Fue en la primera clase. Así, sin anestésicos ni sedantes. Curso de Community Manager. El profe dijo " los blogs deben tener contenidos de valor para que sean atractivos para el público "
Confieso que sentí un latigazo que me despertó de forma abrupta, como cuando has trasnochado y el despertador te recuerda tus obligaciones. La duda me asaltó inmediatamente: ¿Mi blog aporta contenidos de valor?
Mientras reflexionaba este extremo, iba aportando explicaciones, justificaciones o simples excusas para el hipotético caso de que la respuesta a la pregunta fuese un "no" rotundo.
La primera de ellas es que al fin y al cabo no escribo para los lectores, escribo para mí. Y por tanto, a mí si que me aporta un contenido de valor, la autosatisfacción. Claro que si lo que redacto no es bueno, entonces no estoy nada autosatisfecho. Y encima soy egoista. Y falso como un billete de tres euros. Si no quiero que me lean no escribo un blog, escribo un word y lo guardo en mi disco duro.
La siguiente excusa, considerando que el orden es de mayor a menor fortaleza, es que escribo cosas, reflexiones, absolutamente personales y de temas generales. Y los lectores son cada uno de su padre y de su madre. Y de países y continentes variados. ¿Cómo puedo pensar en aportar valor a tanta gente y tan heterogénea? Si al menos preparase textos o comentarios de una materia concreta, podría ser más sencillo. Y si me esforzase, podría parecer que entiendo de algún tema. Con fijarse en los de las tertulias es suficiente. Igual hablan de la prima de riesgo que de la ley del aborto o la autodeterminación de El Bierzo.
Esta no es de las peores, pensé. Hay algo de razón. Si al menos supiera porqué hay gente que sigue mi blog, me haría una idea. Me da que en el curso me van a explicar que esto no puede ser ciencia ficción, que hay métodos para averiguarlo. Prometo enterarme.
Y así, poco a poco llegué a la conclusión de que en efecto, quizás no aportaba contenidos de valor. Pensé en adjuntar videos, fotografías, enlaces. Incluso en declamar mis textos, editarlo, crear un videoblog. Todo me parece bien, son formas de expresar las ideas, de hacer llegar a los demás todo aquello que quieres decir y que crees que puede interesar.
Lo que tengo cristalino es que mi blog puede no aportar contenidos de valor, no podría jurarlo. Pero no es menos cierto que necesito mucho valor para escribrirlo. No es fácil exponerse a la crítica de desconocidos, pero mucho menos a la de los conocidos, especialmente las de las personas que quieres.
Obviamente es más sencillo encajar una crítica profesional, un punto de vista distinto o matizado sobre algo a lo que te dedicas. Incluso sobre aficiones o intereses. Si te gustan las motos de carretera, escribes sobre ellas y alguien te dice que prefiere las de campo, no te afecta en exceso. Hay tantos gustos como personas. Excepto en la música. Ahí, ni una broma. La música empieza con Love Me Do en The Cavern de Liverpool y acaba en la terraza azotea de los Apple Corps en Londres, con un poco premonitorio Get Back. Todo los demás son versiones más o menos afortunadas. Quizá exagere una chispa. Hay un tal Mozart que no era malo del todo.
Estas consideraciones me han obligado a reflexionar seriamente sobre el enfoque de este blog. Quizá debería abrirlo al mundo, llegar a más personas, utilizando las enormes posibilidades de las que voy teniendo conocimiento a través de este curso.
Lo que pasa es que si ahora mismo ya me planteo que pueda tener una vena narcisista o exhibicionista, si me dedico a promocionarlo, ya ni os cuento. Y la vergüenza que supone. Es como si la frutería del mercado del barrio, la que tiene los tomates que saben a tomate, se dedicara a venderlos por internet. Vale, que hay muchas que lo hacen. Me callo.
Luego está la incomodidad de que la gente te asalte por la calle al reconocerte como ese autor del blog de moda. Que quieran hacerse selfies contigo. Que te pidan retweets o firmas o fotos. Es que no acabo de verlo. Entrevistas, tertulias, actos benéficos por doquier. Debe ser muy molesto.
Quizá podría encontrar un término medio. Dejar al boca a boca que haga su función y que cada uno me siga si le apetece. Claro que eso es lo que estoy haciendo ahora mismo.
Pues lo único que se me ocurre es intentar transmitir cada vez mejor, con mayor riqueza gramatical, sintáctica y semántica. Rebajar el listón de mis vergüenzas y exponerme con mayor riesgo. Escribir con el corazón y con el alma. Y que sea lo que la red quiera.
sábado, 11 de abril de 2015
sábado, 7 de marzo de 2015
La Claúsula Suelo
Yo encuadraría a los Bancos dentro de la Categoría "Existen y los odiamos", a la que podríamos agregar los Impuestos, los Políticos Corruptos, la Merkel y algunos otros más.
Por ejemplo esta misma mañana he agregado a una tal Núria Picas, campeona del mundo de Ultra Trail World Tour, que no sé lo que es pero que suena a muy fatigoso. Esta joven, originaria de Cataluña, afirma que "Visito España y tengo amigos españoles" http://bit.ly/1GsamiU . Yo la he incorporado a la Categoría por razones obvias, aunque con el secreto regocijo de que cada vez que quiera sacar un billete de avión o comprar un libro en Amazon, no va a poder encontrar País=Cataluña o Nacionalidad=Catalana.
Esto de los Bancos, no suele darnos más que disgustos, porque aún en el hipotético caso de que te presten dinero, lo que en sí mismo ya es complicado, luego le tienes que devolver lo prestado y mucho más.
Ya se que esto es una evidencia, que es su negocio, y que es legal. Estoy completamente de acuerdo.Por esa razón, cuando un trabajador de un Banco me sopla que me están aplicando lo de las cláusulas suelo de las hipotecas, y que debería hablar con mi oficina a ver si me mejoran las condiciones, recibo un extraordinario subidón catecolamínico, que me dura justo hasta que leo que existe una sentencia del mes pasado que no solamente les obliga a hacer eso, sino que tienen que devolverte pasta desde 2013. Probablemente este último extremo se le olvidó a este eficiente bancario. Menos mal que a veces leo más cosas que el Marca.
Ya me da pereza pensar en que para que me devuelvan pasta, voy a tener que montar la mundial, buscar todos los documentos, compulsarlos, hacer escritos y probablemente contratar a un letrado. Estoy por esperar que los de Podemos ganen las elecciones, porque ellos fijo que lo arreglan. No se si nacionalizando mi casa, pero que lo arreglan, es más que probable. Lo de Venezuela lo han dejado niquelado. Una democracia modelo.
Afortunadamente, mis habituales devaneos mentales, o lo que modernamente se denomina "mind maps" (en el supuesto caso de que mis procesos mentales pudieran ser representados gráficamente), eliminaron los aspectos financieros de la cláusula suelo y me llevaron a encontrar una cierta utilidad cotidiana a la misma.
Para mi propio asombro, he decidido convertir un concepto tan antipático como ese (y tan oneroso), en una inmejorable herramienta de management personal. Creo que el término en cuestión podría ser un magnífico utensilio de auto-coaching. Perdón por los anglicismos, pero los coloco aquí con una mueca de disgusto e ironía que quizá no sea capaz de reflejar en mi prosa. Imaginaos un emoticón de esos con cara de hastío de este lenguaje pseudocientífico.
He pensado que esto de la claúsula podría ser entendido como la máxima profundidad a la que uno puede caer cuando se encuentra abatido, molesto, deprimido o cabreado. Es decir, que si uno está más que harto de su jefe, por poner un ejemplo, se puede autopermitir un grado de caída a los infiernos, de nivel máximo 6/10. Bueno, para algunos jefes, quizá algo más. Caso de intentar seguir descendiendo, se desarrollaría una alarma interior, que probablemente podría gestionarse con algún app de esos.
Fijaos la enorme utilidad práctica: Uno intenta caer en picado, pero la claúsula suelo se lo impide. Sólo le deja caer una chispa. Vamos, la cantidad de líos que te puedes evitar es incontable. ¿Y qué me decís de la depresión? Pues que solo te puedes deprimir hasta la claúsula. Ni un poquito más.
Es fantástico. Barato, eficaz y completamente respaldado por las mejores Universidades de la Historia. ¿Que no? Séneca decía "la ira es el precipicio del alma, la peor de las
pasiones". Y sentenció: "la ira
es para el alma un instrumento tan inútil como el soldado que no
obedece a la señal de retirada"
Por tanto, Séneca está a favor de la Cláusula Suelo. Quiero decir que lo hubiera estado. Seguro. Y Schopenauer decía que "la cólera no nos permite saber lo que hacemos y menos aún lo que decimos" O sea, otro a favor.
Para ser justos, insignes maestros como Marco Tulio Cicerón, adoptan posiciones más matizadas, defendiendo la ira como una clara manifestación de sinceridad: "Somos más sinceros cuando estamos iracundos que cuando estamos tranquilos" Seguramente tiene razón. Pero eso equipararía a la sinceridad como algo positivo y deseable.
Lógicamente estoy en un completo desacuerdo con Cicerón, sólo en este caso. ¿Quién puede creer hoy en día que la sinceridad es algo deseable?¿Qué puede tener de positivo que alguien manifieste sus opiniones sinceras? Desde luego, no es mi caso. Para mí, es completamente deseable que las opiniones manifestadas por terceros sean absolutamente coincidentes con las mías. Es posible que evite un debate enriquecedor para ambas partes, pero yo no recuerdo haber cambiado de opinión por el hecho de que alguien me haya convencido. Tampoco tengo claro que haya podido convencer a nadie. Claro que es perfectamente posible que haya sucedido, pero probablemente ha sido por agotamiento más que por sinceridad. Tampoco creo que eso sea tan importante. Llegados a ciertas edades, nadie cambia. Ni de opinión.
Por tanto, siguiendo el esquema Hegeliano habitual (Tesis-Antítesis-Síntesis), la tesis es mía, y sería que deberíamos tener una especie de barrera que nos impidiera caer demasiado bajo. La Antítesis la defendería Cicerón y su loa a la sinceridad, y la Síntesis ya la hago yo: que tengo razón. Como de costumbre.
miércoles, 24 de diciembre de 2014
Wiwichu 2014
A pesar de que se trata de un escrito navideño en toda su pureza, no tengo intención de aburriros mucho más con mi reconocida Christmas-Filia, de la que ya he hablado en multitud de ocasiones. He reconocido sin pudor alguno que me gusta la Navidad, que disfruto enormemente de estas fechas y que mi espíritu no puede ser más afable y generoso. Por supuesto hasta Epifanía del Señor. Una vez que se marchen SSMM y sus vehículos mono-joroba, ya no respondo.
Y todo esto a pesar de que hay pequeños detalles que me irritan temporalmente, pero a los que estoy sobreviviendo con esta levitación emocional a la que me acojo estos días.
Por ejemplo, la ausencia de christmas-celulosa y la proliferación de christmas-gift. Si es que no es lo mismo. A mí, que me ha tocado escribir unos cuantos cienes, con la correspondiente tendinitis, me gustaba muchísimo establecer categorías subliminales entre los receptores.
Los amigos: Caligrafía generosa, ininteligible. La mía de toda la vida. Con todas las recetas a su espalda, con millones de páginas de apuntes. O sea irradiando antoniadis desde el corazón, desde los músculos, los tendones y el alma. Con mensajes personales, con bromas particulares. Arriesgados, porque los amigos nos lo perdonamos todo
Los aspirantes a clientes: Mayúsculas. Formalidad. Mensaje estandarizado. Que se vea que somos gente seria. Nada de bromas, ni riesgos. Nada de fútbol ni de mujeres ni obviamente de política. Rápidos pero insulsos.
Los clientes: Cálidos. Agradecidos. Pelotas, con falsa camaradería. Con deseos de continuar muchos años más (Normal: más años, más beneficios)
En cambio, actualmente se reciben christmas por email, por whatsapp, por MMS. Memos, fotografías, poster, todos ellos creados por personas ajenas a nosotros y con una gran cantidad de tiempo libre, por lo que se ve. Es decir, que solo transmitimos en boca de otros. Usurpamos emociones de otros, o al menos existe una sospechosa coincidencia entre las suyas y las nuestras.
Es verdad que no todos tenemos esa capacidad para encontrar esa graciosa combinación de imágenes y lemas o eslogans. No es fácil . Pero desde luego, prefiero la imperfección de un amigo a la precisión de un desconocido.
También me ha fastidiado observar en la Plaza Mayor y aledaños, la presencia de elementos o iconos que no tienen ninguna relación con la Navidad. Simpsons, Spidermans, mimos manostijeras, etc. No me parecía mal la presencia de Donalds o Minnies, hasta que ví cómo los entrevistaban por Telemadrid y contestaban con un inequívoco acento sudamericano. Hombre, un poco de rigor. A Donald no se le entiende, por definición, y Minnie no habla. Se gira con un aire coqueta, hace como que se ruboriza, incluso besa a Mickie, pero no habla.Un respeto.
En la propia Plaza Mayor, es decepcionante observar el enorme deterioro a la que ha sido sometido el antaño zoco navideño. Todas las casetas más o menos ordenadas y todas más o menos vendiendo lo mismo, y a los mismos desorbitados precios. Solo un detalle. En la parte superior, donde se iza la persiana que tapa el kiosco, una vez recogida, observé la presencia de un pequeño polipasto, colocado con el fin de evitar esfuerzos al colocar la persiana. Como lo escucháis. Ya no es necesario los palos y la ayuda de 3 personas para izarla. No se dónde vamos a ir a parar.
¿Y qué me decís del cambio de Rey en el Mensaje navideño?. A mí, me descoloca. Escuchar al Rey Juan Carlos, mientras que se va colocando la mesa, es una tradición ancestral que se ha perdido definitivamente. Podían haberle dejado como Rey honorario solo para Navidad. La profundidad del mensaje, su salero y soltura ante las cámaras son insustituibles. Y nos colocan al Rey Felipe, recién llegado, y con ganas de agradar. Dios nos asista.Como diga algo en serio, a ver qué hacemos con los langostinos.
En fin, en esas cosas iba pensando cuando descendía los peldaños de los sótanos de la Plaza de las Descalzas Reales, camino de la tienda de discos usados de La Metralleta. Probablemente hacía 30 años que no iba. Pero en esta ocasión iba acompañado o escoltado, según se mire. Mi hija había manifestado su interés por este ancestral establecimiento, tras un reportaje de TV, y por fin podía acompañarla.
Mis sensaciones fueron poco más menos las mismas de siempre. Deseos de llevarme la tienda entera, emoción ante ese LP de Ramones, ante ese sencillo de Roxy Music, ante ese destartalado vinilo de Siniestro Total. Mi hija se quejó de la extraordinaria abundancia de discos y su imposibilidad de elegir entre todos. Si es que me ha salido rockera. Y papá, paga. Y encantado. estamos en Navidad
Y todo esto a pesar de que hay pequeños detalles que me irritan temporalmente, pero a los que estoy sobreviviendo con esta levitación emocional a la que me acojo estos días.
Por ejemplo, la ausencia de christmas-celulosa y la proliferación de christmas-gift. Si es que no es lo mismo. A mí, que me ha tocado escribir unos cuantos cienes, con la correspondiente tendinitis, me gustaba muchísimo establecer categorías subliminales entre los receptores.
Los amigos: Caligrafía generosa, ininteligible. La mía de toda la vida. Con todas las recetas a su espalda, con millones de páginas de apuntes. O sea irradiando antoniadis desde el corazón, desde los músculos, los tendones y el alma. Con mensajes personales, con bromas particulares. Arriesgados, porque los amigos nos lo perdonamos todo
Los aspirantes a clientes: Mayúsculas. Formalidad. Mensaje estandarizado. Que se vea que somos gente seria. Nada de bromas, ni riesgos. Nada de fútbol ni de mujeres ni obviamente de política. Rápidos pero insulsos.
Los clientes: Cálidos. Agradecidos. Pelotas, con falsa camaradería. Con deseos de continuar muchos años más (Normal: más años, más beneficios)
En cambio, actualmente se reciben christmas por email, por whatsapp, por MMS. Memos, fotografías, poster, todos ellos creados por personas ajenas a nosotros y con una gran cantidad de tiempo libre, por lo que se ve. Es decir, que solo transmitimos en boca de otros. Usurpamos emociones de otros, o al menos existe una sospechosa coincidencia entre las suyas y las nuestras.
Es verdad que no todos tenemos esa capacidad para encontrar esa graciosa combinación de imágenes y lemas o eslogans. No es fácil . Pero desde luego, prefiero la imperfección de un amigo a la precisión de un desconocido.
También me ha fastidiado observar en la Plaza Mayor y aledaños, la presencia de elementos o iconos que no tienen ninguna relación con la Navidad. Simpsons, Spidermans, mimos manostijeras, etc. No me parecía mal la presencia de Donalds o Minnies, hasta que ví cómo los entrevistaban por Telemadrid y contestaban con un inequívoco acento sudamericano. Hombre, un poco de rigor. A Donald no se le entiende, por definición, y Minnie no habla. Se gira con un aire coqueta, hace como que se ruboriza, incluso besa a Mickie, pero no habla.Un respeto.
En la propia Plaza Mayor, es decepcionante observar el enorme deterioro a la que ha sido sometido el antaño zoco navideño. Todas las casetas más o menos ordenadas y todas más o menos vendiendo lo mismo, y a los mismos desorbitados precios. Solo un detalle. En la parte superior, donde se iza la persiana que tapa el kiosco, una vez recogida, observé la presencia de un pequeño polipasto, colocado con el fin de evitar esfuerzos al colocar la persiana. Como lo escucháis. Ya no es necesario los palos y la ayuda de 3 personas para izarla. No se dónde vamos a ir a parar.
¿Y qué me decís del cambio de Rey en el Mensaje navideño?. A mí, me descoloca. Escuchar al Rey Juan Carlos, mientras que se va colocando la mesa, es una tradición ancestral que se ha perdido definitivamente. Podían haberle dejado como Rey honorario solo para Navidad. La profundidad del mensaje, su salero y soltura ante las cámaras son insustituibles. Y nos colocan al Rey Felipe, recién llegado, y con ganas de agradar. Dios nos asista.Como diga algo en serio, a ver qué hacemos con los langostinos.
En fin, en esas cosas iba pensando cuando descendía los peldaños de los sótanos de la Plaza de las Descalzas Reales, camino de la tienda de discos usados de La Metralleta. Probablemente hacía 30 años que no iba. Pero en esta ocasión iba acompañado o escoltado, según se mire. Mi hija había manifestado su interés por este ancestral establecimiento, tras un reportaje de TV, y por fin podía acompañarla.
Mis sensaciones fueron poco más menos las mismas de siempre. Deseos de llevarme la tienda entera, emoción ante ese LP de Ramones, ante ese sencillo de Roxy Music, ante ese destartalado vinilo de Siniestro Total. Mi hija se quejó de la extraordinaria abundancia de discos y su imposibilidad de elegir entre todos. Si es que me ha salido rockera. Y papá, paga. Y encantado. estamos en Navidad
lunes, 8 de diciembre de 2014
Dan las seis (sintonizo a los Stones)
En honor a la verdad, pensaba que el reencuentro con estas letrillas, en este contexto tan público y tan íntimo a la vez, sería muy gratificante, como casi siempre. Pero lo cierto es que he sufrido una pequeña punzada de culpabilidad cuando he descubierto que llevaba dos meses sin ponerme al teclado.
Puedo encontrar múltiples explicaciones o excusas para tan vergonzosa falta, pero seguramente la explicación es más sencilla: No tenía nada que decir o al menos no quería decirlo. Lo cierto es que en el momento presente, no tengo una explicación mejor.
Es verdad que estuve tentado de abandonar la habitual línea editorial de antoniadis9 y expresar mis pensamientos al respecto de la actualidad política (me refiero a la política como apasionante campo de conocimiento y no a la vulgar utilización que de la misma hacen los malos políticos y los aspirante a malos políticos) En concreto iba a proponer la hipótesis de la progresiva helenización de España, basándome en la vergonzosa vulgaridad a la que medios de comunicación, ciudadanos y caraduras profesionales han conseguido hacernos creer que es la actividad política. Es decir, como en Grecia.
Sobre la situación griega, el escritor Petros Markaris ha escrito con mucha mayor soltura, conocimiento, ironíoa y diversión de lo que yo podría hacer en siete siglos, así que no me molesto. Y en cuanto a lo de la hipótesis, pues me da mucha pereza compartir mis puntos de vista, porque todas las conversaciones sobre este tema acaba con la coletilla "todos son unos sinvergüenzas" Y como no me apetece defender a quién no lo merece y no puedo competir con los absurdos debates en los que los periodistas menos capaces y los politicoides menos formados se pelean por quitarse el turno de palabra, pues me abstendré de intentarlo, no sin antes decir que un día puede que toque arremangarse y enfangarse del todo, y ese día puede que no sea tan lejano. Por supuesto, después de Navidad.
Y es que estamos en Navidad, lo que comunico para general conocimiento. Y ya sabéis lo que pasa en estas fechas. Que me vengo arriba de forma inmisericorde. Que me atrevo con todo y todo lo veo estupendamente. Que puedo enfrentarme con hidras de siete cabezas (claro, no hay de otro tipo) con un pelapatatas y sin que se me borre la sonrisa. Que me pueden llevar a la orilla de la Laguna Estigia y simplemente me pego un bañito.
Y no es que este año viniera retorcido ni mustio. Me voy encontrando progresivamente más animado, menos taciturno, más alegre, más bromista. Más yo mismo, tengo que decir. Pero es que veo el arbolito y es como si me hubiesen dado cuerda o me hubiesen colocado las alcalinas AAA de la reconocida marca del conejito.
Así que este año he decidido iniciar los festejos navideños con una recopilación musical, sin villancicos, claro está. Algo así como un grandes éxitos de mi vida, pero en los que no he tenido nada que ver, porque el Altísimo o las fuerzas Big Bang o lo que sea que me hubiese colocado en este mundo, no me ha bendecido con el don de la armonía o la musicalidad. Vamos que tengo una oreja versus la otra.
Pero a veces uno empieza tareas con un propósito concreto, y la cosa acaba como el rosario de la aurora. Recuerdo un pasaje de los Crímenes de la Calle Morgue, de Edgar Allan Poe, en la que uno de los personajes consigue adivinar los pensamientos del otro, estableciendo la cadena de concatenación de los mismos. En mi caso, os aseguro que la cosa fue más sencilla: Caí en la trampa de relacionar cada una de las canciones que seleccionaba con aquellos pasajes de mi vida en los que coincidieron temporalmente. Y la cosa acabó componiendo una especie de Banda Sonora Original.
Y claro, una cosa llevó a la otra, y la recopilación musical acabó en una recopilación vital. Y como la vida, con sus momentos nostálgicos, alegres, tristes, severos, impactantes, significativos, superflúos, hondos y dolorosos.
Por momentos pensaba quién demonios me había mandado meterme en semejante huracán emocional, pero como el único responsable es el único sufridor, pues aparte de la cara de tonto que se te queda, no hay mucho que se pueda hacer. Relajarse y disfrutar. O sufrir.
De aquí viene el título del post. Extraído directamente de la canción de Burning "Una noche sin tí" Que es un pedazo de tema, pero no precisamente la alegría de la huerta. Habla de un tipo que espera y espera la aparición de su amada, y que entretanto encuentra compañía en los Stones y en Eric Burdon, en los viejos blues y en el viejo rock and roll.
Ante semejante tesitura, solo cabía una de estas dos opciones: La primera, abandonarse a los recuerdos y que ellos tomaran los mandos. Esto podría dar lugar a consecuencias irreparables. Uno necesita pensamientos positivos para gobernarse porque los demonios circulan ordenadamente a su alrededor, hasta que te pillan con la guardia baja; Como en el juego de las sillas musicales, que todos circulan armónicamente alrededor de las sillas hasta que cesa la música y los jugadores asaltan los huecos vacíos cuales pirañas del Amazonas.
La segunda alternativa consiste en jugar la estrategia dominante. Este concepto se estudia en teoría de juegos. Yo de eso no tengo ni una alejada idea, pero en mis proximidades cotidianas tengo un experto, y eso ha hecho que pueda al menos deducir que eso de dominante debe ser mejor que dominado. Aunque seguro que algún lector ya se ha imaginado lo que no se pretende. Seriedad.
¿Cuál sería la estrategia dominante? Pues aquella en la que el jugador puede optar por una alternativa beneficiosa para él, independientemente de lo que haga el rival.
Siguiendo la metáfora, mi estrategia dominante sería la siguiente: Utilizo los recuerdos a mi entera conveniencia, seleccionando los más agradables cuando esté más apagado y los más tristes cuando esté más eufórico. Claro que también podría utilizar las mejores evocaciones para los mejores momentos y así prolongar y aumentar los momentos positivos.O los más tristes en los peores momentos para comprender que en peores plazas hemos toreado.
Pues esta será una estrategia dominante, pero me mete en un follón del quince. Pero al fin y al cabo, yo elijo. Que me cueste seleccionar el momento y las condiciones de traer a escena unos u otros recuerdos no quita para que yo soy el que toma la decisión, y ningún diablillo lo va a hacer por mí.
Y como estamos en Navidad, pues me da que los recuerdos tristes se van a quedar sin regalo de Reyes. De momento he vuelto a ver a los mejores amigos, he invertido y he compartido tiempo con ellos, y me ha hecho feliz.
Así que de momento voy ganando por goleada. Es que tengo mucho arsenal.
Puedo encontrar múltiples explicaciones o excusas para tan vergonzosa falta, pero seguramente la explicación es más sencilla: No tenía nada que decir o al menos no quería decirlo. Lo cierto es que en el momento presente, no tengo una explicación mejor.
Es verdad que estuve tentado de abandonar la habitual línea editorial de antoniadis9 y expresar mis pensamientos al respecto de la actualidad política (me refiero a la política como apasionante campo de conocimiento y no a la vulgar utilización que de la misma hacen los malos políticos y los aspirante a malos políticos) En concreto iba a proponer la hipótesis de la progresiva helenización de España, basándome en la vergonzosa vulgaridad a la que medios de comunicación, ciudadanos y caraduras profesionales han conseguido hacernos creer que es la actividad política. Es decir, como en Grecia.
Sobre la situación griega, el escritor Petros Markaris ha escrito con mucha mayor soltura, conocimiento, ironíoa y diversión de lo que yo podría hacer en siete siglos, así que no me molesto. Y en cuanto a lo de la hipótesis, pues me da mucha pereza compartir mis puntos de vista, porque todas las conversaciones sobre este tema acaba con la coletilla "todos son unos sinvergüenzas" Y como no me apetece defender a quién no lo merece y no puedo competir con los absurdos debates en los que los periodistas menos capaces y los politicoides menos formados se pelean por quitarse el turno de palabra, pues me abstendré de intentarlo, no sin antes decir que un día puede que toque arremangarse y enfangarse del todo, y ese día puede que no sea tan lejano. Por supuesto, después de Navidad.
Y es que estamos en Navidad, lo que comunico para general conocimiento. Y ya sabéis lo que pasa en estas fechas. Que me vengo arriba de forma inmisericorde. Que me atrevo con todo y todo lo veo estupendamente. Que puedo enfrentarme con hidras de siete cabezas (claro, no hay de otro tipo) con un pelapatatas y sin que se me borre la sonrisa. Que me pueden llevar a la orilla de la Laguna Estigia y simplemente me pego un bañito.
Y no es que este año viniera retorcido ni mustio. Me voy encontrando progresivamente más animado, menos taciturno, más alegre, más bromista. Más yo mismo, tengo que decir. Pero es que veo el arbolito y es como si me hubiesen dado cuerda o me hubiesen colocado las alcalinas AAA de la reconocida marca del conejito.
Así que este año he decidido iniciar los festejos navideños con una recopilación musical, sin villancicos, claro está. Algo así como un grandes éxitos de mi vida, pero en los que no he tenido nada que ver, porque el Altísimo o las fuerzas Big Bang o lo que sea que me hubiese colocado en este mundo, no me ha bendecido con el don de la armonía o la musicalidad. Vamos que tengo una oreja versus la otra.
Pero a veces uno empieza tareas con un propósito concreto, y la cosa acaba como el rosario de la aurora. Recuerdo un pasaje de los Crímenes de la Calle Morgue, de Edgar Allan Poe, en la que uno de los personajes consigue adivinar los pensamientos del otro, estableciendo la cadena de concatenación de los mismos. En mi caso, os aseguro que la cosa fue más sencilla: Caí en la trampa de relacionar cada una de las canciones que seleccionaba con aquellos pasajes de mi vida en los que coincidieron temporalmente. Y la cosa acabó componiendo una especie de Banda Sonora Original.
Y claro, una cosa llevó a la otra, y la recopilación musical acabó en una recopilación vital. Y como la vida, con sus momentos nostálgicos, alegres, tristes, severos, impactantes, significativos, superflúos, hondos y dolorosos.
Por momentos pensaba quién demonios me había mandado meterme en semejante huracán emocional, pero como el único responsable es el único sufridor, pues aparte de la cara de tonto que se te queda, no hay mucho que se pueda hacer. Relajarse y disfrutar. O sufrir.
De aquí viene el título del post. Extraído directamente de la canción de Burning "Una noche sin tí" Que es un pedazo de tema, pero no precisamente la alegría de la huerta. Habla de un tipo que espera y espera la aparición de su amada, y que entretanto encuentra compañía en los Stones y en Eric Burdon, en los viejos blues y en el viejo rock and roll.
Ante semejante tesitura, solo cabía una de estas dos opciones: La primera, abandonarse a los recuerdos y que ellos tomaran los mandos. Esto podría dar lugar a consecuencias irreparables. Uno necesita pensamientos positivos para gobernarse porque los demonios circulan ordenadamente a su alrededor, hasta que te pillan con la guardia baja; Como en el juego de las sillas musicales, que todos circulan armónicamente alrededor de las sillas hasta que cesa la música y los jugadores asaltan los huecos vacíos cuales pirañas del Amazonas.
La segunda alternativa consiste en jugar la estrategia dominante. Este concepto se estudia en teoría de juegos. Yo de eso no tengo ni una alejada idea, pero en mis proximidades cotidianas tengo un experto, y eso ha hecho que pueda al menos deducir que eso de dominante debe ser mejor que dominado. Aunque seguro que algún lector ya se ha imaginado lo que no se pretende. Seriedad.
¿Cuál sería la estrategia dominante? Pues aquella en la que el jugador puede optar por una alternativa beneficiosa para él, independientemente de lo que haga el rival.
Siguiendo la metáfora, mi estrategia dominante sería la siguiente: Utilizo los recuerdos a mi entera conveniencia, seleccionando los más agradables cuando esté más apagado y los más tristes cuando esté más eufórico. Claro que también podría utilizar las mejores evocaciones para los mejores momentos y así prolongar y aumentar los momentos positivos.O los más tristes en los peores momentos para comprender que en peores plazas hemos toreado.
Pues esta será una estrategia dominante, pero me mete en un follón del quince. Pero al fin y al cabo, yo elijo. Que me cueste seleccionar el momento y las condiciones de traer a escena unos u otros recuerdos no quita para que yo soy el que toma la decisión, y ningún diablillo lo va a hacer por mí.
Y como estamos en Navidad, pues me da que los recuerdos tristes se van a quedar sin regalo de Reyes. De momento he vuelto a ver a los mejores amigos, he invertido y he compartido tiempo con ellos, y me ha hecho feliz.
Así que de momento voy ganando por goleada. Es que tengo mucho arsenal.
lunes, 6 de octubre de 2014
Reencuentro XXV Aniversario (1983-1989)
Aunque nunca he sido un gran aficionado, un gruppie o un frikie de las películas de ciencia ficción, tengo un vago recuerdo de que alguna de ellas planteaba la posibilidad de enfrentar al protagonista con su "yo" pasado o futuro. Como es lógico, no discuto la posibilidad teórica de que los avances científicos puedan colocarnos en todo tipo de diatribas psicológicas, sean más inofensivas o más sádicas. Solo espero de que la ciencia avance mucho en direcciones más benévolas con el ser humano, porque solo de pensar en reencontrarme con mi yo pasado o futuro, se me ponen los pelos como escarpias. Me refiero a los que tenía mi yo pasado, y que seguramente no tendrá mi yo futuro, puesto que en mi yo presente escasean sensiblemente.
Y es muy posible que la ciencia no progrese mucho en esa dirección, porque no hay mucho que sacar por ahí. La gente no quiere verse deteriorada en un futuro, y no creo que quiera observar las diferencias con un pasado, en el que uno siempre se recuerda pletórico, inteligente, guapo y brillante, rebosando energía por los cuatro costados.
Pero hete aquí que en la vida, como en el ajedrez clásico, podemos plantearnos una partida estratégica, planificando aperturas, medio juego y hasta los finales, porque todo está estudiado y escrito, y siempre ha estado a nuestro alcance. Desde el mítico Ajedrez Elemental de Panov, mi libro de cabecera en la infancia y adolescencia, uno podía encontrar la respuesta a cualquier duda o encrucijada ,siempre que no existieran celadas. Ahí se acababa la teoría.
Y aún así, las celadas más astutas e inesperadas podían ser previstas, porque como ya se las habían colado a otros, podías evitar que te cazaran a tí, estando muy atento o habiéndolas estudiado previamente.
Cuando recibí ese email, o no había estudiado (fijo) o no estuve muy atento. Porque me pareció original, fresco, atractivo y juvenil. El hecho de que no recordase al remitente de nada en absoluto no me llamó la atención. Y era todo un datos, hay que reconocerlo. Un aviso claro.
Pero no lo vi. Me dejé llevar por el envoltorio, por los oropeles y neones, sin analizar la esencia, sin darme cuenta de la terrible celada en la que me veía envuelto.
Mi natural pereza, desidia y falta de planificación, pudieron haberme ahorrado el disgusto. Solo tenía que escucharlas. Siempre lo hago, y no me ha ido tan mal. O sí.
Pero como siempre se dice, los accidentes suelen ser multifactoriales; Además de la riqueza estética de la propuesta, la ruptura de mis tradicionales principios de dejarlo todo para última hora o aún más tarde, debió asociarse algún tipo de disturbio neuroquímico categorizado o no. No encuentro explicación alternativa.
El hecho es que la fecha se iba aproximando y yo me iba dejando llevar, sin remar ni pedalear, simplemente contemplando la corriente natural de los acontecimientos, sin pretender abrazarlos ni alterarlos. Solo tolerancia y respeto.
Pero como casi siempre, uno ha de tomar partido, y yo lo hice por la traición. Abandoné mis principios y actué. Hice lo contrario de lo que esperaba de mí mismo. O sea que hice lo de casi siempre, me temo. Me comprometí en el sentido literal y figurado. No había vuelta atrás.
Tenía excusas y de las buenas, de las pata negra. Cansancio de la semana, esfuerzos laborales máximos, permanecer con la familia, etc. Aún pensaba en ello, cómo podía apartarme de esa segura celada con una maniobra elegante y prudente, cuando de repente mi carroza se detuvo ante palacio. Ahí me vino a la memoria ese punto de no retorno, ese momento en el que no existe marcha atrás porque las consecuencias son irreparables.
Según iba avanzando por las escalinatas, una pequeña luz me alumbraba de forma tenue y difusa. No veía carteles ni rótulos ni los neones de la convocatoria. A ver si esto se había desconvocado y podía huir de forma apresurada y justificada.
Pero no.
"Hombre, pero ¿cómo estás?" Primera prueba, primer dardo doloroso y cruel. Alguien me recordaba. Si alguna vez pretendí pasar desapercibido, estaba claro que no iba a aconseguirlo. Balbuceo mutuo casi tan afectuoso, y primera prueba de fuego.
"Pero éste cómo se llamaba? Estaba resignado a quedar de pena con mi interlocutor, en el que reconocía haber tenido una relación cordial aunque no íntima. Finalmente, apareció aquel original nombre en mi mente, y de repente pude respetarle y halagarle con el reconocimiento. No ocurrió exactamente lo mismo con las siguientes apariciones, pero no estaba tan mal, recordaba a una de cada tres personas. Defendible.
Los siguientes minutos los recuerdo como de transición, felicitaciones a la organizadora, loas a la originalidad de la idea, asombros mutuos por reconocernos tan fácilmente y brevísimos intercambios de información profesional.
Desgraciadamente la fase de transición se prolongó de forma ostensible y las conversaciones triviales se iban agotando en intensidad, calidad y sobre todo duración. Cuando aparecía alguien nuevo en la sala, se presentaba una nueva oportunidad de fracaso clamoroso o éxito rotundo, y yo procuré ir alternando con gallardía ambos escenarios.
Afortunadamente, había reconocido en la lista de asistentes a varios de mis amigos y compañeros más próximos; aquellos con los que compartías tristezas, rabias e impotencias, risas, carcajadas y juegos. Y con la prudencia y el respeto que te imponen los años, los 25 años de distancia, de separación, de experiencias terribles, maravillosas y únicas, detectas que sigues pisando terreno firme, que la esencia de tu conexión permanece, y que solo ha pasado el tiempo.
Me sorprendió profundamente la ausencia de sorpresa. Todo sucedió como debía suceder, como en mi fuero interno sabía, de forma natural y espontánea. La prevención, la vergüenza y la ausencia fueron barridas por los recuerdos, el cariño y la esencia.
¿Y qué pasó a continuación? Lo que tenía que pasar. Lo que hubiese ocurrido un día cualquiera de un mes cualquiera de aquellos tardíos 80, a la entrada de clase, a la salida de clase o en medio de clase. Que las coincidencias superaban con creces a las diferencias y que lo vivido conjuntamente se imponía a las experiencias individuales.
Y conjuntamente superamos nuevas pruebas, la exposición pública a nuestra prematura vejez o muy tardía adolescencia, explicando modestamente tus éxitos o dulcificando los fracasos. Reconociendo la máxima de que las personas no cambian, que aquellos a los que apreciabas te daban motivos para haberlo hecho; Los que aborrecías te aclaraban fácilmente porqué. Y los indiferentes debían seguir recibiendo la legislación vigente.
Echamos de menos a muchos, añoramos los "pinchos con mao" y hasta el Ron Tropicana. Nosotros estuvimos con él, y él con nosotros. No se si hubiera venido el primero, lo hubiera organizado, no hubiera ido ni de cachondeo, o se hubiese dejado arrastrar. Todas esas opciones me hubiesen parecido posibles, propias y válidas en él. Y ninguna de ellas me hubiera provocado la más mínima crítica. No pudo ser.
Y el colofón, el fin de fiesta, en el santuario de los cincuentones madrileños. La elección fue accidental pero metafórica. XXV años después volvimos a sentirnos jóvenes, sin rubor alguno, porque nuestra llegada rebajó la media de edad del local, o al menos eso quiero creer.
Finalizamos en un antiguo cine, y vivimos una gran película; Al menos por esa noche, tuvo un final muy digno.
Y es muy posible que la ciencia no progrese mucho en esa dirección, porque no hay mucho que sacar por ahí. La gente no quiere verse deteriorada en un futuro, y no creo que quiera observar las diferencias con un pasado, en el que uno siempre se recuerda pletórico, inteligente, guapo y brillante, rebosando energía por los cuatro costados.
Pero hete aquí que en la vida, como en el ajedrez clásico, podemos plantearnos una partida estratégica, planificando aperturas, medio juego y hasta los finales, porque todo está estudiado y escrito, y siempre ha estado a nuestro alcance. Desde el mítico Ajedrez Elemental de Panov, mi libro de cabecera en la infancia y adolescencia, uno podía encontrar la respuesta a cualquier duda o encrucijada ,siempre que no existieran celadas. Ahí se acababa la teoría.
Y aún así, las celadas más astutas e inesperadas podían ser previstas, porque como ya se las habían colado a otros, podías evitar que te cazaran a tí, estando muy atento o habiéndolas estudiado previamente.
Cuando recibí ese email, o no había estudiado (fijo) o no estuve muy atento. Porque me pareció original, fresco, atractivo y juvenil. El hecho de que no recordase al remitente de nada en absoluto no me llamó la atención. Y era todo un datos, hay que reconocerlo. Un aviso claro.
Pero no lo vi. Me dejé llevar por el envoltorio, por los oropeles y neones, sin analizar la esencia, sin darme cuenta de la terrible celada en la que me veía envuelto.
Mi natural pereza, desidia y falta de planificación, pudieron haberme ahorrado el disgusto. Solo tenía que escucharlas. Siempre lo hago, y no me ha ido tan mal. O sí.
Pero como siempre se dice, los accidentes suelen ser multifactoriales; Además de la riqueza estética de la propuesta, la ruptura de mis tradicionales principios de dejarlo todo para última hora o aún más tarde, debió asociarse algún tipo de disturbio neuroquímico categorizado o no. No encuentro explicación alternativa.
El hecho es que la fecha se iba aproximando y yo me iba dejando llevar, sin remar ni pedalear, simplemente contemplando la corriente natural de los acontecimientos, sin pretender abrazarlos ni alterarlos. Solo tolerancia y respeto.
Pero como casi siempre, uno ha de tomar partido, y yo lo hice por la traición. Abandoné mis principios y actué. Hice lo contrario de lo que esperaba de mí mismo. O sea que hice lo de casi siempre, me temo. Me comprometí en el sentido literal y figurado. No había vuelta atrás.
Tenía excusas y de las buenas, de las pata negra. Cansancio de la semana, esfuerzos laborales máximos, permanecer con la familia, etc. Aún pensaba en ello, cómo podía apartarme de esa segura celada con una maniobra elegante y prudente, cuando de repente mi carroza se detuvo ante palacio. Ahí me vino a la memoria ese punto de no retorno, ese momento en el que no existe marcha atrás porque las consecuencias son irreparables.
Según iba avanzando por las escalinatas, una pequeña luz me alumbraba de forma tenue y difusa. No veía carteles ni rótulos ni los neones de la convocatoria. A ver si esto se había desconvocado y podía huir de forma apresurada y justificada.
Pero no.
"Hombre, pero ¿cómo estás?" Primera prueba, primer dardo doloroso y cruel. Alguien me recordaba. Si alguna vez pretendí pasar desapercibido, estaba claro que no iba a aconseguirlo. Balbuceo mutuo casi tan afectuoso, y primera prueba de fuego.
"Pero éste cómo se llamaba? Estaba resignado a quedar de pena con mi interlocutor, en el que reconocía haber tenido una relación cordial aunque no íntima. Finalmente, apareció aquel original nombre en mi mente, y de repente pude respetarle y halagarle con el reconocimiento. No ocurrió exactamente lo mismo con las siguientes apariciones, pero no estaba tan mal, recordaba a una de cada tres personas. Defendible.
Los siguientes minutos los recuerdo como de transición, felicitaciones a la organizadora, loas a la originalidad de la idea, asombros mutuos por reconocernos tan fácilmente y brevísimos intercambios de información profesional.
Desgraciadamente la fase de transición se prolongó de forma ostensible y las conversaciones triviales se iban agotando en intensidad, calidad y sobre todo duración. Cuando aparecía alguien nuevo en la sala, se presentaba una nueva oportunidad de fracaso clamoroso o éxito rotundo, y yo procuré ir alternando con gallardía ambos escenarios.
Afortunadamente, había reconocido en la lista de asistentes a varios de mis amigos y compañeros más próximos; aquellos con los que compartías tristezas, rabias e impotencias, risas, carcajadas y juegos. Y con la prudencia y el respeto que te imponen los años, los 25 años de distancia, de separación, de experiencias terribles, maravillosas y únicas, detectas que sigues pisando terreno firme, que la esencia de tu conexión permanece, y que solo ha pasado el tiempo.
Me sorprendió profundamente la ausencia de sorpresa. Todo sucedió como debía suceder, como en mi fuero interno sabía, de forma natural y espontánea. La prevención, la vergüenza y la ausencia fueron barridas por los recuerdos, el cariño y la esencia.
¿Y qué pasó a continuación? Lo que tenía que pasar. Lo que hubiese ocurrido un día cualquiera de un mes cualquiera de aquellos tardíos 80, a la entrada de clase, a la salida de clase o en medio de clase. Que las coincidencias superaban con creces a las diferencias y que lo vivido conjuntamente se imponía a las experiencias individuales.
Y conjuntamente superamos nuevas pruebas, la exposición pública a nuestra prematura vejez o muy tardía adolescencia, explicando modestamente tus éxitos o dulcificando los fracasos. Reconociendo la máxima de que las personas no cambian, que aquellos a los que apreciabas te daban motivos para haberlo hecho; Los que aborrecías te aclaraban fácilmente porqué. Y los indiferentes debían seguir recibiendo la legislación vigente.
Echamos de menos a muchos, añoramos los "pinchos con mao" y hasta el Ron Tropicana. Nosotros estuvimos con él, y él con nosotros. No se si hubiera venido el primero, lo hubiera organizado, no hubiera ido ni de cachondeo, o se hubiese dejado arrastrar. Todas esas opciones me hubiesen parecido posibles, propias y válidas en él. Y ninguna de ellas me hubiera provocado la más mínima crítica. No pudo ser.
Y el colofón, el fin de fiesta, en el santuario de los cincuentones madrileños. La elección fue accidental pero metafórica. XXV años después volvimos a sentirnos jóvenes, sin rubor alguno, porque nuestra llegada rebajó la media de edad del local, o al menos eso quiero creer.
Finalizamos en un antiguo cine, y vivimos una gran película; Al menos por esa noche, tuvo un final muy digno.
sábado, 27 de septiembre de 2014
London Calling (and three)
Tras la contradictoria visita al Borough Market, sin llevarme un bocado puesto, en parte por la hora y en parte por las pounds, decidí regresar sobre mis pasos para admirar la Catedral de Southwark, de cuya existencia no tenía ni la más remota idea. En el camino, pude admirar un edificio maravillosamente destruido, el Winchester Palace, cuya ubicación, en una pequeña callejuela lo hace pasar absolutamente desapercibido para el gran público, o sencillamente es que ya lo han visto todos los días y no les impacta como a mí.
Se trata de un edificio que data del siglo XIII, y que fue destruido por el fuego en 1800. Por lo que he podido averiguar posteriormente, se trata de un Palacio que perteneció al Obispo de Winchester y que en su interior tenía pista de tenis, bolera, horno de repostería y unos cuantos extras.
Posteriormente, hacia Southwalk Cathedral. La primera sorpresa es que el amplio patio correspondiente a su entrada principal, se encontraba tomado al asalto por una heterogénea miríada de jóvenes de todas las procedencias y razas, devorando los habituales kit de comida rápida.
Este hecho me causó una potente diatriba: ¿Se trata de una irreverencia extraordinaria o del acercamiento de la religión a los jóvenes? En fin, como eran muchos, opté por introducirme en aquella fabulosa construcción, de un impecable estilo gótico, adquirido probablemente en su reconstrucción del siglo XIII, aunque parece que su origen real puede datarse en el siglo XI, durante el reinado del normando Guillermo I el Conquistador.
La Nave Central es verdaderamente espectacular , con un pasillo central envuelto literalmente en el escaso espacio que dejan entre sí las dos masas laterales, en las que destacan espectaculares vidrieras.
Me costó trabajo abandonar el entorno. Mientras paseaba por los pasillos laterales, percibía una especie de supervisión divina que parecía emanar de las graníticas piezas que formaban las naves. Una extraña mezcla de reflexión y temor me acompañaban mientras me dirigía a la salida para enfocar el London Bridge.
El new London Bridge se construyó en 1973, mientras que el original, de madera, data de la época romana, hacia eñ 46 d.c. Los romanos rebautizaron como Londinium a una aldea celta, y la construcción del puente tuvo como objeto su conquista.
Desde su actual emplazamiento, es posible visualizar la tétrica majestuisoidad de su predecesor, obra arquitectónica y de ingeniería muy relevante. Aún es posible la visita a su interior, y se pueden apreciar la extraordinaria perfección de su diseño y maquinaria.
Una vez atravesado el puente y ubicado en la orilla norte del Támesis, decidí caminar hasta la Catedral de San Pablo, para disfrutar de su grandeza exterior, y dar la interior como presupuesta, considerando los precios de la entrada.
Es la segunda catedral cristiana en altura, y fue escenario de la boda del Príncipe Carlos y lady Diana Spencer.
fue construida durante los siglos XVII y XVIII, y se encuadra en el estilo barroco inglés.
Se encuentra en una zona muy tranquila de Londres, muy próxima a la City (Ciudad financiera o barrio financiero), y no muy alejada de Trafalgar Square. Decidí pasear hacia la National Gallery, dando un rodeo por Covent Garden, ya que aún no había tenido oportunidad de conocerlo.
Al llegar a Covent Garden me encontré una especie de Mercado de San Miguel, dividido en dos pequeñas calles donde convivían pequeñas tiendas de arquitectura tradicional de la zona, de todo tipo de géneros, y donde la única diferencia entre las grandes firmas y los artesanos radicaba en el letrero exterior.
En los pasillos inferiores, terrazas de estilo europeo, donde milagrosamente podías tomar tranquilamente una cerveza, mientras un artista callejero, de indudable pedigree personal y artístico te entretenía con clase y talento.
Un poco apenado, y casi en piloto automático aparecí en Trafalgar Square, donde esa extraordinaria mezcla de Museo, Centro Comercial y pensión temporal para turistas que es la National Gallery, emitía sus tradicionales cantos de sirena hacia mí, y como siempre, ya que soy hombre fácil, me dejé engatusar aún con la firme promesa de limitarme a las salas de número bajo, es decir, la de las pinturas de 1500 a 1600.
Pero ellos son mucho más listos, y decidieron ampliar la colección con el ala sainsbury, y obras de 1250 a 1500, justo al ladito, por lo que picas de forma inconsciente; Y como me suelo perder a la salida, ya que intento evitar las tiendas, al final acabé como siempre en la sala española (la sala 39), y en la de los impresionistas (43 a 46)
En fin, otras dos horitas de museo, que corroboran mi teorema de que es infinitamente peor Museo que el Prado o L'hermitage, pero que lo organizan de escándalo.
A la salida, y calculando el tiempo para coger el tren en Estación Victoria, decidí bajar en diagonal hacia Buckingham Palace, sin perder de vista la Torre del Parlamento, el famoso Big Beng, pero no pudo ser.
Era la hora del te, y decidí variar la ruta y acercarme hacia Piccadilly Circus y Regent Street. Prometo que estaba decidido, pero fue imposible resistirse a las gangas de ropa deportiva del famoso Lillywhites. Además siempre te encuentras 3 ó 4 dependientes españoles y 300 o 400 compradores españoles. Es muy divertido comprobar cómo algunos hablan inglés aún peor que yo.
Tras las compras reglamentarias, te en Regent Street, acompañado de un pastelito con aspecto de milhojas, que curiosamente se llamaba Thousand leaves cake. y yo pidiéndolo como en el Pictionary.
El paseo hacia Buckingham Palace y St. James Park me empujaba hacia Hyde Park Corner, sus jardines, la gente y los miles de puestecillos, con cervezas, salchichas, gofres, chuches XXL, etc Lo disfruté mientras pude apurar la agenda y después hacia la Estación Victoria, final de mi periplo londinense.
Tren a Gatwick, recogida de niños en aeropuerto y rumbo a Spain.
Todo en un día. Decía Séneca que "La mayor rémora de la vida es la espera del mañana y la pérdida del día de hoy" Yo diría que ese día londinense no lo perdí del todo
Se trata de un edificio que data del siglo XIII, y que fue destruido por el fuego en 1800. Por lo que he podido averiguar posteriormente, se trata de un Palacio que perteneció al Obispo de Winchester y que en su interior tenía pista de tenis, bolera, horno de repostería y unos cuantos extras.
Posteriormente, hacia Southwalk Cathedral. La primera sorpresa es que el amplio patio correspondiente a su entrada principal, se encontraba tomado al asalto por una heterogénea miríada de jóvenes de todas las procedencias y razas, devorando los habituales kit de comida rápida.
Este hecho me causó una potente diatriba: ¿Se trata de una irreverencia extraordinaria o del acercamiento de la religión a los jóvenes? En fin, como eran muchos, opté por introducirme en aquella fabulosa construcción, de un impecable estilo gótico, adquirido probablemente en su reconstrucción del siglo XIII, aunque parece que su origen real puede datarse en el siglo XI, durante el reinado del normando Guillermo I el Conquistador.
La Nave Central es verdaderamente espectacular , con un pasillo central envuelto literalmente en el escaso espacio que dejan entre sí las dos masas laterales, en las que destacan espectaculares vidrieras.
Me costó trabajo abandonar el entorno. Mientras paseaba por los pasillos laterales, percibía una especie de supervisión divina que parecía emanar de las graníticas piezas que formaban las naves. Una extraña mezcla de reflexión y temor me acompañaban mientras me dirigía a la salida para enfocar el London Bridge.
El new London Bridge se construyó en 1973, mientras que el original, de madera, data de la época romana, hacia eñ 46 d.c. Los romanos rebautizaron como Londinium a una aldea celta, y la construcción del puente tuvo como objeto su conquista.
Desde su actual emplazamiento, es posible visualizar la tétrica majestuisoidad de su predecesor, obra arquitectónica y de ingeniería muy relevante. Aún es posible la visita a su interior, y se pueden apreciar la extraordinaria perfección de su diseño y maquinaria.
Una vez atravesado el puente y ubicado en la orilla norte del Támesis, decidí caminar hasta la Catedral de San Pablo, para disfrutar de su grandeza exterior, y dar la interior como presupuesta, considerando los precios de la entrada.
Es la segunda catedral cristiana en altura, y fue escenario de la boda del Príncipe Carlos y lady Diana Spencer.
fue construida durante los siglos XVII y XVIII, y se encuadra en el estilo barroco inglés.
Se encuentra en una zona muy tranquila de Londres, muy próxima a la City (Ciudad financiera o barrio financiero), y no muy alejada de Trafalgar Square. Decidí pasear hacia la National Gallery, dando un rodeo por Covent Garden, ya que aún no había tenido oportunidad de conocerlo.
Al llegar a Covent Garden me encontré una especie de Mercado de San Miguel, dividido en dos pequeñas calles donde convivían pequeñas tiendas de arquitectura tradicional de la zona, de todo tipo de géneros, y donde la única diferencia entre las grandes firmas y los artesanos radicaba en el letrero exterior.
En los pasillos inferiores, terrazas de estilo europeo, donde milagrosamente podías tomar tranquilamente una cerveza, mientras un artista callejero, de indudable pedigree personal y artístico te entretenía con clase y talento.
Un poco apenado, y casi en piloto automático aparecí en Trafalgar Square, donde esa extraordinaria mezcla de Museo, Centro Comercial y pensión temporal para turistas que es la National Gallery, emitía sus tradicionales cantos de sirena hacia mí, y como siempre, ya que soy hombre fácil, me dejé engatusar aún con la firme promesa de limitarme a las salas de número bajo, es decir, la de las pinturas de 1500 a 1600.
Pero ellos son mucho más listos, y decidieron ampliar la colección con el ala sainsbury, y obras de 1250 a 1500, justo al ladito, por lo que picas de forma inconsciente; Y como me suelo perder a la salida, ya que intento evitar las tiendas, al final acabé como siempre en la sala española (la sala 39), y en la de los impresionistas (43 a 46)
En fin, otras dos horitas de museo, que corroboran mi teorema de que es infinitamente peor Museo que el Prado o L'hermitage, pero que lo organizan de escándalo.
A la salida, y calculando el tiempo para coger el tren en Estación Victoria, decidí bajar en diagonal hacia Buckingham Palace, sin perder de vista la Torre del Parlamento, el famoso Big Beng, pero no pudo ser.
Era la hora del te, y decidí variar la ruta y acercarme hacia Piccadilly Circus y Regent Street. Prometo que estaba decidido, pero fue imposible resistirse a las gangas de ropa deportiva del famoso Lillywhites. Además siempre te encuentras 3 ó 4 dependientes españoles y 300 o 400 compradores españoles. Es muy divertido comprobar cómo algunos hablan inglés aún peor que yo.
Tras las compras reglamentarias, te en Regent Street, acompañado de un pastelito con aspecto de milhojas, que curiosamente se llamaba Thousand leaves cake. y yo pidiéndolo como en el Pictionary.
El paseo hacia Buckingham Palace y St. James Park me empujaba hacia Hyde Park Corner, sus jardines, la gente y los miles de puestecillos, con cervezas, salchichas, gofres, chuches XXL, etc Lo disfruté mientras pude apurar la agenda y después hacia la Estación Victoria, final de mi periplo londinense.
Tren a Gatwick, recogida de niños en aeropuerto y rumbo a Spain.
Todo en un día. Decía Séneca que "La mayor rémora de la vida es la espera del mañana y la pérdida del día de hoy" Yo diría que ese día londinense no lo perdí del todo
domingo, 24 de agosto de 2014
London Calling (part two)
Llevaba muchas semanas pensando lo que haría cuando pudiese disfrutar de ese día libre londinense. Podría decirse que el plan estaba bien fundamentado y su ejecución no era extremadamente complicada. Claro que para no faltar a la costumbre, la vida en sí misma o los pequeños eslabones de acontecimientos y circunstancias que la conforman, se fueron engarzando poco a poco para conseguir que ese día, que tan bien planificado estaba, se fuese complicando, no tanto en la agenda sino en el ánimo y en la atención.
Y lo que podría haber sido el día del turista liberado, se convirtió en un paseo triste y errático, porque mi alma y yo nos encontrábamos en otro escenario, en otra atmósfera vital a años luz de allí, con el ánimo encogido y rebosante de responsabilidad, confiado y angustiado a la vez. Porque ya no creo lo suficiente en la justicia de la vida ni en la congruencia de los actos, ni mucho menos en la fortuna, por azar entendida.
La verdad es que ya solo creo en ciertos acontecimientos cotidianos, sencillos, básicos, estructurales podría decirse. Unicamente creo en los cimientos, dudo de las paredes y desconfío totalmente de los tabiques, ventanas y demás vías de escape más o menos oficiales.
Acepto las gateras, porque no te engañan, sabes que toda la carga no puede pasar por un orificio tan estrecho. Al menos lo estás intentando. De acuerdo, sin éxito, porque no puede tenerlo. Pero en esos momentos te sientes liberado, solo durante el tiempo que dura la intención. No es poco. No parece poco al que sufre la presión de la vida.
Finalmente, esa visita a Londres, tan confusa y solitaria, bien pudo suponer una válvula de escape improvisada a tanta estenosis reflexiva. Y así hubo que enfocarlo. No había otra forma; Pensé en mantener la ruta prevista, sin ilusión, sin entusiasmo, pero con resignación pragmática.
Había que estar, por tanto; lo único sensato que cabía proponer era desplazar temporalmente los sentimientos, como esos diques que los niños construyen en la playa, con diminutas palas y rastrillos. Sabes que aguantarán la primera ola si no es muy grande, pero en breve se producirá la progresiva disolución o lo que es peor, la inundación completa. Pero entretanto, aportan cierto grado de pasajera esperanza.
De un modo inconsciente, decidí iniciar el recorrido visitando la Tate Modern, en la orilla sur del Támesis, a corta distancia del London Eye. Se trata de un barrio en reconversión, donde los grandes edificios de oficinas conviven en desconcertante armonía con impersonales construcciones suburbiales, de caduco destino. La orilla intemporal del río adquiere un ¿involuntario? aspecto parisino, encontrando estatuas vivientes, magos, vendedores callejeros, retratistas y hasta flores.
La propia Tate recuerda al Pompidou de Paris, rebosa el espacio y fluye la luz. Los niños juegan en sus galerías, ajenos a la pomposidad y protocolo museístico. Se trata de un Museo atípico, o a mí siempre me lo ha parecido. Atípico es lo que se me ocurre a vuelapluma. Extravagante o exótico podrían ser términos afeados por los entendidos, entre los cuales no deben buscarme.
De hecho, esa...fuente de contrastes es la razón de que mi primera parada fuese allí. Sabía que en su interior encontraría la calma, en sus extraordinarias vistas desde la sexta planta. La admiración infinita, en los cuadros de Kandinsky y Picasso. Y la hilaridad extrema en algunas de las piezas exhibidas en la segunda planta. Yo creo que la concepción de arte que tenemos los ignorantes y la que tienen los expertos puede ser asemejada a la que tienen los críticos de cine que premian a las películas iraníes que ninguno de nosotros, nuestros amigos, familia y ni siquiera los del Facebook, iríamos a ver ni gratis.
La obra estrella de ese sector de la exposición la conforman la yuxtaposición en el eje de abscisas de una estructura de chapa compuesta por diversas subestructuras tubulares, en lo que el autor/a probablemente consideraría como una metáfora vital de nuestra visión poligonal de la vida; A mí personalmente me pareció un fancoil de aire acondicionado de los de toda la vida, eso sí impecablemente alineado con la horizontal del suelo.
También destaca por su originalidad una columna policromática de estructura hormigonada con recubrimiento de escayola, en donde se engarzan sabiamente un pie de lámpara y una zapatilla de running, cuyo tallaje no pude determinar correctamente, en parte porque la posición de la zapatilla lo dificultaba, en parte porque el tallaje británico aún no lo domino. Incuestionablemente, el conjunto escultórico en cuestión representaba una crítica social extraordinaria a nuestra actual way of life. No cabe duda: El hormigón representa a las ciudades modernas, el pie de lámpara es una alegoría de nuestro sedentarismo de salón y la zapatilla viene a ser una descarnada reprobación de la sociedad capitalista.
Como el lector podrá imaginar, cuando uno observa estas obras maestras, espera contemplar a su alrededor algún tipo de sonrisa de complicidad con el resto de los espectadores, una especie de lenguaje no verbal que transmita la mutua incredulidad ante el hecho de que algunos metros cuadrados (o inches cuadradas) del museo vengan a estar ocupadas por elementos que podríamos encontrar fácilmente en el punto limpio de cualquier ciudad española. Lamentablemente, esto no ocurrió. La gente avanzaba estoica entre las obras expuestas, con rictus serio y concentrado. Yo creo que estos ingleses no solo son educados hasta la médula, deben tener un termostato natural que regule las emociones de todo tipo. Como no había ningún latino alrededor, no pude comprobar esta teoría. Un italiano no aguanta sin descojonarse la visión de la escultura de la zapatilla. Fijo.
Obviamente mucho más relajado me dirigí en dirección este, siempre a lo largo de la orilla sur hacia Borough Market, contemplando de fondo el imponente y sobrecogedor London Bridge. Ya había tenido oportunidad de verlo interiormente en otra ocasión, lo que no quita para que impresione incluso más en la distancia.
La llegada a Borough Market, una zona situada bajo los arcos del tren, supone un cierto contraste entre el Londres moderno, financiero, severo e impersonal y el Londres decimonónico, Dickensiano, triste y oscuro en el que los mercados venían a ser un punto de encuentro entre la necesidad, la pillería, la desgracia y la opulencia.
En Borough Market ya no encontramos la respuesta a la necesidad diaria, que puede ser satisfecha en Sainsburyś, en Marks and Spencer o en cualquier mini colmado atendido por dependientes multirraciales en permanente expresión de fastidio. En su sección gourmet podemos encontrar cualquier tipo de alimento, desde los más calóricos dulces a las más seleccionadas hortalizas, a precios coherentes a su excelencia.Se trata más bien de esa compra especial, ese detalle con el que nos obsequiamos tras una dura semana de trabajo; O la excusa que utilizamos para ser absueltos de nuestros pecados veniales por nuestro compañero de trabajo o nuestra pareja.
En poco más de 20 metros, el escenario es idéntico en continente, pero muy diferente en contenido. Decenas de ejecutivos o menos ejecutivos disfrutan de cuatro ondas de Ultravioleta que pasaban por allí, pero que ellos celebran como si fuera La Carihuela o Benidorm. No deja de sorprenderme esa costumbre británica de comer en la calle con recipientes de plástico o cartón, aunque sobre la marcha reflexiono que en Madrid ya no es tan raro. Cierto que en Borough puedes elegir entre todo tipo de comidas, a cual menos apetitosa. Me abalanzo sobre un bar de tapas, como si fuese un oasis sahariano, cuando observo el precio del equivalente al pincho de tortilla y me doy media vuelta. Y en pounds.
(continuará)
En poco más de 20 metros, el escenario es idéntico en continente, pero muy diferente en contenido. Decenas de ejecutivos o menos ejecutivos disfrutan de cuatro ondas de Ultravioleta que pasaban por allí, pero que ellos celebran como si fuera La Carihuela o Benidorm. No deja de sorprenderme esa costumbre británica de comer en la calle con recipientes de plástico o cartón, aunque sobre la marcha reflexiono que en Madrid ya no es tan raro. Cierto que en Borough puedes elegir entre todo tipo de comidas, a cual menos apetitosa. Me abalanzo sobre un bar de tapas, como si fuese un oasis sahariano, cuando observo el precio del equivalente al pincho de tortilla y me doy media vuelta. Y en pounds.
(continuará)
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