envidia y desprecio reconocen en los hombres y no hallan en sus
correligionarias de género.
Esa discusión acabó de forma
abrupta y con reconocimiento expreso por mi parte de una abultada
derrota dialéctica cuando P. pronunció la siguiente frase, casi textual "
La amistad con las mujeres no puede ocurrir porque siempre existe el
componente sexual latente"
Claro, tuve que admitir la derrota
sin paliativos porque, con excepción hecha de algunos discursos de Marco
Tulio Cicerón, ningún orador pudo decir verdad más indiscutible que
esa.
Al final, debe ser cosa de las feromonas, de las
adeninas o simplemente como dicen ellas, que estamos salidos, pero mi
amigo P. tiene más razón que un santo. Siempre acabamos encontrando la
manera de considerar algún tipo de atractivo o interés sexual en
aquellas mujeres que nos rodean o nos interesan, aún cuando los
mecanismos represivos sociales nos alejan de la cabeza la posibilidad de
intentar cualquier tipo de acercamiento en ese sentido.
Y
claro, siguiendo el argumento, se hace más cuesta arriba extender el
concepto masculino de amistad a una portadora xy, cuando has pasado
revista exhaustiva a sus ojos, a su pelo o a sus curvas, que a estas
alturas, podrías dibujar a ciegas (los que sepan)
Hay sesudos intelectuales (varones) que tienen opiniones aparentemente distintas, como Pierre-Jules Renard
que dice "Entre un hombre y una mujer la amistad es tan sólo una
pasarela que conduce al amor", no habla estrictamente de componente
sexual latente ni explícito, pero al ser un autor francés, ya se da por
descontado.
Más interesante y cercana es la opinión del recientemente fallecido Fernando Fernán Gómez
"¿La amistad entre un hombre y una mujer? Sí, la entiendo, mientras no
sea yo el amigo" Nos da una clara idea del reconocimiento de la propia
impotencia del autor, bien para aplicar a una mujer los principios
identitarios de la amistad masculina, bien para limitarla en términos
asexuados.
Curiosamente, tanto en las conversaciones
informales como en diferentes artículos y paginas de internet, es
frecuente encontrar mujeres que no solo aceptan la idea de la amistad
masculina, sino que la defienden con total naturalidad, como si no
entendiesen la pregunta. En cambio es mucho menos frecuente ,
considerando la ausencia de rigor estadístico de esta afirmación, que
los varones acepten este hecho con tal naturalidad.
Probablemente
esta es una de esas discusiones eternas, en las que difícilmente se
puede adoptar una posición inamovible o con presunción de veracidad. Sin
duda uno de los factores más influyentes a la hora de fijar opiniones
es la propia experiencia. Es decir, si yo tengo amigas con las que no se
me ocurriría tener una relación más allá de lo que se podría considerar
coloquialmente como amistad, en la que ni siquiera se me ha pasado por
la cabeza el hecho de que pudieran o pudiesen tener atractivo físico, y
de tenerlo, tampoco me ha rondado la idea de apreciarlo más de cerca,
entonces la posición es clara y rotunda a favor. Si por el contrario no
tienes amigas o las has tenido pero se ha interpuesto la cosa hormonal,
te colocarás decidida y frontalmente en contra y abominaras de la mera
existencia de la posibilidad y te horrorizarás de que alguien pueda
siquiera pensarlo.
Si algún curioso o cotilla pretendiese
conocer mi posición al respecto, ya puede esperar sentado cómodamente,
puesto que no quiero, no puedo o no deseo hacerlo. Sí que puedo informar
de que mis amigas, en el supuesto caso de que se las pueda llamar así y
no haya que utilizar algún otro térmicno diferente, que ni lo se ni
quiero saberlo, tienen todas un terrible atractivo físico e intelectual,
básicamente por si alguna de ellas decide leer estas líneas. Vamos que
están todas buenísimas, todas son listísimas y diría que son unos trozos
de pan si no fuera porque alguna prefiere ser mala malísima (las chicas
buenas van al cielo y las malas a todas partes) Y que, salvo que alguna
de ellas se molestase por ello, (anticipadamente pido el perdón más
humilde) no se me ha pasado por la cabeza en modo alguno la abominable
idea de establecer la más mínima aproximación física salvo las meramente
protocolarias.
Quizás la dificultad está en establecer que el
término amistad puede ser interpretado de muchas formas. Fiajos que la
propia RAE recoge todos estos posibles significados:
"Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato.
2. f. amancebamiento.
3. f. Merced, favor.
4. f. Afinidad, conexión entre cosas.
5. f. ant. Pacto amistoso entre dos o más personas.
6. f. ant. Deseo o gana de algo.
7. f. pl. Personas con las que se tiene amistad.
hacer las ~es dos o más personas.
1. loc. verb. coloq. p. us. Reconciliarse tras estar reñidas."
Es que si la propia RAE recoge entre los posibles significados de amistad el amancebamiento "Trato sexual habitual entre hombre y mujer no casados entre sí" ,
la confusión o divergencia de opiniones, no solamente está justificada,
sino avalada por un organismo de reconocido prestigio internacional.
Y
así, aquellos que piensan que la amistad entre hombre y mujer no
existe, han encontrado un soporte científico para justificar su
posición. Y cuando un posicionamiento dialéctico se apoya en una base
científica, es difícil de rebatir.
Salvo cuando se trata de mujeres, claro está
jueves, 4 de octubre de 2012
jueves, 20 de septiembre de 2012
Dos significados contradictorios
Esta puñetera volubilidad ariana
con la que Dios, el calendario gregoriano o vaya usted a saber quién, me ha
castigado u obsequiado, según los días, las horas o los minutos (a ver si va a
ser cierto lo de la alineación de los planetas), consigue que haya días en los
que es mejor y probablemente más seguro no rozarme, saludarme o besarme. Yo creo
incluso que lo más saludable es olvidarse de que existo.
Es que en pequeñas fracciones de
tiempo puedo pasar de la tristeza más profunda a la indignación más volcánica,
pasando por un crisol de diferentes tonalidades cromáticas encuadradas entre el
negro azabache y el rojo selección. Pero contento, ni un poquito.
Me suele ocurrir cuando creo ser
objeto de una situación injusta o injustificada, esté o no en lo cierto, o
cuando percibo signos más o menos ciertos de que estoy siendo traicionado por
algo o alguien.
Y cuando esto me ocurre, como no
siempre tengo a mano la Enciclopedia Zen,
pues echo mano de lo que Lorenzo Silva llama las gateras de la vida.
Se supone que las gateras son
esas pequeñas escapatorias que nos ofrece la vida, en forma de pequeños
hobbies, viajecitos, lugares especiales, amigos idem, conciertos, etc. Su
significado es por tanto, similar a los famosos Tom, Dick y Harry, los túneles
excavados en la película “La Gran Evasión”,
esperemos que con mejor fortuna que sus protagonistas.
Con el fin de mantener el rigor
que preside la línea editorial de antoniadis9, me dirijo a las fuentes
(diccionario RAE), para ilustraros con el correcto significado de dicho
concepto, más allá del componente subjetivo de D. Lorenzo.
Y en efecto, me encuentro con un
significado muy acorde con lo comentado que es el siguiente: “Agujero hecho en
una pared, en un tejado o en una puerta para que puedan entrar o salir los
gatos, o con otros fines” Estos otros fines son a los que yo me refería.
Escaparse y olvidarse de las traiciones y decepciones de la vida.
Es cierto que en Ecuador,
también se le llama gatera a una honrosa vendedora hortofrutícola, pero no van
por ahí los tiros.
Pero, al igual que mi carácter
ariano, hay otra puñetera manía que tengo, que es la de intentar saber más de
lo que realmente necesito, lo que inmisericordemente me arrastra a escenarios
imprevisibles, que suelen confundirme más que aclararme mis…iba a decir dudas,
pero yo no suelo dudar, llamémosle opciones, que como dice mi amigo Apa, es
mucho más elegante.
Y esta vez no iba a ser una
excepción. En vez de quedarme tranquilito con una información tan seria,
solvente y sólida como la de la
RAE, me da por seguir buscando, y como casi siempre, la he
fastidiado completamente.
Es que resulta ahora que según la
“afamada página” http://sigificadoyorigen.wordpress.com,
fijaos que para empezar no saben ni escribir bien el nombre, pues estar en las
gateras significa también “…estar listo para darle inicio a una acción, estar
preparado para cuando llegue el momento de empezar, estar alerta para captar la
señal que indica el comienzo de algo”
O sea, que se parece a lo de la RAE como un huevo a una
castaña. Y mis paranoias y yo, nuevamente a full.
Por si se lo hubiesen inventado
los de la paginita de marras, sigo leyendo íntegramente el artículo, y llego a
la conclusión que inventarse todo eso que dicen, es complicado. Y cansado. Y
además no le importa a nadie, salvo a mí que me confunde.
Por tanto, debe ser cierto. Y
explica mi ignorancia, porque parece que es un término que proviene del
mundillo de las carreras de caballos, del que yo entiendo aproximadamente lo
mismo que de Filología Normanda (Javi Vara dixit)
Según los individuos estos, “para
comprender esta frase, o mejor dicho su origen, es preciso conocer el sentido
de la palabra gatera. De hecho, muchos lo saben, en particular los amantes del
turf, pues se trata de las jaulas o habitáculos que mantienen a los caballos en
la línea de partida, para garantizar un comienzo equilibrado. Cuando se acciona
un dispositivo que libera la puerta de las gateras, los animales, azuzados por
los respectivos jinetes, dan inicio a la carrera”
Leyendo esto, ya no se si lo de
las gateras es una escapatoria o un trampolín, lo cual me confunde enormemente.
Porque sin duda se trata de términos antónimos (sin coñas)
Así que como ni soy político ni
soy mujer, para poder hacer una cosa y la contraria, me toca elegir.
Por un lado, las gateras como vías
de escape. Por otro, como catapulta o impulso.
Son las 12:25 de la mañana. Ahora
mismo, me inclino por la primera acepción, porque no estoy bien. Estoy triste,
y me gustaría quitarme de en medio a través de una gatera ancha (porque si no…)
y larga. Lo más seguro es que para la hora de comer lo vea de otra manera. Eso
no quita que cuando te hagan una pequeña faena lo consideres como la más alta
traición concebible, pero ayuda a llevarlo mejor. Es más elegante.
martes, 11 de septiembre de 2012
Síndrome post-vacacional o la manía de ponerle nombrecitos a todo
(Una miniatura a vuelapluma)
Un síndrome es una situación patológica que viene definida (maldefinida) por la presencia simultánea de diferentes síntomas, que para más cachondeo, no es necesario que se den todos a la vez, sino algunos de ellos.
Algún lector que no sea del gremio hipocrático, podría pensar que esto de los síndromes está un poco pillado por los pelos, lo que me provoca cierto grado de indignación. Un poco pillado, en absoluto. Absolutamente etéreo y subjetivo, por supuesto.
Si algún maledicente antimédico piensa que nos lo inventamos para despistar al paciente, ocultando nuestra absoluta ignorancia sobre lo que le ocurre, pues seguramente está en lo cierto.
No es importante inventarse un síndrome, puesto que el paciente tampoco se merece mucho más. Lo que es una absoluta falta de respeto es contárselo al paciente sin un mínimo de atrezzo, y sin mostrar una absoluta y total convicción en la invención.
El paciente se merece que uno le mienta pocas veces, pero con convicción, parafraseando a Rubén Bevilaqua, sargento ficticio de la benemérita ideado por Lorenzo Silva. Yo desde luego, lo hago impertérrito y con un aplomo incuestionable. Pero siempre le echo un poco de pimienta, adornándome con esquemas absolutamente inventados o al menos manifiestamente exagerados.
Básicamente es lo que han hecho ilustres psicólogos para rellenar con éxito unas paginillas o minutadas en medios de comunicación, en ausencia de mayores desgracias económicas o éxitos deportivos. Se han inventado el Síndrome Postvacacional.
Porqué digo que se lo han inventado. Fundamentalmente porque no hay nada tan claro o definido como el conjunto de síntomas que se presentan cuando uno vuelve de vacaciones. Y además se presentan todos simultáneamente. Por tanto en mi opinión, esto del Sd. Postvacacional, no existe, y en cambio deberíamos pasar a considerarlo como una clara, definida y grave enfermedad, la Enf. Postvacacional.
Ya se que en general esto no le dice mucho al profano, pero no hay color, se mire por donde se mire. Una enfermedad supone inmediatamente una elevación en la categoría de la desgracia que uno sufre. Cualquier individuo puede presentar un síndrome, pero una enfermedad…eso es otra cosa.
Cuales son los síntomas más relevantes de la E.P.V.:
1. Mala leche diurna y nocturna, sin razón aparente (90%)
2. Somnolencia a todas horas del día (80%)
3. Cuadros catarrales por falta de resignación climática (40%
4. Aumento del consumo de bebidas estimulantes (café, té, Red Bull) (40%
5. Voluntad de desplazamiento conyugal (Mandar al contrario/a a tomar vientos) 100%
6. Incremento de visitas a rumbo.es para preparar una escapada que luego nunca se produce (30%)
Y el tratamiento. Ahí tenemos malas noticias. No está indicado el tratamiento quirúrgico, porque no sabemos de qué operar. La dieta no funciona para estos asuntos, y las pastillas, tres cuartas de lo mismo, a excepción del omeprazol, que al menos te calma el ardor de estómago. Si , no tendrá nada que ver, pero como el ardor de estómago eleva la mala leche, pues algo hace.
La buena noticia es que tiene un curso autolimitado, de unos 11 meses de duración. Con altibajos, más bajos que altos. Un valle alrededor de navidad y semana santa, y el resto, bien jodidos.
Si luego lo analizas con cierta objetividad, la verdad es que no es para tanto. Total, yo no he hecho gran cosa en vacaciones. Me dicen que me ha debido picar la mosca tse-tse, porque he pasado de dormir 5 horas a dormir 15, siesta de 3 horas incluida. Pero no he hecho nada diferente. Quizás los desayunos de buffet, el café en la playita repasando grandes obras de todos los tiempos (Tiempo de marca, tiempo de as,…) Forzando un poco, las 2 horitas en remojo matutinas mas chapuzón piscinal. Las tardecitas playeras y sus puestas de sol, sus excursiones, los juegos con los niños. Como veis, tampoco es para tanto. Ah, los copazos nocturnos en la terraza con música y un libraco de 2.000 páginas de Raymond Chandler. No se, probablemente no sea para tanto. Pero tengo el síntoma nº1 a todas horas, y con el omeprazol no se me acaba de pasar. Y me quedan once meses
jueves, 23 de agosto de 2012
A pie de cama
Aunque los amigos y lectores son conocedores de la casta
tradición de la línea editorial de antoniadis9, me veo en la obligación de
advertir a los nuevos curiosos atraídos por su perversa imaginación, que en
esta entrada van a encontrar una total y absoluta carencia de elementos eroticoides,
por lo que deberían encaminar sus pasos hacia páginas más especializadas como
por ejemplo….os buscais la vida.com
Decía Freud que el inconsciente es la fuente de nuestras
motivaciones, ya sean simples deseos de comida o sexo, compulsiones neuróticas
o los motivos de un artista o científico. Con el respeto que uno debe a los
mayores, especialmente si están fosilizados, no voy a negarle a D. Sigmund que
el autor tenga motivaciones inconscientes en escribir esta entrada. Lo que costaría
trabajo es clasificar dichas hipotéticas motivaciones dentro de los ejemplos
anteriormente expuestos.
No tengo en estos momentos especial apetito, ni tampoco del otro (del otro no tengo apetito, tengo gula). Compulsión neurótica puede que sí, pero hoy es martes, no toca. Artista puedo serlo en el sentido coloquial cuando nos referimos a alguien que utiliza diferentes circunloquios o estrategias para obtener lo que desea, pero como muchos sabéis, es harto improbable que mis adeninas, citosinas y guaninas se hayan combinado para orientar mi desarrollo personal (mucho menos profesional) hacia los ámbitos musical, teatral y mucho menos pictórico. (ver próximo blog dedicado a D. Julián Egido, mi profesor de plástica de 7º y 8º de EGB y 1º de BUP. Lo escribiré cuando mi estado de tensión e indignación sea lo suficientemente elevado para no quitarle méritos a semejante hijo de puta )
No tengo en estos momentos especial apetito, ni tampoco del otro (del otro no tengo apetito, tengo gula). Compulsión neurótica puede que sí, pero hoy es martes, no toca. Artista puedo serlo en el sentido coloquial cuando nos referimos a alguien que utiliza diferentes circunloquios o estrategias para obtener lo que desea, pero como muchos sabéis, es harto improbable que mis adeninas, citosinas y guaninas se hayan combinado para orientar mi desarrollo personal (mucho menos profesional) hacia los ámbitos musical, teatral y mucho menos pictórico. (ver próximo blog dedicado a D. Julián Egido, mi profesor de plástica de 7º y 8º de EGB y 1º de BUP. Lo escribiré cuando mi estado de tensión e indignación sea lo suficientemente elevado para no quitarle méritos a semejante hijo de puta )
En cuanto a las motivaciones científicas, pues no se puede
descartar del todo, al fin y al cabo, algunas probetas he roto, algunos bunsen
he encendido y muchos cubreobjetos han sido contundentemente destruidos por el
objetivo de inmersión de mi añorado microscopio escolar marca ACME perdón, quería decir ENOSA.
Sean cuales fueren las motivaciones inconscientes, mi deseo
al dejar estas notas no es otro que hablar de la curiosa mezcla de sentimientos
y vivencias que un acontecimiento pequeño o cotidiano puede proporcionarnos, y
cómo este hecho puede influir en el resto de nuestras vidas.
Anoche, mientras permanecía de pie junto a aquella cama,
aquella persona y aquella madre, y veía como avanzaban furiosas las manecillas
del minutero, sin poder hacer otra cosa que encomendarme a lo sabido y vivido, no
podía evitar que me asaltaran unas reflexiones personales que seguramente me
ayudarán en las pocas horas, días, semanas, meses o años que a uno le quede por este camino terrenal . Allí, al pie de esa cama, recordé que eso era
exactamente lo que había querido hacer durante toda mi vida. Que eran esos
momentos por los que había mantenido peleas desiguales y había salido
victorioso. Que yo siempre había querido estar ahí, junto a aquellas y otras personas,
compartiendo sus miedos y celebrando las mínimas esperanzas que esporádicamente
se nos presentaban.
Hay algo mágico y terrible en esto que hacemos. Podemos
ayudar y solemos hacerlo. Podemos ayudar mucho y a veces lo conseguimos.
Podemos dañar mucho y a veces ocurre. Pero las más de las veces, nos
conformamos con el Primus non nocere “lo primero es no hacer
daño” , que en sí mismo es un principio casi inalcanzable.
Es curioso pensar que a veces uno se prepara toda su existencia para llevar a cabo una misión, y resulta que por la acción de los hados, los dioses, los hombres o el condesador de fluzo, al final acabamos en donde esperábamos, en las antípodas de los que esperábamos, o en nada de lo anterior.
Siempre que escuchas a un gran deportista, artista o literato comentando como fueron sus comienzos en la disciplina que les hizo grandes, llegas invariablemente a una conclusión: Que hubo un momento, o una época o una situación que precipitó la alineación de los planetas (que por cierto, cada día nos añaden o nos quitan, jodiendo a los padres pre LOGSE), concluyendo en la rápida progresión exitosa de la carrera profesional del brillante triunfador. Y encima te das cuenta de que quizás hubo un momento que pudo haberte pasado a tí.
Yo no recuerdo ninguna situación que personalmente me parezca tan decisiva como para haber cambiado los acontecimientos de mi vida llevándome a un irremediable estrellato. Dudo que las obras teatrales de los PP Capuchinos me hubiesen permitido acceder a Broadway. Sospecho que mis habilidades futbolísticas estaban pelín limitadas por este cuerpazo atlético que me adorna, y en cuando a la música y la pintura, dudas ninguna.
Sí que es cierto que algo pasó y condicionó mi vida futura, pero también algo habia pasado antes, por lo que no tengo claro el grado de influencia. Lo que es cierto es que ese algo ha permitido volver a la senda que había previsto hace unas cuantas décadas. Vete tú a saber si esa senda es aquella en la que mis capacidades son más aprovechadas o podría ganar más dinero o prestigio haciendo otra cosa.
Lo que es incuestionable es que lo que hago actualmente me hace feliz. No permanentemente feliz. Tengo días en los que envolvería el fonendo, el otoscopio y el pulsioximetro chino en la bata, lo metería en el maletín del ecógrafo y lo enviará a portes debidos a lista de correo del Dr. Smith en Auckland, Nueva Zelanda. Quizá exagero, el ecógrafo me lo quedo que me costó una pasta.
Como decía un conocido periodista deportivo, a veces me considero un bluff.
Pero hay noches, como la del otro día, en la que no concibo que algún profesional, en algún sitio, en algún momento, pueda ser más feliz que yo. Quizá tanto como yo, pero no más.
Es curioso pensar que a veces uno se prepara toda su existencia para llevar a cabo una misión, y resulta que por la acción de los hados, los dioses, los hombres o el condesador de fluzo, al final acabamos en donde esperábamos, en las antípodas de los que esperábamos, o en nada de lo anterior.
Siempre que escuchas a un gran deportista, artista o literato comentando como fueron sus comienzos en la disciplina que les hizo grandes, llegas invariablemente a una conclusión: Que hubo un momento, o una época o una situación que precipitó la alineación de los planetas (que por cierto, cada día nos añaden o nos quitan, jodiendo a los padres pre LOGSE), concluyendo en la rápida progresión exitosa de la carrera profesional del brillante triunfador. Y encima te das cuenta de que quizás hubo un momento que pudo haberte pasado a tí.
Yo no recuerdo ninguna situación que personalmente me parezca tan decisiva como para haber cambiado los acontecimientos de mi vida llevándome a un irremediable estrellato. Dudo que las obras teatrales de los PP Capuchinos me hubiesen permitido acceder a Broadway. Sospecho que mis habilidades futbolísticas estaban pelín limitadas por este cuerpazo atlético que me adorna, y en cuando a la música y la pintura, dudas ninguna.
Sí que es cierto que algo pasó y condicionó mi vida futura, pero también algo habia pasado antes, por lo que no tengo claro el grado de influencia. Lo que es cierto es que ese algo ha permitido volver a la senda que había previsto hace unas cuantas décadas. Vete tú a saber si esa senda es aquella en la que mis capacidades son más aprovechadas o podría ganar más dinero o prestigio haciendo otra cosa.
Lo que es incuestionable es que lo que hago actualmente me hace feliz. No permanentemente feliz. Tengo días en los que envolvería el fonendo, el otoscopio y el pulsioximetro chino en la bata, lo metería en el maletín del ecógrafo y lo enviará a portes debidos a lista de correo del Dr. Smith en Auckland, Nueva Zelanda. Quizá exagero, el ecógrafo me lo quedo que me costó una pasta.
Como decía un conocido periodista deportivo, a veces me considero un bluff.
Pero hay noches, como la del otro día, en la que no concibo que algún profesional, en algún sitio, en algún momento, pueda ser más feliz que yo. Quizá tanto como yo, pero no más.
martes, 7 de agosto de 2012
Las cosas que no les contaré a mis hijos
(Y que si llegasen a averiguar,
negaré hasta el fin de mis días)
He descubierto que hay cosas en
mi vida que prefiero que mis hijos no sepan. Rectifico. No lo prefiero. Me
jodería enormemente que pudiesen llegar a conocer.
Y he descubierto que siempre hay
un cabrón que las larga.
Si alguno de los lectores espera
que vaya ahora a describir con detalle oscuros episodios de mi azarosa vida
pasada, simplemente va de cráneo. No pienso soltar prenda. Por eso, porque
siempre hay un cabrón que las larga, uno de los cuales podrías ser tú, amigo
lector.
Decía mi admirado Aznar (coño,
empezamos bien, ya he picado) que España es un país de indiscretos y por lo
tanto, él debía ser discreto. Eso me pasa a mí. La gente que me rodea, magníficas
personas todos ellos, presentar una gama de virtudes extraordinaria, humanas e
intelectuales, físicas y químicas, etéreas y operativas. Excelente sentido del
humor (la práctica totalidad), excelentes cualidades artísticas, si es que
consideramos el arte en un sentido muy muy muy amplio, enorme capacidad para el
diálogo y la dialéctica (alguno se excede) tremendos lectores todos ellos (menos
quienes ellos ya saben)
No puedo ser más afortunado en
ese aspecto. Son todos estupendos. Y medalla de oro olímpica en largar más de
la cuenta.
Como he comentado en algún otro
escrito, esto de escribir un blog me sirve extraordinariamente para relajarme
de las tensiones diarias, para establecer conversaciones al respecto con las
personas que lo leen (¡¡las hay!!) y
para engordar un ego, cuya obesidad es mórbida desde el nacimiento (he vuelto a
picar) Hoy , la motivación no es metafísica ni intelectual, hoy escribo movido
por el más antiguo de los sentimientos del ser humano: la venganza.
Resulta que un extraordinario malaje,
que se hace llamar amigo mío, y que en adelante llamaremos “Don Enrico” decidió
compartir con mis retoños uno de los episodios más vergonzosos de mi vida
profesional, que supuso un fracaso extraordinario y que tendré que arrastrar
hasta el fin de mis días.
El episodio ni es secreto ni
podría serlo, pues estuvo en comidilla de los ambientes serranos durante unas
cuantas semanas, y aún hay malintencionados que aprovechan cualquier importante
acto social (las fiestas, cenas conmemorativas, entierros,…) para recordar ese
momento en aras de un supuesto estrechamiento de lazos fundamentado en
compartir experiencias pasadas.
Yo lo que querría compartir con el
maledicente, no le mencionaré aquí por pudor, pero sí puedo manifestar que los
lazos que me gustaría estrechar se colocarían en su cara anterior en el cartílago
cricoides y en su cara posterior en la apófisis odontoides del axis. Y luego a
apretar. Si alguien piensa que no es muy hipocrático, pues va a tener razón.
No es de justicia que a uno le
afeen un mínimo fallo en una suerte que ha demostrado dominar durante muchos
años en diferentes y no siempre cómodas circunstancias. En lugar de recordar el
terrible error, se podría conmemorizar los enésimos aciertos. Pero eso no vende.
Vivimos de la explotación de la desgracia ajena, en los telediarios, en los sálvame
horarios (o diarios o semanales, que ya me pierdo) No hay espacio mediático
para el acierto o la alegría, solo para la pena y el dolor.
No estoy diciendo que esto que os
cuento me ocurra solo a mí, soy consciente, pero no por eso hace que sea menos
injusto. Y se sufre con estas cosas.
Además, que hay de lo tuyo, Don
Enrico? Empiezo a meterme contigo. Porque no podría parar. No hay blog ni bytes
suficientes para describir los oscuros episodios que salpican tu vida como los
tropezones del gazpacho. Y yo aquí, calladito y aguantando.
Porque podría relatar esos
inmorales episodios que inundaron tus 19 y mis 17, con cuestionables visitas
culturales fronterizas (seré idiota, he vuelto a picar, yo también iba. Y
conducía)
Y tus gustos en cuestión del sexo
opuesto, dan para una Wikipedia completa. Hay que joderse, no dabas una. Seguro
que me contraatacas con…ufff ya iba a picar otra vez.
En fin, no quiero ensañarme
contigo, a pesar de la innoble jugada que me hiciste el otro día revelando a
mis hijos uno de los secretos mejor guardados durante un palet de años.
Somos amigos, eso no va a
cambiar, pero tengo que manifestarte que el momento elegido para tamaña
revelación no puedo ser más inoportuno. Los niños están en una edad muy mala
para recibir informaciones que puedan desmitificar la figura idolatrada del
padre. Máxime cuando estoy nuevamente decidido a proseguir mi exitosa
trayectoria con un epílogo similar al del canto del cisne, tras un ímprobo
esfuerzo de preparación física rigurosa.
Para demostrarte que lo he
superado, que mi madurez personal ha ido desarrollándose de tal forma que soy
capaz de asumir y de convivir con los hechos más humillantes de mi existencia,
simplemente lo expongo al albur de millones de personas en todo el mundo,
potenciales lectores de este humilde blog: Yo fallé un penalti ante Lozoyuela,
a pesar de que estaba plenamente convencido de que era gol. Y lo mandé a las
nubes, en una órbita similar al de Sergio Ramos.
Y convivo con este terrible hecho
durante los últimos veintipico años. Y he sobrevivido.
Pero pa que coño se lo cuentas a
los niños
martes, 31 de julio de 2012
Una erosión en el alma
Hubo un tiempo en el que viví, y que ahora he olvidado casi por completo, en el que pude permitirme el lujo oriental de contratar una profesora de inglés de la que guardo un magnífico recuerdo a pesar de los resultados académicos son cuando menos, cuestionables; Yo al menos, me los cuestiono, y mis interlocutores angloparlantes, deben pensar que no solo son cuestionables, sino probablemente demandables.
En sus ímprobos esfuerzos por introducir en mi encéfalo idiomático-senil algún verbo de cierta utilidad práctica, probó a explicarme la diferencia entre el verbo "to arguee" y el verbo "to discuss"
En mi carabanchelera lógica (siempre de la zona más noble, pegado al Parque de la Arganzuela, que aún hay clases), eso de to arguee suena a "argumentar", y eso toda persona que no se dedique a circular por el lado contrario de la calzada, lo entiende como un intercambio sosegado y civilizado de opiniones.
Fíjate tú que estos catetos de "Guayomini" van y dicen que no. Que "to arguee" es lo que nosotros entendemos con el término verbal "to cabrearse" en el diccionario español-raro raro-español.Usease que para describir en inglish un cabreo en toda regla, con proyección de partículas voluminosas p.ej., en realidad debemos utilizar el término de juegos florales "to arguee"
Una buena pelea tiene evidentes efectos positivos, como son la descarga de adrenalina, la estimulación de los músculos periorbitarios, la tensión de las cuerdas vocales, la evocación mental de todos los recuerdos (por supuesto negativos), y una estupenda puesta al día de conocimientos aritméticos (las plantadas que me hicieste en 1979 menos el novio que te robé en la facultad, se anulan. Pero como luego me hiciste un regalo de mierda en mi cumpleaños, pues te debo dos putadas del 15. Vale, pues si no tenías pasta para más, te sigo debiendo un faenón de primer nivel y te robo dos jerseys)
Puede aportar maravillosos finales felices (pero cómo vamos a discutir tú y yo de dinero con lo grandes amigos que somos, pero ya me puedes dar la tela que la necesito para los libros de los niños), que siempre se ven corroborados o matizados por la expresión de tu interlocutor.
Lo que me parece que bordea el surrealismo es cabrearse por internet, puesto que no te aporta ninguna de las ventajas anteriormente descritas. No le vas a berrear al teclado, lo máximo aporrearlo. Tampoco se estimulan los músculos faciales, porque si no te los va a ver nadie, para que. Es verdad que hay gente que escribe lo que no se atreve a decir en la cara. O como decía Chesterton escribe para dejar claro que tiene razón ("Ningún hombre debería escribir a no ser que estuviese convencido de que él está en posesión de la verdad y otro hombre está en el error")
Quizá sea esto último lo que ocurre en las discusiones por internet. Que podemos dejar claro que tenemos razón de una forma sencilla, barata, ahorrándonos letras, acentos y todos los signos de puntuación. Quiza sea éste su éxito.
Lo que no te evita internet es la mezcla de impotencia , desolación, frustración y error que se produce cuando discutes con alguien que te importa de verdad. Porque el resultado de la discusión siempre es una derrota.
Decía un profesor mío que solo hay dos tipos de enfermedades: las funcionales y las orgánicas. Cuando discuto con una persona a la que aprecio de corazón, siempre percibo ambas: La inconsolable tristeza que me envuelve (que debe ser funcional) , y ese dolor lacerante y profundo que percibo en cada centímetro de mi cuerpo, y que estoy seguro que es una enfermedad orgánica: Es una erosión en el alma.
Y con ambas debo vivir. Y no es fácil curarlas. De hecho, no se curan. Siempre dejan secuelas
En sus ímprobos esfuerzos por introducir en mi encéfalo idiomático-senil algún verbo de cierta utilidad práctica, probó a explicarme la diferencia entre el verbo "to arguee" y el verbo "to discuss"
En mi carabanchelera lógica (siempre de la zona más noble, pegado al Parque de la Arganzuela, que aún hay clases), eso de to arguee suena a "argumentar", y eso toda persona que no se dedique a circular por el lado contrario de la calzada, lo entiende como un intercambio sosegado y civilizado de opiniones.
Fíjate tú que estos catetos de "Guayomini" van y dicen que no. Que "to arguee" es lo que nosotros entendemos con el término verbal "to cabrearse" en el diccionario español-raro raro-español.Usease que para describir en inglish un cabreo en toda regla, con proyección de partículas voluminosas p.ej., en realidad debemos utilizar el término de juegos florales "to arguee"
Una buena pelea tiene evidentes efectos positivos, como son la descarga de adrenalina, la estimulación de los músculos periorbitarios, la tensión de las cuerdas vocales, la evocación mental de todos los recuerdos (por supuesto negativos), y una estupenda puesta al día de conocimientos aritméticos (las plantadas que me hicieste en 1979 menos el novio que te robé en la facultad, se anulan. Pero como luego me hiciste un regalo de mierda en mi cumpleaños, pues te debo dos putadas del 15. Vale, pues si no tenías pasta para más, te sigo debiendo un faenón de primer nivel y te robo dos jerseys)
Puede aportar maravillosos finales felices (pero cómo vamos a discutir tú y yo de dinero con lo grandes amigos que somos, pero ya me puedes dar la tela que la necesito para los libros de los niños), que siempre se ven corroborados o matizados por la expresión de tu interlocutor.
Lo que me parece que bordea el surrealismo es cabrearse por internet, puesto que no te aporta ninguna de las ventajas anteriormente descritas. No le vas a berrear al teclado, lo máximo aporrearlo. Tampoco se estimulan los músculos faciales, porque si no te los va a ver nadie, para que. Es verdad que hay gente que escribe lo que no se atreve a decir en la cara. O como decía Chesterton escribe para dejar claro que tiene razón ("Ningún hombre debería escribir a no ser que estuviese convencido de que él está en posesión de la verdad y otro hombre está en el error")
Quizá sea esto último lo que ocurre en las discusiones por internet. Que podemos dejar claro que tenemos razón de una forma sencilla, barata, ahorrándonos letras, acentos y todos los signos de puntuación. Quiza sea éste su éxito.
Lo que no te evita internet es la mezcla de impotencia , desolación, frustración y error que se produce cuando discutes con alguien que te importa de verdad. Porque el resultado de la discusión siempre es una derrota.
Decía un profesor mío que solo hay dos tipos de enfermedades: las funcionales y las orgánicas. Cuando discuto con una persona a la que aprecio de corazón, siempre percibo ambas: La inconsolable tristeza que me envuelve (que debe ser funcional) , y ese dolor lacerante y profundo que percibo en cada centímetro de mi cuerpo, y que estoy seguro que es una enfermedad orgánica: Es una erosión en el alma.
Y con ambas debo vivir. Y no es fácil curarlas. De hecho, no se curan. Siempre dejan secuelas
jueves, 19 de julio de 2012
Un soneto me manda hacer Violante
Es curioso como a uno se le queda grabado a fuego
determinados sucesos, acontecimientos, canciones o poemas que, vistos desde una
perspectiva objetiva, no se pueden considerar trascendentales ni para el curso
de la humanidad ni para el curso escolar o profesional. Simplemente se nos han
quedado adheridos como los bichejos estivales al parabrisas de nuestro encéfalo.
Seguro que todos tenemos nuestros ejemplos: la canción del
Un, Dos, Tres, el anuncio de Marlboro, los libros de Los Cinco,…ninguno de
ellos pasará a la historia de las artes escénicas o conseguirá un Nobel de
literatura. Pero por algún mecanismo subliminal, nos acompañarán asociados a
determinadas vivencias puntuales: Abrir un refresco, sentarnos en una terraza,
aproximarnos a un niño.
En mi caso estos ejemplos son abundantes y en algún caso
sorprendentes, pero si los detallo estaría recibiendo comentarios inmisericordemente
jocosos de mis mal llamados amigos, que en realidad son un hatajo de porteras
harpías (con mis disculpas para el honrado gremio de los trabajadores de fincas
urbanas)
Uno de los menos inconfesables es un soneto que escribió D.
Félix Lope de Vega y Carpio, y que formaba parte del añorado (ahora) Libro de
texto de Anaya de lengua española, creo que de 2º BUP, lo que viene a ser…no
se, algún curso con acrónimos.
Es el famoso soneto de Violante:
Un soneto me manda hacer Violante,
en mi vida me he visto en tal aprieto;
catorce versos dicen que es soneto:
burla burlando van los tres delante…
en mi vida me he visto en tal aprieto;
catorce versos dicen que es soneto:
burla burlando van los tres delante…
Desde luego, una obra maestra de la lírica, fijo que no es.
Un maravilloso poema de amor, pues como no sea al ego de Violante, tampoco. Un
paradigma del ecologismo, no parece. En fin, desde luego hay escritos bastante más
profundos que éste, y mucho más hermosos.
Pero esa primera estrofa me ha acompañado desde jovencito.
No se porqué. Es un soneto por encargo, de hecho. Es decir, muy probablemente
lo escribió para comer (en aquella época no había Euribor), pero ha conseguido
que 448 años después (como el chiste, mis 48 y unos 400) Violante y su soneto
sirvan de excusa para escribir unos parrafillos.
Como os decía, el soneto tenía finalidad meramente
alimenticia, pero quizá a Lope le pase como a mí, que al escribir algunas líneas “por encargo”, detectes que se apodera de ti una
sensación de paz interior, de cumplimiento de objetivos, de relajación y
sosiego que pudieran ser confundidas con otro tipo de deleites más corporales.
No es el caso, en absoluto, como decía Sabina, “no soy dado a tales excesos, así
que escribí”
Toda esta parrafada anterior, en realidad surge ayer al
comentar en el trabajo (al abrigo de un nespresso y un heladito, todo hay que
decirlo), la curiosidad y la dificultad que entraña escribir un haiku, esos
poemillas japoneses de tres líneas, que datan del siglo VIII, pero que merced a
vaya vd. a saber, se están haciendo muy populares.
Me parece realmente complejo escribirlo, y la métrica es un
poco limitada. Pero el animal (jubilado) competitivo que llevo dentro, me ha
hecho platearme no solo escribir un haiku, sino acompañarlo con esa parte de mi
infancia que desearía no haber olvidado, y que pretendo evocar con un soneto.
Eso quiere decir que paro aquí mismo el escrito, y considerando
mi gran capacidad imaginativa y para la rima, cabe la posibilidad de que os lo
muestre para San Antonio (de 2013 , obviamente)
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