sábado, 27 de septiembre de 2014

London Calling (and three)

Tras la contradictoria visita al Borough Market, sin llevarme un bocado puesto, en parte por la hora y en parte por las pounds, decidí regresar sobre mis pasos para admirar la Catedral de Southwark, de cuya existencia no tenía ni la más remota idea. En el camino, pude admirar un edificio maravillosamente destruido, el Winchester Palace, cuya ubicación, en una pequeña callejuela lo hace pasar absolutamente desapercibido para el gran público, o sencillamente es que ya lo han visto todos los días y no les impacta como a mí.
Se trata de un edificio que data del siglo XIII, y que fue destruido por el fuego en 1800. Por lo que he podido averiguar posteriormente, se trata de un Palacio que perteneció al Obispo de Winchester y que en su interior tenía pista de tenis, bolera, horno de repostería y unos cuantos extras.
Posteriormente, hacia Southwalk Cathedral. La primera sorpresa es que el amplio patio correspondiente a su entrada principal, se encontraba tomado al asalto por una heterogénea miríada de jóvenes de todas las procedencias y razas, devorando los habituales kit de comida rápida.
Este hecho me causó una potente diatriba: ¿Se trata de una irreverencia extraordinaria o del acercamiento de la religión a los jóvenes? En fin, como eran muchos, opté por introducirme en aquella fabulosa construcción, de un impecable estilo gótico, adquirido probablemente en su reconstrucción del siglo XIII, aunque parece que su origen real puede datarse en el siglo XI, durante el reinado del normando Guillermo I el Conquistador.
La Nave Central es verdaderamente espectacular , con un pasillo central envuelto literalmente en el escaso espacio que dejan entre sí las dos masas laterales, en las que destacan espectaculares vidrieras.
Me costó trabajo abandonar el entorno. Mientras paseaba por los pasillos laterales, percibía una especie de supervisión divina que parecía emanar de las graníticas piezas  que formaban las naves. Una extraña mezcla de reflexión y temor me acompañaban mientras me dirigía a la salida para enfocar el London Bridge.
El new London Bridge se construyó en 1973, mientras que el original, de madera, data de la época romana, hacia eñ 46 d.c. Los romanos rebautizaron como Londinium a una aldea celta, y la construcción del puente tuvo como objeto su conquista.
Desde su actual emplazamiento, es posible visualizar la tétrica majestuisoidad de su predecesor, obra arquitectónica y de ingeniería muy relevante. Aún es posible la visita a su interior, y se pueden apreciar la extraordinaria perfección de su diseño y maquinaria.
Una vez atravesado el puente y ubicado en la orilla norte del Támesis, decidí caminar hasta la Catedral de San Pablo,  para disfrutar de su grandeza exterior, y dar la interior como presupuesta, considerando los precios de la entrada.
Es la segunda catedral cristiana en altura, y fue escenario de la boda del Príncipe Carlos y lady Diana Spencer.
fue construida durante los siglos XVII y XVIII, y se encuadra en el estilo barroco inglés.
Se encuentra en una zona muy tranquila de Londres, muy próxima a la City (Ciudad financiera o barrio financiero), y no muy alejada de Trafalgar Square. Decidí pasear hacia la National Gallery, dando un rodeo por Covent Garden, ya que aún no había tenido oportunidad de conocerlo.
Al llegar a Covent Garden me encontré una especie de Mercado de San Miguel, dividido en dos pequeñas calles donde convivían pequeñas tiendas de arquitectura tradicional de la zona, de todo tipo de géneros, y donde la única diferencia entre las grandes firmas y los artesanos radicaba en el letrero exterior.
En los pasillos inferiores, terrazas de estilo europeo, donde milagrosamente podías tomar tranquilamente una cerveza, mientras un artista callejero, de indudable pedigree personal y artístico te entretenía con clase y talento.
Un poco apenado, y casi en piloto automático aparecí en Trafalgar Square, donde esa extraordinaria mezcla de Museo, Centro Comercial y pensión temporal para turistas que es la National Gallery, emitía sus tradicionales cantos de sirena hacia mí, y como siempre, ya que soy hombre fácil, me dejé engatusar aún con la firme promesa de limitarme a las salas de número bajo, es decir, la de las pinturas de 1500 a 1600.
Pero ellos son mucho más listos, y decidieron ampliar la colección con el ala sainsbury, y obras de 1250 a 1500, justo al ladito, por lo que picas de forma inconsciente; Y como me suelo perder a la salida, ya que intento evitar las tiendas, al final acabé como siempre en la sala española (la sala 39), y en la de los impresionistas (43 a 46)
En fin, otras dos horitas de museo, que corroboran mi teorema de que es infinitamente peor Museo que el Prado o L'hermitage, pero que lo organizan de escándalo.
A la salida, y calculando el tiempo para coger el tren en Estación Victoria, decidí bajar en diagonal hacia Buckingham Palace, sin  perder de vista la Torre del Parlamento, el famoso Big Beng, pero no pudo ser.
Era la hora del te, y decidí variar la ruta y acercarme hacia Piccadilly Circus y Regent Street. Prometo que estaba decidido, pero fue imposible resistirse a las gangas de ropa deportiva del famoso Lillywhites. Además siempre te encuentras 3 ó 4 dependientes españoles y 300 o 400 compradores españoles. Es muy divertido comprobar cómo algunos hablan inglés aún peor que yo.
Tras las compras reglamentarias, te en Regent Street, acompañado de un pastelito con aspecto de milhojas, que curiosamente se llamaba Thousand leaves cake. y yo pidiéndolo como en el Pictionary.
El paseo hacia Buckingham Palace y St. James Park me empujaba hacia Hyde Park Corner, sus jardines, la gente y los miles de puestecillos, con cervezas, salchichas, gofres, chuches XXL, etc Lo disfruté mientras pude apurar la agenda y después hacia la Estación Victoria, final de mi periplo londinense.
Tren a Gatwick, recogida de niños en aeropuerto y rumbo a Spain.
Todo en un día. Decía Séneca que "La mayor rémora de la vida es la espera del mañana y la pérdida del día de hoy" Yo diría que ese día londinense no lo perdí del todo

domingo, 24 de agosto de 2014

London Calling (part two)

Llevaba muchas semanas pensando lo que haría cuando pudiese disfrutar de ese día libre londinense. Podría decirse que el plan estaba bien fundamentado y su ejecución no era extremadamente complicada. Claro que para no faltar a la costumbre, la vida en sí misma o los pequeños eslabones de acontecimientos y circunstancias que la conforman, se fueron engarzando poco a poco para conseguir que ese día, que tan bien planificado estaba, se fuese complicando, no tanto en la agenda sino en el ánimo y en la atención.
Y lo que podría haber sido el día del turista liberado, se convirtió en un paseo triste y errático, porque mi alma y yo nos encontrábamos en otro escenario, en otra atmósfera vital a años luz  de allí, con el ánimo encogido y rebosante de responsabilidad, confiado y angustiado a la vez. Porque ya no creo lo suficiente en la justicia de la vida ni en la congruencia de los actos, ni mucho menos en la fortuna, por azar entendida.
La verdad es que ya solo creo en ciertos acontecimientos cotidianos, sencillos, básicos, estructurales podría decirse. Unicamente creo en los cimientos, dudo de las paredes y desconfío totalmente de los tabiques, ventanas y demás vías de escape más o menos oficiales.
Acepto las gateras, porque no te engañan, sabes que toda la carga no puede pasar por un orificio tan estrecho. Al menos lo estás intentando. De acuerdo, sin éxito, porque no puede tenerlo. Pero en esos momentos te sientes liberado, solo durante el tiempo que dura la intención. No es poco. No parece poco al que sufre la presión de la vida.
Finalmente, esa visita a Londres, tan confusa y solitaria, bien pudo suponer una válvula de escape improvisada a tanta estenosis reflexiva. Y así hubo que enfocarlo. No había otra forma; Pensé en mantener la ruta prevista, sin ilusión, sin entusiasmo, pero con resignación pragmática.
Había que estar, por tanto; lo único sensato que cabía proponer era desplazar temporalmente los sentimientos, como esos diques que los niños construyen en la playa, con diminutas palas y rastrillos. Sabes que aguantarán la primera ola si no es muy grande, pero en breve se producirá la progresiva disolución o lo que es peor, la inundación completa. Pero entretanto, aportan cierto grado de pasajera esperanza.
De un modo inconsciente, decidí iniciar el recorrido visitando la Tate Modern, en la orilla sur del Támesis, a corta distancia del London Eye. Se trata de un barrio en reconversión, donde los grandes edificios de oficinas conviven en desconcertante armonía con impersonales construcciones suburbiales, de caduco destino. La orilla intemporal del río adquiere un ¿involuntario? aspecto parisino, encontrando estatuas vivientes, magos, vendedores callejeros, retratistas y hasta flores.
La propia Tate recuerda al Pompidou de Paris, rebosa el espacio y fluye la luz. Los niños juegan en sus galerías, ajenos a la pomposidad y protocolo museístico. Se trata de un Museo atípico, o a mí siempre me lo ha parecido. Atípico es lo que se me ocurre a vuelapluma. Extravagante o exótico podrían ser términos afeados por los entendidos, entre los cuales no deben buscarme.
De hecho, esa...fuente de contrastes es la razón de que mi primera parada fuese allí. Sabía que en su interior encontraría la calma, en sus extraordinarias vistas desde la sexta planta. La admiración infinita, en los cuadros de Kandinsky y Picasso. Y la hilaridad extrema en algunas de las piezas exhibidas en la segunda planta. Yo creo que la concepción de arte que tenemos los ignorantes y la que tienen los expertos puede ser asemejada a la que tienen los críticos de cine que premian a las películas iraníes que ninguno de nosotros, nuestros amigos, familia y ni siquiera los del Facebook, iríamos a ver ni gratis.
La obra estrella de ese sector de la exposición la conforman  la yuxtaposición en el eje de abscisas de una estructura de chapa compuesta por diversas subestructuras tubulares, en lo que el autor/a probablemente consideraría como una metáfora vital de nuestra visión poligonal de la vida; A mí personalmente me pareció un fancoil de aire acondicionado de los de toda la vida, eso sí impecablemente alineado con la horizontal del suelo.
También destaca por su originalidad una columna policromática de estructura hormigonada con recubrimiento de escayola, en donde se engarzan sabiamente un pie de lámpara y una zapatilla de running, cuyo tallaje no pude determinar correctamente, en parte porque la posición de la zapatilla lo dificultaba, en parte porque el tallaje británico aún no lo domino. Incuestionablemente, el conjunto escultórico en cuestión representaba una crítica social extraordinaria a nuestra actual way of life. No cabe duda: El hormigón representa a las ciudades modernas, el pie de lámpara es una alegoría de nuestro sedentarismo de salón y la zapatilla viene a ser una descarnada reprobación de la sociedad capitalista.
Como el lector podrá imaginar, cuando uno observa estas obras maestras, espera contemplar a su alrededor algún tipo de sonrisa de complicidad con el resto de los espectadores, una especie de lenguaje no verbal que transmita la mutua incredulidad ante el hecho de que algunos metros cuadrados (o inches cuadradas) del museo vengan a estar ocupadas por elementos que podríamos encontrar fácilmente en el punto limpio de cualquier ciudad española. Lamentablemente, esto no ocurrió. La gente avanzaba estoica entre las obras expuestas, con rictus serio y concentrado. Yo creo que estos ingleses no solo son educados hasta la médula, deben tener un termostato natural que regule las emociones de todo tipo. Como no había ningún latino alrededor, no pude comprobar esta teoría. Un italiano no aguanta sin descojonarse la visión de la escultura de la zapatilla. Fijo.
Obviamente mucho más relajado me dirigí en dirección este, siempre a lo largo de la orilla sur hacia Borough Market,  contemplando de fondo el imponente y sobrecogedor London Bridge. Ya había tenido oportunidad de verlo interiormente en otra ocasión, lo que no quita para que impresione incluso más en la distancia.
La llegada a Borough Market, una zona situada bajo los arcos del tren, supone un cierto contraste entre el Londres moderno, financiero, severo e impersonal y el Londres decimonónico, Dickensiano, triste y oscuro en el que los mercados venían a ser un punto de encuentro entre la necesidad, la pillería, la desgracia y la opulencia.
En Borough Market ya no encontramos la respuesta a la necesidad diaria, que puede ser satisfecha en Sainsburyś, en Marks and Spencer o en cualquier mini colmado atendido por dependientes multirraciales en permanente expresión de fastidio. En su sección gourmet podemos encontrar cualquier tipo de alimento, desde los más calóricos dulces a las más seleccionadas hortalizas, a precios coherentes a su excelencia.Se trata más bien de esa compra especial, ese detalle con el que nos obsequiamos tras una dura semana de trabajo; O la excusa que utilizamos para ser absueltos de nuestros pecados veniales por nuestro compañero de trabajo o nuestra pareja.
En poco más de 20 metros, el escenario es idéntico en continente, pero muy diferente en contenido. Decenas de ejecutivos o menos ejecutivos disfrutan de cuatro ondas de Ultravioleta que pasaban por allí, pero que ellos celebran como si fuera La Carihuela o Benidorm. No deja de sorprenderme esa costumbre británica de comer en la calle con recipientes de plástico o cartón, aunque sobre la marcha reflexiono que en Madrid ya no es tan raro. Cierto que en Borough puedes elegir entre todo tipo de comidas, a cual menos apetitosa. Me abalanzo sobre un bar de tapas, como si fuese un oasis sahariano, cuando observo el precio del equivalente al pincho de tortilla y me doy media vuelta. Y en pounds.
(continuará)




viernes, 1 de agosto de 2014

La Duquesa

Aún cuando no está confirmada su existencia real, una de las obras más importantes de la literatura universal, La Divina Comedia, nos habla de una historia de amor entre su protagonista y autor, Dante Alighieri y su amada Beatriz, también conocida como Bice.
El nombre de Beatriz significa etimológicamente "bienaventurada", y bien podríamos catalogar así a una mujer que pasa a la historia como el objeto y protagonista central de la obra literaria del Renacimiento por excelencia.
Curiosamente, La Divina Comedia está dividida en tres partes: Infierno, Purgatorio y Paraíso. Cuando reflexionaba sobre el enfoque de este pequeño homenaje, una sonrisita irónica asomó por mi habitualmente inexpresivo rostro. Pensé que éste era el hilo conductor, porque la protagonista de estas líneas, otra Beatriz o Bice, no menos importante que la del siglo XIII, es perfectamente capaz de adentrarse y adentrarnos a cualquiera de esos tres sitios, con una agilidad y dinamismo sorprendentes.
Yo creo haberla visto en al menos dos de los tres estados, y me enorgullece poder decir sin tapujos que a los dos estados accedí invitado por ella. Acudió a mí buscando ayuda, apoyo y sinceridad y yo intenté dárselo. En el tercero de los estados no se si la he visto, pero de haber estado, nadie lo merece más que ella, y allí no me necesita.
A mitad del camino de la vida,                                    

en una selva oscura me encontraba                                         
porque mi ruta había extraviado.
(La Divina Comedia, Infierno, Canto 1)
Fue en aquellos momentos donde pude desenredar el laberinto de su mente, apreciar sus cualidades y admirar su entereza. Planeaba sobre el resto con un espeluznante control de emociones y expresiones. Mientras que los mortales a duras penas podíamos asumir nuestra impotencia, La Duquesa proyectaba seguridad e incluso indiferencia, como la de aquellos paladines que defendían a las damas medievales y se jugaban su vida con total desprecio de la misma. 

Mis mejores pensamientos fueron con ella, probablemente porque me los arrancaba absorbía o extraía para reforzar los suyos y mantener su posición dominante.

De aquel agua santísima volví
transformado como una planta nueva
con un nuevo follaje renovada,
puro y dispuesto a alzarme a las estrellas

(La Divina Comedia, Purgatorio)

Desde aquel momento, en el que todo pudo volver a la calma, reapareció la pequeña, la frágil y desvalida que solicita y obtiene la atención, el protagonismo y  la malcría.
Y así permaneció, transmitiendo más sombras que luces, hasta que el astro rey la acompañaba a cada instante, donde toda iniciativa triunfaba y donde su luz enfocaba el suelo a pisar.

No acierto a describir el paraíso, puesto que no la acompañé. De haber estado, deduzco que los vergeles, los oasis, las lagunas y los ríos, se ofrecieron a su paso, la acompañaron a destino y se plegaron a su fuerza interior.

Es lo que hacemos el resto, la observamos, la queremos y la tememos, porque está en otra dimensión, y cuando aterriza a nuestros pies, la levantamos, la protegemos y la envolvemos en nuestra humilde terrenalidad. Hasta que cambia de estado y se abre camino hasta reiniciar el vuelo, desde donde nos contempla con esa mezcla de suficiencia y bondad. Y solo los elegidos, los que la acompañamos al infierno y al purgatorio, seremos agraciados con su atención, su gentileza y su cariño.

Y los demás se lo pierden, ya puedo decirlo. Y serán castigados con su indiferencia o con su tristeza, pero nunca la podrán alcanzar.


En el cielo que más su luz recibe
estuve, y vi unas cosas que no puede
ni sabe repetir quien de allí baja;
 (La Divina Comedia, Purgatorio)

viernes, 25 de julio de 2014

La Terraza

El otro día leía en una entrevista, en un periódico o revista (o en la tele?) que no recuerdo, a una persona a la que tampoco recuerdo, decir que alguna de sus mejores ideas se le han aparecido cuando iba conduciendo.

A mí me pasa algo parecido: algunas de mis peores ideas se me han aparecido cuando iba conduciendo. Además de las obvias: acordarme de la familia del que instaló el semáforo ese que no absorbe nada, proponer limitar la edad para la conducción al intervalo entre los 35 y los 59, prohibir los Seat León por Real Decreto Ley y desterrar a sus propietarios, etc. Lo que a todos se nos ha ocurrido alguna vez.

Claro que luego llego a esta terraza, donde parece que el mundo se ha tomado un respiro e indulto a los conductores jóvenes e incluso a los mayores, si me pilla de buenas. Los del León siguen en el destierro.

Porque en esta terraza, donde las paredes han huido y la decoración es minimalista, observo la situación desde una perspectiva más elevada. No me refiero a los 1.038 metros sobre el nivel del mar a los que se supone que está, sino a la sensación de sosiego intrínseco que me invade cuando cruzo el umbral de la puerta.

No se trata de que los males del mundo desaparezcan y todo sea perfecto, sino que me enfrento a esa imperfección desde una perspectiva más serena. Más capaz o más resignado, no estoy seguro, pero en cualquier caso, mejor dispuesto.

He tratado de analizar de forma pormenorizada cuál puede ser el efecto terraza, cuál su justificación o influencia. Al fin y al cabo soy científico por formación y puede que por vocación. Y por tanto, he comenzado con la flora y la fauna, lo que los modernos y los niños llaman ecosistema y que yo seguiré llamando el pueblo.

En el microecosistema de mi casa, me encuentro rodeado de diferentes especies vegetales, por la sencilla razón de que estuve lento y no pude solar todo el patio. Ahora estoy resignado y le he encontrado cierta utilidad al jardincillo este.

Las liliánides me protegen de miradas indiscretas y evitan que el balón se escape a la casa del vecino, cuando olvido que llevo un tiempito sin pegarle al esférico en serio. Los rosales te acompañan mucho, y te hacen sentir vivo, especialmente cuando te acercas demasiado. El peral da buenos frutos que casi nunca me da tiempo a catar, porque los pajaritos del campo dan buena cuenta de ellos.

He tratado de buscar en vano alguna especie no identificada, con la esperanza y el temor de que pudiera ser una especie cannabica camuflada entre las inocentes macetas domésticas. Al menos explicaría la sensación de sosiego vital, que en ocasiones facilita enormemente el paso a fase REM.

En cuanto a la fauna, y considerando que el especimen más raro con diferencia, se encuentra aporreando el teclado, tampoco he encontrado explicación aparente. Las lagartijas acompañan, pero sin más. Y los gatos, perros, vacas suizas o de las otras, que no las distingo, no me parece que aporten mucho más.

Otra posible explicación podría estar en la marcada orientación sur que presenta. Me oculta la impresionante protección de la muralla granítica que parece abrazarnos a los pobres mortales que osamos invadir su espacio, pero cuya presencia tolera con magnánima superioridad. Por otro lado me protege del frío invernal y e resguarda de los arremolinados efluvios eólicos.

A la vista del pormenorizado análisis realizado, y sin encontrar explicación científica alternativa, me he rendido a la evidencia y no me queda más remedio que reconocer una influencia parapsicológica o para-psicológica, que me da no es lo mismo. Dado que la casa está construida en el paraje conocido como la era del Tío Polo, al que Dios tenga en su gloria, pero al que no recuerdo haber perjudicado conscientemente, me inclino a pensar (con las máximas reservas), que no es el espectro Polo el que me proporciona esa sensación de paz interior que suelo percibir. Básicamente porque los fantasmas están para incordiar, no para sosegar. De toda la vida.

Por tanto, solo me queda esperar y desear que este fenómeno inexplicable para la ciencia, se consolide, se mantenga y se amplíe si es preciso, que buena falta me hace.

Y vosotros, podéis venir a comprobarlo, siempre previa cita, de forma educada y ordenada y aportando convenientes ofrendas materiales, a ver si va a ser una de estas deidades caprichosas que prefieren un buen whiskey de malta a sacrificios alternativos (me da que sí)

sábado, 12 de julio de 2014

A la entrada del infierno/paraíso

Allí, donde la duda te atormenta y te arrastra hacia torrentes oscuros
en los que te ves reflejado y distorsionado, al albur de la luna llena
donde todos nos hallaremos en algún momento, debes estar seguro
allí me encuentro en soledad, y desorientado como un alma en pena

Allí, donde paso al frente puede ser cobardía, y retroceso, prudencia
cuando los recuerdos te guían o te extravían, según el momento
es tiempo de desnudarse, de exponerse y de hacer penitencia
asumiendo los errores, los fallos, las mentiras y los desencuentros

Allí, donde no habrá perdón, no lo busco porque no existe
en mi fuero interno sé que no lo merezco, no debo ni hablar de ello
he aprendido que aunque pudiera evitarlo, debo estar triste
es la forma en la que me flagelo , me condeno y pago mi yerro

Allí, donde las nubes dan paso al arco iris más luminoso y brillante
donde las zozobras de pensamiento, y de obra y de omisión
se enderezan y se corrigen mágicamente, y te impulsan adelante
hacia la estrella polar, sin dudas, sin miedos, con total convicción

Allí, donde demonios, remordimientos, y recuerdos, desaparecen
se diluyen, se difuminan y se transforman en esperanzas y refuerzos,
he comprendido que el capricho de la vida persiste y permanece
obviando aspiraciones, merecimientos, anhelos, y esfuerzos

Allí, donde comprendes que la travesía prevalece sobre el destino
mientras recibes alternativamente apoyos, zancadillas o indiferencia
puede que la solución al acertijo la descubras casi al final del camino
y es que nada está escrito, y la única alternativa es la supervivencia







martes, 17 de junio de 2014

El Profesional (Relato Corto)



Sobre el asfalto parecían haber desaparecido para siempre las huellas del invierno, aunque en algunas zonas, el brillo superficial del rocío mañanero permitía a nuestro amigo ver su rostro reflejado en el camino pisándolo constantemente, como un permanente recordatorio de su terrible existencia. Le pareció gracioso e irónico. Un personaje despreciable que merecía holgadamente ser aplastado hasta por sí mismo. Siempre tuvo la terrible honestidad de calificarse de una manera objetiva. Era un malvado, una persona temible en la que no anidaba el más mínimo sentimiento noble o generoso. El único dato positivo era que eso le permitía ser muy bueno en su trabajo. Mientras se dirigía hacia el siguiente encargo, no dejaba de pensar lo malvado que había llegado a ser; Una simple descripción. Era una persona terrible, de las peores.
En alguna ocasión se planteó la posibilidad de cambiar. Simplemente no ejercer constantemente esa maldad, quizás ante una persona o una situación, o un animalillo desvalido, o quién sabe. Pero nunca lo intentó en serio.
Lo más cerca que estuvo fue en aquella ocasión. Ya era un malvado adulto y se preparaba seriamente para la titulación definitiva. El asesinato. Hoy en día era su modus vivendi, como otros sirven copas y otros intermedian en seguros. En aquel entonces, aún buscaba un remoto pretexto, una cierta ética en su actuación.
Pudo hallarlo en la única persona con la que mantenía cierta relación de convivencia pacífica. Si hubiese podido amar a alguien, podría haber sido a ella. Su mirada parecía sufrir una completa metamorfosis. En su presencia, la terrible dureza de sus pupilas parecía adoptar cierta relajación. Y sus músculos parecían estar menos tensos. Podrían atisbarse los incisivos inferiores, menos carcelarios de lo habitual. No era una sonrisa.
El paso a primera división del crimen, tuvo que ver con ella. Vivía en la típica familia desestructurada; El padrastro o para ser más precisos, el acompañante de turno de la madre, tras una noche de juerga a la antigua usanza, decidió equivocarse de cama y aterrizar en la de la chiquilla. La aproximación pudo ser repelida por ésta, con la ayuda de una contundente raqueta de tenis. Al día siguiente, los ánimos se calmaron, y en la casa volvió a reinar la anarquía y el desastre, pero en los niveles cotidianos.
La muchacha cometió la torpeza de contárselo a nuestro amigo, que tomó la decisión de vengarla y de paso probarse a sí mismo en el noble arte del crimen.
A las dos semanas los periódicos reflejaban la terrible noticia de la violenta muerte de un honrado camarero a manos de un presunto atracador. El hecho de que el atracador mutilara los genitales externos, previo a las cuchilladas mortales, causó cierta extrañeza a los investigadores del caso.
Para confusión de nuestro amigo, la chiquilla no parecía muy contenta por la muerte de su “padrastro”. Probablemente esto les alejó, aunque él no podría olvidarla del todo, ya que ella provocó involuntariamente el desarrollo de una prometedora carrera profesional, y el cierre definitivo de cualquier posibilidad de recuperación a la estirpe humana.
Mientras preparaba el utillaje reglamentario, se preguntaba qué habría sido de ella. Solo recordaba vagamente su rostro, que presidían los enormes ojos turquesa.
Un trabajo rutinario. La víctima, una mujer. No es lo frecuente pero ocurre. Vida normal, dos hijos pequeños y trabajo administrativo. Los motivos no le importaban. Un trabajo más.
Pudo acceder sin dificultad a la terraza de la pequeña vivienda, forzando la cerradura, atravesando sigilosamente el pasillo. Una vez en el dormitorio, colocarse a la cabecera y hundir el cuchillo de izquierda a derecha, desde la mandíbula, atravesando la tráquea. Sin un ruido. Solo volvió la cabeza un segundo, para confirmar los resultados.
Le llamó la atención el color de los ojos inertes, de un azul turquesa que parecían serle familiares. Se encogió de hombros mientras se concentraba en evitar el suelo minado de muñecas, camiones y piezas de puzzle.

sábado, 7 de junio de 2014

Desde el rencor

Siendo plenamente consciente de las innumerables cualidades que posee el género femenino, debiera resultarme complicado que las actuaciones o pensamientos de las mujeres que me rodean, pudieran llegar a sorprenderme.
Pero, como suele decirse, la realidad supera a la ficción, y  afortunadamente puedo asegurar que las chicas no dejan nunca de asombrarme.
Esa capacidad de actuar de una forma inesperada, ese comentario demoledor, esa certera reflexión, y por encima de todo, esa habilidad extraordinaria para dañar y herir a todo aquel que a su criterio lo haya merecido, ya fuere hombre, autoridad, animal o colega de género (especialmente a éstas),  me resulta particularmente chocante, y profundamente admirable.
Ya decía Lorenzo Silva que nada como una mujer para insultar a otra, y siempre he pensado que es una afirmación particularmente acertada. Las mujeres disponen de ese punto de crueldad infinita para la crítica que jamás he podido percibir en otro varón, o al menos de una forma tan descarnada y feroz.
Estas reflexiones, que expongo casi de una forma sociológica, sin atreverme en ningún momento a barnizarlas con un sentido crítico, entre otras cosas porque otra de las capacidades extraordinarias de las mujeres es su determinación para la venganza, acuden a estas líneas por una simple y tranquila conversación con una extraordinaria persona que pertenece al grupo XX.
Lo curioso del caso es que el núcleo del diálogo se circunscribía a un recíproco solazamiento. Ambos estábamos muy contentos porque su escenario vital evolucionaba de una forma bastante satisfactoria en las últimas semanas, con los lógicos altibajos, pero coincidíamos en interpretarlo de forma bastante positiva, especialmente al hacer contraste con otros momentos, desgraciadamente aún recientes.
La posición de partida de este singular ejemplar del género femenino, que entre otras muchas cualidades emana bondad y generosidad por los cuatro costados, es que una de las razones por las que ahora afirma encontrarse en un buen momento, no es otra que haber encontrado la forma de olvidarse de un abominable individuo que contribuía a su infelicidad de una forma decisiva.
Eso último me pareció de una lógica aplastante, pero lo que me dejó ciertamente perplejo fue el análisis posterior: "no le odio, pero le guardo rencor. Aunque el rencor en realidad es un pensamiento positivo, porque le permite conocer de primera mano lo que se puede llegar a sufrir en esas ocasiones. Le vendrá muy bien"
Seguramente no lo he transcrito textualmente, pero ese mensaje fue el que me quedó indeleble en mi mente, por lo que solo puedo analizar eso. Quizá baila una coma arriba o abajo, pero el mensaje, era ese.
Nada más lejos de mi intención rebatir o discutir este posicionamiento. Me parece que aquel que le haya hecho sufrir merece todo eso y mucho más. En realidad lo que me llama la atención es la utilización de una palabra que normalmente empleamos en sentido negativo, y darle la vuelta como a una peonza, con el único fin de justificar unos sentimientos que probablemente ya estarían justificados.
He barajado la posibilidad de que en realidad ella tenga razón, y que la palabra "rencor" tenga una gran variedad de significados o apreciaciones, lo que apoyaría su tesis, por lo que he decidido investigar un poquito al respecto.
El Dimitrakos, quiero decir el diccionario de la RAE, dice que rencor es un resentimiento arraigado y tenaz. Y dice también que deriva del latín "rancor", que significa "ranciedad" . En italiano es rancore, que suena bastante más musical. También se traduce como "Sentimiento de hostilidad duradero y arraigado contra algo o alguien.
En  resumidas cuentas, que no he encontrado ese componente positivo y altruista al que se refiere esta maravillosa persona. Igual he buscado poco, pero a mí me da que me está tomando el pelo. es decir, que sabe perfectamente que son sentimientos inconfesables, pero los disfraza o suaviza con el photoshop femenino.
A mí me parece simplemente que las personas que son capaces de guardar rencor, tienen un potencial interesante, que pueden utilizar de formas diversas. Esa capacidad para mantener resentimiento te puede colocar en constante posicionamiento de alerta y evitar sufrimientos innecesarios. También puede identificar especímenes similares al que causó el primer daño y anticiparse a él.
Lo que me preocupa es la utilización sistemática o preventiva ante cualquier situación difusa o dudosa, porque eso podría dificultar la comunicación o interrelación de nuestro mundo con el de los que nos rodean.
Decía Aristóteles que "La virtud es un hábito de la voluntad consistente en un termino medio en relación con nosotros,...,determinado racionalmente por una regla ,..., por medio de la cual lo determinaría un hombre dotado de sabiduría práctica" Es decir, que en cuestión de moral, la razón es la que gana. 
Independientemente de la dificultad de precisar quién tiene sabiduría práctica o de encontrar un término medio, doy por supuesto, y a la vez me temo, que cuando Aristóteles habla de "hombre", debía referirse al ser humano en general, y no solo al género masculino.
Y digo me temo porque dudo que Aristóteles tuviera la suficiente costumbre de trato con las mujeres en la antigua Grecia. Si hubiese sido así, la mayor parte de su obra filosófica hubiese sido completamente diferente. Es imposible que hubiese podido abstraerse a la influencia del pensamiento femenino. Nadie puede. 
Y se hubiese encontrado con sorprendentes matices dentro de su concepto del raciocinio moral. Como por ejemplo, ciertos elementos de agresividad mucho más propios de los espartanos que de los filósofos atenienses. Que para una guerra, por ejemplo, sin duda serían muy útiles.
Y la vida, ¿no es una guerra constante? El mundo contra uno y uno contra el mundo. Y al final siempre ganan ellas.