jueves, 13 de junio de 2013

Del material en que se forjan los sueños

Mario Benedetti: Una parte importante de un cuento es el título: lo ilumina

Creo que era Oscar Wilde el que decía que para escribir solo eran necesario dos cosas: tener algo que decir y decirlo. Me gustaría añadir sin enmendar la plana al maestro, que además de lo anteriormente expuesto, es necesario perder el pudor y el sentido del ridículo, como he comentado en otras ocasiones. Y eso a veces es más complicado que lo otro. Posiblemente todos tenemos algo que decir, o que sentir, o que dibujar y es probable que muchos sepan hacerlo.
A veces, la barrera entre ser potencialmente capaz de escribir y hacerlo, es simplemente la ausencia del estímulo adecuado. Yo mismo, sin ir más lejos, escribo porque me relaja y me acerca a buenos amigos. También escribo porque soy vanidoso y me gusta verme capaz de hacerlo. También porque es una forma de recordar momentos de mi vida. A lo tonto, a lo tonto,  esta es la entrada nº 29  desde que sentí la iluminación creadora tras la sugerencia/orden de mi hijo Pablo, con homenaje/crítica a Proust y sus magdalenas de por medio (entrada nº 1) http://antoniadis9.blogspot.com/2012/02/proust-las-madalenas-y-la-metafora-de.html
Reconozco que en muchas ocasiones he sentido verdadera necesidad de sentarme al teclado y soltar lo que me quemaba por dentro, para sofocar el fuego creador en el punto final. Otras veces me parecía que  desatendía a las legiones de fans, y corrí a estrujarme las meninges para extraer un producto digno.
En alguna ocasión, como hoy, algo que he leído o escuchado me ha proporcionado la guía que necesitaba para iluminar el recorrido hasta la mesa cristalometaloide a la que castigo con cada pulsación.
Me imagino que a todos vosotros os habrá pasado en alguna ocasión que un conocimiento que pensabais estaba debidamente anclado a algún lóbulo cerebral, decide tener vida propia y esconderse cuando uno no es que lo necesite, pero lo echa de menos para alguna pequeña apuesta que tiene con algún incrédulo, o como en este caso, conmigo mismo.
Me enojo enormemente con la propia persona de un servidor cuando se me olvida la capital de Swazilandia ( en realidad son dos,  Mbabane, sede administrativa y Lobamba, sede legislativa y real. De Lobamba, lógicamente me acordaba bien, pero olvidé el nombre de Mbabane. Imperdonable) Y mucho más si se me olvida el cuarteto de K-4 medalla de plata en Montreal, que cualquier aficionadillo al deporte sabe eran Celorrio, Díaz Flor, Herminio Menéndez y Ramos Misioné) Supongo que comprenderéis como una reacción de cualquier persona con un mínimo de sangre en las venas, abalanzarse ipso-facto sobre las enciclopedias más próximas en 500 m. a la redonda para refrescar el dato y tirarse de los pelos cuando lo encuentras.
Pues una de estas tiene que ver con Bogart: No recordaba si la mítica frase que pronuncia Sam Spade, el personaje del detective que encarna Humphrey Bogart, y que da título a la entrada de hoy, figuraba en la novela original en la que se basa la película o es un añadido del Director de la cinta, John Houston.
No lo encontré en el libro original de Dashiell Hammett, y por lo tanto deduje que era una "morcilla" de Houston, pero la duda seguía en mi ánimo ¿y si era un problema de traducción?
Así que vuelta a la investigación y finalmente encuentro la respuesta: la frase no es del libro de Hammett, sino de la última obra de Shakespeare, "La Tempestad"
En condiciones normales (de una persona normal quiero decir, lo que obviamente no es mi caso; si hasta hoy no estaba claro, a partir de esta entrada, pocas dudas quedan) aquí se acaba la investigación, este asunto no se le comenta a nadie por razones obvias, y listo de papeles. Dadas las circunstancias es decir, que estoy chiflado, pues intento localizar la obra de Shakespeare y leerla, con un par.
Afortunadamente, todo tiene un límite, y el mío llegó cuando leí el argumento, y me pareció que sería de Shakespeare, pero puestos a hacerle homenaje a la película, casi que prefería a Hammett, como cualquier persona de a pie. Será un sacrilegio, pero dónde va a parar. No es que vaya a cuestionar la calidad literaria de Shakespeare, entre otras cosas porque nadie me haría ni caso, sino que en la vida a veces hay que homenajearse a uno mismo antes que a otro, y yo me lo paso mucho mejor leyendo a Hammett, como otros prefieren el Sálvame de Luxe al National Geographic. Aquí se me ha ido la mano, probablemente.
Y todo esto venía por el título de la entrada, "Del material en que se forjan los sueños" Y pensaba yo que no se qué material será ese, pero el de los míos, otra cosa no será pero duradero, un rato. Mis sueños son tan perennes como yo llegue a serlo, y eso no es más que una inferencia estadística. Si hasta la fecha de hoy tengo los mismos de siempre y yo soy el mismo de siempre, pues eso va a querer decir que seguirán conmigo eternamente.
Ya se que mi hipótesis tiene algunos posibles fallos:

  1. Que puede que mis sueños hayan durado hasta hoy, pero que mañana sean otros
  2. Que mis sueños en realidad no sean los mismos de siempre
  3. Que yo no sea el mismo de siempre
Descartando la primera por mi proverbial tozudez, y la segunda porque no, solo me queda la tercera, donde tengo muchas más dudas. Hombre, desde la época en la que me llamaban por el título del blog, Antoniadis pero sin el 9, y hasta la fecha de hoy, han pasado cosas buenas, malas, regulares y mediopensionistas, que por supuesto han hecho mella en mí, en mi personalidad y en mi comportamiento. Como mi amigo Luis decía hace poco, La experiencia es aquello que adquieres cuando ya no la necesitas. Y nadie puede ser inmune a las experiencias vividas.
Pero aunque yo no sea el mismo, mis sueños siguen siéndolo, de eso no me cabe duda, como tampoco me cabe duda de que los alcanzaré más tarde o más temprano, porque puedo, porque quiero y porque los merezco.
Y como una herramienta básica en la consecución de los mismos, seguiré escribiendo de ellos, porque "Al escribir proyectas un mundo a tu medida" , como decía el novelista Fernández Santos. Yo quiero un mundo que no sea a mi medida , sino a la medida de mis sueños, porque ellos me iluminan y yo los sigo a toda pastilla.



miércoles, 29 de mayo de 2013

Vacaciones en el mar

Jugando una vez más con la equívoca dualidad del título, he de decir que no me refiero (en esta ocasión) a la mítica serie setentera (acojona pensar que la haya visto, y aún más que la recuerde con este detalle) protagonizada por el gran actor Gavin McLeod, o Capitán Merrill Stubing, como probablemente pasará a la historia, a pesar de haber participado en películas tan importantes y conocidas como "El guateque" o la menos conocida pero enormemente entretenida "Operación Pacífico"
En este caso se trata de que unos amigos me han pedido asesoramiento para elegir un crucerito veraniego,  y aquí me encuentro en la necesidad de actualizar mis conocimientos al respecto, considerando que mi última experiencia al respecto es de septiembre de 2011, y dado que voy a tener que explicarles con cierto detalle los pormenores de la cosa marítima, pues he pensado que casi lo escribo para el blog y mato dos pájaros de un tiro: Por un lado cumplo con los lectores, proporcionando una objetiva y pormenorizada descripción de estos viajes, por si alguno se apunta, y por otro que en vez de contárselo a esta buena gente, pues se lo imprimo y me ahorro la perorata.
Como alguno sabéis, mi experiencia con los buques (vamos a ir introduciendo conceptos técnicos), se remonta a 1996, cuando comencé a prestar mis servicios profesionales en una afamada compañía naviera nacional, que me contrató para intentar que alguno de sus trabajadores de flota (porque en un buque de esa época, había de todo, camareros, barman, cocineros,...incluso marineros) tuviera a bien embarcar en algún momento, entre periodo de baja médica y fiestas patronales, cuando les viniese bien hacer un huequecillo. Por aquello de que son marinos y cobraban, más que nada.
Mi debut no pudo ser más afortunado, porque a las 2 horas de ser presentado en la sociedad marineril, me cité a la salida con uno de los sindicalistas más moderados de la sala, como comprobé unos añitos después. Y todo porque me daba la impresión de que igual no era una gran idea que pudiesen beber a bordo cuanto les diese la real gana; también es cierto que en cuanto se veía a uno ligeramente sobrepasado por los efluvios enólicos, se les sancionaba severamente a ir a su camarote a dormirla.
Fue en esa época cuando pude ir captando que lo de la vida a bordo del barco tenía su encanto, y hasta llegué a ser oficialmente médico del buque Juan J. Sister durante una travesía Cádiz-Canarias. Allí me enseñaron que lo que pasa en el barco, allí se queda y nadie lo cuenta, como una regla inamovible y tradicional desde Magallanes por lo menos. Y allí también me informé que en realidad eran un hatajo de trileros, mentirosos y porteras, y cascaban todo lo que pudiera tener un mínimo interés morboso, probablemente porque a Magallanes no parecía que fuera a importarle en exceso.
Claro que de mis periplos laborales en los buques, a la experiencia lúdica cruceril, hay un abismo, se mire como se mire, y puedo decir honradamente que la actual explosión del crucero como lugar de vacaciones es una lógica consecuencia de la transmisión de las excelentes sensaciones con las que uno regresa a puerto tras haber pasado una semanita embarcado.
Se puede decir (sin tener la sensación de estar exagerando en exceso), que es una de las formas cuasi-garantizadas de disfrutar y tener la sensación de estar utilizando correctamente la pasta que te dejas, porque dejártela, te la dejas, que ya se encargan ellos de eso de una forma enormemente profesional y sigilosa.
Desde luego que animo a estos amigos y a todos los que me pregunten a disfrutar de la experiencia, si es que queda alguien que no haya ido todavía, que parece que muchos no son. Se trata de una industria que está diseñada y concebida con el único propósito de que uno se lo pase bien, y a fe que lo consiguen.
Solo hay una forma segura de embarcar en un crucero y ser capaz de no pasártelo en grande desde el primer día hasta el último: Ir "de intelectual"
El primero de los cruceros en los que embarcamos salía desde Atenas, por lo que ya en el avión desde Madrid podías ir confraternizando con los futuros compañeros cruceristas.
Gracias a la capacidad empática imbatible de mi hijo Pablo, pudimos ir relacionándonos con un encantador matrimonio valenciano, con el que trabamos cierta relación. Parece que él venía de una negativa experiencia laboral con invitación a la jubilación, tras más de 25 años en la misma compañía.
Yo diría que a este buen señor, le apetecía ir a un crucero más menos como a mí pasar la noche en un tablao flamenco, pero las presiones familiares le colocaron en el buque como le podían haber colocado en un alojamiento rural de las Alpujarras granadinas.
Lo cierto es que la enorme riqueza cultural y recreativa del crucero consiguió relajarle e integrarle en el lúdico concepto del viaje. Y así, de entre todas las opciones de diversión que presentaba el buque, con esa noble inquietud cultural que es inherente a muchos jubilados que no han tenido tiempo para cultivarse culturalmente por su intensa actividad laboral y familiar, decidió hacer focus (como dicen los pijos tras pasar por el MBA o leerse el Expansión) en la rica variedad coctelera que se ofertaba en el bar de la piscina. Resumiendo, que se tomó el primer mojito y ya no frenó hasta llegar a Venecia. Como encima era barra libre, el hombre invitaba con denuedo a acompañarle en su exploración coctelera internacional.
Yo siempre aconsejo a los amiguetes que se plantean subir al crucero, que el método idóneo para hacerlo es llevar la boina bien enroscada. Que toca bingo, pues a marcar los cartones como si fueras James Bond en el Casino de Montecarlo. ¿Aerobic en la cubierta? Pues mallas fosforito y a sudar como un campeón. ¿Espectáculo nocturno? Pues a primera fila y a aplaudir hasta llegar al límite de la fractura. ¿Que te saca el humorista al escenario y te vacila? Pues te destornillas ostensiblemente y listo.
Lo que no se puede hacer en estos viajes es andar con el sentido del ridículo desplegado, porque para eso te vas a la Opera. Estos viajes son para pasarlo bien porque ellos se encargan de eso, mientras que tú no se lo pongas difícil.
Y ya que pagas, no te empeñes en aguarte la fiesta a tí mismo con agua salada.
Y el que lo prueba, repite seguro

miércoles, 24 de abril de 2013

La Romería del Rocío

Espartinas es un municipio español de la provincia de Sevilla, Andalucía, perteneciente a la comarca de Aljarafe. En el año 2009 contaba con 12.648 habitantes. Su extensión superficial es de 22,74 km² y tiene una densidad de 556,2 hab/km². Sus coordenadas geográficas son 37º 23' N, 6º 07' O. Se encuentra situada a una altitud de 132 metros y a 13 kilómetros de la capital de provincia, Sevilla.
Esta nueva entrada del blog comienza de forma absolutamente atípica. En primer lugar porque es inédito en la línea editorial de antoniadis9.blogspot.com la introducción de detallados datos de demografía y cartografía, tarea que se entiende circunscrita al eventual apoyo logístico que en ocasiones hay que proporcionar a las generaciones juveniles. En segundo lugar, porque es sobradamente conocida la tradicional anafilaxia que me producen todos los términos relacionados con el folklore de las tierras colocadas de Despeñaperros hacia abajo, entre los que se encuentra "Romería y Rocío"
Mis más allegados son perfectamente conocedores de que en el hipotético caso de que me pierda o que no me encuentren, que viene a resultar lo mismo, puede facilitarse la búsqueda eliminando Sevilla y sus alrededores, especialmente en épocas de Feria o en aquellos locales o áreas donde suene la primera, la segunda o cualquiera de las sevillanas que haya, que ni lo se ni me importa en absoluto. Seguro que no estaré allí, y si por un casual me ven, o no soy yo, o me han secuestrado a punta de misil.
Pues como decía el refrán, que no quieres caldo, pues toma dos tazas, y va y resulta que en la primera ocasión en  la que se me ocurre enviar una pequeña pieza "literaria" a un certamen, resulta que lo hago a uno que organiza el Ayuntamiento de Espartinas, que anda por aquellos lares.
Y eso no es lo peor. Lo peor es que van y me premian. Con el segundo premio. Y ahora me siento nítidamente culpable. Con lo que les he atizado, y ellos aún así, no se lo toman a mal, y deciden que les gusto. Ya imaginaréis lo pesaroso y frustrado que me encuentro.
Porque al menos en Espartinas sí que cabe la posibilidad de que me puedan encontrar. a ver si me voy a perder el único sitio de España donde he encontrado reconocimiento literario. Segundo, pero reconocimiento al fin y al cabo. Y podría ocurrir (Dios no lo permita) que el pueblo me guste, o aún peor que en el acto de entrega de los mismos, se les ocurra poner sevillanas de fondo musical. O una salve rociera, que yo no las distingo en absoluto.
Pero desde luego, como castigo, ha sido ejemplar. Ahora, antoniadis, vas y sigues diciendo chorradas de los sevillanos, que el premio seguirá estando ahí para martillear alegremente tus meninges al ritmo de la segunda y de la tercera, si es que hay de eso.
Un ejemplo más de cómo la vida te coloca en tu sitio por las buenas o por las malas, como si fueras el bloque difícil del tetris, ese que tiene forma de escopeta o de cañería doblada o cada uno como quiera verlo, y que nunca sabíamos si colocar al bies o al revés.
Y muy agradecido que estoy. Es muy gratificante que algo que haces tú, solo y sin ayuda, que no compartes el proceso, pero te expones con el resultado, sea apreciado o valorado por un jurado objetivo e imparcial, ya que los que te rodean casi nunca lo son, porque el cariño les nubla la capacidad de discernimiento o de agudeza crítica.
En este caso (y me creeréis dada mi antipatía por el folklore sevillano), empeño mi palabra de señorito andaluz, perdón, de caballero español de que no tengo el gusto de conocer a ninguno de los amables -presumo dada la situación- habitantes de la noble Villa de Espartinas, cuyo gentilicio es el de espartinero/a o espartal (sin la /a)
También es cierto que la evidente injusticia (por  excesiva generosidad) de la concesión del premio, podría justificarse debido a la procelosa historia de la Villa, ya que han sufrido dominio romano, musulman y de la Corona de Castilla (que coño, como todo bicho viviente, o sea que eso no va a ser)
Quizá sea más certero pensar que el sentido del humor que parece debe tener esta gente (me conceden el premio y paren a los hermanos Cadaval, los Morancos), ha podido hacerles pensar que menudo pedazo de broma hacerle ir a un iluso ciudadano madrileño a Espartinas (600 km.+/-)
Tampoco puede descartarse una influencia directa sobre el jurado por parte de terceros, pero mi madre me jura que no se ha acercado por allí últimamente, y era la principal sospechosa.
En fin, que si al final es que les ha gustado más que otros 214 (no podía dejar de decirlo), pues que es un gran honor, que estoy muy agradecido, que me ha permitido tener tema para el blog, y sobre todo, que me ha proporcionado una íntima felicidad personal, y una pequeña victoria familiar, porque los niños no han tenido más narices que leer, aunque haya sido lo que ha escrito papá.
A ellos, probablemente les suene entre extraño e indiferente; A una servidora le ayuda y mucho.

jueves, 28 de marzo de 2013

Un candado en el alma


Hay una cita de Borges que me ha servido como estímulo en aquellas ocasiones en que mi natural pereza me orienta hacia el ocio (la madre de todos los vicios), en lugar de tentarme hacia cosas más productivas, ya sea material o espiritualmente, un suponer que existan. La reseña en cuestión, traducida impecablemente del francés, obviamente no por parte de una servidora, dice lo siguiente: "no busco los temas, los temas me buscan, yo intento detenerlos pero al final ellos me encuentran, entonces hay que escribir para quedarse tranquilo"
Por si no fuera poco, hay algunas ocasiones en las que personas que se supone me aprecian, aportan temas terriblemente interesantes, impactantes y cautivadores, que horadan con facilidad mi tibia disposición hacia el asueto, procurando inmisericordemente la productividad "literaria" a la que antes aludía. Mi numantina resistencia al ridículo de la que he hablado en otras ocasiones, procura plantear diques a tan tentadoras propuestas pero, como ya anticipa Borges, al final hay que escribir para quedarse tranquilo.
Así estaba yo, más tranquilo que Amancio Ortega pagando con VISA, cuando un tema irrumpió como elefante en cacharrería para agitar mi cimentada timidez literaria y obligarme sin piedad a bosquejar una nueva entrada de blog, una nueva oportunidad para la exposición pública.
Pero es que era inevitable. La historia es tan bonita que lo único que podía evitar escribirla es el miedo a no poder o saber estar a la altura de la misma. Pero la natural indulgencia del extraordinario protagonista de la historia y de los lectores de antoniadis9.blogspot.com, me tranquilizan enormemente. Así que, cuidadito con las críticas que soy muy sensible.
Cuando escuché el relato, aderezado por la emoción, pero suavizado por el tiempo, solo podía pensar en la novedosa costumbre de colocar candados en los puentes, por parte de las parejas de enamorados. 
A veces con frases amorosas, otras desnudos. Al parecer, la costumbre proviene de la novela de Federico Moccia "Tengo ganas de ti", donde el protagonista se inventa la leyenda de que los enamorados colocan un candado y arrojan la llave al Río Tiber. Lo cierto es que la costumbre ha arraigado y se pueden observar candados colocados en los puentes de muchas ciudades del mundo, perdurando en muchas ocasiones por encima de los sentimientos que allí los situaron.


No estoy seguro de cuál fue la razón exacta que me hizo pensar en los candados, pudo ser la ubicación geográfica de parte de la historia, o quizá el uso alternativo reparador que a veces se puede hacer de los candados, incluso la posibilidad de que el candado abra o cierre sentimientos en función del giro de la llave. Lo cierto es que mientras escuchaba al narrador, yo estaba pensaba en los candados; y siguiendo el símil, voy a tornar la llave y abrir la historia, tal y como a mí me la contó uno de los protagonistas.

"Aunque tú y yo no nos conocemos desde hace tanto tiempo, estoy seguro de que al igual que me pasa a mí, percibes una inequívoca senda de comunicación entre ambos. Nuestros países y nuestras culturas no son tan diferentes. Tenemos más o menos la misma edad y una visión del mundo parecida. Creo no equivocarme si te digo que tú puedes comprender mejor que otros cómo esta historia marcó el resto de mi vida.
Creo que tendría 38-39 años por entonces. ¡Qué te voy a contar! Una edad propicia para la reflexión, el repaso, el afloramiento de inseguridades y la necesidad de autoafirmación juvenil. Seguramente fue esto último lo que me llevó a emprender un viaje a tu país, del que nunca podría haber sospechado que condicionara mi vida. El planteamiento no podría haber sido más inofensivo. Unos amigos, unas mochilas, unas birras, unas risas, otras gentes, quizá otras chicas, pero sin especiales complicaciones.
De hecho todo funcionaba a la perfección: quizá las birras más de las pensadas y las chicas menos de las previstas. En fin, sin grandes estropicios ni grandes festejos. Probablemente por eso, inicialmente no me di ni cuenta; estaría anestesiado... no, no, quizá más apropiado decir sedado, consciente pero cognitivamente a medio gas. Es decir, me daba cuenta de su presencia, pero no percibía su avance.
Claro, como para no notar su presencia. Estatura ibérica, cabellos marrones rizados, piel de 18 años mal contados. Como casi siempre, no me avergüenza reconocerlo, recuerdo que comencé el escaneo en dirección caudo-craneal. O sea, de abajo arriba. Tú me entiendes. Y más con una niña de 18. Si luego el rostro la acompaña, pues a  más a más.
Sin duda ese fue el error. Que me atreví a enfocarla directamente pupila a pupila. Sin protección, a ojos desnudos. Y el resultado ya lo puedes imaginar. No recuerdo donde sucedió, ni cuando, ni si fue en esta u otra dimensión. Por supuesto, nada de eso tuvo la menor importancia posteriormente, pero a fe mía que la bruja divina que residía por detrás del ámbar de sus ojos, debió de aprovechar algún descuido mío para derramar un bebedizo mágico en la lata de cerveza. Eso pudo ocurrir.
Pues el puñetero brebaje, fuera el que fuese, demostró una vida media verdaderamente prolongada, puesto que los efectos, lejos de amortiguarse con el tiempo, fueron potenciándose de forma exponencial. De tal forma que olvidé los colegas, las mochilas, las chicas y las birras, probablemente en ese mismo orden. Lo único que tenía importancia era ella. Yo sentía que se adueñaba de mi presencia, de mi ser y de mi alma.
Mientras el itinerario se iba consumiendo, mi felicidad iba in crescendo, pero a un ritmo menor que el de mi preocupación:
  1. Cómo me puedo explicar a mí mismo que estoy colado hasta el tuétano por una niña de 18 años que vive a unos 2.000 km. En millas algo menos, eso sí. Seamos positivos
  2. En el supuesto caso de que me reúna conmigo mismo y lleguemos los dos a algún tipo de conclusión...¿Esto cómo se hace?
  3. Aún suponiendo que de mi reunión se deduzca cómo se hace...¿Cómo se lo explico a ella?
  4. Y cuando se lo explique y me mande a hacer puñetas, porque es el único resultado posible...¿Cómo voy a poder sobrevivir?
Pues así iban pasando los días. Dichoso por el día y hundido por la noche. Progresivamente dejé de pensar en ello y asumí como inevitable el único de los finales posibles de esta historia. Claro que manejaba la posibilidad de un milagro, algún hecho o reflexión que me permitiese resolver el acertijo. Solo yo podía hacerlo, porque hay cosas que debemos resolver los hombres. Así de idiotas somos a veces. Pensamos que podemos organizar una tremolina vital y sentimental, y que eso puede tener arreglo de forma mágica, aplicando el sentido común, cuándo la única forma en que podría haber una solución sería precisamente olvidarse de cualquier reflexión lógica y aplicar la anarquía del cuore.
Esta última idea consiguió abrirse paso en mi mente, de la misma forma que Moisés abrió las aguas del Nilo. A lo bestia, quería decir. Sin reflexión ni análisis. Probablemente él tuviese alguna ventajilla por el enchufe con el de arriba. Pero a bruto no iba a ganarme. Eso seguro.
Y ya, llegado el momento, decidí explicarle mi genial plan. Sencillo, sólido y directo. Ella se venía conmigo, retomaba sus estudios en mi país, se venía a mi casa y yo la mantendría. Se lo explicamos a mis padres, a los suyos, y como somos mayores de edad, pues problema ninguno. Quizá algo de jaleíllo, pero todo resoluble, ya que estábamos enamorados.
No se si me dejó terminar por pena o por vergüenza ajena. Pero su expresión al finalizar la exposición era una mezcla de reproche y ternura infinita. Ahí me dí cuenta de que el plan pudiere no ser tan perfecto.
Ella expuso todas las alegaciones lógicas y alguna más juvenil. Pero todas ellas demoledoras. Aquello de la distancia, las familias, su juventud, mi madurez. También aquello de los aspectos más prácticos, idioma, culturas, carrera profesional, dinero, estudios. Y los de fondo. Esos sí que me dejaron tocado. Me quería como a nadie, pero a nadie había querido. Cómo podría estar segura. 
Como única alternativa me dejaba el premio de consolación. Nos vamos cada uno a nuestras vidas y nos mantenemos en contacto, y luego Dios dirá.
Seguramente me impactó más su seguridad y su sentido común que la propia decisión, que era la única posible como yo bien sabía. Y no tuve más remedio que claudicar. Y seguir con mi vida.
Por supuesto que mantuve el contacto, fui a verla y utilicé todos los medios para convencerla. Regalos, poesías, besos y mimos. Y todos fueron aceptados. Pero no sirvieron para conseguir mi salvación. De hecho es posible que el objetivo final no fuese únicamente pasar cada minuto de mi vida con ella. Probablemente quería salvar cada minuto de la mía, al darle un objetivo y propósito.
Aunque nunca dejé de intentarlo, mis recordatorios o felicitaciones (navidades, acontecimientos lúdicos o relevantes), no he tenido más remedio que reorientar mi existencia. Sin duda se trata de una segunda vida, que no es la que hubiese deseado, probablemente es una dimensión paralela. Pero una vez asumido este hecho, lo cierto es que no está tan mal. Me acompañan, me quieren. El escenario geográfico no es el previsto, nada más distinto. Ella tampoco se parece. La una te hipnotiza con sus ojazos y la otra te deslumbra con su palidez. Otra belleza. Más serena o crepuscular, según el punto de vista. Yo, más sereno o crepuscular. O maduro. O senil, según el punto de vista.
Y por ahí andaba yo, asumiendo mi existencia deportivamente, cuando me llegó el bombazo. Supongo que la sensación podría ser asimilable a que te toque la lotería, pero el décimo haya caducado. Te das de cabezazos, te deprime no poder disfrutar del premio pero en realidad, la lotería te tocó. 
Algo así, elevado al enésimo factorial, debí de percibir cuando hace pocas fechas recibo una carta con sello de mi país, remitida por mi gran amigo. La abrí sin grandes precauciones y con una sonrisa en la boca. Mi amigo siempre me ponía al día de nuestras cosas comunes y se había erigido en el cronista de lo que pasaba en mi país, al estar yo tan distanciado.
Al desenvolver la primera capa, detecté que algo no iba bien. Una escueta nota en nuestro común idioma daba paso a un segundo sobre, con un sello mucho más desconocido. La caligrafía del mismo se anunciaba en alguna recóndita neurona. Era de ella.
Y si era de ella, nada bueno podría presagiar. Algún problema de salud, fallecimiento familiar, qué se yo. Cualquier cosa menos lo que leí a continuación.
"Caro:
Lo he pensado mucho antes de escribir estas letras. Probablemente sea muy egoísta, ya que al hacerlo he conseguido ponerme en paz conmigo misma, pero desconozco cuál puede ser el efecto que cause en tí.
Aún así, creo que tienes derecho a saber que te he querido durante todos estos años, y que en mi vida alternativa, no ha podido más que afianzarse diariamente esa convicción.
Solo la existencia de mis hijos ha impedido que tomase el avión en múltiples ocasiones. De hecho, cuando aún no estaban conmigo, lo hice.
Tú no lo sabes pero estuve en tu barrio y en tu calle. Mi maleta y yo, iba bien acompañada. Y decidida. 
Pero en el último momento, mi maleta y yo salimos de tu calle y de tu barrio y volvimos al aeropuerto.
Solo quiero que lo sepas. Lo que pudo haber sido y no quise que fuera. Por miedo. No hubo otra razón. 
Si te lo cuento ahora es porque se que no corro riesgos. Nada puede cambiar ya. 
Tuya"
Hay personas que nunca han conocido la tristeza, por unas u otras razones. O han utilizado la palabra de forma inapropiada. Solo debería emplearse ese término cuando una persona cabal, como por ejemplo yo, percibe que el mundo deja de existir porque no hay razones para ello. Eso es la tristeza. Solo estás tú y tu dolor.
Lo que ella no sabe es que lejos de su falsa sensación de seguridad, corrió verdadero peligro. No estuve tan lejos de liquidar mi existencia cotidiana, preparar una mochila como entonces, y reemprender el camino de vuelta al Nilo, con o sin Moisés.
Pero además de las múltiples alegaciones lógicas y prácticas, estaban las de fondo. Que me dejaron tocado.  
La razón de fondo era que el que tenía miedo era yo. Miedo de perder mi seguridad y mi tranquilidad. Miedo de volver a sufrir. Miedo al propio miedo.
Entonces rescaté el plan alternativo. Mantendríamos el contacto, felicitaciones lúdicas y sociales. Quizá alguna foto o video. Y muchas millas de por medio."

Cuando terminó de contarme la historia me preguntó si había sido cobarde. Creo que nadie podría alegar falta de valentía ni de arrojo. Sobre todo si son de mi edad, que ya estamos para pocos experimentos.
Es lo que se suele decir en ocasiones. "Ha sido una pena" Y después, a cerrar el candado y a seguir viviendo. Eso sí que requiere valentía.

domingo, 24 de marzo de 2013

Son-risa (micro)


Son-Risa
Quisiera tener varias sonrisas de recambio …
O mejor aún, recambio de sonrisas. Una para lunes, miércoles y viernes, días de labor y sonrisa de compromiso. Otra para los martes, jueves y sábados, forzosa, gozosa y juguetona, para impulsar los biorritmos y alcanzar el día impar.
La de los domingos, esperanzada y fatigada, el día del señor o el señor de los días, y qué pronto se pasa y que poco nos dura…la sonrisa.
Son-Risa: Música y alegría; olvido –de las penas- y gozo; aderezo y primer plato; orquesta y soprano. Amor y compañía.




jueves, 21 de marzo de 2013

El sentido del ridículo

No se si a vosotros os ha pasado alguna vez. Es verdad que se dice de nosotros, los celtíberos residentes en la antaño conocida como “piel de toro”, que poseemos un acusado y probablemente excesivo sentido del ridículo. Quizá sea eso.
Yo lo paso fatal. Cuando das un paso al frente y decides quedarte en paños menores, exponiendo pequeñas parcelas de tu cuore, de tu alma, y te das cuenta que el receptor no solo no se percata de tan difícil proeza, sino que parece aceptarla como un evento cotidiano más, te dan ganas de meterte en el volcán islandés que iniciaba el famoso “Viaje al Centro de la Tierra”, y quedarte por el medio o volver a asomar la cabeza en las Antípodas.
Eso me pasa con determinados lectores de mi blog, que tras haber pasado sus pupilas por el papel, de forma semejante a los folletos del Carrefour, son perfectamente capaces de continuar con sus vidas como si nada hubiese pasado.
No digo yo que por el simple hecho de desgarrar tus entrañas en unas ciberlíneas a la vista de propios y extraños, amigos y lo contrario, desconocidos y muy conocidos, haya que colocarme la alfombra roja cuando vayamos a tomar café, o que se me adjudique algún título nobiliario. Si a todos los bloggeros que hablan de sí mismos hubiera que nobilizarlos, la heráldica sería infinita.
A veces me gustaría hacer caso a los amigos que de forma tan negligente me empujan a trasladar estas líneas a formatos más literariamente convencionales, hasta que analizo sus motivaciones para semejante estímulo, y llego a las siguientes conclusiones:
a/Algunos lo hacen por halagarme, y aunque les estoy eternamente agradecido, bien es sabido que el halago...mola, pero debilita. Estos son los que tiene más nobles motivos, y por tanto, quedan exentos de cualquier tipo de reproche, como es lógico
b/Los que lo hacen para tenerme entretenido en una tarea infinita y sin probabilidades de éxito, con el obvio propósito que entretanto no les de por saco. A éstos, cólera infinita. El problema es distinguirlos de los anteriores, porque los muy ladinos no clarifican sus viles motivaciones, sino que las envuelven en una vistosa aunque perversa capa de coloridos envoltorios.
c/Los que lo hacen por si una carambola del destino me llevase a un insospechado éxito literario o televisivo, que para el caso es lo mismo. Así podrán decir: Yo me bebía con éste hasta el agua de los floreros y podría contar todos sus trapos sucios...a cambio de una exclusiva. A estos últimos, solo se les puede dedicar una tierna e indulgente sonrisa, porque lo llevan claro. Y además es mucho más considerado que los incluidos en el bloque anterior (verdaderos malvados)
En cualquier caso, como ninguno de los incluidos en los anteriores grupos va a tener éxito, básicamente porque me da mucha pereza y porque tengo un acusado sentido del ridículo (véase párrafo 2), sospecho que el trabajo de un novelista, aunque intenso y complejo, puede enmascarar los verdaderos sentimientos de éste, mientras que el bloggero que habla de sí mismo, consciente o inconscientemente, siempre deja a la intemperie parte de su esencia y por tanto, queda en enorme desventaja frente al novelista, que siempre puede escudarse en la consabida fórmula "es simple ficción, no hay nada de mí en el personaje"
Yo lo tengo más difícil. Pero cuando un amigo de los de toda la vida te dice que te lee, las endorfinas rezuman por todos los poros de tu piel, y rentabilizas con creces tu manifiesta vulnerabilidad.
Y el sentido del ridículo sigue estando ahí, pero lo mantienes controlado durante un momentillo. Breve, pero intenso.

sábado, 9 de marzo de 2013

La cara b

Una metáfora ¿misógina?
Si me arrancas la verdad, no hubiera querido verla. No tanto por el dolor que me causa, que no será superior al de otras ocasiones. Muero por dentro un par de días, pero siempre consigo revivir. Estoy acostumbrado. No ocurre mucho, pero estoy preparado.
Probablemente no me venía bien. No era buen momento. Ya iban siendo demasiadas cosas, y de remate, ella. Yo me sobraba y bastaba para sufrir suficientemente con mis cosas, y de verdad no me hacía falta. Aisladamente, lo hubiese soportado con entereza y estoicismo, como siempre.
En cambio, aquella vez fue como un fogonazo, probablemente el del infierno, porque si me mata, ese debería ser el primer sitio donde deberíais comprobar mi presencia. Y si a uno le abren la puerta del infierno, digo yo que no verá un arcoiris.
Y si no me lo había ganado hasta entonces, basta un simple registro de mis pensamientos de aquel momento para poder superar con creces la oposición de acceso. Yo creo que no dejé pecado sin repasar. Por supuesto la hubiese matado, la hubiese insultado, me la hubiese comido, literalmente. Qué no decir del resto de la lista. Al completo.
Te juro que era buena chica, dice una conocida canción. En este caso, no hay duda alguna, probablemente sea la peor de las mujeres que existan, en el caso de que eso sea clasificable, que lo dudo. Yo creo que para cada uno de nosotros existe un reverso femenino que nos humaniza y otro que nos demoniza. A veces encontramos el primero y somos felices algún tiempo;  algunos, para siempre. Pero como contactemos con el otro, todo se vuelve irremediable. Nos arrastra, nos voltea y nos hunde, como una marea cantábrica.
Yo lo se porque lo he sufrido; me gustaría decir que sobreviví, pero eso está por ver. Los más optimistas dirán que es una experiencia y que de todo se aprende. Yo digo que hay que evitarlo a toda costa, aún a riesgo de equivocarse. Es preferible dejar pasar el reverso positivo que sufrir al malvado.
No se si a mí me ha ocurrido. No se si he dejado pasar a mi amada y solo tengo la cara b de la vida. Pero si eso es así, yo me conformo con no volver a verla. Ya me gustaría. Pero en unos meses o años, volveré a escribir sobre ella. Sospecho que esa es su victoria definitiva.